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María Migliore: “Basta con esta idea de que la Argentina es un país de mierda y de que todo lo hacemos mal”

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Cuando el Gobierno porteño decidió urbanizar el Playón de Chacarita, un vecino de la zona se opuso. La villa, a la que muchos llamaban Fraga, se había formado a fines de los 90 sobre un viejo playón del ferrocarril Urquiza, junto a la estación Federico Lacroze.

Al principio del proyecto, que arrancó en 2017, el vecino iba a las reuniones con el equipo del Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), a cargo de la obra, y les repetía una y otra vez que no le parecía bien.

Años después, con la obra casi terminada, a dos cuadras de su casa había una calle iluminada, por la que pasaba el colectivo, donde se recolectaba la basura y entraba la policía. Organizaron un fin de semana para andar en bicicleta y él llegó con su nieto.



Ese día reconoció: “Tengo que decir que me equivoqué. Con la urbanización, la zona está mucho mejor para todos“.

María Migliore estaba en aquellas reuniones y todavía se acuerda de él. De experiencias como esa aprendió la importancia de explicar y de hablar, porque “a veces hay prejuicios“.

Fue ministra porteña de Desarrollo Humano y Hábitat y hoy Migliore arma Popurrí, un nuevo espacio político.



Habla cara a cara con El Economista tras su paso por el Coloquio de IDEA, donde la entrevistaron Verónica Cheja, fundadora de Urban Grupo de Comunicación, y el publicista Carlos Pérez.

¿Cómo cambio esto?

Migliore nació en la Ciudad de Buenos Aires y se crió en San Miguel. Durante la facultad, al principio viajaba a diario a la UCA y después se quedaba en lo de su abuela, en Belgrano. Cerca de los 25 años, con la carrera terminada y un trabajo, se mudó a la capital. Ahí estudió, trabajó, integró el gobierno y nacieron sus dos hijas.

Hoy, vive en San Miguel, una ciudad que también quiere porque creció ahí. Por eso se considera parte de ese millón y medio de personas que todos los días va y viene a la Ciudad de Buenos Aires. “Soy demasiado conurbana para ser porteña y demasiado porteña para ser conurbana“, suele decir. “Tengo mi corazón en ambas partes“, detalla.



Sus padres son filósofos y dedicaron la vida a la docencia. Su papá, además abogado, da clases de Filosofía Política, y en los almuerzos de domingo, cuenta María, se desata “una guerra de opiniones”. 

Aun así, al empezar la universidad, la política era para ella algo que se veía en el diario y parecía inalcanzable.

Se acercó a la política por la cuestión social. Viene de una familia de clase media y en el colegio religioso al que iba, desde muy chicos los invitaban a conocer realidades distintas de la suya. De ahí surgió una pregunta: “¿Cómo cambio esto? ¿Cómo lo transformo?“.



Mientras estudiaba, Migliore leyó “Villa Miseria también es América“, la novela que el escritor y periodista argentino Bernardo Verbitsky publicó en 1957. A él se le atribuye la invención de la expresión “villa miseria“. A ella, esas páginas le sirvieron para ponerle palabras a una realidad que ya conocía de los barrios populares.

Estudió Ciencia Política en la UCA, presidió el centro de estudiantes y trabajó con los curas villeros. Hubo voluntariados, actividades en los barrios y, de a poco, una mirada propia sobre qué había que cambiar en la política social.

En los últimos años, además, hizo un MBA. Quería entender mejor al sector privado, la lógica con la que piensa una empresa, las finanzas y la economía. “Para pensar un proyecto de futuro en la Argentina es muy importante entender esas claves“, afirma. Y, sobre todo, analiza que el progresismo necesita una mejor relación con el sector empresarial argentino.



En 2015, cuando Horacio Rodríguez Larreta llegó a la Jefatura de Gobierno, la convocaron para trabajar en la Ciudad. 

La invitación llegó sobre todo de la mano de Juan Maquieyra, compañero suyo desde los años universitarios, magíster en Políticas Públicas por Harvard y hoy director ejecutivo de Techo Argentina. 

