domingo, 16 agosto
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Ernesto Sanz: “Milei y el kirchnerismo son primos hermanos”

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Ernesto Sanz está a punto de cumplir setenta años y la canción “El Abuelo” de Alberto Cortez lo hace llorar. Él mismo explica su determinación de abandonar los altos cargos políticos para no perderse “el asado de costilla de los domingos”. 

Pese a su origen cuyano, Sanz prefiere la sidra antes que el vino. Tras haber tenido en sus manos el destino de la Unión Cívica Radical y el diseño del gobierno de Cambiemos, hoy su prioridad es viajar a Puerto Madryn para ver a su nieta de doce años jugar en la selección mendocina de hockey o pararse detrás del alambrado para alentar a su otro nieto, arquero en una cancha de fútbol infantil.

Sanz nació en San Rafael el 9 de diciembre de 1956, en una casa familiar donde el derecho funcionaba como idioma doméstico. 



Su padre y su madre ejercían la abogacía. El padre llegó a ser juez, pero renunció para fundar, en 1948, el estudio jurídico que Sanz dirige en la actualidad. La madre completó sus estudios en Santa Fe, la misma ciudad elegida por Ernesto para formarse en la Universidad Nacional del Litoral. Allí obtuvo su título apenas dos años después de Horacio Rosati y Ricardo Lorenzetti, actuales miembros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Su primer día de clases en la Universidad del Litoral coincidió con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Al llegar a la facultad, había un operativo militar; el Ejército retuvo los documentos de identidad de los alumnos en la puerta y los devolvió recién a la salida. 

Sanz se recibió a principios de 1980, en cuatro años y medio, inmerso en un clima de terror cultivado por la última dictadura. 



La vocación política lo alcanzó de lleno tras la Guerra de Malvinas y el retorno democrático. Sanz regresó a San Rafael con el título bajo el brazo y asumió la presidencia de la Juventud Radical de su ciudad. Ese cargo lo catapultó como delegado por Mendoza al histórico congreso de normalización partidaria. Allí presenció el traspaso de mando entre Jesús Rodríguez y la nueva conducción de Carlos Raimundi. 

Su ascenso institucional fue meteórico. Entre 1993 y 1999 Ernesto ocupó una banca como senador provincial y presidió el bloque de la UCR. De inmediato, el voto popular lo ungió intendente de San Rafael, un territorio que gobernó hasta 2003. Ese año dio el salto definitivo a la política nacional al jurar como senador de la Nación, una banca retenida hasta 2015. 

Su influencia mayor se expuso al dominar la superestructura del partido centenario. Sanz presidió el Comité Nacional de la UCR en dos períodos: primero entre 2009 y 2011, y luego en la etapa crucial de 2013 a 2015. Desde ese sillón, diseñó la estrategia de la convención de Gualeguaychú y compitió como precandidato a presidente en las PASO de Cambiemos.



Hoy reparte sus semanas entre Mendoza y Buenos Aires. En la capital porteña mantiene un vínculo profesional con el exjuez del Juicio a las Juntas Ricardo Gil Lavedra y el exprocurador del Tesoro Bernardo Saravia Frías. Su lugar en el mundo sigue firme en San Rafael junto a su esposa. Ella, nutricionista, prefirió la vida de campo antes que la ciudad, incluso durante los doce años de mayor vértigo legislativo de su marido. 

Tienen dos hijos, de 42 y 40 años, y cuatro nietos. Él mismo se define como un abuelo de tiempo completo.

Ermesto Sanz
Hoy Ernesto Sanz reparte sus semanas entre Mendoza y Buenos Aires



Cómo convencer a Macri

Era noviembre de 2014 y la cena no tenía nada de social. En el cuarto piso de un edificio blanco, de aspecto vintage, justo donde la calle Cavia se estrella contra la Avenida Libertador, Ernesto Sanz sabía que estaba entrando en territorio hostil.

Adentro lo esperaba Mauricio Macri. El entonces jefe de gobierno porteño vivía allí con Juliana Awada y una Antonia todavía muy pequeña. 

