Con precisión, el analista político Pablo Touzon recuerda la época previa a Panamá Revista (de la cual es cofundador) cuando todavía no existía el 54% de Cristina Kirchner ni el mapa político agrietado que luego marcaría el pulso de una década. “Si existe algo así como lo vocacional, creo que lo tuve. Casi no recuerdo mi vida antes de interesarme por la política“, cuenta en diálogo con El Economista. Para Touzon la vida se juega en buena medida en eso, en la pasión por la política. “Tengo un recuerdo infantil de mirar discursos en la televisión, incluso programas como el de Bernardo Neustadt. Me fascinaba algo”, rememora.
Empezó a militar a los 14 años, en pleno menemismo, en la organización juvenil “Venceremos”, de Patria Libre, cuyo referente era Humberto Tumini. Pasó por distintas formas de participación, trabajó para el gobierno de la Ciudad, en las áreas de Derechos Humanos y Planeamiento Urbano, junto a Aníbal Ibarra.
En 2007 fundó, junto a otros compañeros de modo colectivo, Generación Política Sur (GPS), un laboratorio joven de cuadros políticos y técnicos, con impronta laborista y vínculos sindicales, aunque sin dependencia ministerial. “La Cámpora casi no existía”, recuerda. Su ambición era armar algo duradero, como las fundaciones políticas europeas Friedrich Ebert o Konrad Adenauer. GPS produjo dirigentes que luego siguieron caminos distintos, y se comparaban, medio en broma, con la antigua “Juventudes Argentinas para la Emancipación Nacional” (JAEN), de Galimberti y de Chacho Álvarez. Eran tiempos en los que esa primera Cristina, entre 2007 y 2010, permitía aún cierta diversidad interna, hasta que la muerte de Néstor cerró filas: “Fue como la momificación de Lenin”. La consigna “florecerán mil flores” se apagó cuando Cristina ordenó concentrar todo en un único dispositivo: La Cámpora. GPS se disolvió hacia 2013.
Hijo de Jorge Touzon y Nora Anchart —ella periodista con trayectoria destacada en medios, él vinculado a la fábrica de perfumes Lancaster—, Pablo creció en una casa politizada (sus padres se conocieron en la Juventud Peronista y venían de sectores sociales muy distintos, aunque se cruzaron en esa marea generacional de los años 70) a la par que se formó en el Liceo Francés. A la hora de elegir una carrera, dudó entre Ciencia Política, Historia o Letras, y eligió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Entre 2012 y 2013 cursó una Maestría en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) y Sciences Po en París, en medio de la crisis interna de su organización.
En 2013, al volver de Francia, nació Panamá como un blog junto a Martín Rodríguez. Con el tiempo, se sumaron distintos autores y autoras hasta que finalmente con la incorporación de Federico Zapata conformaron una nueva era de la revista en la cual Zapata aportó programa, mirada federal y énfasis económico. Touzon señala: “Fue una incorporación fundamental”. Hoy Panamá es también la casa de un nuevo proyecto: Supernova, con una propuesta dominical sobre distintos temas de la vida contemporánea. Frente a los vaivenes de la Argentina, apostaron y siguen apostando a un proyecto de largo plazo: “Llevamos doce años; en nuestro país, eso es un montón”. Panamá atravesó distintas etapas y hoy la revista se convirtió en una referencia fundamental en la prensa argentina, con un lugar propio en el ecosistema de ideas y debates.
Además de la revista, Touzon es codirector de la consultora Escenarios junto a Federico Zapata, nacida en 2019, con un diagnóstico político preciso: la política estaba cambiando, las consultoras ligadas a grandes coaliciones se diluían y el consultor ya no era aséptico. Se definieron, entonces, como un espacio de opinión pública, encuestas y estrategia política, aunque con espíritu propio: sin parecerse al modelo de Santiago Caputo, pero reconociendo que hoy la consultoría es una forma de intervención política concreta. Desde el inicio, apostaron a trabajar con clientes diversos —de provincias e incluso con realidades muy distintas— y a no alinearse con el extremo libertario ni con el extremo kirchnerista, al combinar escritura e investigación para mantener libertad y evitar el tedio.
