martes, 17 febrero
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El editor en la esquina

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La muerte siempre tiene la descortesía de interrumpir las mejores conversaciones, y con Juan Boni Radonjic ese silencio se sintió especialmente doloroso. La última vez que lo vi fue apenas una noche antes en el café Saint Moritz, ese refugio de luces ambarinas donde el tiempo parece detenerse. Eran las nueve de la noche y Boni estaba ahí, con su elegancia auténtica, pidiendo un café suave, liviano. 

Para atender un mundo urgente hay que estar enfocado. 

Boni estuvo atravesado por las orillas de la política y el periodismo y la fuerza de las letras lo acompañó también en libros como “30 años de elecciones” y “El tiempo de Obama” coescrito con Dolores Valle. 

Boni conservaba la inmunidad de los dandys criollos contra el miedo. Lo movía otra cosa: el debate sobre el desarrollo y la democracia entendida como una conversación impostergable. Estábamos armando la lista para los 75 años de El Economista y él lanzaba nombres sobre posibles entrevistados como quien baraja cartas en un juego de alta estrategia.

“¿A quién vamos a entrevistar juntos?”, le pregunté, dejándome llevar por esa vitalidad eléctrica que Boni contagiaba.

“A Axel Kicillof”, respondió sin un segundo de duda. 

Tenía ese porte atractivo, una cualidad física que en él parecía una extensión de su ética. 

—¿Por qué te dicen Boni? —le solté, medio en broma. 

—Me lo puso mi madre. Es un apodo que viene de casa, no del colegio. Yo traje mi nombre de fábrica —y sonrió con esa ironía amable. 

Y ahí, entre el ruido de la máquina de café y las notas en un anotador, la conversación viajó hacia atrás, hacia un tiempo donde la política todavía no era su oficio, sino una vocación intuida.

Los domingos de su infancia no eran días, eran rituales. Si River jugaba de local, la familia Radonjic peregrinaba a la cancha: padre, madre, hermanas. La epifanía ocurrió a los siete años, una mañana de sábado cuando fue a comprar su primera camiseta. Boni pidió la 10 de Ángel Labruna. El vendedor lo frenó en seco: “No, pibe. No te puedo vender la 10 porque no tengo números ceros. Te puedo ofrecer la 9”. “¿Y de quién es la 9?”, le preguntó Boni, desconfiado. “De Adolfo Pedernera. Es buenísimo, pibe”. 

Se llevó la 9. A veces la historia te niega el número que querés y tenés que jugar con el que hay. Quizás por eso, mucho antes de ser el Secretario de Información Pública de Alfonsín o de dirigir el diario El Economista, Boni ya ensayaba su destino en el living de su casa. A los seis años se paraba frente a una audiencia familiar y pronunciaba discursos como presidente de un país soñado, con aplausos al final. 

Esa noche en el Saint Moritz, Boni seguía siendo un fanático que creía que, con las palabras correctas y el equipo adecuado, se podía arreglar el mundo, o al menos, editar una edición aniversario que valiera la pena leer.

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Boni seguía siendo un fanático que creía que, con las palabras correctas y el equipo adecuado, se podía arreglar el mundo, o al menos, editar una edición aniversario que valiera la pena leer.

La ballena, el oso y el tranvía a la imprenta

El Economista no es solo un diario; es una visión del mundo en papel y digital, un legado que viajó en barco desde una Europa hasta una Argentina que prometía ser el futuro. Para entender a Boni, hay que entender que su historia no empieza en Buenos Aires, sino mucho antes, en una geografía que ya no existe, trazada por quien tuvo en sus manos el destino de un continente: su abuelo materno, Milan Stojadinović.

Milan era un personaje de novela rusa escrita por un inglés. Nacido en Serbia, abogado, doctor en economía por la Universidad de Potsdam, hijo del presidente de la Corte Suprema. Encarnación de la élite intelectual europea. Hay un dato que Boni descubrió después, casi de casualidad, y que tiene el peso de la fatalidad histórica: cuando el Imperio Austrohúngaro decidió declarar la guerra a Serbia —ese dominó que desató la Primera Guerra Mundial—, el telegrama llegó a la Cancillería en el turno de noche. El joven funcionario que recibió el papel y vio cómo el mundo antiguo se desmoronaba era Milan.

