¿Y si los insultos de Javier Milei no fueran simplemente una cuestión de temperamento, sino una herramienta de comunicación políticamente rentable? ¿Y si detrás de los ataques personales, las descalificaciones y la confrontación permanente existiera una lógica que la ciencia comienza a explicar?
Una investigación académica publicada en enero de 2026 aporta evidencia empírica a una de las discusiones más relevantes de la política contemporánea: ¿insultar sirve para ganar votos?
La respuesta es tan incómoda como reveladora. Según el estudio, los políticos que utilizan lenguaje ofensivo consiguen mayor repercusión en las redes sociales y, bajo determinadas condiciones, también pueden mejorar sus perspectivas electorales.
El trabajo, titulado Insult Politics in the Age of Social Media (La política del insulto en la era de las redes sociales), fue elaborado por Elliot Motte, investigador de la Universitat Pompeu Fabra, y analizó más de 3 millones de publicaciones de integrantes del Congreso de Estados Unidos entre 2017 y 2022.
Los resultados ayudan a comprender la lógica de un estilo político que encuentra en Milei uno de sus exponentes más visibles, aunque la investigación no estudia específicamente al presidente argentino.
El hallazgo que cambia la discusión: insultar genera más interacciones
El primer resultado del estudio es contundente: las publicaciones consideradas tóxicas reciben, en promedio, 16,8% más de “me gusta” que los mensajes no ofensivos comparables, incluso cuando ambos son publicados por el mismo político durante una misma semana.
El investigador controló factores como el tema tratado, la intensidad de las críticas, el uso de emociones, el sarcasmo y las características de cada publicación.
Esto es fundamental porque permite distinguir entre dos fenómenos diferentes: criticar duramente a un adversario e insultarlo.
Los resultados indican que la agresividad verbal aporta un beneficio adicional en términos de atención, más allá del contenido político del mensaje.
En otras palabras, no es solamente la confrontación la que genera repercusión: la manera ofensiva de expresarla también tiene un valor propio en la economía de la atención.

El dato más explosivo: los insultos también pueden aumentar la intención de voto
La investigación no se limitó a estudiar lo que ocurre dentro de las redes sociales.
Motte cruzó los episodios de mayor agresividad verbal de los legisladores con una amplia encuesta electoral estadounidense, denominada Nationscape, para observar cómo cambiaban las preferencias de los votantes.
El resultado fue todavía más llamativo: durante la semana posterior a un aumento extraordinario de mensajes ofensivos, la intención de voto hacia el legislador creció, en promedio, 2,4 puntos porcentuales.
Sin embargo, el efecto fue transitorio: aproximadamente una semana después, las preferencias regresaron a los niveles previos.
Además, el incremento no fue homogéneo. Se concentró especialmente entre los votantes ideológicamente cercanos al político, mientras que sus adversarios más firmes mostraron una menor disposición a apoyarlo.
Esto permite identificar uno de los mecanismos centrales de la política del insulto: puede reforzar el vínculo con los propios seguidores al mismo tiempo que profundiza el rechazo de los opositores.
La agresividad no necesariamente persuade a todos. Puede resultar políticamente rentable porque fortalece a los propios, aunque aleje todavía más a los ajenos.
¿Por qué la estrategia del insulto puede funcionar para Milei?
La conexión con Javier Milei surge de las características de su comunicación política. Desde antes de llegar a la Casa Rosada, el Presidente convirtió la confrontación verbal en una de sus marcas personales.
Sus ataques contra dirigentes opositores, economistas, periodistas y otros actores públicos forman parte de una estrategia que combina descalificaciones, polarización ideológica y comunicación directa con sus seguidores.
La investigación de Motte permite interpretar ese comportamiento desde una perspectiva diferente: la de los incentivos políticos.
El insulto puede cumplir varias funciones simultáneas. Atrae atención, refuerza la identidad de los seguidores y mantiene al dirigente en el centro de la conversación pública.
Además, cuando un ataque se viraliza, puede generar nuevas respuestas, críticas y enfrentamientos que prolongan la exposición del mensaje original.
Se configura así un posible círculo de retroalimentación: el político agrede, consigue repercusión, recibe respuestas y vuelve a ocupar un lugar central en el debate.
En el caso de Milei, esta dinámica ofrece una hipótesis para comprender la persistencia de su estilo confrontativo, incluso cuando recibe críticas por sus formas.
Pero hay una diferencia importante: el trabajo de Motte estudia legisladores estadounidenses y no demuestra que los insultos de Milei hayan aumentado su caudal electoral. La comparación constituye una interpretación política de resultados obtenidos en otro contexto.
El efecto sorpresa: insultar siempre puede dejar de ser rentable
Uno de los descubrimientos más interesantes del paper introduce un matiz que podría resultar especialmente relevante para el presidente argentino.
Los beneficios de la agresividad verbal no son ilimitados.
