La transición democrática: un impulso para reflexionar
En el cuaderno del sociólogo Gabriel Kessler, la primera página está escrita en el Colegio Nacional Buenos Aires, en plena dictadura. La que escribe hoy, por ahora, lo encuentra instalado en la Ciudad de Buenos Aires, aunque con viajes frecuentes a Alemania, donde regresa por estancias académicas luego de recibir el Premio de Investigación Humboldt —uno de los más prestigiosos de Europa, otorgado a científicos de excelencia internacional—.
Entre esas escenas, el lápiz no se levantó. Formado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, Investigador superior de CONICET, profesor titular en la Universidad Nacional de La Plata y en la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín. Autor y coordinador de más de veinte volúmenes colectivos y de más de diez libros —como autor o coautor— fundamentales para pensar la vida contemporánea y nuestro presente.
Gabriel Kessler fue adolescente durante la dictadura y universitario en la transición democrática. En el Nacional Buenos Aires, recuerda esos difíciles años (pasillos silenciosos, compañeros desaparecidos, docentes vigilados); en la Facultad de Ciencias Sociales, en cambio, un clima ciertamente luminoso (profesores que regresaban del exilio, debates renovados, grupo de amigos y política que se respiraba sin miedo). Eran los años vertiginosos de la recuperación democrática.
Primera generación de sociólogos de posdictadura, Kessler estudió una sociedad que estaba volviéndose a reconocer. “Fue un cambio radical”, recuerda con El Economista. Casi sin proponérselo, ese joven cercano al Partido Intransigente entró al Grupo Esmeralda, un equipo de asesores del entonces presidente Raúl Alfonsín en el que aprendía haciendo.
Espacio interdisciplinario que reunía a jóvenes académicos y técnicos con el objetivo de aportar ideas y diagnósticos al equipo de Alfonsín en plena transición democrática. El grupo funcionaba en un departamento, primero, en la calle Esmeralda y luego en Leandro Alem; y estaba dividido en tres áreas: opinión pública, discurso y medios. Entre sus integrantes se contaban figuras que luego ocuparían cargos clave en el Estado y en el campo intelectual argentino, como, entre otros, Juan Carlos Portantiero, Emilio de Ípola, Eliseo Verón, Claudia Hilb, Daniel Lutzky.
—¿Cómo fue la experiencia del Grupo Esmeralda? —le pregunta El Economista a Kessler.
—El nombre Grupo Esmeralda surgió porque al principio funcionaba en un departamento de la calle Esmeralda. En el área de Opinión Pública trabajábamos con encuestas y con material cualitativo. Allí se le informaba directamente a Alfonsín sobre lo que estaba pasando en distintos temas de agenda. No se trataba de lo electoral, sino de problemas que iban surgiendo: autoritarismo, consolidación de la democracia, cuestiones económicas. El área de discurso, quizá la más conocida, es donde se gestaron discursos famosos como el de Parque Norte. La otra área era la de medios —responde.
En ese contexto, Kessler descubrió que su pasión era estudiar la sociedad, y tratar de entender qué le sucedía. Ese laboratorio intelectual, complementado con su trabajo temprano en sociología económica y su experiencia en grupos focales por todo el país, marcó un método que, aún hoy, conserva: escuchar y observar antes de teorizar.

De Alfonsín a París: pensar la hiperinflación
La hiperinflación de finales de los ochenta lo marcó. Kessler quería entender cómo la híper pateaba el tablero: rompía reglas sociales y precios de referencia, desacomodaba las ideas sobre el valor y hacía correr otra lógica.
Tras graduarse en la UBA, Kessler se fue a Francia a cursar una maestría centrada en los procesos hiperinflacionarios.
—¿Por qué elegiste Francia?