Pero la guerra también trajo treguas extrañas. En 1912, tras la guerra de los Balcanes, la delegación serbia viajó a la isla de Corfú. Se hospedaron en un hotel propiedad de una mujer llamada Augusta, la futura abuela de Boni. Dicen que era bellísima. Milan, el delegado, se enamoró de la dueña del hotel. Allí se conocieron sus abuelos. Así se fundan las familias: entre tratados de paz y vestíbulos de hotel.

Milan ocupó los tres cargos más importantes en la Yugoslavia de entreguerras: Ministro de Finanzas, Canciller, Primer Ministro. Un modernista pragmático que intentaba mantener el equilibrio mientras Europa afilaba los cuchillos. Pero la historia es ingrata. Los británicos, desconfiados de su pragmatismo con el Eje, lo detuvieron durante la Segunda Guerra Mundial y lo enviaron a la isla Mauricio. De Primer Ministro a prisionero en el Índico.

Mientras tanto, el padre de Boni, Dusan Radonjic, escribía su propia historia. Escapó de una prisión italiana, cruzó las líneas enemigas, se unió a los aliados y llegó a Roma. Allí, en 1946, conoció a Liliana, la hija de Milan y Augusta. Se casaron, cruzaron el océano hacia Río de Janeiro, aunque Brasil no terminó de convencerlos. Faltaba algo. Quizás esa melancolía europea de los cafés y la arquitectura afrancesada. En 1948, eligieron Buenos Aires.

Milan llegó poco después. Asesoró brevemente al gobierno de Perón en materia económica, aunque no compartió la visión geopolítica del peronismo.

“Mi abuelo sostenía que no iba a haber una Tercera Guerra Mundial”, me explicó Boni. Usaba una metáfora brillante: no puede haber guerra entre una ballena y un oso. La ballena era la supremacía naval de Estados Unidos; el oso, la fuerza terrestre soviética. Como el gobierno argentino apostaba a un conflicto inevitable, él se retiró a la actividad privada.

De esa discrepancia geopolítica nació El Economista en 1951.

Milan murió en 1961, cuando Boni tenía apenas siete años. 

—¿Cómo era tu abuelo? —le pregunté. 

—Era una figura pesada en la familia, obviamente. Tengo un recuerdo muy nítido: él venía a buscarme a casa, en Julián Álvarez y Güemes. Nos subíamos al tranvía y cruzábamos la ciudad hasta la imprenta donde se hacía el diario. Para mí, ese viaje en tranvía era el programa máximo —respondió Boni. 

Imaginemos esta escena: el ex Primer Ministro de Yugoslavia y el niño que algún día heredaría su legado, sentados en un tranvía porteño, yendo a ver cómo la tinta mancha el papel.

Boni creció entre dos modelos. Por un lado, su padre Dusan, el hombre de acción empresarial, constructor, pragmático, quien sostuvo el diario económicamente. Por el otro, la influencia gigantesca de Milan y la de su abuela Augusta, la mujer que había visto la política de cerca y fue quien más alentó la vocación de Boni. “Había sido la mujer de un estadista. Valoraba la acción política”, subrayó. 

—¿Puede ser que tengas intereses más similares a los de Milan que a los de tu padre? —le pregunté. 

—Sin duda. Mi abuelo, al igual que yo, se dedicó a la política y al periodismo. Aunque la cuestión empresarial me gusta, me interesa al servicio del periodismo. A partir de los 15 años, mi vocación fue política.

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“A partir de los 15 años, mi vocación fue política”, dijo Boni. 

El último radical de Martínez

Boni Radonjic nació un 14 de abril de 1954, cuando el mundo todavía se estaba reacomodando de la guerra y Argentina incubaba sus propios demonios, pero su auténtica vida —esa que uno elige y no la que le toca— empezó un poco después. Vivió sus primeros nueve años en un Palermo que todavía no era ‘Palermo Soho’ ni nada que se le parezca, sino un barrio de adoquines y siestas. Sin embargo, en 1963, la familia cruzó la General Paz hacia Martínez y algo en Boni cambió para siempre.

Cuando lo entrevisté por última vez, preparando aquella nota por los 75 años de El Economista, quise saber si, a pesar de la mudanza, le quedaba algún rasgo de identidad capitalina. 

—¿Te considerás porteño? —le pregunté. 

—No, bonaerense cien por ciento —me cortó con esa seguridad de quien ha pensado mucho en su lugar en el mundo. 