En 2016 armaron una dupla en el Instituto de Vivienda de la Ciudad, él como presidente y ella como gerenta general, a cargo de coordinar todas las áreas. En 2019, Migliore asumió como ministra de Desarrollo Humano y Hábitat, un ministerio que también abarcaba la política de vivienda, y Maquieyra luego se fue a Roma, a liderar Fratelli Tutti, una escuela de líderes impulsada por el Papa Francisco. Los dos son parte de Popurrí.



La búsqueda, en todos esos años, era qué puede hacer una ciudad para reducir la pobreza. Una parte se mide por ingresos y depende de la macroeconomía, y ahí, aclara Migliore, un gobierno local tiene pocas herramientas para marcar una diferencia. Otra es la pobreza estructural, la de quienes viven sin agua potable, sin luz, sin una calle por la que pase el colectivo. Con esa, sostiene, “desde una ciudad se puede cambiar todo”.

Su nombre quedó asociado a la urbanización de la Villa 31, el Playón de Chacarita y Rodrigo Bueno. Para ella, ninguna otra política resuelve tanto esa pobreza. 

Según un documento de Fundar que firmó en 2025 con distintos autores, en la Argentina hay 6467 barrios populares, donde viven más de 5 millones de personas, y el 92% no tiene conexión formal al agua. 



“No hay nada más injusto que el hecho de que el lugar donde se nace condicione el futuro“, dice Migliore en charla con El Economista. La vida es una lotería, y para explicarla recurre al ejemplo de sus dos hijas.

Cuando llegan del colegio, preguntan qué hay de cena y, si no les gusta, se quejan. “A ninguna se le pasa por la cabeza que esa noche no va a comer”, cuenta. Un día de lluvia, la más grande le escribió: “Che, hoy a la noche compramos ravioles y vemos una peli”. Ese mismo día, compara, una mamá de un barrio popular pensaba en que no se le inundara la casa.

Irse para volver

La pandemia la agarró a Migliore a los tres meses de asumir como ministra, a cargo del área social de la Ciudad, y la pregunta era “¿Te la vas a bancar?”. Ahora que anuncia un partido propio, le preguntan “¿Te vas a animar?”. 



“¿Naive? Puede ser. Pero sé de lo que hablo porque ya lo hice“, escribe. 

Tras el triunfo de Jorge Macri en la interna de Juntos por el Cambio, en 2023, dejó el ministerio y, con él, el PRO. 

Más tarde dirigió el área de Integración Socioproductiva del centro de estudios Fundar y, desde 2025, impulsa Popurrí. 



Entre las dirigentes que admira está Jacinda Ardern, la ex primera ministra de Nueva Zelanda, a quien conoció hace poco en un programa de liderazgo de mujeres que organiza la fundación de la neozelandesa. 

Le parece valiente que Ardern haya dado un paso al costado al sentir que ya no tenía la fuerza necesaria para seguir. “Hay que reconocer que a veces es necesario irse, que es más limpio, para tener más perspectiva, para transformar e incluso para poder volver“, reflexiona Migliore. 

Lo dice por Ardern, aunque la frase también le calza a ella. 



En “Elogio del riesgo”, la filósofa francesa Anne Dufourmantelle escribe que el instante en que se toma un riesgo “inaugura otro tiempo” y que el riesgo de romper es el de una revolución. Una ruptura, agrega, no está libre de heridas, “pero es soberana“. 

Migliore sabe de riesgos y de costos (no hay uno sin el otro). También de soberanía, desde luego.



El sistema está viejo

En 2015, el mismo año en que la convocaron para trabajar en la Ciudad, Migliore integró la primera camada de la escuela de liderazgo político que el sacerdote jesuita y politólogo Rodrigo Zarazaga creó en el Centro de Investigación y Acción Social (CIAS). La escuela reúne a jóvenes de todos los partidos políticos.

Desde aquel curso, Migliore es parte de esa comunidad, “uno de mis lugares de referencia más fuertes. Un espacio que te invita a mirar al otro con la pregunta abierta: ¿tendrá algo para aportarme?“, cuenta.



¿Cómo se describe ideológicamente? “De Popurrí“, contesta. El Diccionario define la palabra como una “mezcolanza de cosas diversas“, y algo de eso hay. María valora la pulsión igualitaria que aportó el peronismo; rescata que el radicalismo le haya dado la democracia al país después de la dictadura; toma del kirchnerismo la ampliación de derechos y del macrismo, la apuesta por mejorar la calidad de la gestión pública. A Javier Milei, aunque considera “muy alto” el costo social de su modelo, le reconoce que “cree en lo que hace“, una actitud que, según ella, faltaba en el debate argentino.

