En una Argentina en la que buena parte de la influencia política parece medirse en seguidores, minutos de televisión, caja y capacidad para convertir una frase en tendencia, Rodrigo Zarazaga juega un partido completamente distinto. No tiene redes sociales, no pertenece a ningún espacio político y tampoco hizo demasiado para convertirse en una figura conocida por el gran público. Quienes lo conocen dicen que rehuye a los flashes.
Sin embargo, su nombre aparece cada vez más en los lugares donde se discuten cuestiones que atraviesan de lleno a la Argentina: la pobreza y las políticas sociales, la crisis educativa en los barrios populares, la movilidad social que dejó de funcionar como antes, el clientelismo político y el papel de los intermediarios y la posibilidad de reconstruir una política que vuelva a conversar sobre un proyecto común.
Su figura, de hecho, no es completamente nueva para los lectores de El Economista. Hace años ya aparecía en discusiones sobre la AUH, la pobreza y el vínculo entre política y territorio, pero su voz ganó otra dimensión en un país atravesado por debates cada vez más intensos sobre justicia social y mercado, el lugar de la Iglesia frente al Gobierno de Javier Milei y el desarme de las estructuras de intermediación de los planes sociales.
Ese contraste es precisamente el punto de partida del nuevo informe de La Sastrería, dentro de su serie Hilando Fino. Zarazaga es sacerdote jesuita, politólogo, investigador independiente del Conicet y rector del Instituto Universitario CIAS. Nació en Buenos Aires en 1971 y, según el trabajo, tiene una influencia considerablemente mayor que su nivel de conocimiento público.

La explicación no está en una sola credencial, sino en una combinación bastante inusual en la discusión pública argentina. Zarazaga conoce el territorio porque vivió y trabajó durante años en barrios populares; conoce la academia porque transformó esa experiencia en investigación; participa de una institución religiosa con una larguísima tradición intelectual y, al mismo tiempo, dedica buena parte de su trabajo a formar dirigentes en un momento en el que la Argentina sigue discutiendo cómo recuperar consensos básicos para gobernar y cómo construir acuerdos políticos y económicos de largo plazo.
La Sastrería sintetiza esa construcción de autoridad en cuatro lugares desde los que puede hablar: como testigo, experto, sacerdote y constructor institucional. Lo interesante es justamente que ninguno alcanza por sí solo para definirlo.
Del conurbano a Berkeley: la historia que explica cómo piensa
Zarazaga proviene de una familia católica de San Isidro y en 1991 ingresó a la Compañía de Jesús. Doce años después fue ordenado sacerdote, aunque buena parte de su recorrido posterior estuvo lejos de los lugares que normalmente se asociarían con esa trayectoria. Vivió durante años en San Miguel, trabajó pastoralmente en barrios populares y fue capellán de Villa Mitre, una experiencia que terminó modificando profundamente su manera de interpretar la política argentina.
Él mismo resumió alguna vez la conclusión a la que llegó después de ese recorrido: “El gran problema de la Argentina es político y su solución exige políticos más preparados”.
La frase ayuda a entender lo que vino después. En 1999 fundó Protagonizar, una organización orientada al desarrollo de microemprendimientos para personas en situación de vulnerabilidad, e impulsó el Centro para el Desarrollo Social Ava Tava, en San Miguel, que llegó a recibir diariamente a más de 350 chicos y adolescentes. Años más tarde recibiría el Premio Konex como dirigente social.
Ese recorrido territorial hoy vuelve a adquirir relevancia porque muchas de las preguntas que Zarazaga se hacía entonces siguen abiertas. Un reciente estudio del propio CIAS y Fundar mostró que cuatro de cada diez jóvenes de barrios populares abandonan la secundaria, mientras otros trabajos vienen señalando que el barrio en el que una persona nace sigue condicionando fuertemente sus oportunidades educativas.
Zarazaga, sin embargo, no se conformó con observar esas realidades. Estudió Filosofía en la UBA, se formó en Teología, hizo una maestría en Ciencia Política en la UNSAM y luego un doctorado en Ciencia Política en la University of California, Berkeley. Realizó parte de su trabajo doctoral en Harvard y posteriormente pasó por Notre Dame y Georgetown.