Agregó también: “Y sanisidrense. Los sanisidrenses son una variante, un tipo específico dentro de los bonaerenses”. 

La política entró en su vida como una fiebre adolescente, alentada por la figura totémica de su abuelo Milan —el político de la familia— y por la complicidad de su abuela Augusta. En la casa de los Radonjic la política era el aire que se respiraba, mezclado con el olor a tinta de diario. 

Corría 1969. Boni tenía quince años, cursaba en el colegio Martín y Omar, y el país ardía. “A la tarde veía todas esas imágenes de Córdoba, la rebelión popular del Cordobazo”. Boni pensaba por dentro: “En este país están pasando cosas que yo me estoy perdiendo“. 

Es la clásica tragedia del observador inteligente: la sensación de estar en los suburbios de la historia mientras el nervio se incendia. Después llegó 1970, el secuestro de Aramburu, Vietnam, la Guerra de los Seis Días. El mundo se volvía un lugar peligroso y fascinante. Boni leía todo. Investigaba. No celebraba la violencia —”¿Cómo voy a celebrar la muerte de alguien?”, me dijo espantado cuando le pregunté por Aramburu—, pero la intensidad de la época lo imantaba. Necesitaba entender qué era eso que no terminaba de ver.

Y entonces, como suele suceder en las mejores historias, el destino se presentó en una fiesta.

Era 1971. Boni charlaba con Julia Storani, una compañera de colegio. La conversación derivó hacia lo inevitable: el país. Boni expuso sus ideas con la vehemencia de los 17 años y Julia, quizás sorprendida, le dijo la frase que cambiaría su vida: “Pensás muy parecido a mi hermano, Fredi. ¿Por qué no organizamos una reunión así lo conocés?”.

La cita fue en Acassuso, sobre la calle Libertador. Es capaz de recordar el número exacto. Allí, a principios de 1971, Boni conoció a Federico Storani y encontró su pertenencia. Se enamoró de una consigna radical revolucionaria en su discreción: “Elecciones libres, sin proscripciones”. Cero violencia.

A partir de los 17 años, todo lo que hice fue pensado en dedicarme a la política. ¿Qué estudiaba una persona que quería hacer política en Argentina? Derecho”. 

Así que en 1972 entró a la UBA. No buscaba especialmente ser abogado, ni tenía afección por los pleitos. Estudiaba Derecho como quien estudia el mapa de un campo de batalla antes de entrar en combate. Apenas pisó la facultad, buscó a la gente de Franja Morada.

“A partir de los 17 años, todo lo que hice fue pensado en dedicarme a la política”

Caminar sobre vidrio molido sin buscar atajos

Hablar de los años setenta en Argentina suele ser un ejercicio de caminar sobre vidrio molido, pero Boni Radonjic tenía la capacidad de transitar ese decenio con la sobriedad de quien entendió temprano que la historia no pide permiso. Cuando le pregunté por esa época hubo una descripción atmosférica. “Fueron años muy pesados”, dijo, y la palabra “pesados” en su boca sonaba como una losa de hormigón.

Su ingreso a la Facultad de Derecho en 1972 coincidió con el final de la dictadura de Lanusse. Fue testigo de ese breve verano de la primavera camporista, que duró lo que dura un suspiro, antes de que las universidades se cerraran sobre sí mismas en un giro autoritario hacia 1974. Pero Boni no era un espectador pasivo en los pasillos de la UBA; para cuando llegó el golpe del 76, él ya jugaba en las ligas mayores de la militancia. En 1973, tras unas elecciones convocadas oficialmente por el partido, se había convertido en secretario general de la Juventud Radical de la provincia de Buenos Aires.

—¿En algún momento temiste por tu vida? —quise saber. 

—No. No tuve miedo ni pensé en exiliarme. Hubo momentos muy duros, sobre todo en 1976, pero en lo personal no sentí ese temor.

El miedo de Boni era por otros. Después el dolor tendría nombre y apellido. El 11 de septiembre de 1976 enterraron en La Plata a Sergio Karakachoff. “Ése fue un golpe”, admitió. Y luego recordó a Mario Abel Amaya, profesor universitario y conocido cercano, muerto por torturas. 

Y en medio de ese paisaje de tragedia, aparece una decisión desconcertante de Boni: hacer el servicio militar.

