martes, 22 septiembre
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De Nueva York a Berlín: cómo viajan las ideas de campaña

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Durante buena parte de 2025 y 2026, Zohran Mamdani dejó de ser solamente el alcalde de Nueva York para convertirse en un caso de estudio de comunicación política. Su campaña fue observada, desarmada y discutida por equipos progresistas dentro y fuera de Estados Unidos. La victoria de Die Linke en Berlín, con Elif Eralp como principal candidata, volvió a poner ese proceso bajo la lupa.

Die Linke —La Izquierda— es un partido alemán de izquierda socialista, con presencia nacional y en los estados federados. En Berlín, su figura central fue Elif Eralp, abogada y dirigente de origen turco, que encabezó la lista para la elección de la ciudad-Estado y construyó buena parte de su campaña alrededor de la crisis de vivienda y el costo de vida urbano. El partido terminó primero y más que duplicó su resultado de 2023.

La conexión entre Nueva York y Berlín tiene un nombre: Morris Katz.



Katz tiene 27 años, se define como estratega de medios y fue uno de los principales asesores de Mamdani. Fundó junto a otros socios la consultora Fight, orientada a candidaturas de izquierda. Antes había trabajado con John Fetterman, actual senador demócrata por Pensilvania; con Jamaal Bowman, exrepresentante por Nueva York identificado con el ala progresista del Partido Demócrata; y con Dan Osborn, veterano de la Marina y exdirigente sindical que compitió como independiente por una banca en el Senado en Nebraska.

Su salto a la escena internacional fue reconstruido por Revue21, una publicación francesa independiente dedicada al periodismo narrativo, la investigación y los grandes reportajes. En un extenso perfil de 2026, la revista siguió los contactos de Katz con dirigentes y equipos políticos europeos y documentó su intención de trasladar algunos aprendizajes de la campaña de Mamdani a otros contextos.

La tentación es construir una secuencia sencilla: Mamdani ganó Nueva York, Katz asesoró después a Eralp y Die Linke ganó Berlín. Por lo tanto, existe una fórmula.



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No la hay.

Lo que sí aparece es una gramática de campaña reconocible.



La primera pieza es la disciplina del mensaje. Katz insiste en concentrar una campaña en pocos problemas comprensibles y repetirlos de manera sistemática. En Nueva York fueron los alquileres, el transporte y el cuidado infantil. En Berlín, la vivienda ocupó un lugar dominante. Cambian las escenas, las plataformas y los formatos. El núcleo del mensaje permanece.

No se trata simplemente de simplificar. Se trata de establecer una jerarquía. Frente a campañas que intentan comunicar simultáneamente cada propuesta, cada actividad y cada declaración, este enfoque obliga a decidir qué temas deben ordenar la percepción pública y cuáles pueden quedar en segundo plano.

La segunda pieza es la relación entre identidad política y experiencia cotidiana. Mamdani sostuvo posiciones ideológicas claras, pero buena parte de su comunicación comenzaba en problemas concretos: cuánto cuesta vivir, viajar o criar hijos en Nueva York. Eralp hizo algo semejante con la vivienda en Berlín. El programa no desaparece; cambia el punto de entrada.



La tercera es la autenticidad entendida menos como espontaneidad que como coherencia. Katz plantea que la campaña debe trabajar sobre aquello que ya distingue al candidato, en lugar de fabricar un personaje. 

  • En Mamdani eso produjo una presencia pública informal y fuertemente integrada con la ciudad. En Eralp, una candidata con un perfil más jurídico y menos performático, la traducción fue distinta. Tagesspiegel describió justamente ese esfuerzo por presentarla como una figura cercana a la vida cotidiana de Berlín, sin convertirla en una copia del alcalde neoyorquino.
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La cuarta pieza es territorial. El caso Mamdani llamó la atención por su comunicación digital, pero reducirlo a TikTok o Instagram sería perder una parte decisiva del fenómeno. La campaña combinó producción de contenidos, voluntariado, conversación puerta a puerta y presencia física. La pantalla funcionó como una capa de organización, no como sustituto de la campaña territorial.



Hasta allí, algunos aprendizajes pueden discutirse también en Argentina.

Pero aparece un límite relevante.

Pascual Calicchio, director de la Carrera de Comunicación de la UMET, introdujo una distinción que conviene tomar en serio: Nueva York y Berlín son elecciones locales. La discusión argentina, en cambio, suele estar estructurada por elecciones nacionales.



La diferencia modifica casi todo.

Una elección urbana permite concentrar buena parte de la conversación en problemas de materialidad inmediata: vivienda, transporte, servicios, espacio público, limpieza, costo de vida. Son temas que pueden ser experimentados de manera relativamente compartida dentro de un territorio delimitado.

Una elección nacional exige construir sentido sobre una sociedad mucho más heterogénea. Las prioridades de una gran ciudad no son necesariamente las de una localidad pequeña, una provincia agrícola, una región industrial o una economía marcada por actividades extractivas. Tampoco existe una única experiencia del costo de vida, de los servicios públicos o de la relación con el Estado.



La escala cambia la campaña.

También cambia el liderazgo. Un alcalde puede recorrer físicamente buena parte del territorio que gobierna y construir escenas reconocibles con lugares concretos. Un candidato presidencial necesita representar simultáneamente geografías, intereses y experiencias distintas. Debe ser territorial y nacional al mismo tiempo.

En Argentina se suma otra dificultad: la conversación electoral nacional está atravesada por identidades políticas persistentes, ciclos de crisis económica, tensiones federales y liderazgos de alcance nacional. La disputa no se organiza solamente alrededor de problemas concretos, sino también alrededor de interpretaciones sobre el rumbo general del país.



Eso vuelve improductivo trasladar mecánicamente la experiencia Mamdani-Eralp.

Pero no vuelve irrelevante lo que ambos casos muestran.

Lo que puede viajar no es una fórmula electoral, sino una manera de ordenar la campaña: reducir la dispersión temática, partir de experiencias reconocibles, repetir con disciplina, sostener una identidad coherente del candidato y conectar comunicación digital con organización territorial.



En Argentina, esa gramática exige una traducción más compleja. La dificultad no está en encontrar “un Mamdani argentino”, ni en copiar una estética extranjera. Está en construir pocos mensajes capaces de atravesar territorios distintos sin borrar sus diferencias, y en convertir problemas concretos en una narrativa nacional comprensible.

Ahí aparece una definición más fuerte para el caso argentino: cuanto más heterogéneo es el territorio electoral, menos sirve multiplicar mensajes y más importante se vuelve ordenar la conversación. La escala nacional no invalida la disciplina del mensaje: la vuelve más difícil y, por eso mismo, más estratégica.

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