Eso no le impide mirar más allá. “Milei no va a durar para siempre. Y cuando ese ciclo se agote, lo que sigue no va a ser volver atrás“, asegura. 

Si tiene que elegir un libro, se queda con “La alternativa de la izquierda“, de Roberto Mangabeira Unger, filósofo brasileño, profesor en Harvard y ministro de Asuntos Estratégicos de Lula entre 2007 y 2009. 



En “La alternativa de la izquierda” Unger explica por qué el progresismo, tal como está, no tiene un proyecto de futuro. “Publicó varios libros más en esa línea, que proponen reimaginar la democracia, la política y las promesas que se le hacen a la sociedad”. Más que conclusiones cerradas, dice Migliore, “su obra tiene muchas cosas buenas para invitar a pensar“.

Popurrí nació en 2024 como una plataforma de contenidos en redes y hoy supera los 300.000 seguidores en Instagram. Entre sus integrantes están Maquieyra; Bruno Rodríguez, cofundador de Jóvenes por el Clima, y la activista ambiental Mercedes Pombo. 

“Popurrí nace con una tesis: el sistema político está viejo“, explica. Para cambiarlo, agrega, hay que entrar en él, y se entra con las reglas de hoy. ¿Los partidos son las mejores estructuras para representar? “No, definitivamente no. Pero en la Argentina la ley exige uno para ir a una elección. Todavía no es un partido, pero va a serlo”.



Cuando se desconecta, su placer es leer tranquila, en su jardín. Vio “Stranger Things” completa con su hija mayor.

Junto a otros autores, escribió “Urbanofilia“, un libro coral sobre cómo repensar el diseño de las ciudades que El Gato y La Caja publicó a fines de 2025. Recorre el espacio urbano de adentro hacia afuera: la calle, la manzana, el barrio y, al final, la ciudad entera. La idea de fondo es que, para tener mejores ciudades, primero hay que rediseñarlas. Aquel vecino de Chacarita que se oponía a urbanizar el barrio Fraga lo comprobó a dos cuadras de su casa.



La mirada de Migliore junta lo distinto. Se corre de los casilleros que otros le asignan, y prefiere quedarse con lo mejor de cada tradición política. Filosóficamente está cerca de la doctrina social de la Iglesia y, en lo económico, del desarrollismo de Frondizi.

En “Potencia de la dulzura”, Dufourmantelle escribió que “la dulzura es política” y que llega “después del hambre, después de la angustia, después del grito”. Migliore apuesta a ese momento, a construir “lo que viene después de la bronca”. Desde ahí habla de quienes viven en condiciones vulnerables, del deterioro de los bienes públicos, del cansancio de la clase media y de la Argentina de Milei en este mano a mano con El Economista. Dulzura no es tibieza. A continuación, sus respuestas.



Migliore
Migliore apuesta a ese momento, a construir “lo que viene después de la bronca”. 

—El diputado nacional Martín Lousteau propuso una coalición amplia contra Milei, con Myriam Bregman, Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner adentro. ¿Coincidís con la idea de un frente opositor de ese tipo?

—Lo primero: me gustaría que haya un frente pro algo. Lo que falta es, justamente, la causa. Claramente, Milei no me representa, pero el problema de hoy es que Milei trajo una promesa y una causa: “Voy a bajar la inflación”. Y bajó la inflación. Con un costo social muy alto, con todos los problemas que hoy vemos, y si esto sigue así, no es sostenible. Pero dijo algo y lo cumplió. 



¿Cuál es la promesa? ¿Sobre qué se monta una alternativa política? Eso es lo que tiene que ordenar. Después, ver quiénes son las personas que lo pueden representar. Hacerlo al revés, es decir, juntar primero a las personas y recién luego definir la promesa, es un movimiento incorrecto. Primero, lo que ordena, inspira y acomoda; después, cómo se articula un frente electoral. Lo digo sin ingenuidad, pero sin una propuesta potente para ofrecerle a la Argentina, no creo que una coalición así vaya a ser interesante.