Se recibió en 1981, tarde para los estándares académicos, pero a tiempo para su vida. Había pedido prórrogas, no para escapar del servicio militar, sino para no interrumpir su mandato en la Juventud Radical. Finalmente, en 1979, con la dictadura en una fase algo más débil, Boni se presentó a hacer el servicio militar. 

—Tenía ganas de hacerla —me dijo, con una lógica propia y heterodoxa—. Consideraba que si una persona se quiere dedicar a la política, tiene que hacer la colimba. “La hizo Jesús Rodríguez, la hicimos todos. Me parecía lógico. Jamás busqué un atajo”, aseguró. 

Para Boni, no se podía aspirar a dirigir un país si uno se negaba a conocer las entrañas del Estado. Esa coherencia, vista hoy, parece de otro planeta. O de un país soñado que él, desde chico, insistía en presidir.

Cuando Alfonsín necesitó un intérprete

La historia argentina tiene la mala costumbre de acelerar de 0 a 100 en segundos, y la vida de Boni no fue la excepción. Apenas se sacó el uniforme de la colimba y el polvo de los cuarteles, se puso el traje de diputado nacional. Era 1983, y él, con 29 años, entró al Congreso junto a Jesús Rodríguez como parte de esa brigada juvenil que Alfonsín, con olfato, había decidido poner en la primera línea de fuego.

Pero el verdadero vértigo llegó en mayo de 1985.

Argentina era un quirófano a cielo abierto: se estaba gestando el Plan Austral, el Juicio a las Juntas sacudía los cimientos morales del país y se venían las primeras elecciones legislativas en veinte años. Alfonsín necesitaba algo más que un funcionario; necesitaba un intérprete. Alguien que pudiera traducir la complejidad técnica de la estabilización económica y la tensión ética del juicio en un lenguaje que la calle entendiera.

La cita fue un lunes en la Quinta de Olivos. No hubo protocolo rígido, sino un almuerzo con Antonio Alegre, presidente de Boca, como testigo lateral de la historia. Al terminar, Alfonsín invitó a Boni a caminar por los jardines. 

—Boni, vos sabés lo que te voy a ofrecer, ¿no? —preguntó Alfonsín. 

—Sí, presidente. Ya estuvimos hablando con los amigos —respondió Boni. La confirmación fue rápida, aunque Alfonsín tenía una sola duda, una que revelaba su lealtad hacia los suyos. 

—¿Y te llevás bien con José Ignacio? —preguntó, refiriéndose a López, su vocero histórico. 

—Sí, sí. Le tengo aprecio, trabajó años conmigo en El Economista —respondió. 

Esa respuesta selló el pacto. Boni asumió la Secretaría de Información Pública en mayo de 1985.

“Había quienes decían que habíamos llegado al gobierno muy pendejos”, me contó Boni, riéndose. “Y es verdad, tenía 29 años, pero cargaba con más de diez años de militancia encima. Empecé a militar en la facultad en 1972”. 

Instalado en la Casa Rosada, Boni ocupó un despacho pegado al presidencial, aunque con una diferencia. Mientras Alfonsín miraba hacia la avenida Alem, el balcón de Boni daba directamente a la Plaza de Mayo. Desde ahí vio pasar 1985, el año en que la UCR arrasó con el 43% de los votos y la democracia pareció, por un instante, invencible.

Pero Boni sabía que el poder no se ejerce en soledad, sino con otros. Para gestionar los medios de la época —Canal 11, Canal 13, más tarde ATC, entre otros— convocó a hombres de confianza como Ricardo Porto en la Dirección Nacional de Radio y TV, a Carlos Correa en el control de gestión, a Oscar Muiño en Operaciones.

“Eran cargos sensibles —me explicó, poniéndose serio—. Y no quería, bajo ningún punto de vista, tener a alguien que no me generara confianza personal”. 

1986 fue, quizás, el mejor año. La inflación había bajado, la política respiraba una tranquilidad inédita y Boni, desde su oficina gigante, sentía que estaban domando al potro. Fue una época dorada, breve como todas las épocas doradas, donde un grupo de convencidos creyó, con fundamentos, que estaban cambiando el país desde un balcón.

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Boni asumió la Secretaría de Información Pública en mayo de 1985.

Lavagna y el arte de exportar industrias

En septiembre de 1985, Alfonsín trajo a la cancha a una figura que desafiaba la pureza partidaria: Roberto Lavagna.