—Así como la ciencia política está muy influenciada por la escuela norteamericana, la sociología sigue marcada por la tradición francesa. En el Grupo Esmeralda, la mayoría había tenido formación en Francia. Estaba leyendo a autores como Claude Lefort, y me interesaba mucho la sociología francesa. Fui en condiciones precarias: encontré un trabajo en un depósito de relojes, cargando cajas, aprendiendo francés, trabajando a tiempo completo. Había ahorrado durante años y llevaba apenas esos ahorros. Fue duro. Al tiempo, gané un premio con mi tesis de maestría y, después de un año sin darme un gusto, derroché parte del premio en cosas simples, como tomar un café.
Ésa fue mi primera experiencia seria con lo que llamaría “sociología académica”. Iba, por ejemplo, al seminario de Luc Boltanski, quien en ese momento estaba desarrollando sus obras.
Mi tesis de maestría fue sobre la hiperinflación; la empecé al final del gobierno de Alfonsín, con la crisis inflacionaria desatada. Hice mucho trabajo de campo en Argentina y lo llevé a Francia.
Me apoyé en ideas de Boltanski y de Laurent Thévenot, en la llamada “economía de las convenciones”. Esa perspectiva me permitió vincular procesos macroeconómicos con dimensiones simbólicas. Me gustaba trabajar en esa “zona blanda” con temas duros: números, sí, pero también interpretaciones y representaciones —explica Kessler.

Doctorado: los “nuevos pobres” en la lupa
Tras la maestría y un regreso a la Argentina para meterse de lleno en el estudio de los “nuevos pobres” del menemismo, Kessler se dedicó al doctorado. Alternó temporadas entre Suiza y París, y finalmente defendió su tesis en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), uno de los polos históricos de las ciencias sociales francesas, con fuerte influencia en América Latina.
Allí, su tesis doctoral se fue construyendo, entre viajes y una economía personal ajustada. “Como en esa época, para poder investigar, cada quien tenía que arreglárselas como podía, yo también daba cursos en Telecom. Eso me permitió vivir, ahorrar y viajar por gran parte del país, y aprovechaba esos viajes para hacer trabajo de campo”.
Combinó estadísticas, entrevistas en profundidad y análisis cultural. Con un enfoque comparativo y etnográfico, mostró cómo las familias redefinen sus estrategias frente a crisis prolongadas. El diálogo con la psicología social y las representaciones colectivas le permitió tender un puente entre lo macroeconómico y las formas cotidianas de enfrentar la adversidad.
Entre clases, viajes cruzando el Atlántico y largas horas de lectura y escritura, Kessler mantiene la convicción de que la sociología, bien hecha, no sólo describe el mundo: ayuda a imaginarlo de otro modo.

Una sociología con suelas gastadas: Kessler, 2000-2020
El siglo XXI encuentra a Gabriel Kessler moviéndose entre las encuestas y la calle: del conurbano a los informes, de la estadística a la charla de la esquina, arma un mapa reflexivo de miedos y esperanzas que oscilan junto a la economía y la política. Sus temas se encadenan —delito, inseguridad, desigualdad, muerte pública, polarización— y van armando una cartografía de la Argentina.
En sus trabajos sobre jóvenes y “delito amateur” como Sociología del delito amateur (Paidós, 2005) y El delito en la Argentina post-crisis (Fundación Ebert, 2007) desarma el prejuicio de la “carrera criminal inevitable”: muestra trayectorias intermitentes, decisiones frágiles y contextos que empujan y frenan. En El sentimiento de inseguridad (Siglo XXI, 2009) reflexiona que el miedo al delito no es un simple reflejo de las estadísticas, sino una experiencia social que combina vida urbana, rumores, medios y política. El libro mezcla entrevistas cualitativas e indicadores cuantitativos para reconstruir la genealogía del “sentimiento de inseguridad”. Allí Kessler le pone palabras al temor —lo devuelve al debate público sin gritos— y deja por escrito la hipótesis que venía trabajando desde sus primeras pesquisas: la percepción no se discute con números sueltos, sino entendiendo contextos, rutinas y vínculos.