—En el texto “Lo que viene después de la bronca”, publicado en Panamá, escribís: “Lo individual y lo común no son opuestos, se potencian”. Y también: “Es urgente que empecemos a contarnos otro cuento de nosotros mismos”. ¿Por qué es urgente?

—La Argentina está muy rota. Alguien se enoja y rompe todo, pero después hay que reconstruirlo. Tenemos que mirar para adelante porque no puede ser cuestión de romper todo de manera permanente. 



El tejido social argentino está lastimado. La tasa de suicidios supera a la de homicidios. Es una locura, y es lo más extremo. Si se miran las consultas psiquiátricas, que también estaban en aumento, la adicción a las pantallas, el juego, la ludopatía, aparecen mil manifestaciones. El tejido social ya estalló, está lastimado, y lo hizo para adentro. Tenemos que reconstruir eso. Para mí, el desafío más grande es poder reconstruir nuestra vida en común.

—Del chat de mamis al asado, cada capítulo de ADN, la serie de Popurrí, cierra con la misma idea, la de la Argentina como “reserva mundial de humanidad”. Es una mirada que no abunda en la política…



—No, no hay mucho de eso. Y la tesis ahí es que nosotros mismos tenemos que contar otra historia. A mí me encanta este país. Me parece un país fantástico. A partir de reconocer lo que tenemos y valorar lo bueno, vamos a tener más chances de mejorar lo que falta. Basta con esa idea de que la Argentina es un país de mierda, de que todos lo hacemos mal.

—¿El país tiene un problema de autoestima nacional?



—Totalmente. Lo empecé a ver al mirar cómo se entrenan los deportistas de alto rendimiento. ¿Cómo se entrenan? Desde sus fortalezas. Tengo dos hijas, y cuando pregunto cómo acompañarlas, cómo mejorar, me dicen: “Cuando se equivocan, marcales lo bueno que hacen. No te quedes siempre en el error. Si no, eso tira la autoestima para abajo”. Y pienso: si esto vale para las personas, ¿cómo no va a valer para un país? 

Si todo el día decimos que está todo mal, eso aplana la cabeza. ADN es un primer intento de decir: recuperemos ese orgullo. Y no solo en términos conceptuales, sino reales. 

Hoy el problema es de salud mental. Tenemos un tejido vincular único y espectacular. Obviamente, si no lo cuidamos, si no lo potenciamos, se rompe. Pero tenemos que partir de ahí, del reconocimiento, y decir: “Mirá, está bueno esto que tenemos. Esto que ni siquiera pensaba como un capital está buenísimo”. Y desde ahí, construir las soluciones.

—ADN arranca con una lista de riquezas, como el petróleo, el litio y la soja, para hablar de otra que no cotiza en el mercado, los vínculos. ¿Cómo se transforman en desarrollo?

—Por ejemplo, como respuesta a la salud mental. Si uno se pregunta cómo cambiar el problema de salud mental, hay algunas cosas que se llaman factores protectores. Ser parte de una comunidad es uno de los más importantes: sentirse parte de algo, de algo que incluye y, a la vez, trasciende; estar inserto en una trama deportiva, escolar, cultural, la que sea, la que a cada uno le guste. 

Lo veíamos en los recitales. Uno se puede reír del recital de Luis Miguel. Ahora, cuando uno va y las conoce, ve lo que trabajan, lo que hacen, lo que significa para las seguidoras ser parte de esa red, compartir con alguien, ilusionarse con algo.

Además del recital, están todos los encuentros del medio. Tienen un grupo de WhatsApp en el que se escriben, ya se hicieron amigas, se encuentran una vez por mes y trabajan juntas para que todas puedan ir al próximo recital o evento. Ahí hay una comunidad, y eso da sentido. ¿Es la única manera de encontrarlo? No, pero es una. Prefiero que una persona esté ahí antes que sola, con la idea de que su vida no tiene sentido. Hay algo en lo vincular que es muy potente en la Argentina. Estoy convencida de que es parte de la solución de los problemas que hay hoy.

—En el capítulo del asado aparece el código no escrito del asador: autoridad absoluta sobre el fuego, compañía sí, crítica jamás. ¿Se parece a la forma en que se ejerce el poder en la política?