Juliana ofició de anfitriona con “una calidez extraordinaria” —narra Ernesto Sanz en charla con El Economista— y sirvió pastas. Pero mientras los tenedores se movían con parsimonia, sobre la mesa se libraba una guerra.



Sanz había llegado acompañado por su propio scrum radical: Jesús Rodríguez y Juan Boni Radonjic. 

Por algún motivo que la política a veces no explica, Macri, un hombre forjado en la desconfianza del empresariado y el pragmatismo feroz, le tenía una confianza ciega a Boni. Sin él, la cena habría sido en un café frío y protocolar. Con él, estaban en el living de Macri, yendo al hueso.

El objetivo de Sanz era convencer a Macri de que el PRO no podía ganar sólo y de que el radicalismo no iba a permitir ser desmembrado. Había que armar una coalición institucional. Macri escuchaba, elusivo. De a ratos, se desentendía y pateaba la pelota afuera. Aunque el muro de contención no era él, sino Marcos Peña.



Peña actuaba esa noche como el guardián de la doctrina de Jaime Durán Barba. El consultor ecuatoriano, ausente en la mesa pero omnipresente en el ambiente, detestaba la idea de aliarse con el radicalismo, partido considerado como parte de la “vieja política”. La estrategia amarilla era otra: absorber dirigentes radicales sueltos, de a uno, vaciando al partido radical por goteo.

Sanz avanzaba con argumentos, buscando clavar una lanza en la lógica del PRO. Peña desarticulaba cada planteo con los manuales de la nueva política. En medio de esa esgrima verbal, a Sanz le llamó la atención un detalle: el mutismo de Emilio Monzó

El gran operador político del macrismo apenas sí pronunció un par de generalidades y se guardó en el silencio. Terminaron las pastas. Se despidieron. La sensación térmica del radicalismo era de haber chocado contra una pared.



Monzó
A Sanz le llamó la atención un detalle: el mutismo de Emilio Monzó. 

“¡Estos tipos están locos!”

Minutos después, en el hall de planta baja del edificio, Sanz, Jesús Rodríguez y Boni Radonjic se miraron. La noche de Buenos Aires pesaba.

—Bueno, flaco, esto va a ser muy duro —dijo uno de ellos—. Evidentemente tenemos que lidiar contra la estructura del PRO, que no quiere saber nada con nosotros.



Estaban asumiendo el tamaño de la derrota táctica cuando el ascensor se abrió. De él salió Emilio Monzó. Marcos Peña se había quedado arriba, a solas con Macri.

—¿Para dónde van? —preguntó Monzó—. ¿Me llevan?

Subieron los cuatro al auto. Cuando las puertas se cerraron y se alejaron de la calle Cavia, la compostura de Monzó se desmoronó. Fue una catarsis instantánea, un torrente de palabras atragantado desde el cuarto piso.



¡Estos tipos están locos! —estalló Monzó—. Ese Durán Barba nos va a hacer estrellar. Nosotros tenemos que hacer lo que ustedes le acaban de proponer a Mauricio. Yo estoy a favor de esto. Considérenme un aliado y vamos a pelearla por adentro.

Sanz escuchaba. Aquel viaje en auto fue el auténtico germen de Cambiemos. Monzó se había puesto la camiseta de la coalición y, a partir de esa noche, la misión de Sanz era usar esa puerta abierta para neutralizar la estrategia de Peña y Durán Barba. A Boni, mientras tanto, le encargaron una misión artesanal: seguir visitando a Macri a solas. Trabajar sobre su cabeza.

Domaste a la fiera, loco

Para diciembre de 2014, poco más de veinte días después de la cena de las pastas en la casa de Macri, Ernesto Sanz volvió a pedirle una reunión a Macri. Esta vez fue sólo. 



El año 2015, electoral y brutal, se le venía encima. Dentro de su propio partido, figuras como Gerardo Morales coqueteaban con Sergio Massa. Sanz necesitaba saber dónde estaba parado el líder del PRO.

Al entrar, notó el cambio. La atmósfera era otra. Macri estaba receptivo, condescendiente, distinto. El trabajo de ablande, la persuasión invisible de Radonjic, había hecho efecto. “Domaste a la fiera, loco“, le reconocería Sanz a su amigo tiempo después.



