
Mientras discutimos cómo defender el empleo del extinto siglo XX, mediante conflictos resonantes como el generado por el anuncio de cierre de la planta bonaerense de neumáticos Fate, la tecnología avanza en una dirección que torna insignificante cualquiera de esas pequeñas historias que, salvo para quienes las padecen casi a diario con lógico dramatismo, tienen destino de diluirse rápido en el paisaje posindustrial de la época.
En realidad, la automatización masiva no sólo amenaza al trabajo, sino una capa mucho más profunda aún: también podría volver obsoleta la moral productivista que organizó la modernidad. Y entonces, la economía del derroche, un viejo actor ya casi olvidado que hoy suena a tribal, podría reingresar por la puerta grande de este Nuevo Tiempo dónde transcurren varias revoluciones en simultáneo.
Modernidad sin sujeto
Durante dos siglos, el orden fue claro: trabajar, cobrar, consumir, acumular. La dignidad se medía en horas trabajadas. La respetabilidad, en capacidad de ahorro. Pero ese edificio tenía un supuesto invisible: que el trabajo humano era indispensable para producir riqueza.
Hoy ese supuesto, esa columna vertebral del capitalismo que conocimos, empieza a resquebrajarse. La inteligencia artificial, la robótica y la automatización avanzada no están destruyendo sólo empleos: están erosionando el vínculo moral entre trabajo e ingreso.
Cuando Elon Musk advierte que podría ser necesario un ingreso universal, no está haciendo filantropía futurista. Está leyendo una tendencia estructural: la producción empieza a desacoplarse del trabajo humano.
La pregunta ya no es si habrá menos empleo. La pregunta incómoda es otra: ¿qué orden social emergerá cuando el trabajo deje de ser el eje de la vida económica?
Houellebecq y la pista francesa
Ahí aparece la intuición irónica, casi lateral, de Michel Houellebecq en “El mapa y el territorio”. Mientras describe las convulsiones financieras globales, desliza una observación muy filosa: Francia, al no haberse entregado completamente al frenesí productivista, sobrevive vendiendo “hoteles con encanto, perfumes y charcutería fina”. En pocas palabras: su reconocido arte de vivir, su poder blando que continúa atrayendo tanto turismo mundial.
No es nostalgia. Es diagnóstico. Ahí el novelista francés, galardonado con el premio Goncourt gracias a esa gran novela, sugiere que ciertas economías menos obsesionadas con la productividad industrial podrían estar, sin proponérselo, mejor adaptadas a un mundo dónde el valor se desplaza desde la producción masiva hacia la experiencia, la estética y el estilo de vida.
Pero, vale decirlo, la intuición de Houellebecq no es exclusivamente francesa. Hay economías que, aún precarizadas, sostienen un núcleo no industrial de sentido.
Conurbanensis
En mis habituales escapadas al conurbano bonaerense, ese territorio tantas veces reducido a estadística o estigma, suelo ver, a gran escala, algo que el productivismo no logra extinguir: formas celebratorias que sobreviven al margen del rendimiento.
La mesa larga del domingo, el fútbol como liturgia semanal o la amistad cultivada sin cálculo. Asimismo, el asado que no maximiza nada, salvo la conversación. Por cierto, un hábito que no es eficiencia, sino también un arte de vivir como el aludido por Houellebecq.
En contextos donde el empleo formal se vuelve frágil o insuficiente, la comunidad no desaparece: se reconfigura. El prestigio no proviene del cargo ni del salario, sino del carisma, la hospitalidad, la capacidad de convocar.
Es, salvando distancias históricas, una lógica cercana al potlatch: la generosidad visible como fuente de reconocimiento.
Si el futuro automatizado separa el ingreso del trabajo, sociedades que ya saben vivir parcialmente al margen del dogma productivista podrían no estar tan mal posicionadas. No porque sean tecnológicamente avanzadas, sino porque su tejido simbólico no depende exclusivamente del empleo.
Quizás lo que hoy se mira con condescendencia, la sobremesa interminable, el barrio que se organiza alrededor del club, la épica deportiva compartida, sea un anticipo involuntario de una cultura postrabajo.
El potlatch que vuelve del pasado
Cuando Houellebecq describe a los nuevos ricos rusos que gastan sin discutir precios, introduce aquella expresión tan extraña como anacrónica: economía de potlatch.
El concepto, estudiado por el antropólogo y sociólogo francés Marcel Mauss hace un siglo, describe sociedades donde el prestigio no surge de acumular, sino de gastar y regalar de manera ostentosa.
Desde ya, durante la era industrial esto se interpretó como una curiosidad antropológica, una excentricidad premoderna. Pero, ¿y si hoy no lo fuera?
Si la automatización empuja a las sociedades desarrolladas hacia un escenario de “ingreso universal alto” como el sugerido por Musk, es decir, no de mera subsistencia, sino de abundancia material básica, la lógica del estatus podría mutar profundamente.
Cuando lo esencial está garantizado, ahorrar pierde centralidad simbólica, trabajar deja de ser la vara moral, así como acumular bienes básicos deja de distinguir. Y entonces el prestigio busca otros escenarios.
Históricamente, en contextos de abundancia relativa, reaparecen el gasto conspicuo, el mecenazgo competitivo, la filantropía performativa, la economía del regalo, al igual que el consumo como espectáculo. En otras palabras: formas neo-potlatch.
“¿Pero se te ocurre algún ejemplo, Montoya?”. No acabado, pero me llama la atención que pasamos de una época, no hace dos siglos sino en 2009, dónde hacía tres fechas en River un mito como AC/DC a un presente dónde meten semejante seguidilla, y hasta más, tanto María Becerra como Lali Espósito, por mencionar algunos artistas que están lejos de tener la envergadura internacional actual de Benito Martínez Ocasio, alias Bud Bunny.
La herejía que viene
Aquí está la hipótesis incómoda: la ultra-automatización no necesariamente nos conduce a una sociedad hiperracional, austera y perfectamente eficiente.
Por el contrario, semejante proceso podría empujarnos, paradójicamente, hacia algo mucho más antiguo: una re-tribalización del prestigio en un entorno de alta tecnología.
En ese contexto, el trabajo perdería centralidad ontológica, el ingreso básico se volvería infraestructura social y la competencia se desplazaría al terreno del riesgo, la creatividad, la visibilidad, el gasto simbólico, las experiencias extremas y la producción cultural.
El futuro, en ese escenario, se parecería menos a una fábrica perfecta y más a un potlatch digital permanente.
A modo de epílogo
La modernidad creyó que venía a enterrar lo tribal, pero la automatización, presionando en el sentido opuesto, podría, a Dios gracias, aguarle la fiesta.
En ese plano, es muy factible que cuando las máquinas se ocupen de producir, los humanos vuelvan a gastar para existir.
(*) In memoriam Juan “Boni” Radonjic