—Podría decirse. Es una buena analogía. Es parte del problema de la política, que a veces plantea un juego de suma cero, amigo-enemigo. La primera pregunta es cómo me diferencio, y así no hay proceso ni aprendizaje posible. Tenemos que cambiar esa dinámica, y es el sistema el que lleva a eso. No es una cuestión de personas más buenas o más malas: habrá políticos más buenos y más malos. El sistema está diseñado de tal manera que empuja a disgregarse.

—En el asado de obra, un obrero cuenta que sirve para saber qué le pasa al compañero. Con más trabajo por aplicaciones y por cuenta propia, ¿dónde se puede armar hoy ese vínculo entre trabajadores?

—Toda asociación es importante. Los sindicatos ahí tienen un desafío, como planteó Cristian Jerónimo en el Coloquio. No creo que los sindicatos sean malos per se; en la historia argentina han sido buenos. Pero tienen un desafío grande. Porque representan cada vez a menos gente y tienen poca legitimidad por el nivel de corrupción de muchos de sus dirigentes. 

Después, hay que pensar nuevas formas del trabajo. ¿Qué quiere decir hoy el trabajo formal? En la reforma laboral que se hizo, que creo que fue muy mala, hay una parte que quedó ausente. El trabajo no va a volver a lo que era en la década de 1940. Cambió, cambió el mundo. Tenemos que encontrar maneras de asociar y de proteger, de dar derechos y mejores coberturas, con otra lógica. Porque cambió el trabajo: está la inteligencia artificial, vivimos más tiempo, tenemos menos hijos. 

—¿Qué puede aprender la política argentina del chat de mamis?

—Un montón de cosas. La política de cuidados, por ejemplo: esa red informal en la que siempre alguien resuelve. 

En este momento, a mi hija la busca una madre para llevarla al programa que armaron al salir del colegio. Alguien me cubre, y eso funciona de esa manera. Creo mucho en las redes de cuidado. Sería imposible criar hijas sin esa red. Y eso es la colaboración. 

Hay un movimiento de colaboración, de estar disponible, de acompañarse, que estaría bueno que esté más presente en la política.

—En el capítulo del fútbol de ADN, el profe cuenta que en su club se cruzan chicos de clase media baja y media alta, de escuela pública y privada: un popurrí. ¿Qué otros lugares de cruce quedan en la Argentina?

—Quedan pocos, y eso es una preocupación. El desafío más grande es poder reconstruir la vida en común. 

Hay dos lugares, la escuela y los clubes, que para mí son los más importantes. ¿Por qué? Porque existen y todos los reconocemos. Una escuela existe, y cualquiera diría que quiere que haya más, que funcionen, que está bueno que estén. Y lo mismo pasa con los clubes. 

En la Argentina se rompió la idea de destino común, de una experiencia común. Con una escuela o un club, seguro que la experiencia de cada uno es distinta a la mía, pero nos lleva a un lugar común. A nadie se le viene a la cabeza algo tan distinto de lo que se me viene a mí. Se va a un aula, viene un profesor, viene un compañero, mejor o peor, más grande; sonaba el timbre y se salía al recreo. 

Nos faltan esas experiencias que nos vuelven a unir como país. Esa promesa de “vengas de donde vengas, te vas a esforzar y vas a poder estar bien acá” se hacía material en estas cosas. 

Me gusta esta idea que plantea mucho Lucrecia Martel, la del destino común: cada uno la traduce de una manera diferente, pero hay algo que une. Eso es lo que hay que buscar.

Lucrecia
“Me gusta esta idea que plantea mucho Lucrecia Martel, la del destino común”

—ADN dice que una de cada cuatro mujeres jugó al fútbol en el último año, pero Ana cuenta que todo cuesta más: la cancha, los materiales, que te tomen en serio. Si hasta la selección femenina tiene que pelear por un charter, ¿qué falta?

—Ponerlo en perspectiva. Por lo pronto, reconocerlo. Hay mucha menos conversación sobre el fútbol femenino que sobre el masculino. A las mujeres nos cuesta más en muchos ámbitos, y este es uno más. ¿Por qué el fútbol masculino profesional es rentable y el de las mujeres no? Es una cuestión cultural, nada más. Hay que apostar a eso.