Co-compilador de ¿Qué hacemos con Menem?, Touzon señala que el peor error sería reducir a Menem sólo a la pizza con champagne y Armani y olvidarse la parte política. Lo describe como “nuestro Nixon” o “nuestro Reagan”, con una dimensión compleja y cuyo propio estilo, menos solemne, complicó la construcción de un legado. Reflexiona Pablo Touzon que el Turco Asís decía que el peor enemigo de Menem era Menem mismo: si hubiera sido kirchnerista, habría decenas de libros sobre “el hombre que se animó”. El menemismo, añade, estuvo cancelado durante años, visto como “la década infame sin represión”, hasta que el fracaso del macrismo lo reactivó como espejo y abrió la pregunta de por qué a Menem le fue bien donde a Macri le fue mal. “Yo nací militando contra Menem, pero era un desafío revisitarlo”.

La oficina de Touzon es sincrética. Como él. Conviven pequeños bustos de Perón —uno blanco y otro dorado, que lo muestra más joven—, el libro “Borges” de Adolfo Bioy Casares junto al busto, y, en las paredes, un viejo póster de James Bond, además de imágenes de Lincoln y De Gaulle.
Lincoln y De Gaulle, explica Touzon, procesaron conflictos internos devastadores y los llevaron a un fin. “El problema es cuando el conflicto se convierte en un estado permanente para sostener una burocracia. Hoy nos pasa eso: la política tradicional vive del conflicto”.
—En tu biografía de X te definís como “soldado de De Gaulle”. ¿Por qué elegiste al político francés y qué significa para vos? —le pregunta El Economista.
—En Francia dicen que De Gaulle es “el hombre que se construye en base a los ‘no'”. Participó en la Primera Guerra, fue prisionero, se escapó, y llevó la vida típica de un militar francés de entreguerras. Desde una posición que no era de izquierda —al igual que Churchill— supo ver venir la amenaza nazi. A pesar de ser un oficial católico, su devoción era el Estado francés. No respondía a una ideología estricta: no era un ideólogo. Lo que me gusta de De Gaulle es que tenía una visión de autor de la política. Decían de él: “Le gusta más Francia que los franceses”. Lidera Francia en dos momentos críticos: la derrota frente a los nazis y la guerra de Argelia. Tras la ocupación, pasa por una “travesía del desierto” y se retira a su casa, sin exposición pública, hasta que lo llaman nuevamente al poder. Siempre fue un republicano peculiar: iba a elecciones, ganaba, pero lo acusaban de querer ser un Napoleón. Él respondía con ironía: “¿Usted cree que voy a iniciar una carrera de dictador a los 65 años? Ya está”. Muchos pensaban que iba a sostener la Argelia francesa, pero los traicionó —en el buen sentido—: abrió negociaciones con los argelinos y les devolvió la independencia. Eso le valió atentados de la ultraderecha. Paradójicamente, un general católico terminó siendo el hombre más condenado por la ultraderecha francesa en todo el siglo XX. Me atrae esa capacidad de sostener posiciones contramayoritarias, con una idea trascendental de la política, no reducida a las encuestas. Hay una mística en De Gaulle que me interesa: la política como obra personal. No era un ingenuo, pero tampoco un operador cínico. Había en él una noción de dignidad, de construir a partir de una visión propia, de insubordinarse cuando era necesario —responde Touzon.

Para Pablo Touzon, la política no es resultadismo, sino una obra personal, una ejecución singular, que se defiende incluso contra la opinión dominante. En esta entrevista con El Economista, el cofundador de Revista Panamá reflexiona sobre la persistencia y mutación de la “grieta”, evalúa el rol actual del PRO y de Mauricio Macri, y analiza el papel de Axel Kicillof frente a Javier Milei. También responde sobre cuáles son los puntos más débiles del presidente libertario y cuáles podrían ser los escenarios más probables para la Argentina en 2027.
—La democracia argentina cumple 42 años el próximo 10 de diciembre. ¿Cuál es tu balance?
—Si esta historia se contara del ’83 al 2001, podría decirse que la Argentina consolidó la democracia. En la parte “positiva”: se juzgó a los militares y, finalmente, se derrotó la inflación. Hubo un momento, hacia 1995-1996, en que, a su manera, con la Constitución del ’94, se consolidó un nuevo orden democrático: convertibilidad y democracia, las dos a la vez. No era sólo el menemismo; la democracia argentina se vivía así. Por eso fue tan grave la crisis del 2001: explotó y arrasó con todo. Alguien podría decir que la Constitución del ’94 fue la de la convertibilidad, parte de ese horizonte mundial del “fin de la historia” y, en lo nacional, algo así como un Pacto de la Moncloa.