La fórmula que utiliza La Sastrería para explicar el recorrido es particularmente buena: del territorio a Harvard y de Harvard al territorio. En vez de reemplazar la experiencia de los barrios por la abstracción académica, intentó utilizar una para interrogar permanentemente a la otra.
Cuando la realidad obliga a cambiar la teoría
Uno de los temas que más estudió fue el clientelismo político, una palabra que en la Argentina funciona al mismo tiempo como categoría académica, acusación electoral y explicación rápida de prácticamente cualquier relación entre sectores populares y política.
La mirada más simplificada es conocida: una persona vulnerable recibe una ayuda, un dirigente territorial intermedia y el beneficiario devuelve el favor con su voto. Zarazaga encontró una realidad bastante menos mecánica. Sus investigaciones sostienen que donde el Estado está ausente aumenta naturalmente la importancia de los intermediarios y que recibir asistencia no determina automáticamente una decisión electoral. Las personas también consideran seguridad, educación, servicios públicos, situación económica y sus propias expectativas.
Es una discusión que continúa completamente vigente. Un trabajo reciente analizado por El Economista volvió a poner sobre la mesa la complejidad del clientelismo, los punteros y las redes de resolución de problemas en los barrios, precisamente en momentos en los que el Gobierno de Milei avanzó contra los intermediarios de los antiguos programas sociales.

El punto más interesante es que Zarazaga no llegó a estas conclusiones únicamente leyendo papers. Él mismo contó que había crecido en una familia fuertemente no peronista y que su experiencia en las villas lo obligó a revisar varios prejuicios. Allí entendió por qué el puntero o el peronismo podían adquirir legitimidad en lugares donde otras instituciones sencillamente no estaban.
Si la teoría dice que el puntero es solamente un manipulador, pero en el barrio también es quien consigue una ambulancia a las tres de la mañana, la teoría necesita hacerse más compleja. Esa lógica atraviesa buena parte de su pensamiento y explica por qué suele incomodar tanto a quienes buscan respuestas políticas sencillas.
El conurbano como un resumen de la Argentina
Para Zarazaga, el conurbano bonaerense tampoco es simplemente un territorio pobre. Es un espacio donde conviven barrios vulnerables, countries, trabajadores formales e informales, inmigrantes internos, organizaciones sociales, iglesias, empresarios, narcotráfico y una gigantesca maquinaria política.
La Sastrería lo describe como una suerte de “Aleph nacional”, un lugar en el que muchas de las contradicciones argentinas aparecen comprimidas en unos pocos kilómetros.
Desde esa mirada territorial surge también una de sus frases más provocadoras: “El conurbano a mí no me entra en Vaca Muerta”.
El planteo no significa desconocer la extraordinaria importancia económica del shale. La pregunta es qué sucede después. La Argentina puede conseguir dólares gracias a sus recursos naturales y, aun así, tener enormes dificultades para generar suficiente trabajo de calidad para millones de personas. Esa discusión ya comenzó a aparecer con fuerza: Vaca Muerta puede generar divisas sin resolver el problema del empleo, y los sectores ganadores del nuevo modelo todavía están lejos de compensar la destrucción de puestos en la industria y la construcción.
El dilema se vuelve todavía más interesante porque existen proyecciones muy optimistas sobre la demanda laboral del sector. Algunas estimaciones hablan de 43.000 nuevos talentos necesarios para acompañar la expansión energética, otras calculan 40.000 puestos durante los próximos años y Horacio Marín incluso proyectó que Vaca Muerta podría demandar 90.000 trabajadores.
El punto de Zarazaga es que ninguna de esas cifras, por sí sola, contesta la pregunta nacional. Un país de decenas de millones de habitantes necesita saber cómo conectar la riqueza natural con un mercado laboral mucho más amplio. Por eso otros análisis vienen advirtiendo que Vaca Muerta necesita políticas complementarias para transformar crecimiento en empleo y que todavía existe una enorme distancia entre sacar petróleo y lograr que ese boom se derrame sobre toda la economía.
Incluso el mapa poblacional podría empezar a cambiar. Las inversiones en petróleo, gas, litio y cobre ya abrieron una discusión sobre una posible nueva migración interna hacia las regiones productivas de la Argentina, mientras la incorporación de inteligencia artificial empieza a cambiar los perfiles laborales necesarios dentro de Vaca Muerta.