Después, llegaría el mundo popular en transformación. Tal como lo trabajó en Reconfiguraciones del mundo popular. El conurbano en la post‑convertibilidad (UNGS-Prometeo, 2010; coordinado junto a Maristella Svampa e Inés González Bombal). En él se registran nuevas combinaciones de trabajo formal e informal, y redes familiares que amortiguan (y reproducen) desigualdades.
Cuando vuelve a la desigualdad, no lo hace con moralismos: en Controversias sobre la desigualdad. Argentina 2003-2013 (Fondo de Cultura Económica, 2014) confronta indicadores con narrativas y evidencia cómo políticas, precios y expectativas reconfiguran quién se siente “arriba” o “abajo”. En 2015, como director de El Gran Buenos Aires. Historia de la Provincia de Buenos Aires (Edhasa-UNIPE), convierte ese foco en una apuesta de indagación del área metropolitana que le permite leer el país desde la escala cotidiana.
Respecto de las “legalidades grises”, Kessler estudia esas zonas donde la ley se aplica, se negocia o se tolera de maneras desparejas: fronteras porosas entre lo permitido y lo sancionado —una indagación que cristaliza en Ilegalismos, Cidade e Política (2012). En paralelo, desarrolla con colegas una tríada conceptual en Individuación, precariedad y riesgos (2013).
Luego, la muerte en su dimensión pública. Con Sandra Gayol en Muertes que importan (Siglo XXI, 2018) reconstruyen casos que marcaron épocas y cambiaron agendas: duelos privados que devinieron causas colectivas, familias que aprendieron a hablar en clave de derechos. Una indagación en torno a una sociología de la sensibilidad democrática.

2025 y la gramática del desencanto
El tramo más reciente de reflexión de Kessler entra de lleno en el desencanto con la política. La era del hartazgo. Líderes disruptivos, polarización y antipolítica en América Latina, publicado este año por Siglo XXI, no empieza con un grito sino con un murmullo. Gabriel Kessler, junto al también investigador Gabriel Vommaro, lo escuchan desde hace años y lo ordenan con una mezcla de estadística clínica y oído sociológico. Hacen algo difícil y hasta anti televisivo: separan ruido de señal.
Bajo la curaduría de Kessler y Vommaro, los ochos capítulos del libro escritos por distintos autores están unidos por un hilo conductor: el descontento no es un capricho de temporada sino una trama política con reglas visibles. Una, la más obvia, es, desarrollan Kessler y Vommaro, la polarización que se nos volvió pegamento de identidad: no discutimos ideas, discutimos quiénes somos.
En palabras de Kessler y Vommaro: “La polarización es tanto ideológica, porque los campos opuestos tienen opiniones muy diferentes sobre temas cruciales, como afectiva, porque estos campos tienden a descalificar moralmente al grupo opuesto y, en ciertos casos de votantes de derecha radical, hasta prefieren una salida no democrática a que asuma el candidato que representa a ese ‘otro'”.
La era del hartazgo cruza encuestas con escenas, series temporales con voces de barrio, comparaciones regionales con anécdotas puntuales. Argentina, Brasil, México, Chile, Colombia, Perú, El Salvador: un mapa que rehúye la trampa del “todo es lo mismo”, sin caer en el folklore del caso único. Un libro sobre enojo que no está escrito enojado.
El capítulo II, dedicado a la Argentina, late más cerca. Reconoce la fatiga con las élites, el apetito por relatos de “borrón y cuenta nueva” y la irrupción del outsider que promete cortar nudos, no desatarlos. “La crisis de las coaliciones no implica mecánicamente la crisis de la polarización en la sociedad. El modo en que Milei se apoya en la polarización preexistente da cuenta de la capacidad performativa de estos escenarios una vez que hacen carne en el electorado”, escriben Kessler, Vommaro y Assusa. Por eso el nuevo orden no nace de cero: emerge sobre cicatrices y sobre lealtades afectivas que se mantienen. Caen los sellos partidarios como Juntos por El Cambio, aunque persiste el reflejo amigo-enemigo. Sobre esa inercia, se montó Milei.