—¿Lavagna es peronista o radical? —le pregunté, tratando de etiquetar lo inetiquetable. 

—Lavagna es un hombre de origen peronista, pero con una visión que a Alfonsín le encantaba: industrialista, de exportación de manufacturas. 

Pero la relación entre el radical de Martínez y el economista peronista no nació en los despachos de 1985, sino en un malentendido de 1983, de esos que cimentan camaraderías entrañables.

Boni, con su faceta de periodista siempre activa, había organizado una serie de reportajes a economistas de todos los partidos. Lavagna fue el elegido por el peronismo. En esa charla, Lavagna soltó una frase que quedó rebotando en el grabador: dijo que el radicalismo tenía una visión “de coyuntura”, mientras que el peronismo sostenía una mirada “estructural”. “Nos ninguneó. Nos dejaba en un lugar menor, de arregladores de corto plazo”, señaló Boni. 

La ironía del destino llegó impresa en papel de diario a la mañana siguiente. Justo después de la entrevista publicada, salió una nota anunciando que Juan Boni Radonjic era candidato a diputado nacional por la UCR. El teléfono de Boni sonó casi de inmediato. Era Lavagna, incómodo, trastabillando en su propia formalidad: “Disculpame, yo no sabía que vos eras…” Boni lo cortó con esa elegancia singular: “Roberto, fui en rol de periodista. Vos dijiste una cantidad de cosas y nosotros las publicamos. Salió todo bárbaro. ¿Qué tiene que ver que yo sea candidato?”. 

La charla cerró. Lavagna se convirtió en una firma habitual de El Economista, en una cara frecuente en los programas de TV del diario y, años más tarde, en el candidato al que Boni apoyó en la campaña presidencial de 2007.

Salida del gobierno

En la política argentina, donde la acumulación de cargos suele ser una constante, Boni Radonjic propuso su propia disolución.

Corría 1986. Boni se acercó a Alfonsín con una carpeta bajo el brazo y una idea radical: la Secretaría de Información Pública, que él mismo dirigía y que reportaba directamente al Presidente, debía dejar de existir. 

“Hay un matiz de autoritarismo en que una secretaría presidencial maneje los canales de TV”, le explicó. “Necesitamos una estructura más ágil, más democrática”.

La reestructuración avanzó. En enero, Alfonsín confirmó que la Secretaría se disolvía. Boni se quedaba sin cargo. Pero Alfonsín le ofreció una alternativa: “Te ofrezco la presidencia del Banco Nación”. Cualquier otro hubiera saltado ante la oportunidad de manejar una de las billeteras más grandes del país. Boni, no. “Presidente, le agradezco. Pero yo vine de ser diputado y secretario de Información Pública. Ir al Banco Nación no me parece indicado”. 

La conversación quedó abierta hasta que tras la muerte de Julio César Saguier, entonces intendente de la ciudad, se nombró a Facundo Suárez Lastra en reemplazo. Y por eso, Boni asumió en su lugar el cargo de secretario del Interior, número dos del Ministerio, bajo el liderazgo del entonces ministro Antonio Tróccoli. 

La experiencia duró hasta la derrota electoral de septiembre de 1987. Alfonsín buscó reoxigenar el gabinete y Boni se fue un martes de septiembre. 

Al día siguiente, miércoles por la mañana, Boni ya estaba sentado en su escritorio de El Economista, trabajando.

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Cuatro generaciones, un proyecto

Desde 1988 Boni comenzó a tomar más funciones en El Economista: apoderado, gerente, director periodístico. Su padre participó cada vez menos, hasta retirarse y en 2001 Boni le compró a su familia la marca de El Economista y desde entonces pasó a ser el accionista principal. 

Alejandro Radonjic, su hijo, se convirtió en el director periodístico durante el gobierno de Macri, entre 2016 y 2017. “Él es el director del diario. Yo quedé más concentrado en la sociedad anónima. Trabajo, me ocupo de cosas, aunque las decisiones editoriales las toma Alejandro”, señaló Boni orgulloso. 

—¿Y cómo distinguirías el trabajo de Milan, de Dusan, el tuyo y el del actual director, Alejandro? ¿Qué impronta le dio cada uno? 

