Febrero de 1989. El Banco Central deja de vender dólares, terminando de desatar la crisis hiperinflacionaria y el final anticipado del primer gobierno posdictadura, el de Raúl Alfonsín. En el segundo piso de un edificio de la avenida Córdoba 632, un economista recien recibido de 23 años teclea su primer artículo periodístico en una vieja Remington. “Escribí sobre el programa monetario del mes” fue el encargo del treintañero director de aquel respetado semanario económico. “Y ahora qué hago”, se atemorizó el novato, ante la incertidumbre máxima respecto del tipo de cambio, los agregados monetarios, las tasas de interés y la inflación. El resultado del intento, esperable, fue un sinfín de correcciones en rojo sobre el papel pautado, reescrituras, idas y vueltas hasta que finalmente ese viernes la nota vio la luz.
Treinta y siete años después, aquel novato asume la dificilísima misión de semblantear la esencia de un hombre polifacético, periodista de ley, político de alta calidad y bajísima exposición, fino analista, estudioso, amigo fiel, desinteresado y sobrio en su vida privada. Un hombre que supo ver. Todo eso fue Boni. Inspirador de esa confianza inconsciente que el inexperto no llega a reconocer para sí y que sólo entiende con el paso del tiempo. Un líder silencioso, creador de atmósferas laborales productivas, desarrollador de talentos (qué otra cosa más que una cantera inagotable de periodistas económicos ha sido El Economista en sus casi 75 años de existencia), un promotor de lazos personales fuertes.
La vida nos cruzó a partir del año de la caída del muro de Berlín, de la llegada de Carlos Menem al poder, del fin de la historia, de las turbulencias hasta la aparición de la convertibilidad, presentada como la nueva Argentina que supimos ser. El cambio de paradigma y su impronta personal dieron un nuevo formato a El Economista, vistiéndolo de color salmón y adaptando sus estructuras hacia tres ejes, el macro, el financiero y el de negocios. En la redacción era uno más, escribiendo sobre su pasión y su especialidad, la política, no sólo local sino también norteamericana. Esos jueves frenéticos comandaba el cierre, yendo y viniendo del taller de impresión, diagramando y editando. Y también detrás de un movedizo Alejandro, el sucesor, un chiquito que con frecuencia correteaba entre los escritorios de la avenida Córdoba acompañado por su abuelo Dusan.
Jamás me pidió alterar el sentido de un artículo (ni supe que lo hiciera) ni utilizó el medio como herramienta de propaganda política. Honestidad intelectual ante todo. Supe compartir con él largas reflexiones de Juan Vital Sourrouille acerca de su experiencia en el quinto piso del Ministerio de Economía. Comprendí allí que no hay economía sin política, mantra que aplico desde entonces, cuando convertí a ambas en mi modo de comprender el mundo.

Boni fue y siempre será mi amigo. Una amistad cocinada a fuego lento, macerada en base a códigos, confianza, consejos cruzados (más de él hacia mí, claro), a caminatas por el barrio en tiempos de pandemia, a eternas charlas de café (en el Florida Garden, en algunas cadenas de zona norte, en Saint Moritz), a festejos de cumpleaños, a almuerzos y cenas en pareja, a la posibilidad de escucharnos, de escucharlo. Me enorgullezco por habernos elegido, un orgullo que siento cuando percibo que todos, la profesión, la política, los periodistas, lo reconocen. La hermosa reseña de un joven Ramiro Gamboa de hace unos días es más que elocuente.
¿Qué haría, diría, pensaría Boni? En momentos de decisión, muchas veces me (le) hice la pregunta. Confieso que una me quedó trunca, la de nuestro último café, el que no fue, porque la tarde anterior le tocó partir.
