lunes, 04 mayo
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Menem y la soledad del poder

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Dice el Turco Asís que el tiempo purifica a los políticos. En una entrevista con Luis Majul, en el marco de un programa denominado Un mundo con periodistas emitido por Canal Á durante el año 2014 —cuando todavía parecía inquebrantable la hegemonía kirchnerista—, Asís afirmó que el binomio Menem-Cavallo sería recordado como uno de los momentos más virtuosos de la historia argentina.

“Permitime disentir”, le respondió Majul al autor de Flores robadas en los jardines de Quilmes; como un paréntesis de una conversación que consistió casi en su totalidad en atacar férreamente al kirchnerismo. 

Probablemente, el tiempo le dió la razón a Asís. Era necesario que el kirchnerato se agote, con su última anomalía de Cristina yendo de vice y poniendo a un presidente por un tweet un sábado de mayo por la mañana. Una jugada táctica que demostró ser brillante para ganar las elecciones y desastrosa para gobernar. 

Quizás en ese aspecto Menem supo ser más cauto. Sabía que el modelo de convertibilidad iba tarde o temprano a volar por los aires. Sabía que la Alianza iba a ganar las elecciones de 1999, por eso no hizo nada para evitar que De la Rúa le ganara a Duhalde. Más bien, le colocó un lastre, al poner a “Palito” Ortega como vice. Una vez colapsado el ficticio plan del “1 a 1”, Menem volvería triunfante al poder. 

Y casi lo logra. 

De hecho, ganó la primera vuelta de las elecciones presidenciales en 2003, en las que compitió contra otras dos opciones peronistas. Sabía que no le alcanzaba para ganar en segunda vuelta. Entonces, le tiró el muerto a un Kirchner que todavía no podía creer que podía ser presidente; pero que, como Menem, era un líder territorial adicto al poder. El “Pingüino” no solo agarró la presidencia, sino que también, se devoró todo a su paso. 

Menem supo ser más cauto. Sabía que el modelo de convertibilidad iba tarde o temprano a volar por los aires. 

 Menem, la nueva serie de Amazon dirigida por Ariel Winograd y disponible en la plataforma Amazon, tiene el acierto de retratar —en el marco del género de la sátira— la voracidad del poder. En el mundo de las redes sociales, es un error olvidarse del territorio, del cara a cara. 

Menem supo que si quería conquistar la Argentina, primero debía conquistar su pago chico: La Rioja. Tierras del caudillo Facundo Quiroga, el alter ego del calvo Domingo Faustino Sarmiento, quien, a diferencia de cómo lo (mal) leyeron muchos, Sarmiento lo admiraba. No solo por su carisma, sino también porque tenía una enorme cantidad de pelo. Es un error leer la historia argentina a través del binomio civilización o barbarie: es civilización barbarie.   

Hay un aspecto que Menem desarrolla con maestría y que tiene lugar en varios momentos de la serie. Al personaje interpretado brillantemente por Leo Sbaraglia le hacen una pregunta, hay un silencio, una mirada perdida, suena una vibración aguda y luego responde: “Sí, que no le queden dudas que voy a ser el próximo presidente de los argentinos”, “Estoy dispuesto a tomar el poder ya mismo”, “Esté completamente seguro que voy a competir por la reelección”. 

La interna Menem-Cafiero, el levantamiento de los carapintadas y los indultos, los escándalos de corrupción y las privatizaciones, la convertibilidad, la reforma de la constitución y el atentado de la AMIA, están abordados a partir de la voluntad y la decisión indeclinable de una persona que estaba completamente segura de su vocación y de su destino

Llega un momento en que las encuestas, los asesores, el entorno e incluso la familia se desdibujan. Y entonces el líder —solo aquel con auténtica vocación de poder, como la tuvieron Perón, Menem, Kirchner y tal vez Milei— queda a solas con su decisión. Sentado en un sillón gastado, frente a un escritorio desvencijado, con un papel delante y una lapicera en la mano. Una firma que puede alterar el destino de millones y torcer, para bien o para mal, el rumbo de la historia.

Enterrar a su gran competidor dentro de la renovación peronista, el que tenía todas las chances de ganar, mandar a fusilar a los últimos militares que osaron atentar contra el poder democrático, condonar a Videla y a Firmenich, entregar el patrimonio público y sacar una tajada, hacerle creer a los argentinos que su moneda puede valer lo mismo que el dólar, transformar de cuajo el orden institucional, llamar uno por uno a los familiares que perdieron a sus seres queridos en un acto terrorista que hasta el día de hoy no se sabe por qué ocurrió, pero que se se infiere que fue en venganza al giro ideológico que hizo Menem. Eso solo lo puede hacer alguien que no tiene miedo a las consecuencias, alguien dispuesto a todo para acumular poder. 

Gobernar sin el espejo retrovisor y considerar que la ideología es accesoria al poder. Lo que importa no son los valores: es el pragmatismo.   