Según la investigación, los políticos que habitualmente mantienen una comunicación moderada obtienen mayores ganancias de interacción cuando publican un mensaje ofensivo.
En cambio, entre quienes utilizan regularmente un lenguaje agresivo, los nuevos insultos dejan de generar un beneficio adicional significativo en términos de engagement.
La explicación propuesta es relativamente sencilla: cuando la agresividad se convierte en rutina, pierde su capacidad de sorprender.
Esto plantea una pregunta especialmente interesante para Milei: ¿hasta qué punto un dirigente que construyó su identidad pública alrededor de la confrontación puede seguir obteniendo los mismos beneficios de esa estrategia?
El estudio no permite responder directamente qué ocurre con el Presidente, pero sí identifica un mecanismo de rendimientos decrecientes que podría ser relevante para analizar su comunicación.
La provocación excepcional puede generar un impacto importante. La provocación permanente corre el riesgo de convertirse en parte del paisaje.
Sin embargo, el investigador también señala que los políticos habitualmente agresivos podrían obtener otros beneficios, como mantener movilizados a sus seguidores o reafirmar su identidad ideológica.
Las redes sociales multiplican el impacto de los insultos
La investigación encontró otra diferencia significativa: el efecto electoral de los mensajes ofensivos depende del medio a través del cual los ciudadanos consumen información política.
Entre quienes se informaban exclusivamente mediante redes sociales, los episodios de toxicidad excepcional estuvieron asociados con un aumento de 8,5 puntos porcentuales en la intención de voto hacia el legislador.
En cambio, entre quienes obtenían información política exclusivamente de la televisión, el estudio no identificó cambios estadísticamente significativos.
El hallazgo sugiere que las plataformas digitales no son simplemente un escenario donde se reproducen las disputas políticas tradicionales.
También pueden modificar los incentivos de quienes participan en ellas.
Para un dirigente con una fuerte presencia digital, como Milei, la repercusión de un mensaje puede convertirse en un recurso político propio.
La investigación también encontró que los ataques dirigidos contra personas concretas generan mayores beneficios de interacción que aquellos dirigidos contra instituciones, grupos sociales o políticas públicas.
Es decir, en la competencia por captar atención, personalizar el conflicto puede resultar especialmente eficaz.
El costo democrático: más apoyo entre los propios y más rechazo entre los demás
La principal paradoja del estudio es que aquello que puede beneficiar individualmente a un político también puede perjudicar la calidad del debate democrático.
El aumento de la intención de voto observado después de los episodios ofensivos no supone necesariamente una ampliación transversal del respaldo político.
Por el contrario, los resultados muestran que los seguidores ideológicamente cercanos tienden a reaccionar favorablemente, mientras que los adversarios más firmes se alejan todavía más.
El resultado es una mayor polarización del apoyo electoral.
En términos políticos, esto implica que una estrategia puede ser rentable para un dirigente sin contribuir a construir consensos más amplios.
La investigación también recuerda que otros trabajos académicos han vinculado la retórica ofensiva con problemas como la pérdida de confianza en los representantes y el deterioro de la satisfacción con la democracia.
En consecuencia, los incentivos individuales de los políticos no necesariamente coinciden con los intereses colectivos de una sociedad.
Lo que puede funcionar para ganar atención o fortalecer una base electoral puede resultar perjudicial para la convivencia democrática.
¿Hasta cuándo funciona la política del insulto?
El interrogante más importante permanece abierto.
La investigación aporta evidencia sobre los beneficios inmediatos de la comunicación ofensiva, pero no permite establecer si una estrategia de confrontación permanente resulta electoralmente exitosa a largo plazo.
Tampoco demuestra que los aumentos transitorios en la intención de voto se traduzcan en victorias electorales efectivas.
De hecho, el propio estudio señala que los costos sociales de largo plazo de normalizar la agresividad política todavía requieren mayor investigación.
Entre las posibles consecuencias aparecen el deterioro de la confianza en las instituciones y la creación de incentivos que desalienten la participación de dirigentes menos dispuestos a utilizar un lenguaje hostil.
Para Milei, cuya identidad política está profundamente asociada con la confrontación, la pregunta adquiere una dimensión particular de cara a las próximas elecciones presidenciales de 2027.
¿Puede seguir obteniendo beneficios políticos de un estilo que sus seguidores ya conocen perfectamente? ¿O la reiteración de los insultos termina reduciendo su eficacia?
La ciencia todavía no tiene una respuesta definitiva para el caso argentino.
Pero el trabajo de Motte permite formular una conclusión relevante: la política del insulto no tiene por qué ser una conducta irracional desde el punto de vista de quien la practica.
Puede responder a incentivos concretos de atención y respaldo electoral, aun cuando sus consecuencias colectivas sean negativas.
La paradoja es que la agresividad puede ser una buena estrategia para el político y, al mismo tiempo, una mala noticia para la democracia.
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