Ya no me sentía bien cuando pedí el Uber para ir al teatro. No estaba tan lejos, podría haber ido caminando, pero opté por dormir un rato de siesta. Con el paso del tiempo, me iba a dar cuenta que dormir siestas no me ayuda. Me es más útil salir a caminar y despejarme.
Era bastante probable que el chofer del Uber estuviera ansioso, porque cuando yo saqué el celular en el ascensor para decirle que ya salía, él ya me estaba escribiendo. Manejó todo el viaje bastante rápido, hasta que pegó una curva que viví en cámara lenta. Un auto que venía por la mano derecha casi colisiona contra nosotros; pero no me preocupé. Respiré hondo y pensé en la lección que había leído en el libro The Upstarts, que cuenta la historia de Uber y AirBnB. Si el servicio es malo: el usuario tiene el derecho a ponerle una mala calificación al conductor y listo.
Creo que estaba bien vestido y perfumado para la ocasión. Es importante vestirse y perfumarse para ir al teatro. Dado que uno elige no quedarse en su casa en pijama para ver Netflix o scrollear hasta el infinito en su celular, hay que aprovechar la ocasión.
Pero la amiga que acompañó a la función estaba mejor vestida y perfumada que yo; entonces, no tuve mejor ocurrencia que decirle:
— ¿Qué tenés ahí en la cara?
— Es una boquera, me salen cuando tengo estrés.
—Okey, disculpame. Olvídate de lo que te dije.
Días después me empezaron a salir boqueras por estrés. Me re cabió.
Es importante tener en cuenta que el teatro es una experiencia que se vive en tiempo real, que forma parte de Lo incapturable, siguiendo el título del actor, director y maestro del arte de la puesta en escena Rubén Szuchmacher, en relación a la actitud que el teatro debe tener en relación al espectador al vivir el aquí y ahora.
Por lo tanto, la previa es muy importante. Comprar la entrada, tener la expectativa durante todo el día, hacer el esfuerzo para ir y, finalmente, “salir mejor de lo que uno entró” (Victor Hugo Morales dixit).
No se me ocurre pensar en expresiones artísticas más fuertes que el teatro. Se trata de cuerpos vivos; en vivo y en directo. A diferencia de las películas que siempre van a estar ahí, las obras de teatro —o las puestas, para ser más específicos— una vez que se retiran del cartel, desaparecen para siempre.
Y el resto de la gente que había ido a ver la obra estaba todavía mejor vestida y todavía mejor perfumada que mi amiga y yo. Había comenzado la primavera porteña. Todo muy lindo, quizás, demasiado lindo.
Pasamos al hall. Nos ofrecieron un vaso de un vino fino, de una bodega a la que el protagonista de la obra está vinculado. Vimos el poster. La obra tiene un marketing muy cuidado; algo había visto en redes. Pero si la obra no es buena, terminás metiéndote el contenido en el orto.
Sala llena para ver la obra “Yo afectado” (formó parte de la escena teatral del 2025, ¿volverá en 2026?). El último en ingresar fue un nepo baby; hijo de un comediante virtuoso que hace chistes sobre humor judío, estudió filosofía y se quemó solo cuando contó al aire en un stream que había tenido relaciones sexuales con una cantante de pop hiperfamosa. Luego se levantó y se fue en medio de la función, convencido de que nada llamaba más la atención que hacerse el ocupado.
A la salida había otro nepo baby. También hijo de un comediante, que pasó a la fama por hacer sketches surrealistas en un programa de cable de los 90’s y después viró a hacer exclamaciones políticas altisonantes al aire, aludiendo que la gente pide postre y golpeando sobre la mesa. Él se mantuvo en un costado, con perfil bajo, y leyendo el programa de la obra.
Uno entendió en qué consiste el ritual, el otro no.
Comenzó la función. Vemos una imagen proyectada, lo cuál, puede llegar a ser polémico. Estamos yendo al teatro: no estamos yendo al cine. Pero el fragmento de archivo que pasan es interesante. Se trata de una entrevista al gran Augusto Fernandes, mítico actor, director y maestro de tantos actores y actrices.

Primera tautología. Fernandes anuncia algo que sería aparentemente obvio para alguien que alguna vez estudió actuación, pero no necesariamente para una persona que nunca se vinculó con ese oficio. El sujeto que tiene el suficiente coraje para subirse a un escenario está afectado por algo o alguien. Solo la búsqueda de sanar un dolor interno es el que lleva al adulto a pararse en frente de un montón de otros adultos, recitar de memoria un parlamento, desplazarse de un lago al otro y buscar que lo festejen y lo aplaudan —como un niño.