—Son etapas completamente distintas porque son medios que se fueron adaptando a las épocas y las circunstancias. Mi abuelo Milan fue el fundador, mi padre Dusan fue el que durante unos años sostuvo y consolidó económicamente al medio que lo sostenía con aportes de otros negocios. 

Conmigo fue una etapa de recambio generacional con la incorporación de nuevos periodistas al diario y después creciendo para otros rubros como cuando pusimos en marcha el programa de televisión por Metro en 1993 “El Economista TV”; con la llegada de internet también hicimos un relanzamiento del diario. 

Ésta es una etapa diferente porque estamos frente a audiencias muy segmentadas y de eso se está ocupando Alejandro, quien es la cuarta generación de la familia en el diario. No sé si hay muchos casos en el mundo de un medio formado por cuatro generaciones de una misma familia. 

—¿Qué representa la voz de El Economista en la conversación pública de Argentina?

El Economista buscó siempre cierto pluralismo. Y una visión más productivista. Desde siempre hubo una convicción: la Argentina necesita desarrollo industrial.

Y también una defensa fuerte de lo institucional: en cualquier contexto, la defensa de lo democrático. Eso se evidencia en las distintas personas que tuvieron peso en el diario. 

Hay un ejemplo que lo ilustra: Cafiero reconocía que, después del golpe de 1955, el único diario que publicaba a peronistas era El Economista. Independientemente de la afinidad con sus ideas, el gesto de Cafiero destaca una apertura. 

El Economista fue, también, el primer medio que publicó artículos de Javier Milei y Manuel Adorni. Ese episodio, más allá de las diferencias políticas con el hoy Presidente y su Jefe de Gabinete, refuerza una misma lógica de pluralidad.

Boni
 

El amor duradero en los tiempos volátiles

Boni Radonjic tenía una vocación por la permanencia. En un país repleto de rupturas y volantazos, él cultivaba las relaciones largas. 

Su educación sentimental comenzó temprano, a los 17 años, con la misma intensidad con la que abrazó la política. 

—¿Quién fue tu primera novia? —le pregunté una tarde. 

—Mi primera novia fue Carmen Storani. Me puse de novio a los 17 y estuvimos juntos diez años. Ella era la hermana menor de Julia. Éramos militantes, entramos juntos a la facultad y pasamos toda la dictadura juntos —respondió, y el apellido Storani resonó con la fuerza radical—. 

Carmen y Boni crecieron mientras el país crujía, sosteniéndose el uno al otro. Y lo más notable no es que el amor terminara en 1981, sino cómo terminó. En 2015, treinta y cuatro años después de la ruptura, cuando Boni se postuló como precandidato a intendente de San Isidro para apoyar a Ernesto Sanz, su jefa de campaña fue Carmen Storani. La lealtad, para él, superaba incluso una ruptura. 

En junio de 1981, Boni se subió a un avión rumbo a Nueva York. Iba con la cabeza puesta en la academia: quería cursar en la NYU y en la New School. 

“A Josefina la conocí en el avión. Iba a estudiar y ahí, en el asiento de al lado o cerca, estaba ella. Empezamos a charlar, la conversación fluyó y después seguimos juntos treinta años”, dijo, con la sonrisa de quien sabe que la vida tiene mejores guiones que el cine. Allí había conocido a su gran amor y madre de sus hijos. 

Josefina Grossi. Un encuentro a diez mil metros de altura que definió las siguientes tres décadas. Se casaron en abril de 1984, cuando la primavera democrática alfonsinista florecía en las calles y Boni empezaba a ser un hombre de Estado. Ella terminaba Psicología, aunque la vida la llevó por el camino comercial. Tuvieron tres hijos: Alejandro —actual director de El Economista— en 1985, Martina en 1987, Andrés en 1993.

Los últimos trece años de su vida los pasó con Susana Pinto. Susana también venía de la militancia, hija de un ex intendente de La Plata. Boni también hablaba de ella y de la importancia de su amor. 

El presente, una discrepancia con Milei

A fines de 2014, Boni trabajaba en el equipo de Ernesto Sanz. Al mismo tiempo mantenía una amistad personal con Mauricio Macri desde hacía muchos años. 