Cuando todo explota y aparece el kirchnerismo, el gran desafío fue otro. El balance sobre el kirchnerismo, para quienes lo vivimos, es preguntarse si, al final, fue más superficial o no de lo que pensábamos. ¿Cuánto penetró realmente, más allá de la época del boom económico y de su injerencia cultural?
La clase política que surgió pos 2001, se organizó más en función de evitar otro estallido que de otra cosa. Se ocupaban tanto de no volver a ser corridos a piedrazos que, finalmente, fueron corridos por Milei. Fue un dispositivo mucho más conservador que el de la política de 1983 a 2000. Aquella creía que podía hacer muchas más cosas, incluso pactar a espaldas de su propio electorado, como Alfonsín y Menem.
Después del 2001, y pese a la verborragia, el miedo a la anarquía era enorme. Mucho más cuidado, aunque pareciera lo contrario. Así se creó una gobernabilidad que, al principio, tuvo un sesgo progresista, aunque luego se volvió conservadora. Eso alcanzó también al macrismo.
Nadie quería que le estallaran en las manos las imperfecciones del sistema. La reforma económica que debería haberse hecho entre 2007 y 2008 nunca llegó. Esa no reforma es, en parte, lo que engendra a Milei.
Hay un período que terminó con Milei. No es el fin de la democracia, sino de un formato, de un ciclo con muchas promesas incumplidas en lo económico y social. Es cierto que Argentina es de los pocos países de América Latina que retrocedió, aunque en parte porque partía de más alto. Argentina era el país de la clase media, y ahí se enfrenta a la dificultad que tienen hoy los países occidentales para sostener los niveles de vida de sus sectores medios y medio-bajos trabajadores.

—En Revista Supernova has escrito: “El objetivo de Trump fue -es- convertir a Estados Unidos en Rusia”. Si lo llevamos al caso argentino, ¿qué país o modelo dirías que Milei tiene en el horizonte?
—Como él se define anarcocapitalista, la pregunta es: ¿dónde existe algo así? A veces menciona ejemplos típicos del ultraliberalismo, como Nueva Zelanda o Irlanda, aunque en la práctica no funcionan tal cual él los describe. La utopía de Milei, en la actualidad, no tiene un correlato exacto. Incluso Estados Unidos, que él cita como referencia, no está haciendo lo que él está haciendo acá: allá hay proteccionismo, es otra lógica.
Por eso creo que el modelo de Milei es el más extremo. Un esquema libertario, llevado a la realidad, tendería a parecerse más a algo peruano: una macroeconomía ordenada y a prueba de crisis, una atomización política y un sistema social más desigual. Una estabilidad construida sobre esas bases, con un fuerte proceso de desclasamiento. En ese sentido, Milei es más un internacionalista de derecha que un nacionalista. Tiene algo de “guevarista” en la forma de concebir su misión: como si otras tierras del mundo reclamaran los mismos esfuerzos. No me sorprendería que un día intente ser presidente en otro país.
—En La grieta desnuda, libro coescrito junto a Martín Rodríguez, analizaban una Argentina atravesada por el macrismo, el Estado, la clase media, Cristina, el peronismo y la desigualdad. ¿Esa grieta que describían entonces sigue viva o mutó?
—Cambió de forma. Cuando escribimos sobre la “grieta”, no nos referíamos al conflicto histórico entre fuerzas políticas, sino a un periodo muy concreto: del conflicto con el campo en adelante, cuando se abandona la lógica hegemónica de Néstor Kirchner. Kirchner buscaba tener el 80% de su lado. Su estrategia no era la minoría intensa, sino la concertación plural, la transversalidad. La acusación contra él era el hegemonismo. Era, de algún modo, lo contrario de lo que vendría después.
A partir de 2008 cambia la mecánica interna, incluso antes de la muerte de Kirchner, y se consolida después de 2011. Lo mismo ocurre, de forma especular, en el macrismo: dos fuerzas que se organizan como minorías intensas y que viven del fracaso ajeno, sin capacidad real de reforma. En ese sentido, son corresponsables del conservadurismo político.
Milei irrumpe polarizando a los polarizadores, metiéndolos en la misma bolsa.
—En el artículo “Edipo Rey“, escribiste junto a Federico Zapata que Mauricio Macri terminó siendo el “Juan Bautista” que anuncia el advenimiento de un Mesías al que después, arrepentido, intenta desconocer. Ahora que el PRO acordó ir junto a LLA en la Ciudad de Buenos Aires, ¿cómo evaluás el escenario actual?