El acercamiento era tal que, semanas más tarde, la dinámica del poder se invirtió: ahora era Macri quien quería a Sanz.

Ocurrió ya entrado el 2015, después de la convención de Gualeguaychú, cuando las listas aún eran borradores. Coincidieron de casualidad en una gira por Tucumán. Macri no anduvo con vueltas. Hizo subir a Sanz a su camioneta y, mientras el vehículo aceleraba rumbo al aeropuerto, a solas los dos en la parte trasera, lanzó la oferta que cualquier político tradicional habría aceptado sin pensar:



—Vos tenés que acompañarme como vice —le dijo Macri, mirándolo fijo—. Tenemos que hacer la fórmula.

Ernesto Sanz, el hombre que venía de ganar la batalla interna de su partido en Gualeguaychú, tenía servida la vicepresidencia de la Nación. Pero Sanz tenía en la cabeza otro diseño colectivo.

—No, Mauricio, no —lo frenó Sanz—. Vos te equivocás.



Macri lo escuchó, sorprendido.

Nosotros tenemos que ir a una PASO —explicó Sanz—. Carrió tiene que ser candidata, yo tengo que ser candidato, y vos tenés que ser candidato. Vas a ganar vos. Pero nosotros tenemos que juntarte los votos necesarios para que, la noche de la elección, el zócalo de la televisión diga que entre los tres llegamos a 30 %.

Si esa noche juntamos 30 puntos, hay segunda vuelta y vos vas a ser presidente de los argentinos. En cambio, si yo te acompaño en la fórmula, entre los dos sacamos 26.



Boni
“Domaste a la fiera, loco”, le reconocería Sanz a su amigo Juan Boni Radonjic tiempo después.

El piso del acuerdo

Faltaba una semana para la convención radical de Gualeguaychú. Marzo de 2015. Ernesto Sanz volvió al departamento de Macri del cuarto piso sobre la Avenida Libertador. Esta vez cruzó la puerta en soledad. Juliana Awada, otra vez en el rol de anfitriona impecable, sirvió milanesas para dos.



Sanz fue a sincerarse. Llegó con el corazón en la mano. La jugada de Gualeguaychú representaba un punto de no retorno: la gloria o la tumba. Él creía tener los votos para alinear al partido detrás del acuerdo con el PRO, pero necesitaba garantías. Era imposible enfrentar a los popes radicales con las manos vacías.

La exigencia de Sanz fue concreta. El piso de la alianza debía ser, como mínimo, la renovación total de las bancas puestas en juego por la Unión Cívica Radical: siete senadores y dieciocho diputados.



Macri escuchó. El jefe de gobierno porteño desconocía la filigrana electoral del interior del país; ignoraba qué provincias renovaban legisladores. Pero extendió la mano y selló la promesa.

—Quedate tranquilo —le aseguró.

El excedente, lo que se pudiera sumar por sobre ese piso histórico, quedó delegado a la muñeca de Emilio Monzó.



El pasaporte a la segunda vuelta

La noche de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), la matemática confirmó la arquitectura de Gualeguaychú. Los números aparecieron en los zócalos de la televisión tal como Sanz los había dibujado en el asiento trasero de aquella camioneta en Tucumán. Macri obtuvo el 24%, Sanz aportó un 4% y Elisa Carrió sumó el 2% restante. El total fue un 30% exacto.

Ese umbral de competitividad preparó el terreno para las elecciones generales de octubre. En la primera vuelta, la fórmula de Cambiemos alcanzó el 34,15% y quedó a exactos 2,93 puntos de Daniel Scioli, quien logró el 37,08%. Ese empate técnico forzó el balotaje definitivo. Allí, Mauricio Macri se impuso en las urnas y se convirtió en presidente.

Cambiemos fue la llave que le permitió al no peronismo arrebatarle el poder al peronismo tras doce años. De aquellos dieciocho diputados que Sanz buscaba proteger con desesperación entre bocados de milanesa, el radicalismo cosechó treinta. De los siete senadores originales, saltaron a once.



Sanz Carrió
Cambiemos fue la llave que le permitió al no peronismo arrebatarle el poder al peronismo tras doce años.

