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Juan Carlos Torre: “El impulso igualitario sobrevive y en él deposito una esperanza”

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La pasión igualitaria

Lima, 1979. Un vuelo con destino a Inglaterra hace una escala técnica de treinta minutos. En el aeropuerto, Juan Carlos Torre pide un café en la barra. El mozo apoya la taza sobre el mostrador, cobra y retira la mano. Jamás le clava la mirada en los ojos al cliente. Torre camina hacia la puerta de embarque con esa escena fija en la retina: descubre el rasgo vertebral del país que dejó atrás. En Buenos Aires, incluso quien pertenece a los sectores sociales más frágiles mira directo a los ojos a quien tiene más poder. No hay rastro de sumisión colonial ni reverencia aprendida.

Aquel instante contiene el pulso de su gran tesis sociológica: la pasión igualitaria. La certeza de una sociedad móvil e “incorporadora” que convirtió en matriz colectiva el viejo aforismo criollo: “Aquí naides es más que naides“. Una impronta forjada por el guardapolvo blanco en las escuelas públicas, el sufragio universal (primero masculino) y la convicción compartida de que el ascenso social era una promesa posible, sintetizada en el dicho popular que asombró a los viajeros ingleses del siglo XIX: “Padre pulpero, hijo caballero“.

En este suelo argentino la igualdad no clausura las tensiones: las enciende. Escribe Torre en su texto “A propósito del impulso igualitario en la sociabilidad política Argentina”: “No implica la supresión del conflicto; más bien presupone la posibilidad misma del conflicto. Y se puede formular la hipótesis: a mayor integración, más probabilidad de conflicto“. 



Esa misma fuerza, sostiene Torre, modela la encrucijada del país moderno: una sociedad con un perfil igualitario resulta más difícil de gobernar, porque la distancia entre el cúmulo de expectativas que despierta y las posibilidades reales de satisfacerlas amenaza siempre con volverse un abismo.

JC Torre - Foto: Emmanuel Fernández
Esa misma fuerza, sostiene Torre, modela la encrucijada del país moderno: una sociedad con un perfil igualitario resulta más difícil de gobernar. Foto: Emmanuel Fernández

De Darregueira a las aulas de Germani

Un observador que a veces es historiador, otras politólogo, pero que nunca abandona su sombrero de sociólogo para registrar y entender las transformaciones que ocurren y las que se avecinan en la vida política de la Argentina“. Así lo definen los investigadores Sebastián Pereyra, Catalina Smulovitz y Martín Armelino en el libro “Por qué leer a Juan Carlos Torre“, de editorial Edhasa. Reconocido como “un gran analista del peronismo“, Torre posee un “notable virtuosismo en la escritura” y una probada “habilidad para mezclar, como un alquimista, la sociología con la historia y la ciencia política”.



Nacido en Darregueira, un pueblo bonaerense de cuatro mil habitantes, cursó la escuela secundaria en Bahía Blanca. El padre de Torre, dueño de una casa de comercio, aguardaba que su primogénito heredara el negocio. Para cumplir con ese mandato, Torre llegó a Buenos Aires a los 18 años y se inscribió en Ciencias Económicas. 

Consiguió, a cambio de cursar para contador público, un acuerdo paterno para estudiar a la par Filosofía. Sostuvo esa doble vida académica durante un año, hasta que 1958 trajo una novedad disruptiva: Gino Germani —el padre de la sociología moderna en la Argentina— fundó la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Torre imaginó allí su destino y le escribió a su padre con una invención brillante: le aseguró que la nueva disciplina era una combinación perfecta entre la filosofía y la economíaLa sociología nació para Torre en ese acto como una ocurrencia. 

Frente a esa astucia, su padre abandonó la presión familiar y le dio el visto bueno. Torre se sumó a la primera camada de cuarenta jóvenes entusiastas que darían forma a la sociología argentina.



Gino Germani
Gino Germani —el padre de la sociología moderna en la Argentina— fundó la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires. 

La irrupción de la nueva izquierda

La vida universitaria excedió las aulas; la política lo capturó a Torre por completo. Sus primeros pasos ocurrieron en las filas de la Juventud Comunista, pero el clima de época exigía otras respuestas. A fines de los años cincuenta, una sensibilidad distinta irrumpió con fuerza: la llamada “nueva izquierda“. 