De punta a punta se sostiene ese hilo conductor: entender cómo se enganchan emociones públicas (miedo, duelo, hartazgo) con estructuras materiales (ingresos, trabajo, territorio) y con diseños institucionales. Kessler y Vommaro diseccionan de qué está hecha esta era del hartazgo que nos rodea.
Con el oficio y con el conocimiento, con el riesgo y con la reflexión, Gabriel Kessler evita la comodidad del eslogan: cuando el sentido común se acelera, él baja un cambio y explica. Conversa con El Economista sobre este presente.

—Junto a Gabriel Vommaro y Gonzalo Assusa en La era del hartazgo escribieron: “En 2009, tras una derrota electoral en las elecciones legislativas, el gobierno kirchnerista implementó la Asignación Universal por Hijo (AUH), lo que modificó el panorama de las políticas sociales”. ¿Qué es lo que hizo a la AUH tan potente, al punto de que incluso Javier Milei no se atrevió a eliminarla?
—Las transferencias condicionadas que se implementaron en América Latina en el siglo XXI llegaron para quedarse. Mostraron una gran efectividad en términos de costo-beneficio: mejoras en los indicadores de pobreza y desigualdad, generación de ingresos donde antes no había, reducción del conflicto social e impacto positivo en dimensiones como la salud infantil y la escolaridad.
Fue una fórmula que, en los noventa, había sido resistida por los organismos multilaterales. En la época de Menem predominaba la idea de que no había que dar dinero directo porque eso “desincentivaría” el trabajo. El cambio vino, sobre todo, a partir del caso mexicano —el programa Progresa/Oportunidades—, que mostró resultados positivos y, además, no provenía de un gobierno de izquierda. Desde principios de los 2000, entre programas condicionados y no condicionados, más de 140 millones de latinoamericanos y latinoamericanas recibían un ingreso.
Hoy casi es un imperativo para cualquier gobierno, incluso los de ultraderecha como el de Milei o, antes, el de Bolsonaro en Brasil, garantizar que toda persona reciba algún ingreso, aunque sea bajo.
Es difícil imaginar que América Latina no hubiera explotado socialmente en la pandemia sin la expansión masiva de las transferencias de ingreso. Durante la pandemia, todos los países las ampliaron.
¿Por qué es tan exitosa? Porque asegura un piso de ingresos individual, familiar y comunitario que, además, circula.
Recuerdo sobre mis investigaciones sobre delito amateur, que muchos adolescentes con los que trabajaba tenían literalmente cero pesos. Eran chicos que habían crecido en la primera mitad de los noventa sin pasarla tan mal, aunque al llegar a la adolescencia no tenían dinero: en la economía familiar, lo poco que había se destinaba a comida, y para ellos, era cero. Me acuerdo de un joven que me contó: “Me fue muy bien, saqué un montón de guita, saqué mil” (a precios de hoy, en relación a un atraco). Y le respondí: “¿Diez mil?”. “No, mil”. Esa inconmensurabilidad en relación al dinero era notable. Cuando, más tarde, trabajé en Fuerte Apache, entre los años 2007 y 2008, ya había otra situación: circulaba más dinero.
La circulación de ingresos en el mercado y en las redes comunitarias genera otro escenario. En 2001, por ejemplo, existía el fenómeno del club del trueque: no había efectivo en la sociedad. Lo investigué en su momento y la ausencia de liquidez era total. Ésa es, en parte, la razón por la que hoy Argentina sigue relativamente en calma: la AUH y la tarjeta Alimentar han aumentado más que la inflación.
— “Quizá esta disyunción entre mayorías secularizadas y minorías ultraconservadoras pero activas explica que los tópicos de la agenda cultural sigan siendo agitados por algunos publicistas de extrema derecha”, reflexionan en La era del hartazgo. ¿Podría Milei cometer un error político al tomar la voz de esa minoría activa como si representara a la mayoría?