“Antes que político, soy un ser humano”

Ernesto Sanz había diseñado la PASO que aglutinó a la oposición y había alineado al radicalismo detrás de Cambiemos. Ahora, el premio mayor estaba sobre la mesa: el flamante presidente electo, Mauricio Macri, lo quería como ministro de Justicia de la Nación.



Decirle a Macri que no aceptaba esa propuesta y ninguna otra porque ” regresaba a su casa” fue uno de los momentos más impactantes de su vida. 

Durante años, el establishment político se resistió a creer que un dirigente en el apogeo de su influencia pudiera renunciar al poder por motivos puramente domésticos. Se tejieron teorías y circularon rumores de pactos ocultos.



Sanz conoce perfectamente ese escepticismo. 

—Espero que me creas —pide, casi a modo de advertencia—. Porque en un mundo donde nadie le cree nada a nadie, que un político te venga a explicar algo desde lo humano, te van a decir: ‘Ah, flaco, me mentís’. Pero mi vida fue así, y la decidí así.

Para el exsenador, no hubo ninguna conspiración amarilla, sino un colapso personal.

—Para mí, en lo personal, la política fue una pasión en mi vida —justifica Sanz —. Pero en los últimos años, del 2012 en adelante, se transformó en una pasión tóxica. La parte tóxica de la política me venció. Nunca pude unir mi lugar de origen y mi familia con la política.

Sanz no era un dirigente porteño que después de una sesión acalorada en el Congreso volvía a cenar a su casa. Era un político del interior. Su base estaba en la ciudad de San Rafael. Allí tenía todo: su estudio jurídico, sus socios, su matrimonio y una familia en la cual acababan de nacer dos nietos, en 2014 y 2015. Durante doce años, asegura, ese mundo había quedado en pausa.

Venía con un complejo de culpa con mis hijos, a quienes había abandonado —explica—. El complejo de culpa de todos los políticos. Durante doce años de mi vida abandoné todo eso y en la última etapa me empezó a pesar mental, psicológicamente y hasta en la salud.

Por eso, según su relato, cuando Macri le ofreció el ministerio, la respuesta ya estaba tomada de antemano.

—Le dije: “Mirá Mauricio, yo te puedo acompañar de otras maneras, pero no me voy a venir a vivir a Buenos Aires. Si tomo esta decisión, lamentablemente es una bisagra negativa en mi vida. Tengo que abandonar muchas cosas, hasta mi matrimonio, y no estoy dispuesto a hacerlo. Antes que político, soy un ser humano“.

Macri lo entendió, a su pesar. Quienes nunca lo comprendieron fueron los demás dirigentes del radicalismo, que se sintieron huérfanos de liderazgo en el inicio de la nueva presidencia y todavía hoy le facturan el “abandono”.

—Si yo tuviera que ponerle un título —resume Sanz, aferrado a su verdad—, el ser humano le ganó la pulseada al político. Han pasado más de 11 años de aquella decisión y asegura que no solo jamás se arrepintió, sino que la volvería a tomar en una situación similar. 

El primer terremoto de la era Macri

El 10 de diciembre de 2015, mientras Mauricio Macri recibía la banda presidencial y el país entero observaba la asunción, Ernesto Sanz no estaba en Buenos Aires. Ya había terminado su mandato como senador, había entregado la presidencia de la UCR a José Corral y se había vuelto a su casa.

Dos días después, armó las valijas.

—Le dije a mi mujer: ‘Vámonos a Chile’. Agarramos el auto y nos fuimos. Quería alivianar la cabeza, tenía veinte mil cosas.

El 14 de diciembre, mientras descansaba del otro lado de la cordillera, sonó su teléfono. Era Mauricio Macri.

—¿Dónde estás? Te necesito en Buenos Aires —me dijo. 

Lo que había pasado era que la nueva administración enfrentaba su primera crisis política grave. El asesor jurídico Fabián “Pepín” Rodríguez Simón había aconsejado al presidente designar por decreto a los jueces de la Corte Suprema Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz. El rechazo público fue inmediato y el gobierno necesitaba ayuda para apagar el incendio. Macri, desde la Casa Rosada, llamaba al mendocino que estaba de vacaciones.