Más que un partido, era una red de revistas y figuras unidas por un aire de familia. Los faros intelectuales llegaban de Europa —la new left, la nouvelle gauche, la nuova sinistra— y traían el anticolonialismo, la crítica al estalinismo y la defensa del Tercer Mundo como una vía alternativa a la Unión Soviética y a Estados Unidos. 



Los jóvenes de esa generación no renunciaban a los aportes de Karl Marx, pero exigían una doctrina libre de dogmas y un marco conceptual refinado. El choque con la ortodoxia resultó inevitable. El espíritu rebelde hizo estragos en esa “joven guardia” universitaria. Los miembros de aquel grupo juvenil, bajo la influencia de referentes como José Aricó y Juan Carlos Portantiero, terminaron expulsados del Partido Comunista o alejados por voluntad propia.

Así fue como el itinerario político-ideológico de Torre tomó un rumbo heterodoxo. Moldeó su perspectiva en la revista Pasado y Presente, surgida en Córdoba. Sus colaboraciones en esas páginas, junto a otros, confirmaron su pertenencia a la familia intelectual de la nueva izquierda. 

Pasado y presente
Torre moldeó su perspectiva en la revista Pasado y Presente, surgida en Córdoba. Sus colaboraciones en esas páginas, junto a otros, confirmaron su pertenencia a la familia intelectual de la nueva izquierda. 



La vieja guardia sindical y Perón

A fines de los años sesenta, su agenda de investigación se enfocaba en el movimiento estudiantil. Pero un gran cambio aconteció en su vida. Su primera esposa Celia Durruty —pionera en la revisión crítica de las tesis de Germani sobre el peronismo— falleció en 1967. Torre, a partir de la investigación de Durruty, retomó y profundizó el proyecto. Ese legado y ese acto se convirtió en la hoja de ruta de su monumental investigación sobre la vieja guardia sindical de los años treinta.

El camino culminó en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, bajo la dirección de Alain Touraine, el sociólogo francés más influyente de aquella época. Allí defendió su tesis a principios de 1983. 

El trabajo reformuló nociones en torno a la “vieja guardia sindical”, aquellos dirigentes gremiales forjados una década antes de la irrupción del peronismo. Torre buscó desarmar un mito: demostró que los trabajadores no fueron una masa pasiva manipulada desde el poder ni meros espectadores, sino actores políticos con capacidad de negociación que forjaron una alianza con Juan Domingo Perón. Esa investigación capital se publicó en 1990 como “La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo”.



Di Tella, “El Gráfico” y un amor 

Concluida la etapa francesa, el regreso a la Argentina trajo consigo el reencuentro con los pasillos del Instituto Di Tella y el encuentro del amor. Torre conoció a la destacada politóloga Ana María Mustapic en 1982. Ella era alumna del profesor Natalio Botana. Frente a una inquietud académica, Botana le sugirió que hablara con Torre.

Cuando Mustapic se acercó en busca de la guía del sociólogo, Torre, el analista del movimiento obrero, leía las páginas de la revista deportiva “El Gráfico”. La imagen revelaba otra de sus pasiones: el fútbol. Y, nuevamente, su capacidad para la ocurrencia. Torre heredó de su familia el amor por el club Independiente (su hijo lo acercó a Boca y, tiempo después, adoptó los colores de All Boys de Floresta). 

Aquel encuentro fortuito entre revistas deportivas y debates académicos junto a Ana María Mustapic forjó las páginas de otra creación, las del matrimonio. La pareja tuvo dos hijos: uno radicado en Washington como economista del Banco Mundial, y otro afincado en Buenos Aires, abocado a temas de política y educación en Cippec.



—¿Un proyecto del futuro? —le pregunta El Economista a Torre. 

—Tener la suerte de seguir haciendo lo que más me gusta que es conversar con mi mujer, mis hijos y mis amigos —contesta. 

Di Tella
Concluida la etapa francesa, el regreso a la Argentina trajo consigo el reencuentro con los pasillos del Instituto Di Tella y el encuentro del amor. 



Optimistas realistas 

El triunfo del radical Raúl Alfonsín en 1983 sacudió la vida de Torre. Una llamada de Adolfo Canitrot alteró sus planes. “Nos invitaron al gobierno con Sourrouille y me pidió convocar colaboradores. Estás en la lista”, le anunció su amigo. Torre, ajeno a la economía, rechazó en un primer momento la oferta. Prefería dedicarse a transformar su tesis en un libro. Canitrot insistió, y el sociólogo aceptó un rol inédito: adentrarse en los despachos oficiales.