Hoy es supernormal que cualquier chica juegue al fútbol. Cuando yo era chica, el fútbol no aparecía entre los deportes para elegir; no estaba tan expandido. Hoy, entre las amigas de mis hijas, la mitad juega al fútbol. Ellas no juegan porque no les gusta, pero es algo común: las chicas festejan los cumpleaños con un partido de fútbol. 

—El video cita que el 80,5% de los argentinos se reunió con alguien cercano en el último mes. ¿Cómo se llega a los que están solos?

—Ese es el desafío más grande. No se llega con una aplicación. Lo que hay que encontrar es el contacto humano. Ahí creo que las ciudades son claves, porque desde una ciudad se pueden hacer muchas cosas concretas para favorecer ese encuentro. Los recitales, por ejemplo. La música y la cultura nos unen: son lugares donde se vive una experiencia común. Una buena plaza cambia la dinámica. Si una plaza es linda y está iluminada, seguro que tiene buena vida. Que sea linda quiere decir que hay árboles, lugares para sentarse, espacio para que los chicos jueguen. Parecen pavadas, pero en la gestión de una ciudad, cuanto más hay de eso, más encuentros se promueven. 

Y cuanto menos, menos: está recontra medido por los urbanistas. Las ciudades con más autopistas tienen menos peatones y menos encuentros. En la técnica del urbanismo se mide hasta la altura de un balcón para ver cuánto contacto visual se puede tener con la calle. Hay muchas maneras de pensar una ciudad como un espacio que favorece o no el encuentro. Creo en ciudades que favorecen el encuentro humano.

—En noviembre llega León XIV, el primer Papa que viene a la Argentina desde Juan Pablo II, en 1987. ¿Qué esperás de su paso por el país?

—Es una gran noticia. Va a tener mucha repercusión, sobre todo a nivel internacional. La Iglesia sigue siendo un actor importante en la Argentina, tanto en lo político como en lo social. Me quedo especialmente con lo social, con la inspiración para ayudar. Es de esos lugares donde se contribuye a encontrarle un sentido a las cosas, y en este momento eso es fundamental.

—Mencionás un estudio: en el pogo, la gente se comporta como las moléculas de un gas y deja de sentirse individuo para ser parte de algo colectivo. Con un Gobierno que pone la libertad individual en el centro, ¿qué lugar queda para lo colectivo?

—No son antagónicas, y esa es la dicotomía que hay que superar. Soy más yo, soy más libre y soy mejor cuando tengo a otros. 

Hay un estudio del CIAS, “Futuros desiguales“, que entrevistó sobre sus perspectivas de futuro a 25 chicos de villas y a 25 chicos de barrios privados, del sector más alto de la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires. 

Cuando se escucha a los de las clases más ricas, todos reconocen la trama. No hay uno solo que diga “me hice solo”. Los chicos dicen: “Fui a un colegio donde tenía un tutor, tenía un maestro, alguien se preocupaba por mí, me iba de viaje, me despertaban intereses, mi mamá me llevaba a cuanta actividad quería y, si no, estaba en la casa de una amiga, y había un grupo de gente que se preocupaba por que yo estuviera bien”. 

Todos reconocen la trama: “Yo no estaría donde estoy si no fuera por todo esto”. 

En cambio, los chicos de barrios populares se narran solos, con tristeza y con dolor: “Iba a una escuela que estaba estallada. Mi mamá tenía que trabajar todo el día. Cuando terminaba la escuela, me tenía que meter para adentro porque el barrio era un lugar peligroso”. Una chica llega a decir: “Tengo un montón de sueños, pero no los cuento para no quemarlos, porque si los cuento se van a desarmar”. 

Esa idea de “me hice solo” no aparece porque quieran estar solos, sino porque nadie estaba ahí para acompañarlos. 

Es también el fracaso del Estado en muchas cosas. Hay chicos que piden ayuda a gritos y los soltamos, los dejamos solos.

—Con el 44% de los chicos de hasta 14 años en la pobreza, ¿qué debería cambiar el Gobierno?

—Muchas cosas. Una política focalizada más fuerte. Pero, sobre todo, la pobreza hay que entenderla en una película más grande. El problema es que los padres de esos chicos no ganan lo suficiente. Para resolver eso hay que mirar el mercado de trabajo, y para mirar el mercado de trabajo hay que observar el modelo económico. 