—Todo puede pasar, y se sabe que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Lo que se observa es que hay dos agendas distintas: la de los militantes de la “guerra cultural” y la de las personas que votan a Milei. Junto a Gabriel Vommaro y Mariana Gené les hemos preguntado a estos votantes si alguno lo había votado por cuestiones de género y se rieron: “¿Cómo lo vamos a votar a Milei por eso?”.
Mientras Milei cumpla, para ellos, el contrato de bajar la inflación, las cuestiones culturales cómo género importan poco o nada. Lo podrían votar a pesar de su agenda cultural, salvo una minoría que sí lo apoya por eso. El contrato central pasa por la economía, el orden y el antikirchnerismo.
¿Puede ser un error? Sí. Creo que, comparado con el kirchnerismo, en Milei la distancia entre la agenda de sus militantes y la de sus votantes es mucho mayor. En el kirchnerismo podía haber diferencias de grado o de énfasis, pero no había dos agendas tan separadas. Si le va mal con la economía, en la medida que no se haya solidificado un núcleo duro fuerte, posiblemente lo abandone. Pero por ahora, sus votantes están contentos porque Milei está cumpliendo lo que para ellos es lo esencial.
Para pensar estratégicamente podría haber una oportunidad de tener el apoyo de algunos votantes de Milei, por ejemplo, si intentara avanzar contra derechos establecidos, como la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, pero sin esperar que por eso lo dejen de votar. Una joven votante de Milei en Córdoba nos dijo: “Soy pañuelo verde, si intenta prohibir el aborto voy a salir a protestar, pero si no lo hace lo voy a seguir votando porque hay otras cosas que sí me gustan”. Ése es el escenario: votantes que, aún en desacuerdo con parte de la agenda cultural, priorizan la económica.

—¿Imaginás un escenario en en que la alta aprobación de la pena de muerte que registran en el libro pueda traducirse en un debate real sobre su legalización en la Argentina?
—Creo que no. La tendencia mundial es hacia la limitación máxima o la casi erradicación de la pena de muerte. Existen sectores diversos que se oponen, incluso religiosos —católicos, por ejemplo—, que podrían formar parte de un frente contrario. Sería un debate difícil de instalar: la pena de muerte exige un nivel de movilización y emocionalidad que no veo en el horizonte.
Lo que sí es claro —y se ve en toda América Latina— es que hay una mayor permeabilidad social y política hacia medidas punitivas. En Argentina, el gobierno de Milei lo está mostrando: todo avance punitivo encuentra poco o ningún contrapeso efectivo.
Históricamente, en Argentina hubo tres polos: uno claramente democrático y antipunitivo; otro punitivo y uno que llamaría de “aplicación efectiva de la ley” (law enforcement en inglés), que no necesariamente pide penas más duras, aunque sí que las existentes se cumplan. Este último polo es el que ha ido variando con el tiempo y, en ciertos momentos, se corrió levemente a favor de posiciones más duras, sin convertirse en abiertamente punitivo aunque sin ejercer contrapeso a avances punitivos..
—En La era del hartazgo han escrito: “La ilusión duró poco. Y el fin del sueño vino sobre todo por derecha”, al referirse al fracaso del “fin de la Historia”, anunciado por Fukuyama. ¿Qué autocrítica pueden hacer las izquierdas sobre las condiciones de este presente?
—En América Latina, las izquierdas funcionaron bien mientras duró el boom de las commodities, y en ese contexto fueron bastante exitosas electoralmente. Cuando ese ciclo se terminó, el voto se volvió mayoritariamente contra los oficialismos, y ese impulso arrasó con muchos gobiernos de izquierda o centroizquierda.
A la vez, es una situación curiosa: si se observa América Latina hoy en comparación con hace veinticinco años —si se deja a Argentina de lado por un momento—, la región está mejor. Casi todos los indicadores han mejorado. El último informe de la CEPAL, publicado hace poco, muestra que 2024 registró la menor tasa de pobreza desde 1990, año en que se comenzó a medir.
Aunque, al mismo tiempo, hay una población —quizá la que más me obsesiona— con más años de educación, más empoderada, más consciente de las desigualdades y, sin embargo, con dificultades para negociar y unificar su descontento.