El equipo estuvo a cargo primero de la Secretaría de Planificación. Tiempo después, ante el agravamiento de la coyuntura, Alfonsín apartó a Bernardo Grinspun y le confió a Juan Vital Sourrouille el Ministerio de Economía. De esa manera, Torre llegó al célebre quinto piso del Palacio de Hacienda para iniciar una temporada de observación casi etnográfica. 

Mientras el equipo económico intentaba domar la inflación, Torre encendió un grabador prestado y tomó notas diarias. Registró el cansancio, las dudas y el nervio de un grupo de “optimistas sin ilusiones” resueltos a lograr lo posible frente a lo imposible. 



Esas memorias, explica en la obra, “están dictadas en caliente y en medio de la sensación de soledad que acompañaba los esfuerzos del equipo económico”. De ese registro minucioso nació “Diario de una temporada en el quinto piso“, publicado por Edhasa en 2021. “Un libro único e imprescindible para comprender cómo se hace política económica en Argentina“, escribe el doctor en Ciencia Política Alejandro Bonvecchi.

A través de sus páginas, Torre ofrece el testimonio directo de quienes asumen el poder en medio de la tormenta. La obra no es concesiva ni maquilla la realidad: expone las dudas, errores y postergaciones de los políticos y los funcionariosSe atreve al primer propósito de cualquier pensamiento, que es el de la verdad sin concesiones. 

Esa honestidad convierte al diario en un registro de enorme valor: muestra a los  políticos frágiles ante la magnitud de la crisis. 



Frente a ese escenario de desmesura, el propio Torre se pregunta: “¿Por qué la historia argentina tiene que desenvolverse como una sucesión de gestas heroicas?“.

En sus apuntes el autor expone el desgaste del equipo económico frente al desafío de inyectar racionalidad en una estructura oficial reacia. Esa tensión desnuda las resistencias: desde las dificultades políticas planteadas por los correligionarios de la Franja Morada y la intransigencia de la Juventud Radical, pasando por el choque constante con la CGT de Saúl Ubaldini y los sindicalistas corporativos, hasta los sectores empresarios que exigían aranceles y mercados cautivos y se negaban de plano a competir y abrirse a los mercados internacionales. 



En el relato de Torre, a contracorriente, es Sourrouille quien encarna la lealtad y el estoicismo frente al desborde general. “El héroe del libro de Torre no es Alfonsín sino Sourrouille“, escribe la doctora en Sociología Mariana Heredia al describir la autenticidad del texto. 

Cuando Torre deja el ministerio en 1988, anota con ironía su despedida en la prensa: “Marcelo Bonelli, desde Clarín, me despidió con foto y nota: ‘Torre se hizo famoso por dos cosas en su carrera de funcionario: deambuló taciturno por los despachos e ideó propuestas extravagantes para mejorar la presencia pública de Sourrouille‘”.



Adentrarse en las páginas de “Diario de…” implica otro abordaje de la mirada del progresismo en la Argentina. En palabras de Torre: “El progresismo político en Argentina ha estado tradicionalmente sesgado hacia las cuestiones de distribución de la riqueza y la defensa de los recursos nacionales. Los temas de cómo crecer y cómo generar racionalidad económica no han figurado en un lugar central de su agenda. Hay que alterar, pues, esa vieja cultura para demostrar que la defensa de la democracia no está reñida con las exigencias del crecimiento y la eficiencia económica“. 

Fuera del ministerio, la relación entre Torre y Sourrouille continuó en mesas más íntimas. Torre recuerda los encuentros en un restaurante de la calle Arenales llamado “Teodoro”. Ese nombre le permitía evocar al de su propio padre, pero sobre todo, el local funcionó como punto de encuentro para cultivar la amistad con Sourrouille. Allí compartían lecturas, relatos de viajes y comentarios sobre el futuro de la Argentina, o como Torre prefiere llamarlo, el país que les tocó en suerte tras atravesar “una aventura que fue única en nuestras vidas“. 