—El PRO político se rindió. Quedan algunas aldeas de Astérix que decidieron no sumarse, aunque la rendición está. Y para Macri fue exactamente al revés de lo que buscaba: quería ser parte de un gobierno que imaginaba fácilmente manipulable, el de Karina y Javier, y terminó siendo manipulado. Hubo una lógica de soberbia de clase, la idea de que “estos chicos hacen el show para su tribu y nosotros nos ocupamos de los asuntos reales del gobierno”.
El mileísmo no tiene un sustituto para eso: no se encarga nadie. Por eso la gestión de lo cotidiano es mala. Y lo poco que tiene se lo aportó el macrismo, con Patricia Bullrich y Luis Caputo, aunque no bajo el formato que hubiesen querido: es una adquisición hostil.
La pregunta es si la sociología y la cultura política que representó Juntos por el Cambio la podría encarnar Karina Milei. ¿Puede cerrar ese mundo? Personas de clase media alta, profesionales, que, en un balotaje, en este contexto tan particular, podrían votar por ella, sí. Pero, ¿puede eso quedar para siempre ordenado dentro del populismo libertario? Lo mismo con la sociología del peronismo no kirchnerista, que en la actualidad está creciendo: ¿encontrarán alguna zona de encuentro? Todavía no.
Lo más interesante para ver del PRO no son sus élites —que ya no están o se pasaron de vereda—, sino sus bases: los votantes de Juntos, del PRO, de la experiencia “republicana” que Milei ni siquiera intenta representar.

—¿Cómo leés el vínculo entre Milei y la sociedad argentina en este momento electoral?
—Milei todavía conserva dos grandes activos que podrían revalidarlo en esta elección. El primero es el fin de la guerra contra la casta, aunque no haya sido por motu proprio: Cristina presa y Macri casi fuera del país suenan a cierre de época. El segundo es el tema inflacionario: encaró el ajuste sentándose sobre el botón rojo y apretándolo con las dos manos. Lo hizo de manera brutal, con un atraso cambiario extremo que, a diferencia del menemismo, no está apalancado en privatizaciones ni en reformas estructurales profundas. Es una versión superficial, epidérmica del menemismo, aunque hoy todavía puede revalidarse.
Sin embargo, ya se empiezan a notar los límites. La pregunta es qué viene después. Casi que debería hacer la elección mañana y saltar a lo que sigue. Por eso las preguntas sobre una posible reforma de gabinete: ¿cuál es el segundo tiempo de este gobierno? El aceleracionismo que Milei imprime a todo hace que parezca que ya estamos llegando.
Lo único que blinda a un personaje como Milei es el abismo. Si la gente pudiera elegir entre Milei y una opción mejor, elegiría esa opción. Milei es un dirigente muy fallido, en última instancia. El desafío es el después. Hoy mantiene su vínculo con la sociedad: en las encuestas conserva una imagen positiva de más del 40%. Bajó, pero no se derrumbó.
—Has escrito junto a Federico Zapata que lo que la época exige es “experimentación, aquí y allá, de formas políticas nuevas”. ¿Cuáles son los rasgos novedosos que observás hoy en la oferta política? ¿Cómo evaluás el presente de cierto centro?
—Está empezando a pasar algo que expresa una Argentina real, casi diría por cuestiones como la caída de Santiago Caputo, que precipitó la ruptura con los gobernadores. Los mejores clivajes políticos son los que surgen de verdad y no los inventados por politólogos. En este caso: nación sin territorios y territorios sin nación.
La Argentina está desacoplada en dos: gobernadores sin proyección nacional y libertarios que intentan remedar estas escenas aunque no tienen ni una intendencia de pueblo. Es un fenómeno inédito que genera un conflicto entre ambas partes y que empieza a tener expresión política. También, ciertos dirigentes no se quedan refunfuñando: hay voluntad de ir a romper.
Además, hay una crisis del AMBA: el gobierno de la Ciudad dejó de ser motor de proyección presidencial. La caída de Uspallata con Larreta fue clara: Jorge Macri es una versión “Manaos” del macrismo modernista y difícilmente pueda ser presidente o incluso reelegir. En Provincia de Buenos Aires, el peronismo y el kirchnerismo debilitados complican la proyección de Kicillof. Por contraste, si hoy se mira el mapa, el próximo candidato competitivo tendría que venir del interior.

—¿Interpretás que Kicillof puede incomodar a Milei en este escenario?
—No. Kicillof es el candidato que Milei querría en un balotaje.