Se proyecta otra imagen. Ahora vemos a Ramiro Méndez Roy —autor, director y protagonista de la obra— siendo retratado en blanco y negro con el ojo soberbio del fotografo @boscology. Rami Méndez Roy interpreta algo así como un casting en inglés. Hay que tener cuidado cuando no se habla en la lengua materna. Como me dijo una amiga actriz que estudió en el prestigioso conservatorio Stella Adler en Nueva York: “El acento es casi imposible de aplacar del todo”.
Segunda tautología. Entra en escena Rami actuando de Rami. Méndez Roy hace de un actor cordobés que llega a la gran ciudad para triunfar en la industria del espectáculo, pero se da cuenta que el mundo es mucho más difícil de lo que él pensaba, entonces, tiene que lidiar con la situación de buscar lograr su sueño o enfrentarse a las responsabilidades que le competen a un adulto de más de treinta años.
Mi primera reacción fue pensar que la obra iba a ser un plomo, un cliché que se vio muchas veces. A Rami lo conozco, lo traté un par de veces; quizás sea un poco apresurado decir esto, pero, creo que ya puedo considerarlo mi amigo.
Pero no. Justamente, Rami se apoyó en la tautología, en el cliché (o en el género), y empezó a desarrollar una historia explotando justamente sus particularidades para llevarnos al universo de la ficción y de la reflexión.
Y se nota que el director de “Yo afectado” Rami Méndez Roy tiene oficio. Porque tomó la decisión como creador del espectáculo de apoyarse en la actriz Camila Garófalo, quien, desde una impresionante destreza y versatilidad pudo interpretar a numerosos personajes —tanto masculinos como femeninos— para poder acompañar a Rami haciendo de él mismo por las distintas escenas de la vida posmoderna: las fiestas, los castings, vivir en un departamento roñoso, la obsesión por responder qué es ser un artista, o qué es ser un actor, vincularse con gente que compite por lo mismo, o relacionarse con personas que no tienen ni idea del tema.
Los personajes interpretados por Camila permitieron resolver y darle soltura el transcurso de la acción, sin caer en un monólogo autorreferencial y aburrido. La performance de Garófalo fue tan magnífica que tuvo el gustito de recibir una ovación del público en el medio de la obra; pocas veces un actor o actriz logra conseguir algo así. Hay que estar vibrando a una frecuencia muy alta.
Tercera tautología. Dentro de todas las cosas que trata la obra, de las cuales varias me sentí muy identificado —tanto Rami como yo venimos del interior, nos preguntamos qué es ser un actor, tenemos un aspecto físico similar, transitamos lugares parecidos, entre otras semejanzas— hubo un momento de “Yo afectado” que me impactó profundamente. En un momento Rami tiene un colapso, su “yo” se afecta a la máxima potencia y cree que se va a morir. Termina en terapia intensiva y en unidad coronaria.

La obra relata una situación que iba a vivir pocos días después. Luego de un viaje, tuve un pico de estrés —o un síncope, para usar el término clínico— producto de varios días de mal sueño. Sufrí reiterados ataques de pánico, contracciones de las manos, palpitaciones muy fuertes. Tuve mucho miedo.
Luego de hacer consultas con el médico, el psicólogo, el profesor de yoga, familiares y amigos y lograr calmarme, descubrí que ese tipo de episodios no tienen nada que ver con tener un paro cardíaco o un ACV. Es algo bastante común, casi un cliché (o un género), como la obra. Sólo que circula poca información al respecto.
Lo que más rescato de la obra “Yo afectado” es que no recuerdo el final. Fueron otras las cosas de la pieza que me interpelaron.
A la salida mi amiga y yo felicitamos a Camila —que resultó ser la amiga de un amigo— y a Rami. Con Rami charlamos sobre la música que compuso para el espectáculo mi hermano del alma Fermín Delia, quien improvisó en la batería mientras Rami interpretaba su parlamento en una sala de grabación. La banda sonora no se construyó desde la teoría, sino desde la práctica.
Me olvidé de mencionarle a Rami que fue muy estratégico el contacto que usó con su amigo celebrity —alguien que interpretó hace poco a un importante político argentino de los 90’s— a partir de unas voces grabadas que aparecen de manera graciosa e intermitente.
Es muy importante acompañar a las personas que se animan a subir a un escenario. Solo alguien que lo hizo alguna vez puede entender el enorme desafío que ello implica.
El teatro es muy poderoso. Si la obra es buena, es muy difícil olvidarla. Creo que este caso no será una excepción.