El retrato sobre el caballo, con el busto de Quiroga y el fotógrafo cuerpo a tierra, condensa una estética que exalta caudillismo, espectáculo y marketing político.

Otro punto interesante que propone la serie es el personaje de Olegario Salas, el fotógrafo personal de Menem interpretado por Juan Minujín. Introducir esta figura que no existió en la realidad permite abordar la figura del líder riojano a partir de una dimensión fundamental en su construcción política: la imagen

No solo fue el territorio, tocar las puertas de las casas, besar a niños y ancianos. También fue mostrarse con mujeres exuberantes, aparecer en las tapas de revistas, en los programas de chimentos y en los shows de entretenimiento. En la serie aparece Neustadt, pero también podría haber irrumpido Tinelli. 

Porque Menem decía que lo que valía era que la gente hablara de uno, no importaba si era para bien o para mal. 

La contracara de la política en el espectáculo, y del espectáculo en la política, que se potenció con las privatizaciones (y profesionalizaciones) de los canales de televisión, las radios y la concentración de los medios, fue el surgimiento del periodismo de denuncia.

Allí aparece el personaje de Miguel Salas, interpretado por Valentín Wein, que vendría a representar a una suerte de joven Jorge Lanata. Motorizado por su vocación por deschavar al poder y reconstruir el entramado de la corrupción, Miguel denuncia en soledad a los chanchullos en los que participa Menem. Primero lo hace casi en el anonimato en un programa de radio perdido y, luego, en importante medio de comunicación que está deseoso de publicar los escandalosos ilícitos.

La década de 1990 fue una época en la que apareció una enorme cantidad de plata para financiar a una impresionante creatividad periodística que buscó seguir con el espíritu del Watergate: siempre en contra del poder (Así se relegó el esquema del periodismo militante que había representado Walsh en los 70’s y luego volvió a resurgir con el kirchnerismo). 

Fue allí cuando explotó el diario Página 12 con sus tapas creativas y la editorial Planeta largó su colección “Espejo de la Argentina”, dando lugar a notables best-sellers de denuncia, bajo las firmas de Horacio Verbitsky, Miguel Bonasso, Mempo Giardinelli, Hernán López Echagüe, Luis Majul, entre otros. 

La televisión también dio que hablar. Con notables programas con escenografías coloridas e informes explosivos, liderados nuevamente por Lanata en programas como Día D Detrás de las noticias, se potenció a una nueva generación de comunicadores que continuó con la impronta del “periodismo de denuncia”, entre los que se encontraban Ernesto Tenembaum, Marcelo Zlotogwiazda, Reynaldo Sietecase, María O’Donell, Maxi Montenegro, entre otros, y que generó lo que Eduardo Minutella y María Noel Álvarez explican en el libro Progresistas fuimos todos un “sentido común” que luego fue conducido por el FREPASO, de Chacho Alvarez y Graciela Fernández Meijide, y que luego colapsó con el nuevo clivaje que estableció el kirchnerismo (y que quizás con Milei lo esté revirtiendo).

Porque el votante argentino es desfachatado. Desolló a Duhalde, que ya venía advirtiendo que era necesario devaluar y enfocarse en la producción y terminó votando a la Alianza para continuar con el modelo económico ficticio de la convertibilidad, pero con “buenos modales”. Y cuando todo voló por los aires, se desentendió, como si nada hubiera sucedido.

Menem enfrenta a los argentinos ante un pasado que les resulta incómodo, pero atractivo. Quizás la serie peca de tener una tónica antipolítica, o, incluso, gorila. Ya que muestra a los personas que ostentan el poder como vulgares, soeces. Y al peronismo como el espacio adecuado para ejercer esa vocación. Los peronistas parecen animalitos salvajes encerrados en una jaula que se vuelven locos cuando les arrojan algún resto de comida. 

Pero no hay que olvidarse que la serie es una sátira. No es un documental sobre Menem: es una ficción sobre Menem. 

El tiempo permite construir balances y ver todo con perspectiva. 

Ojalá que en algunos años —no tan lejanos— una plataforma financie la serie de los Kirchner. 

Un actor y una actriz podrán interpretar a una pareja de jóvenes con ilusiones que se enamoran en la Facultad de Derecho de La Plata y se van a vivir al sur, se enriquecen durante la dictadura, y comienzan a hacer el cursus honorum de la política: intendente, gobernador, legisladora provincial, convencional constituyente, diputada nacional, senadora nacional, presidente y presidenta. Y las convicciones que no se dejan en la puerta de la Casa Rosada. Y los derechos humanos. Y el cuadro de Videla que se baja. Y el “No al ALCA”. Y bolsos que vuelan. Y la crisis con el Campo. Y el “¿Qué te pasha Clarín estás nervioso?”. Y los festejos del Bicentenario. Y Tecnópolis. Y la muerte de Néstor. Y los pibes para la liberación. Y la prisión domiciliaria. Y el balcón. 

Preparen el pocholo e instalense en el sillón: it ‘s showtime.

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