Acaso por la defensa de la actuación de Sourrouille, el exministro se resistió durante décadas a la publicación de estos apuntes que testimoniaron las contradicciones de los años ochenta. Para Torre, sacar a la luz ese material significó saldar una deuda también afectiva. El libro, se lee a Torre en el epílogo, “es mi homenaje a un gran amigo, que puso en juego su inteligencia y su temperamento característico para que el país pudiese enfrentar los grandes desafíos que tenía por delante la transición a la democracia”. Entre la pluma y el quinto piso, Torre también ejerció un homenaje a la sociología argentina. 



Torre
Entre la pluma y el quinto piso, Torre también ejerció un homenaje a la sociología argentina. 

Del arcoíris a la charla infinita

A su salida del gobierno, Torre sumó otro hito a su trayectoria institucional. Entre 1993 y 2018, asumió la dirección de la revista “Desarrollo Económico“. 

La publicación académica tenía más de tres décadas de vida y, desde 1972, sus comités editoriales habían estado conformados, casi en exclusiva, por economistas. Torre nuevamente trabajando en un espacio en el que no predominaba la sociología. 



Como destaca la investigadora Jimena Caravaca en su análisis sobre este período, no era la primera vez que Torre se “infiltraba” en espacios de otras disciplinas: el sociólogo ya contaba con la experiencia previa de su temporada de observación entre los técnicos del quinto piso del Ministerio de Economía.

La gestión de Torre trajo innovaciones concretas: incorporó a la socióloga Liliana de Riz y a la historiadora Hilda Sábato al Comité Editorial, y apostó por la internacionalización de los contenidos. Podría proponerse que, de algún modo, Torre replicó allí el espíritu de sus años de juventud en la publicación cordobesa “Pasado y Presente”, la cual, según reconstruye el ensayista Carlos Altamirano, “tocaba distintas melodías” y “daba cauce a las distintas sensibilidades” de sus integrantes. Leído a partir de estas conexiones, el propósito de la interdisciplinariedad emerge como un valor innegociable.



Torre convirtió a “Desarrollo Económico” en lo que él mismo definió como “una revista arcoíris“, un espacio intelectual forjado para resistir en “épocas de creciente monocromía temática”. En ese espacio plural, autores de diversas corrientes hallaron el lugar para dirimir sus diferencias.

—¿Un líder? —le pregunta El Economista a Torre.



—Siempre la respuesta es Alfonsín, pero por lo general existe una reticencia en mí a caminar a la sombra de líderes. Rico dijo que “la duda es la jactancia de los intelectuales”. Me identifico con esa frase porque mi pensamiento convive con la pregunta constante. Una vez, Sourrouille habló con Alfonsín y le dijo que a mí me había gustado mucho el discurso. Alfonsín respondió: “No me diga… ¡qué bueno debo haber estado!”. Me gané la reputación de crítico, por lo cual, si hubo una figura cercana a un liderazgo respetado, fue para mí Raúl Alfonsín.

—¿Un prócer? 

—Mi entusiasmo varía de forma periódica. La última fascinación es Sarmiento. Un personaje muy creativo. 



—¿Un libro? 

—”La historia del arte”, de Ernst Gombrich.

—¿Un placer? 



—Conversar.

—¿Un miedo? 



—La interrupción de la conversación.

—¿Y un sueño? 



—Seguir conversando. Concibo mi lugar en el mundo en el marco de una conversación

Del pasado al presente. Torre piensa la coyuntura

El rechazo a los discursos de un sólo color define la vida y la obra de Juan Carlos Torre. De su Darregueira natal a las aulas de la facultad, del quinto piso al comité editorial, del pasado al presente, de la pluma a la intervención. Como en la imagen del arcoíris, el arco del recorrido de Torre es variado y prolífico. Nunca deja de pensar “con sombrero de sociólogo” en los procesos políticos y nunca deja de maravillarse, aun ante las adversidades, de la “pasión igualitaria” que marca la Argentina. Desde su casa en el barrio porteño de Núñez, Torre se dispone a su también primera pasión: la de conversar. Conversar sobre este tiempo desafiante, sobre el oficialismo y la oposición, sobre la sociedad. 

En el 75° aniversario de El Economista, Torre participa del nervio del diálogo: el de la conversación pública. 

—”No consiguieron extinguir el ideal igualitario del imaginario argentino”, argumenta en el ensayo “Naides es más que Naides“…

—Cuando hablo del impulso igualitario, me refiero a una idiosincrasia argentina; a una forma particular de concebirse en el país. Se trata de la idea de que todos somos iguales, con independencia de los recursos materiales disponibles: el derecho a la igualdad y, por lo tanto, la demanda de un lazo horizontal en las relaciones interpersonales, en lugar de un vínculo vertical y jerárquico. 