Son sociedades más empoderadas, más conscientes, pero también más impacientes. En un continente que es el único en desarrollo con sistemas democráticos estables y elecciones cada dos años, esa impaciencia se combina con una cultura mediática y de consumo que exige juicios constantes —la “cultura de la reseña” de evaluar todo al instante—, más una mayor conciencia de las desigualdades y, por lo tanto, más expectativas.
—En La era del hartazgo señalan que la polarización es tanto ideológica —por las diferencias en temas cruciales— como afectiva —por la descalificación moral del otro—. ¿La dimensión afectiva deteriora más la democracia que la estrictamente ideológica?
—La polarización ideológica se basa en diferencias en la forma de pensar y en los marcos interpretativos sobre distintos temas de agenda. Desde la teoría política, no necesariamente se la considera negativa: puede generar balance, promover el diálogo y aumentar el interés por la política.
La polarización afectiva, en cambio, empezó a estudiarse sobre todo en Estados Unidos. Se define por la animadversión hacia el outgroup: una percepción de mayor distancia ideológica respecto de ese grupo y, al mismo tiempo, una identificación más intensa con el ingroup.
Si se mira el caso de Uruguay, donde la polarización es más ideológica que afectiva, no hay una animadversión tan marcada. Esto permite reconocer políticas de los adversarios, mantener la relevancia de las reglas y no ver al otro como una amenaza existencial. Son ejemplos de polarización que no deterioran tanto la calidad democrática.
El mapa del descontento latinoamericano
En octubre de 2019, Quito y Santiago se convirtieron en escenarios de un mismo temblor. En Ecuador, el fin de los subsidios al petróleo encendió la mecha: huelgas de transporte, represión a estudiantes, el movimiento indígena bloqueando carreteras. En Chile, la chispa fue un aumento en el transporte público. En días, las protestas crecieron, mezclando agravios y demandas que ningún partido podía contener. “Los manifestantes repudiaron a los políticos de todos los partidos cuando éstos se acercaron a las manifestaciones”, escriben Gabriel Kessler y María Victoria Murillo en “The social underpinning of political discontent in Latin America” [“Los fundamentos sociales del descontento político en América Latina”]. Kessler y Murillo —politóloga y directora del Institute of Latin American Studies de la Universidad de Columbia— publicarán la investigación que compilaron y que reúne aportes de varios autores en marzo de 2026.
Impacta la primera imagen que el libro graba en el lector: multitudes sin representantes, malestar sin cauce institucional. “Argumentamos que los sentimientos de privación relativa, basados en las expectativas sociales generadas por la combinación de democracia y redistribución durante el auge de las materias primas, y su posterior desmoronamiento con la decadencia económica, son cruciales para comprender esta ola de descontento político”, escriben Kessler y Murillo.
Los autores dibujan un mapa de la región entre 2019 y 2025: ciclos de movilización masiva, represión, silencios forzados por la pandemia y reactivación posterior. No hay aquí una gran crisis única, sino una suma de cambios, promesas y frenos que, juntos, producen una fatiga política extendida.
El libro evita la tentación de reducir el descontento a un único culpable. En cambio, insiste en el peso del contexto histórico y social, y en cómo las transformaciones de las últimas décadas han modificado el vínculo entre ciudadanía y política. Kessler y Murillo sostienen que este malestar no es un fenómeno aislado ni local, sino parte de una corriente global marcada por la creciente heterogeneidad de las demandas ciudadanas, que dificulta su traducción en agendas cohesionadas. El éxito de las democracias latinoamericanas —en el sentido institucional, con sistemas que han resistido sin golpes de Estado durante décadas—, sumado a la transformación sociodemográfica que dejó el boom económico de comienzos de siglo, abrió la puerta a nuevas demandas y mecanismos de movilización más sofisticados. En ese marco, la mediatización —y, de forma más punzante, las redes sociales— multiplican las comparaciones, amplifica agravios y acelera la percepción de desigualdad.