El radicalismo tenía estructura, implantación federal, territorio. Lo que no tenía era candidato competitivo. Hacia fines de 2014 la candidatura de Macri comenzó a crecer con fuerza. La Argentina no peronista buscaba un candidato capaz de derrotar al kirchnerismo. Gran parte del voto radical terminaría acompañando a Macri. En ese proceso, la figura de Boni fue importante. Participó de reuniones decisivas para acercar a espacios políticos distintos y así ganar la elección de 2015. El desenlace es conocido. Convención de Gualeguaychú. Acuerdo. Victoria presidencial.

—¿Qué distinción hacés entre Macri y Milei?

—Lo de Macri fue un intento, aunque en un contexto distinto al que tuvo Milei. Se los asemeja bajo la etiqueta de ‘derecha’, pero son experiencias diferentes. De hecho, Milei parece haber mirado el gobierno de Macri para hacer todo lo contrario. Macri creía en políticas sectoriales. Este gobierno cree sólo en ordenar la macro y que cada sector se arregle. Asimismo, Macri tuvo una visión menos ideológica de la política exterior. Le dio lugar a China, era amigo de Estados Unidos, y llegó a decir que prefería que ganara Hillary y no Trump. Fue una mirada más pragmática. Además, había un respeto institucional razonable. 

—¿Y qué lectura hacés del presente?

—Hay un gobierno relativamente consolidado, y que va a mantenerse en esa condición en la medida en que Milei cumpla con dos compromisos implícitos con su votante: bajar la tasa de inflación y poner el tema de la inseguridad en un lugar preponderante de la agenda pública.

Mientras eso se mantenga, es un gobierno que se sostiene. Fuera de eso, puede tambalear. La cuestión de la “batalla cultural” no quita ni agrega votos. Milei es un presidente muy ideológico y expresa una visión de la sociedad, del Estado y del mundo con la que discrepo total y absolutamente. 

—¿Milei es más antirradical que antiperonista? 

—Tiene un conflicto con 1916. Hay gobiernos que surgen de elecciones como el de Milei, aunque funcionan en los límites del sistema democrático. No es un fenómeno local; ocurre en todo el mundo. Las sociedades, hoy, muestran menos apego a la democracia que en otras épocas. Milei cuestiona el comienzo del voto popular en la Argentina. Esa lectura resulta insostenible. 

Un editor en la esquina

Para Boni, la vida nunca fue ese trayecto lineal de la casa al trabajo y del trabajo a la casa; “No hay nada más aburrido que la previsibilidad de los días grises”, dijo. Su geografía era otra, mucho más itinerante. Si el Saint Moritz era su oficina, el Florida Garden era su museo personal: allí todavía cuelga una foto suya de cuando trabajaba en el Congreso, un joven ciudadano que ya entendía que el poder, si no se mezcla con el fútbol y los nombres de pila de los mozos, resulta una abstracción vacía.

Leía Clarín en papel y charlaba sobre la fecha del domingo con la misma seriedad con la que analizaba el déficit fiscal. Iba tanto a los bares que a uno llegaron a ponerle su nombre, “Boni”, y en La Farola de San Isidro ya era parte del inventario y del mobiliario urbano. 

Tenía tanta confianza en sí mismo que se permitía el lujo de ser humilde. 

En un momento, esa última charla que tuvimos en el café Saint Moritz giró hacia lo que queda escrito, lo que perdura en el tiempo. 

—Boni, ¿escribiste un libro sobre vos? —le pregunté. 

—No. No hay mucho para decir.

—Al contrario —me atreví a corregirlo—. 

—Tengo anécdotas de época. Quizá algún día más adelante podría escribir para mi nieto. Sobre mi paso por el gobierno, entre tantas cosas. También me gustaría escribir algo sobre periodismo y medios en el presente. Lo que nunca hice fue apartarme del debate público como político o periodista. 

Miró hacia la calle. Esa noche, como tantas otras, los temas se superponían. Hablamos de su nieto, de las próximas fotos que quería sacarse con él para dejar constancia de lo compartido.

Finalmente se levantó. Se fue hacia la esquina con la parsimonia de quien cree que la verdadera urgencia siempre está en la próxima página, y no en el final del capítulo. 

Me quedé sólo en el bar, sin saber que aquella era la última imagen: Boni, el último radical de Martínez, perdiéndose en la noche porteña, tranquilo, aferrado al debate público y a su amor por la vida hasta el último segundo. 

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Boni, el último radical de Martínez, perdiéndose en la noche porteña, tranquilo, aferrado al debate público y a su amor por la vida hasta el último segundo. Foto: Ramiro Gamboa

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