La cuestión de fondo, entonces, no es estar a favor o en contra de Vaca Muerta. Es bastante más difícil: cómo transformar los recursos naturales en un verdadero proyecto de desarrollo. Una discusión que también aparece en trabajos recientes que remarcan que los recursos naturales nunca alcanzaron por sí solos para cambiar el destino de un país.
Milei, la justicia social y una crítica difícil de acomodar
Zarazaga tampoco resulta sencillo de ubicar dentro del mapa político actual porque puede cuestionar duramente determinadas ideas de Javier Milei y, al mismo tiempo, reconocer decisiones de su Gobierno que considera correctas.
Por ejemplo, destacó positivamente el aumento de la AUH y de la Tarjeta Alimentar, pero cuestionó la idea de eliminar indiscriminadamente a todos los referentes comunitarios de los barrios populares. Su argumento es que muchas organizaciones realizan tareas concretas en lugares donde el Estado no llega y que, si esos espacios desaparecen, no necesariamente serán reemplazados por una administración estatal más eficiente.
Puede ocurrir algo bastante peor.
“Ese espacio que dejan libre estoy seguro que lo va a ocupar el narcotráfico”, advirtió.
En ese punto, su preocupación conecta directamente con una cuestión más amplia: el debilitamiento de las instituciones que organizan la vida cotidiana en los territorios. No es casual que los debates recientes sobre pobreza, educación y narcotráfico hayan vuelto a poner en primer plano la incapacidad de la dirigencia para construir respuestas comunes.
La discusión con Milei también tiene una dimensión ideológica y religiosa. Cuando el Presidente calificó a la justicia social como una aberración, Zarazaga sostuvo que esa idea iba en contra del mensaje del Evangelio.
La tensión no es exclusivamente personal. Desde el comienzo de la administración libertaria, la relación entre el mileísmo y sectores de la Iglesia estuvo atravesada por el debate sobre justicia social, mercado y pobreza, mientras la homilía del arzobispo Jorge García Cuerva frente al Presidente volvió a mostrar que existe una disputa cultural mucho más profunda entre la Iglesia y el proyecto libertario.
Durante años estudió a los pobres y ahora empezó a mirar a los ricos
Quizás el movimiento más interesante que detecta el informe de La Sastrería ocurrió durante los últimos años. Durante buena parte de su carrera, Zarazaga dirigió la mirada principalmente hacia abajo: pobreza, clientelismo, organizaciones sociales, barrios populares y políticas públicas. Más recientemente empezó a mirar con la misma intensidad hacia arriba: empresarios, élites económicas, dirigentes políticos y sectores religiosos con capacidad real para transformar la Argentina.
La pregunta dejó de ser solamente por qué los pobres viven como viven y pasó a incluir otra, bastante más incómoda: qué proyecto de país están construyendo quienes tienen los recursos y el poder para modificar esa realidad.
Ese interrogante coincide con una discusión que ganó volumen durante los últimos meses. Economistas, dirigentes y empresarios comenzaron a preguntarse qué modelo productivo necesita la Argentina para evitar una fractura económica y social, mientras especialistas como Martín Alfie plantean que el país tendrá que encontrar nichos competitivos y definir de qué quiere vivir.
El debate no es abstracto. El mercado laboral muestra señales cada vez más difíciles de ignorar: el desempleo aumentó mientras incluso el cuentapropismo perdió fuerza, la economía exhibe sectores que crecen mientras otros destruyen miles de empleos y la industria manufacturera continúa sin encontrar un piso claro.
Eso vuelve especialmente relevante la mirada de Zarazaga sobre las élites. Si el país consigue estabilizar la macroeconomía y multiplicar las exportaciones, pero al mismo tiempo pierde empleos, instituciones compartidas y movilidad social, la pregunta por el desarrollo seguirá abierta.
El problema no es solamente que unos tengan más que otros
Para Zarazaga, la desigualdad no puede medirse únicamente comparando ingresos. Se vuelve mucho más peligrosa cuando diferentes sectores de la sociedad dejan de compartir escuelas, barrios, instituciones, experiencias y expectativas sobre el futuro.
La Sastrería describe esta preocupación como la desaparición progresiva de los puentes que antes conectaban mundos distintos: la villa con el Estado, los sectores populares con la política, la empresa con el desarrollo nacional, la dirigencia con el territorio y la Iglesia con la sociedad.
