martes, 15 septiembre
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El desafío demográfico: chau al apocalipsis, bienvenidas las canas

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 Por Rafael Rofman y Carola della Paolera 

Los titulares catastróficos inundan la conversación pública actual: “Un futuro sin niños”, “Alerta mundial por la tasa de natalidad”, “La natalidad mundial desciende de forma estrepitosa”. La narrativa de la extinción humana se vende con rapidez en redes sociales y medios de comunicación. Sin embargo, la historia demuestra que las alarmas sobre la población no son una novedad contemporánea, sino un rasgo recurrente de la psicología colectiva frente al cambio social. Lo que sí cambió: solíamos preocuparnos por “ser muchos”, ahora nos preocupamos por “ser pocos”. Suena a que nos gusta preocuparnos, en vez de ocuparnos.

A fines del siglo XVIII, Thomas Malthus pronosticó que el crecimiento descontrolado de la población llevaría inevitablemente al hambre y la miseria. En los años 60 y 70 del siglo pasado, la preocupación volvió con la “bomba poblacional”: el mundo parecía encaminarse hacia una superpoblación insostenible. Como ya sabemos hoy, esos pronósticos estaban equivocados. Ahora, el péndulo llegó al otro extremo y la alarma se enciende por la falta de nacimientos.



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Desde líderes políticos hasta magnates tecnológicos como Elon Musk, pasando por quienes reivindican el principio alberdiano de “gobernar es poblar“, la caída de la fecundidad es presentada como una amenaza. Pero la realidad es menos apocalíptica: no estamos ante el fin de la especie, sino ante la consolidación global de la transición demográfica. Esto quiere decir que, gracias al desarrollo económico y social, pasamos de sociedades donde “nacíamos mucho y vivíamos poco” a otras donde “nacemos menos y vivimos mucho más”.

Argentina inició tempranamente su transición demográfica y fue pionera en la región: la fecundidad comenzó a caer hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado esa caída se desaceleró y muchos países de la región avanzaron más rápidamente que nosotros. Entre 1950 y 2014, la fecundidad argentina descendió apenas un 25%, frente a un 62% promedio en América Latina. Pero algo cambió a partir de 2014 y se inició el descenso más abrupto de nuestra historia. Entre esa fecha y 2024, la Tasa Global de Fecundidad cayó casi a la mitad, hasta 1,23 hijos por mujer, un mínimo histórico.



El cambio responde principalmente a transformaciones culturales y sociales: la acelerada reducción de embarazos en adolescentes y jóvenes, acceso a mejores anticonceptivos y la postergación de la maternidad. Entre las menores de 20 años, la fecundidad cayó mucho más: alrededor de un 70% durante ese periodo. 

Detrás de la alarma por la caída de los nacimientos hay también una resistencia cultural más profunda: nuestro rechazo al envejecimiento. En sociedades obsesionadas con la juventud, una población más longeva puede interpretarse como decadencia o carga, en lugar de reconocerse como uno de los grandes triunfos del progreso. Vivimos mucho más que antes y eso, ¡es una buena noticia!

Frente a las profecías apocalípticas o a los discursos natalistas que pretenden recuperar patrones del siglo XIX, la respuesta debería ser más sencilla: planificar y gestionar para aprovechar oportunidades y responder a desafíos. 



En primer lugar, Argentina se encuentra en un momento histórico llamado “bono demográfico” que nos brinda oportunidades inéditas, pero que tienen una temporalidad finita. El bono demográfico significa que, como consecuencia de la reducción de los nacimientos, la proporción de la población en edad de trabajar es mayor que nunca antes en nuestra historia. Más personas en edad de trabajar implica un mayor PBI per cápita si el nivel de empleo y la productividad no varían. Pero este bono tiene fecha de expiración. En unos 15 años el envejecimiento se acelerará y, si no aprovechamos este tiempo para aumentar la inversión en capital humano y físico, habremos perdido una oportunidad única para generar las condiciones para una sociedad más próspera en el futuro. 

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Las oportunidades también están en el sistema educativo. La menor fecundidad implica que hoy están ingresando menos niños a nuestras escuelas. Eso permite enfocar la inversión en aumentar la calidad de la educación, una condición fundamental para aumentar la productividad futura de los trabajadores. 



En segundo lugar, la reducción de la natalidad y el aumento de la longevidad están alterando la estructura de los hogares y el propio concepto de familia está mutando. Los hogares están cambiando: es más común que las personas vivan solas (los hogares unipersonales pasaron de representar el 15% al 25% del total de hogares en Argentina entre 2001 y 2022), que haya familias compuestas y jefaturas de hogar femeninas. Recientemente el ministro de Economía salió a anunciar un nuevo plan de créditos hipotecario (¡que siempre son bienvenidos!) y mencionó a modo ejemplar que: “Una pareja de jóvenes con el sueldo de ambos tendría acceso a este crédito y en lugar de pagar un alquiler, podría pagar la cuota de su propia casa”. 

En Instagram algunas de las respuestas que surgieron al anuncio incluyeron: “La pareja la proporciona el gobierno?”, “Excelente solo me falta la pareja” o “Que le digan que ya no hay parejas de jóvenes, y que si las hay no superan los 2 años de relación”. Sirve la anécdota de algunas reacciones a este anuncio para ilustrar que las políticas públicas cada vez tendrán que pensarse para conformaciones que están cambiando. 

En tercer lugar, no existe una única forma de envejecer. La vejez es heterogénea y la capacidad funcional de las personas depende de la edad, pero también de otros factores, como las condiciones de vida que tuvieron en la niñez y juventud, los ingresos, el entorno urbano y la calidad de los vínculos sociales. Que nos estemos dirigiendo a una sociedad más envejecida debiera llamar la atención en términos de pensar y diseñar mejores políticas públicas vinculadas con el sistema previsional, los cuidados y la salud. 



Finalmente, el cambio demográfico excede al mundo de las políticas públicas: las organizaciones del sector privado también están siendo afectadas. Esto significa que deben empezar a hacerse nuevas preguntas: ¿Qué tipo de estructura poblacional va a estar demandando bienes y servicios? ¿Cómo tiene que adaptarse el mundo laboral? ¿Qué nuevas iniciativas de recursos humanos tienen que pensarse para una población trabajadora cada vez más envejecida? 

Las canas se pondrán cada vez más de moda, y eso es bueno. La humanidad no se está extinguiendo: está envejeciendo porque es lo que ocurre cuando las sociedades progresan y se enriquecen, mejorando las condiciones de vida de sus ciudadanos. Por eso, el desafío no es revertir la tendencia demográfica, sino vencer la nostalgia y adaptar nuestras instituciones para vivir mejor en el futuro. 

Rafael Rofman es doctor en demografía e investigador principal de CIPPEC y Carola della Paolera es magister en Políticas Públicas. Son Autores de “La Revolución Demográfica” (Ed. Planeta).



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