Sanz interrumpió el viaje, dejó a su esposa en San Rafael y tomó el primer vuelo disponible. Para el 16 de diciembre, estaba sentado frente a Macri en el despacho presidencial. Era la primera vez que se veían desde la asunción.

—Me recibe ya como presidente en la Casa Rosada. Solos los dos. Y me dice: ‘Bueno, ¿qué hacemos? Me parece que metí la pata’ —recuerda Sanz—. Y yo le digo: ‘Sí, claro que metiste la pata. ¡Es una pelotudez! Yo no te hubiera aconsejado nunca esto’

La solución de Sanz fue eminentemente política: le exigió al presidente que enviara de urgencia los pliegos al Senado. Prometió salir a defender la jugada en los medios, siempre y cuando se encauzara la vía institucional de inmediato.

—Si no lo hacíamos, cada día que pasaba, ese decreto se iba a transformar en un terremoto político a una semana de asumir.

El gobierno como directorio de empresa

Tras apagar el incendio del decreto de la Corte, Macri intentó retener a su bombero estrella. Le pidió a Sanz que se quedara cerca. El mendocino le recordó que no pensaba mudarse a Buenos Aires. La solución del presidente fue invitarlo a integrar la mesa de coordinación nacional.

Sanz aceptó participar dos días a la semana —martes y miércoles— sin cargo, sin sueldo y sin despacho, compatibilizando la tarea con su trabajo en el estudio jurídico de Ricardo Gil Lavedra. Viajaba en avión, dormía un par de noches en Capital y regresaba a Mendoza. Para él, ese régimen era posible. 

Pero la mesa de coordinación pronto se transformó en un campo de batalla. De un lado estaban los “ojos” del presidente: Marcos Peña, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana. Del otro lado, se alinearon los defensores de un acuerdo de gobernabilidad con el peronismo no kirchnerista: Emilio Monzó, Rogelio Frigerio, Alfonso Prat-Gay y el propio Sanz.

—Habíamos hablado con Pichetto —revela Sanz, dibujando el mapa de alianzas que nunca fue—. Pichetto seguía siendo el jefe del bloque de senadores del PJ y tenía en sus manos a varios gobernadores, como el “Gringo” Schiaretti. Pichetto no quería saber nada con Cristina, estaba harto, se quería independizar.

La estrategia del ala política era clara: usar a ese peronismo dialoguista para blindar la gestión. Pero del otro lado, el trío de la jefatura de gabinete operaba bajo el dogma de Jaime Durán Barba, que prefería polarizar y mantener la pureza de la marca PRO.

En esa guerra interna, el bando político empezó a sufrir bajas.

—La primera baja fue Alfonso. Era un ministro con luz propia y eso afectaba su relación con Mauricio. Perdimos un aliado. La segunda baja fui yo.

Me fueron aislando —describe—. Como yo iba nada más que dos veces a la semana, llegó un momento en que el trío de Peña y Lopetegui avanzaba. Cuando yo me sentaba en la reunión y no estaba Emilio porque no había podido ir, yo era el patito feo. Ya no podía meter ni un bocado. Para colmo, algunos Radicales celosos de mi protagonismo, no perdían oportunidad de limarme. 

Al año y medio de gestión, cerca de las elecciones legislativas de 2017, Ernesto Sanz decidió que la dinámica no daba para más. Se acercó a Macri por última vez en ese rol.

—Le dije: ‘Mirá, Mauricio, no tiene ningún sentido, yo ya no te puedo ayudar más. Esto es todo. Llamame cuando vos quieras, estoy a disposición, pero ya no tiene sentido que siga viniendo acá. Ya era una pelotudez.’ Y dejé de ir.

Sanz abandonó la mesa y regresó a Mendoza. La historia del macrismo, afirma el radical, quedó sellada en ese triunfo silencioso del bando de la pureza partidaria.

—¿Considerás que si hubieras sido ministro de Justicia, quizá sí le hubieras ganado esa batalla desde adentro? —le pregunta El Economista a Sanz.