La experiencia argentina ofrece antecedentes de sobra sobre lo que ocurre cuando esos consensos se rompen. Incluso análisis históricos sobre el Rodrigazo y la ruptura del viejo contrato social argentino vuelven una y otra vez sobre la importancia de instituciones capaces de integrar a sectores con intereses distintos.
Por eso Zarazaga parece sentirse especialmente cómodo en los lugares de intermediación. No porque crea que todos deberían pensar igual, sino porque considera necesario que exista algún espacio donde personas con intereses diferentes puedan verse, discutir y, eventualmente, construir algo común.
En una política que frecuentemente oscila entre la confrontación permanente y acuerdos puramente tácticos, esa idea contrasta con la lógica dominante. El propio debate público alrededor de Milei vuelve recurrentemente sobre la necesidad —o el rechazo— de construir consensos para sostener reformas profundas, mientras incluso dentro del peronismo se discute si alcanza con ser simplemente la contracara del Presidente o hace falta construir una propuesta propia.
El lugar donde se forman algunos de los dirigentes que vienen
Ese principio también organiza el trabajo cotidiano de Zarazaga. Como rector del Instituto Universitario CIAS, participa de una institución de origen jesuita creada en 1956 que combina investigación social con formación política y que define a la política como una herramienta para transformar la realidad.
La Escuela de Liderazgo del CIAS selecciona anualmente a 32 alumnos teniendo en cuenta sus méritos académicos, el nivel de gravitación que ya poseen dentro de sus organizaciones políticas y su potencial de crecimiento. La pluralidad partidaria no aparece como un accidente, sino como parte deliberada del diseño.
En un momento en que buena parte de la dirigencia vuelve a discutir reformas políticas, laborales y previsionales de enorme profundidad, Zarazaga trabaja en algo menos visible pero probablemente más duradero: reunir y formar a personas que mañana pueden ocupar lugares importantes dentro de partidos distintos.
Ese método también explica por qué resulta difícil clasificarlo ideológicamente. No parece particularmente interesado en construir un espacio propio, sino en mejorar la calidad de quienes ya participan de la política.
Por qué su voz empieza a pesar
La paradoja final es que Zarazaga adquirió influencia haciendo casi todo lo contrario de lo que recomienda el manual contemporáneo para conseguirla. No convirtió cada pensamiento en un posteo, no armó una comunidad digital alrededor de su nombre y no parece obsesionado con intervenir todos los días sobre la agenda pública.
Mientras las redes premian velocidad, indignación y contundencia, su forma habitual de argumentar sigue otro camino. La Sastrería detecta una estructura que se repite: primero reconoce una parte del argumento contrario, después introduce una complejidad que considera ignorada, modifica la relación entre causas y consecuencias y finalmente llega a una conclusión diferente. El informe define ese estilo como “prudencia epistemológica, firmeza normativa”.
Tal vez esa sea precisamente la explicación de por qué empieza a ser escuchado.
La Argentina discute simultáneamente cómo crear empleo, qué industrias conservar, cuánto apostar a los recursos naturales y cómo volver a generar movilidad social. Discute si debe producir de todo o especializarse, una cuestión que aparece en la discusión sobre la nueva estructura productiva argentina; cómo enfrentar una economía que avanza a dos velocidades; y cómo evitar que las nuevas oportunidades energéticas terminen construyendo simplemente islas de prosperidad en un país fragmentado.
Zarazaga no ofrece una fórmula mágica para resolver esos dilemas y quizás ahí radique parte de su atractivo. En lugar de dar una respuesta para cada problema, vuelve una y otra vez sobre la necesidad de reconstruir los vínculos entre mundos que dejaron de encontrarse.
En una Argentina organizada alrededor de trincheras cada vez más cerradas, su influencia parece crecer precisamente porque puede moverse entre lugares que rara vez dialogan: el barrio y la universidad, la política y la Iglesia, la pobreza y las élites, la teoría y la realidad.
Y mientras buena parte de la conversación pública intenta decidir quién tiene razón, Zarazaga parece concentrado en una pregunta anterior y bastante más difícil: cómo volver a construir un país en el que todavía exista algo en común entre personas que viven realidades completamente diferentes.
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