—En Fundar proponías atar la Prestación Alimentar a la canasta básica alimentaria. Estuvo casi dos años congelada y en mayo aumentó 38%, contra una inflación de 82% en ese lapso. ¿Qué habría pasado si hubiera estado indexada?

—Habría más cobertura, sobre todo frente a la indigencia, que es adonde apuntan estas prestaciones. La asistencia alimentaria es importante, aunque no es la única política social: es la política para el momento más crítico, para los sectores más críticos. 

Hoy se necesitaría, además de una mayor actualización, un rediseño, porque también es bajo el acompañamiento a los sectores más formales, con las asignaciones familiares. Hay muchos desafíos técnicos, no tan complejos, en los que se podría mejorar la cobertura.

—Quien trabaja en negro cobra la AUH, y quien trabaja en blanco, la asignación familiar, que es considerablemente menor. ¿El sistema no termina por ser un incentivo para quedarse en la informalidad?

—Obviamente. Como está diseñado hoy, sí. Con una escala gradual, como había antes, y con más incentivos a la formalidad, sería otra película. 

Está mal pensado: hoy hay un quiebre muy grande. Y más allá del incentivo teórico a la informalidad, que comparto,  hoy el empleo informal es el único que crece. Pero no es que la gente elija racionalmente irse a un trabajo informal: o se agarra un trabajo informal o no se trabaja, punto.

—Según el INDEC, la indigencia pasó del 6,3% al 7,5% en el primer semestre. ¿Qué explica ese salto?

—Es producto de un mercado de trabajo estancado, una actividad en caída y una canasta básica con aumentos superiores a los ingresos. Es una expresión más de que el modelo económico muestra signos de agotamiento.

—¿La brecha entre la clase media y los sectores de menores ingresos es consecuencia del modelo económico?

—Creo que sí. Hay una distancia, y hay un empobrecimiento de la población que se ve y se siente en lo cotidiano. Y le sumo algo más, que para mí tiene que ver con el deterioro de los bienes públicos. Una cosa se mide por ingresos, pero, más allá de eso, todo lo público funciona peor. El transporte anda peor: el tren, el colectivo, el subte. También la escuela, las plazas, y podemos seguir con el sistema de salud. 

La clase media, además de los ingresos, se apoyaba en muchas de esas cosas. Hoy está cansada porque para tomar un tren hay que reservar tres horas, ya que se sabe que algo se va a romper.

Hicimos unos focus groups y grabamos ese material, y fue fuerte escuchar a tres personas distintas de la Ciudad de Buenos Aires: “Salgo siempre 40 minutos antes, por las dudas, porque ya sé que algo va a pasar”. No podemos vivir así. Si se depende del tren y no hay otro medio, es un problema. Y si se saca el auto para resolverlo, la Panamericana está colapsada todos los días.

—Si tuvieras un peso para gastar, ¿lo ponés en prestación alimentaria o en una conexión cloacal?

—En el área alimentaria, porque se necesita lo básico, la gente tiene que comer. Sin eso, no hay nada. De todos modos, no son políticas contradictorias.

—¿Por qué defendés la urbanización de villas?

—Porque es la política que más resuelve la pobreza estructural. No hay nada más injusto que el hecho de que el lugar donde se nace condicione el punto de partida.

Lo que hace la urbanización de villas es nivelar para arriba y ayudar a quebrar esa desigualdad. Hablamos de cosas básicas: bañarse con agua caliente, tener luz, tener agua potable, que no se incendie la casa. Cosas que discutimos si tienen que estar en la Villa 31, pero que nadie discute que tienen que estar en Palermo.

Es una política que se probó en todo el mundo y que funciona para romper el ciclo estructural de la pobreza. ¿Podemos discutir cómo mejorarla? Por supuesto. Lo que hoy no veo es una discusión sobre cómo mejorar. La discusión es directamente que no hay que hacerlo. ¿Y qué hacemos con los chicos que viven en las villas?

—El cambio en el Playón de Chacarita fue tan fuerte que es como si la villa se hubiera terminado. ¿Se puede lograr lo mismo en la 31?