—No lo sé, y creo que no. Cambiemos no fue una coalición de gobierno; fue una coalición solo parlamentaria. En el gobierno no había coalición, en el gobierno había Macri. Macri era el presidente del directorio de una empresa con gerentes. Y tomaba la decisión él, y a lo sumo Marcos Peña.  Entonces yo, por más que hubiera sido ministro de Justicia, no hubiera podido.

Sanz - Fotos Emmanuel Fernández
Sanz: “Cambiemos no fue una coalición de gobierno; fue una coalición solo parlamentaria”

El pulso del presente

—¿Qué evaluación hacés del gobierno de Javier Milei?

—Yo siempre lo caratulé como un gobierno de transición. Nunca compré, ni creí, ni creo que sea un gobierno que venga a quedarse en la Argentina para fundar una nueva etapa, una época o una era. Le reconozco que su contenido rupturista le sirvió para llegar y para gobernar en la primera etapa, hasta las elecciones legislativas del año pasado. 

Como lo veo como una transición, noto que el gobierno ha quedado encerrado en una lógica imperante al inicio de su gestión: la lógica de la macroeconomía, del orden económico, del equilibrio fiscal y del combate contra la inflación. Esa dinámica la pudo llevar adelante durante los dos primeros años, pero esas herramientas ya no alcanzan

Se ve hoy en la calle; la economía es mucho más que eso. Lo que fue el fuerte de su respaldo se está transformando en su talón de Aquiles, provocando la huida o el abandono de muchos votantes que migran hacia un centro donde quedan huérfanos.

La pregunta del millón es quién representa a esos “huérfanos de la polarización”, para usar un título del periodista Jorge Liotti. Yo creo enormemente que hay huérfanos de la polarización sin deseos de volver al pasado —con el kirchnerismo acechando en el otro extremo—, pero que tampoco están dispuestos a seguir dándole un cheque en blanco a un modelo que no da las respuestas que la Argentina necesita en este momento.

—¿Cuál sería esa respuesta?

—Un programa económico de desarrollo productivo que, por supuesto, arranque con la base del ordenamiento macroeconómico que Milei deja. Aunque yo tengo muchos reparos acerca de las herramientas que uso. Las víctimas, jubilados, obra pública, provincias, hoy muestran las huellas del ajuste.   

No estoy pensando en alguien fundacional que eche por la borda todo lo hecho. Hay que arrancar desde acá, pero con otra gente, con otra cabeza y con otro equipo. Ni Milei lo puede hacer, ni tampoco su equipo actual, experto en finanzas para la primera etapa pero al que le falta una pata productiva. 

Quien lo está explicando muy bien es Hernán Lacunza. Lo aprecio mucho y lo plantea con claridad. Para que exista esa alternancia, ese recambio y ese salto cualitativo hacia adelante, tiene que haber un espacio que represente a esa gran pileta que todos los días se llena de disconformes. Hoy eso no está.

Hay una enorme oportunidad para reconstruir un símil Cambiemos en espíritu y filosofía. Pienso en una gran PASO de ese mundo republicano y progresista que le dé a la Argentina el salto hacia adelante. 

Sueño con eso: que el PRO tenga su candidato, que el radicalismo tenga el suyo, y que la Coalición Cívica y el Socialismo también participen. 

Tuvimos un primer encuentro el 28 de mayo, que fue una suerte de catarsis para medir la disposición del radicalismo. El segundo encuentro ya fue más programático: invitamos a Alfonso Prat-Gay, a Carlos Pérez Llana para temas de relaciones internacionales, a politólogos como Martín D’Alessandro y Liliana De Riz, y a Ricardo Gil Lavedra en la parte institucional. 

Ahora pensamos en un tercer encuentro, aún en borrador, para reunir a las fundaciones: Pensar del PRO, Alem del radicalismo, Hannah Arendt de la Coalición Cívica y CEMUPRO del socialismo. 

Queremos sumar a figuras individuales como Pablo Javkin, el intendente de Rosario, para empezar a delinear ideas. Por el otro lado, Emilio Monzó, Nicolás Massot y otros dirigentes están detrás del armado de Jorge Brito. Está bien que lo hagan, cada uno debe hacer lo suyo, pero todos estamos mirando lo mismo. Incluso el periodista Daniel Hadad lo advierte: esa gran autopista del centro se va llenando de agua todos los días.

