domingo, 20 septiembre
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El derrame económico que no llega: la inversión que produce sin desarrollar

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La teoría del derrame vuelve a ser sometida a prueba y, una vez más, no la supera. Un megaproyecto minero, con una inversión de US$ 18.000 millones, resolvió importar una ciudad entera, prefabricada, para alojar a sus trabajadores. La escena es elocuente: la inversión existe, llega, se instala y produce, pero no encadena. El capital aterriza como un enclave y la red de proveedores nacionales que debía traccionar empleo y desarrollo regional queda, lisa y llanamente, afuera del negocio. Ni siquiera fue invitada a competir.

No se trata de un episodio aislado ni de un capricho logístico. Es la fotografía de un modelo. Un modelo que concibe el desarrollo como la sumatoria de islas exportadoras desconectadas del entramado productivo, donde el dinamismo de algunos sectores convive con la atrofia del resto. La promesa era otra: que las grandes inversiones en minería y energía funcionaran como locomotoras de una constelación de pymes proveedoras capaces de generar trabajo calificado y arraigo territorial. Esa promesa, por ahora, no encuentra correlato en ningún dato.

Un mercado laboral que se contrae en todo el mapa

El problema sería menor si el empleo mostrara fortaleza. No la muestra. La caída del trabajo privado formal de los últimos dos años fue generalizada y abarcó a la enorme mayoría de los departamentos del país. Y el hallazgo más incómodo desmiente el relato oficial: el interior pierde empleo más rápido que el conurbano. La fantasía de una desconurbanización virtuosa —trabajadores que abandonan el Gran Buenos Aires para reabsorberse en las nuevas mecas exportadoras de la Patagonia o el Noroeste— se estrella contra la realidad. Donde más se destruye empleo es precisamente en las regiones que el discurso señalaba como tierra prometida.



El Noreste encabeza la contracción, seguido por el Noroeste y Cuyo. Las pequeñas ciudades y los departamentos rurales sufren retrocesos que duplican a los de los grandes centros urbanos. La sangría, además, no se detiene: mes a mes se siguen destruyendo puestos asalariados y se evaporan miles de monotributistas. El stock de empleo formal perdido durante la actual gestión ya se mide en cientos de miles. No es un ajuste transitorio en busca de un nuevo equilibrio: es un deterioro persistente que se naturaliza.

La competitividad que nadie quiere nombrar

A la ausencia de derrame se suma una restricción que el oficialismo omite con disciplina: el atraso cambiario. Mientras se celebra la acumulación de reservas y la desaceleración de los precios, la apreciación del peso erosiona en silencio a la industria que debería sostener el empleo. La Argentina se encarece en dólares mientras el resto de la región se abarata. La ecuación resultante es demoledora: las empresas locales deben competir contra economías que subsidian su producción y, encima, cargando con una moneda cara.

Es la lógica del industricidio en cámara lenta. La combinación de apertura comercial sin gradualismo, demanda interna enfriada y ausencia total de incentivos a la integración productiva configura un escenario donde hasta las actividades que deberían ganar con el ciclo exportador terminan perdiendo. Importar una ciudad entera, en ese marco, no es una excentricidad: es la consecuencia previsible de un esquema que renunció a que el desarrollo sea un proyecto y lo redujo a un saldo contable.



Estabilizar no es desarrollar

Aquí reside el núcleo del debate. La desinflación y el equilibrio fiscal son condiciones necesarias, pero de ningún modo suficientes. Una economía no se ordena solamente con metas fiscales y precios en descenso: se ordena con trabajo, con producción, con un Estado inteligente capaz de orientar la inversión hacia el desarrollo en lugar de limitarse a desregular y a esperar un derrame que nunca se materializa. El mercado, librado a su propia inercia, asigna capital con eficiencia pero sin estrategia; y una nación no se construye con eficiencia sin estrategia.

Lo que estamos presenciando es la motosierra sin incubadora: un ajuste profundo, doloroso, pero huérfano de una segunda etapa que reconstruya capacidades productivas. Se desmonta sin edificar. Y el resultado no es una economía más competitiva ni más moderna, sino un empobrecimiento administrado: prolijo en las planillas, ordenado en los indicadores, devastador en los territorios.

El trabajo es lo que ordena a una sociedad. Le da estructura, horizonte, pertenencia. Cuando desaparece, no se abre un espacio para la reconversión espontánea: se abre un vacío que se llena de fragmentación y resignación. Ninguna ciudad importada, por eficiente y reluciente que sea, puede reemplazar el tejido productivo que se está perdiendo. El verdadero desarrollo no se importa en contenedores: se construye, se incuba y se sostiene desde adentro. Esa es, todavía, una decisión política pendiente.



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