En 2025, escriben, nuevas protestas en varios países muestran que este ciclo de descontento sigue abierto. No hay cierre fácil, y esa es quizá la advertencia más fuerte del libro: la política latinoamericana seguirá siendo un territorio en disputa, donde la calle y las urnas comparten protagonismo. Kessler y Murillo invitan a leer ese pulso, atentos de que, en esta historia, la última página aún no está escrita.

—En The Social Underpinning of Political Discontent in Latin America, que compilaste junto a Murillo, plantean que el “deterioro económico afectó a la satisfacción con la democracia y repercutió en el comportamiento electoral”. ¿Observás un riesgo similar en el actual gobierno de Javier Milei si las expectativas sociales que hoy despierta después no se cumplan?
—Lo que sostenemos en el libro es que, en países polarizados —y Argentina sigue siéndolo—, las crisis económicas suelen procesarse de manera distinta. Cuando todavía existe un “otro” al que se responsabiliza y un “nosotros” que aparece como capaz de resolverlo, eso atenúa la insatisfacción con la democracia. En general, en sociedades polarizadas, quienes están del lado del oficialismo se muestran más satisfechos con la democracia que quienes están en la oposición.
En el caso de Milei, claro que puede irle mal, pero lo más probable es que el rechazo se dirija a él y a su gestión, no a la democracia en sí, porque su promesa central es de gestión.
No parece que un eventual descontento con Milei, si la situación económica se deteriorase, vaya a traducirse en un corrimiento masivo de sus votantes hacia la izquierda. Más bien, podría mantenerse dentro de coordenadas afines —ajuste, orden fiscal— aunque cambiase la figura.
Otro elemento a tener en cuenta es que una vez que baja la inflación y se logra cierta estabilidad, esa conquista pierde efecto movilizador. Es como el techo de la parada de colectivo: se quiere mientras llueve y no se lo tiene, aunque una vez que está, el ciudadano no se pasa el día agradeciendo a la municipalidad. Hoy algunas encuestas muestran que, para parte del electorado, la inflación dejó de ser la principal preocupación; ahora el foco se traslada a los ingresos.
—¿Qué tan pacientes serán los ciudadanos argentinos con Milei?
—La paciencia será muy heterogénea. Si hay estabilidad inflacionaria, sectores que puedan ver beneficios por la estabilidad, como ciertos rubros del sector privado, comercio que pueda adaptarse su demanda a los bienes importados si conviente, quienes valoran la planificacion que permite la estabilidad, podrían mostrar más paciencia. Es posible que logren alguna mejora o detener la pérdida en sus ingresos y eso les da margen.
En cambio, los trabajadores públicos y todo lo que depende del Estado están entre los más golpeados. Su impaciencia ya está instalada, aunque no alcanza por sí sola para ganar una elección. Las provincias, en general, están algo mejor: tienen más equilibrio fiscal y menos tensión inmediata, aunque varía mucho según el caso.

La vida en común sostiene un país
Gabriel Kessler, junto al sociólogo Juan Piovani, van a publicar en octubre próximo, en la editorial Siglo XXI, Una sociología de la vida en común. Cómo hacemos amigos, armamos pareja, nos ayudamos y manejamos nuestros conflictos en la Argentina. Reflexionan en la introducción: “Estas páginas abordan temas que forman parte de nuestras vidas y de nuestras conversaciones habituales: las amistades, las parejas, los conflictos interpersonales”. En este libro de 205 páginas, Kessler y Piovani ofrecen una imagen precisa sobre el conjunto de estas relaciones en la sociedad argentina. Y, al hacerlo, desafían aquello que solemos dar por sentado, al tiempo que interroga supuestos arraigados en la sociología.
Los autores observan que todos, en algún momento de la vida, nos movemos en un territorio que oscila entre dos orillas. En una, la familia y los vecinos, vínculos que sostienen lo cotidiano y garantizan, a veces con discreción, la supervivencia material y emocional. En la otra, los amigos y los compañeros de trabajo o estudio, una red que no sólo ofrece afecto, sino también las llaves para mantener —o incluso escalar— la posición social.