Axel la tiene muy difícil. Su principal desafío no es Milei: es Cristina. Ése es su problema para los próximos dos años. Le van a poner decenas de obstáculos. Será como la relación Larreta-Macri al final.
Habrá que ver cómo le va en septiembre: si le va bien o mal, si los intendentes lo acompañan o no. El formato de gestión que le espera es pesadillesco. Scioli, siendo un gobernador mucho peor, se beneficiaba de ser funcional a cualquier proyecto y nadie le metía cuñas. La situación de Axel es objetivamente difícil.
—¿Cuáles son los puntos más débiles de Milei o aquello que más podría incomodarlo políticamente?
—Su principal flanco es la idea de que no puede construir algo sustentable. ¿En qué sentido? En que la sociedad termine percibiéndolo como alguien de “uso corto”. Es como una metáfora que me contó un amigo: una mujer que se separa de un abogado de San Isidro, con tres hijos, y se va con un motoquero medio trashy. Le dice a los amigos, al marido, “me voy con el peor”, “prefiero cualquier cosa”. Hay un gesto de ruptura total, de irse con alguien que representa lo opuesto, pero al mismo tiempo es poco probable que ese sea el nuevo formato permanente de su vida.
La debilidad de Milei es que no logra proponer nuevas batallas ni nuevos horizontes. Sigue mordiéndose la cola. Cuando dijo “no voy a insultar más”, era como un chiste que empezaba a gastarse.
Necesita un cambio en el segundo tiempo para proyectar una idea nueva. Ése es su gran desafío: evitar la sensación de que ya terminó su misión. Y como los nuevos objetivos son más complejos y habrá más competencia —sobre todo en un escenario en el que Cristina ya no sea candidata—, ahí se abre un agujero. Sobre eso se construirá algo. Tal vez no ahora, quizá no en este turno, pero para 2027 no va a llegar con las manos vacías. Habrá algo, y probablemente menos previsible que Cristina Kirchner.

—¿Cómo imaginás el escenario porteño rumbo a 2027?
—Claramente, la unión de La Libertad Avanza y el PRO parte como favorita: sintetiza dos electorados. Por un lado, el más plebeyo y joven de los libertarios; por otro, el más “Caffe Tabac” del PRO. El problema es el challenger. La Ciudad exige 50 puntos para ganar en primera vuelta: si se saca 48, se va a balotaje. La cuestión es qué alternativa se le ofrece a ese espacio en un eventual balotaje.
Es disputable, porque no sabemos cómo llega esa alianza en dos años. La Ciudad a veces es contrahegemónica: se harta de procesos nacionales y va para el otro lado. Sería el escenario ideal para un candidato a jefe de Gobierno no kirchnerista, alguien que pueda atraer votos kirchneristas sin ser parte del elenco estable de un balotaje previsible contra un K.
Si se inventara un candidato capaz de sintetizar —aunque lleguen desde espacios distintos— un voto antiderechista o antilibertario en la Ciudad, podría armarse un balotaje competitivo. Pero hoy ese candidato no existe: es algo que la política tiene que construir.
—Si pensás en 2027, ¿cuáles son los escenarios más probables que imaginás para la Argentina en términos políticos y sociales?
—Lo imagino muy ligado a lo económico. La pregunta es: ¿cuándo empieza a dar resultados lo que Milei tiene en la cabeza? ¿Es una Argentina más minera, más RIGI? ¿Cuándo empieza eso a rendir frutos? Podría pasar que el país se estabilice con un tipo de cambio atrasado, como Uruguay, pero con una fuerte entrada de dólares por exportaciones e inversiones.
El problema es con qué se sostiene eso. Hacia 2027 se va a ver si hay con qué. Las apuestas sobre Vaca Muerta y otras promesas suelen ser para 2028 o 2029. Siempre está cerca el momento en el que, supuestamente, nos convertimos en Dubai y la restricción externa deja de ser un problema, como pasó en los 2000, permitiendo un control de la inflación menos draconiano que el actual. Pero no sé si Milei llega al 2027 con eso.
Por eso hay una analogía con el macrismo: una vez pasado el primer temporal y activado el RIGI, ¿qué llegó realmente?, ¿cómo funcionó la economía? La gran pregunta es si hay vida más allá del ajuste, y eso se definirá en los próximos dos años. Podría ser un presidente de un solo mandato. Ahora va a ganar —o probablemente gane— y muchos dirán que es imposible que no continúe, como siempre pasa. Pero también puede ser que haya cumplido una función política y, si no le encuentra el tono a la segunda parte de su mandato, quede limitado.