—Sí, más vale que sí. Pero en Chacarita vivían 3000 personas y en la 31, 45.000.

Si se compara cómo era la 31 y cómo está ahora, el cambio es muy significativo. Lo que pasa es que lleva más tiempo. 

—La Libertad Avanza propone cerrar el Instituto de Vivienda de la Ciudad. ¿Qué perdería la ciudad?

—Mucho. En la política argentina falta discutir causas y objetivos, y luego las herramientas. 

¿Se considera que el IVC no gestionaba bien sus tareas? ¿Cuál es la propuesta de política de vivienda? Pero, ¿cerrar el IVC para qué? Si la iniciativa es cerrarlo para dejar de hacer política de vivienda o integración urbana, es un delirio. 

El Gobierno no es reformista. Simplemente destruye todo. No propone una sola idea. En política social, ¿qué se propuso? El FISU se desarmó. A nivel local, la lógica es idéntica: se destruye. ¿Los planes sociales? Se decía que era necesario cambiarlos. Se eliminaron, pero no hubo ninguna propuesta superadora. Así no se puede.

—El Presupuesto 2027 no le asigna recursos al Fondo de Integración Socio Urbana (FISU). ¿Se puede urbanizar una villa sin plata de la Nación?

—No. Punto. No hay manera. Hay que buscar formas innovadoras: traer financiamiento privado, usar el sistema financiero para incorporar alguna de estas figuras. Más vale que sí. Sólo con el presupuesto público no se resuelve. Pero sin presupuesto público no se puede pensar.

—Popurrí propone financiar las obras en los barrios populares con deuda, a través de bonos de impacto social, y con recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES. ¿Quién le prestaría plata al Estado para urbanizar una villa? ¿Un empresario del Coloquio de IDEA, por ejemplo?

—Sí, pero hay que generar buenos incentivos de la Comisión Nacional de Valores (CNV). 

Por eso hay una oportunidad muy grande en la Argentina, que si bien tiene un mercado financiero chico, para empezar a usar los bonos de impacto social. En otros países se usan mucho. Acá hay pocas experiencias, y se podrían aplicar para financiar al Estado. 

Hay un caso en el país que se llama Sumatoria. Dan crédito productivo a cooperativas, empresas, pymes y mutuales que trabajan en la economía informal. Para lograrlo, la última vez emitieron una obligación negociable (ON) en el mercado financiero y con esos fondos prestan dinero. 

Por este motivo hay una oportunidad grande con los bonos de impacto social; hay que etiquetarlos bien, tanto para el Gobierno nacional como para las ciudades. Una jurisdicción como Buenos Aires podría perfectamente implementar algo así.

—A principios de año, en un posteo, escribiste: “No nos gobiernan héroes ni autómatas. Nos gobiernan personas”. Y advertías que a quienes gobiernan se les pide “certeza absoluta, respuestas a todo, inmunidad emocional”. ¿Qué lugar hay en la política para las ansiedades de un dirigente?

—Los políticos somos personas de carne y hueso. Nos cansamos y nos enojamos. Es una conversación muy difícil, porque cuando una persona tiene tres trabajos y no llega a fin de mes,hablar de que un político está cansado es difícil. Pero a veces hay que pensar en la salud mental de quienes toman decisiones. Somos personas y la falta de equilibrio influye en la gestión.

—¿Quedaste en buenos términos con Horacio Rodríguez Larreta?

—Sí, hay una muy buena relación. Como dije en el panel, estoy agradecida por haber participado de un espacio político , pero hoy no me representa. Lo que hay que pensar no es un cambio de personas, sino un cambio de sistema. Por ese motivo me dedico a este nuevo proyecto y no sigo en su equipo.

—¿Y de acá en adelante?

—Popurrí es el proyecto que más me entusiasma y en el que realmente creo que podemos hacer un aporte de largo plazo para cambiar la política argentina.

—¿Vas a ser jefa de Gobierno?

—Ojalá, algún día. Sí, ojalá.

—¿Y el año que viene vas a ser candidata?

—Trabajamos para eso, sí. Para lograrlo necesitamos, entre otras cosas, tener un partido político y en eso estamos ahora.

Migliore
“Popurrí es el proyecto que más me entusiasma”, concluye Migliore. 

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