Las corrientes de la vida —edad, género, dinero, crisis— empujan hacia un lado u otro de la orilla. Cuanto más alta es la posición económica, argumentan Kessler y Piovani, más fácil es acercarse al polo de las amistades; cuanto más estrechos los recursos, más fuerte el anclaje en el círculo familiar y vecinal.
El libro está organizado en cuatro capítulos que dialogan entre sí. Kessler y Piovani proponen un “recorrido paulatino que parte del individuo y se expande hacia niveles más amplios de relaciones sociales”. Cada capítulo funciona como un escalón en esa gradación.
“En la Argentina, la mayoría tiene a alguien a quien recurrir”. Los autores lo subrayan como una buena noticia: casi todos contamos con una red —familia, amigos, vecinos— capaz de sostenernos en lo urgente y en lo difícil. El problema, advierten, es que esas mismas redes no son neutrales: reproducen las desigualdades. Hoy, más que antes, el capital social está concentrado.
Una sociología de la vida en común no sólo ofrece un retrato minucioso y auténtico de la estructura social argentina contemporánea; también pone en valor esas dinámicas esenciales de la vida diaria que, por cotidianas, suelen quedar fuera del foco. Al final, ningún país se sostiene sin una vida en común.
—En Una sociología de la vida en común describen dos polos relacionales: uno anclado en la familia y los vecinos; otro en amistades y compañeros de trabajo o estudio. En el contexto actual de crisis y desigualdad, ¿qué polo prevalece en ciudades como Buenos Aires?
—Depende de la clase social. Cuanto más alto es el nivel socioeconómico, mayor es el peso de los amigos y compañeros; cuanto menores son los recursos, mayor es la centralidad de la familia. Una dinámica que también aumenta con la edad.
Ese tipo de dinámicas, además, reproduce desigualdades: las redes con más intercambios y más variedad se concentran en sectores altos, que son los que menos las necesitarían.
Hay, también, también grandes diferencias geográficas. La CABA es un mundo aparte: allí la mayoría de los contactos cercanos son mixtos —amigos y familiares—, y los amigos ocupan un lugar central, incluso por encima de los parientes. Buenos Aires es una ciudad de amigos. En el GBA, aunque se frecuente menos a las personas, se mantiene un contacto asiduo por redes o WhatsApp. En la Patagonia, la menor presencia de familia se explica por la migración. El GBA es muy diferente a la CABA a pesar de ser parte del mismo entramado y en la sociabilidad en muchos aspectos es muy similar al Norte y poco a la CABA.
Un hallazgo del libro es que “nunca estamos solos, nunca somos iguales”: siempre hay alguien a quien acudir, y eso circula entre mercado, Estado y familia. Todos creemos que damos más de lo que recibimos, pero los datos muestran bastante reciprocidad.
El problema surge cuando las redes se empobrecen, como pasó en los noventa o en 2001. Si toda una red está empobrecida, no hay recursos para que circule nada. Por eso preocupa la situación de los jubilados: en muchas familias, su ingreso también es clave para sostener a otros y, en forma recíproca, cuando la familia se empobrece tampoco puede ayudar a los jubilados.
—”Buenos Aires es una ciudad de amigos”, acabás de señalar. ¿Podrías expandir esta afirmación?
—Es una ciudad donde los amigos cumplen múltiples funciones y aparecen primero ante cualquier tipo de pedido, algo menos frecuente en otros lugares. Son vínculos afectivos, emocionales y prácticos a la vez, y mantenerlos requiere más inversión que las redes familiares: salir, verse, compartir.
Libros, investigaciones, coautorías, compilaciones, intervenciones. Interrogaciones y temporalidades. El lápiz de Gabriel Kessler sigue escribiendo y sigue preguntándose por este presente. Quizá, en tiempos de tantas polarizaciones y fragmentaciones, lo más importante que podemos cuestionarnos sigue siendo sobre la vida en común.