—¿Y quién puede ser el candidato del radicalismo?

—No lo sé. Hoy los dos dirigentes en mejores condiciones para representar estas ideas son Maximiliano PullaroAlfredo Cornejo. Ambos tienen peso y capacidad de gestión, y hacen radicalismo en sus provincias. 

Cornejo enfrenta mayor resistencia del establishment partidario por su acuerdo inteligente con Milei, que le garantizó gobernabilidad. 

Pullaro irá por la reelección en Santa Fe y Cornejo, al no tener esa posibilidad en Mendoza, no sé qué hará, aunque me consta que observa este escenario. 

El problema de Cornejo es que debe construir mayor imagen y vínculo con el radicalismo nacional, algo que Pullaro ya logró en cierta medida. De todos modos, no tenemos un candidato definido. Primero hay que construir el espacio y luego definir los nombres. Si logramos llegar al año que viene con una gran PASO que involucre a todos estos sectores, la cosa se va a poner linda.

—En su discurso, Milei suele criticar con mayor énfasis al centro político y a sectores moderados como el radicalismo que al kirchnerismo. ¿Por qué?

—Porque sabe que nosotros le pegamos en la matadura. Sabe que el antagonismo con el kirchnerismo es marketinero, para el show y la tribuna. En el fondo, son dos versiones del populismo, uno de derecha y otro de izquierda; son primos hermanos que se pelean en familia. 

Su talón de Aquiles es el progresismo eficiente, un modelo de Estado presente que él rechaza. En Mendoza, por ejemplo, las dos áreas de gestión más importantes son la educación y la salud pública, y funcionan extraordinariamente bien. En Santa Fe, la prioridad es la seguridad. Ambas concepciones son la antítesis de su pensamiento. 

Milei puede tener de aliado a Cornejo, pero la provincia de Mendoza en sí misma es la refutación empírica de sus creencias. Por eso prefiere atacarnos para que desaparezcamos y el escenario quede reducido a la polarización, igual que hacía Durán Barba en 2016. Milei y Cristina. Él cree que así tiene el triunfo asegurado. Pero ojo, Durán Barba creía lo mismo y ya vimos cómo le fue en 2019. Cuando alimentás a tu enemigo de esa manera, se te va de las manos.

Sanz - Fotos Emmanuel Fernández
“Milei y el kirchnerismo son dos versiones del populismo, uno de derecha y otro de izquierda; son primos hermanos que se pelean en familia”, concluye Sanz

Fuera de agenda

—¿Un proyecto?

—Vivir los años por venir con la diversidad actual de familia, trabajo y amigos. Atravesar esta etapa con el foco en el disfrute pleno de esa variedad.

—¿Un lugar?

—San Rafael, Mendoza.

—¿Un prócer?

—Mi prócer histórico es el general San Martín. Siento mucha influencia de su figura por mi condición de mendocino, pero además hubo una persona clave para comprender mejor ese legado: Rodolfo Terragno, un gran sanmartiniano y autor de muchos libros al respecto. Sin embargo, mi prócer político, sin dudas, es Raúl Alfonsín.

—¿Una persona que admirás?

—Alfonsín y Felipe González.

—¿Un libro?

—Para la risa, los cuentos del Negro Fontanarrosa. Para pensar, “Dios en el laberinto”, de Juan José Sebreli.

—¿Una película?

—Más que película, prefiero nombrar una serie. La miro por segunda vez y la disfruto como la primera: “Homeland“.

—¿Una banda o una canción?

—La canción capaz de hacerme llorar hoy, a punto de cumplir setenta años, igual a la primera vez de su escucha, es “El abuelo”, de Alberto Cortez. Es mi propia historia. Mi abuelo español con quien tuve una relación extraordinaria.  Quien escuche esa letra y comparta una figura familiar de ese tipo, llora desde la primera estrofa.

—¿Una comida?

—El asado.

—¿Una bebida?

—A pesar del origen mendocino y del gusto por el vino, una bebida que prefiero es la sidra, quizá por mis raíces españolas.

—¿Un placer?

—El asado de los domingos con mis hijos y mis nietos.

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