El impulso igualitario constituye una aspiración compartida hacia la igualdad. Al formular este concepto, no afirmo que el país sea estrictamente igualitario, sino que existe una mentalidad igualitarista desplegada en una sociedad que fue más o menos igualitaria, quizás con mayor intensidad en el pasado que en el presente.

El interrogante actual es si esa matriz cultural no sufre el impacto de una trayectoria económica y social cada vez más regresiva y desigual. En este punto, ese impulso ya no conserva el brillo de otras épocas ni irradia su eficacia sobre el conjunto de la estructura social. Determinados sectores quedan al margen de esa dinámica y atraviesan procesos de franco retroceso. 

El impulso igualitario no abarca únicamente el reclamo de un trato horizontal, sino también la memoria de esa práctica transmitida de generación en generación. Esa memoria resulta difícil de sostener sin un correlato en la experiencia material concreta. Esa es la preocupación central frente a los bolsones de marginalidad crecientes en las últimas tres décadas. En esos espacios postergados, el impulso carece de la fuerza de antaño: predominan situaciones de descomposición social marcadas por la inseguridad extrema, el avance del narcotráfico y la exclusión.

Al señalar que el impulso igualitario sobrevive —no de forma intacta ni categórica, pero sí constante—, sostengo que forma parte del núcleo identitario de la ArgentinaEl impulso igualitario sobrevive y en él deposito una esperanza. No es posible que la política se desentienda frente a las desventuras de una parte de la sociedad. 

—También escribe: “Quizás estemos en las vísperas de una nueva mutación política del ave Fénix peronista”.

—Cualquier mutación del peronismo será consistente con su propia definición. Es decir, un movimiento, como figura en ese mismo texto, escasamente celoso de las reglas institucionales. Dicho esto, a propósito de las mutaciones, surge un interrogante debatido hace poco con el periodista Diego Genoud: ¿estará dispuesto el peronismo a volver con una visión más a la altura de los tiempos y menos atrincherada en la recreación de un país que ya no existe? Muchas veces, el peronismo más que a favor de la transformación está a favor de la restauración.  

Cabe preguntarse si el peronismo logrará resistir la tentación de una política de restauración para avanzar hacia una visión consistente con un valor con fuerte arraigo actual en la sociedad argentina: el orden de las cuentas públicas. En las etapas finales de la experiencia comunista mundial, ante un clima de críticas, comenzaron a surgir disidencias. Hubo un caso emblemático en Checoslovaquia bajo la bandera de un “socialismo con rostro humano”. El interrogante es si la Argentina podrá transitar hacia una política de transformación con rostro humano; un rostro definido por la sensibilidad ante los sectores relegados a la vera del camino.

El peronismo suele intentar la restauración de un orden previo, un modelo conocido cuyo rendimiento ya llegó a su límite y se agotó. Aunque, en el pasado, el movimiento supo reconocer la necesidad de ajustes. El primero en advertir la urgencia de retocar el esquema fue el propio Perón. Hacia el final de su primera etapa de gobierno, entre 1945 y 1955, comenzó a analizar la posibilidad de incorporar empresas norteamericanas para la extracción de petróleo. El avance de esa iniciativa chocó con los límites de su propio discurso nacionalista previo, frente al desconcierto de sus seguidores.

El proyecto quedó inactivo en el Congreso, pero Perón tuvo la lucidez para advertir la necesidad de un retoque. En el peronismo, la transgresión es posible y depende de la audacia de sus dirigentes; una actitud para nada incoherente con la capacidad de adaptación histórica responsable de garantizarle sobrevida en circunstancias difíciles. El ejemplo de Menem viene al caso así como viene al caso el acompañamiento que le brindó el movimiento político. 

El peronismo actual ha perdido esa capacidad de supervivencia al abroquelarse en una visión restauradora. Ese encierro provocó derrotas electorales reiteradas y lo confinó a una trinchera defensiva, un espacio desde el cual es muy difícil plantarse y proyectar una política para la nación, tal como supo hacerlo en el pasado.

—¿Podrá compartir alguna reflexión sobre la diligencia peronista del presente? 

Hoy la dirigencia peronista es lamentable, pero, diría, a mí y a tantos peronistas, estoy seguro, nos deja perplejos que la dinámica política interna del peronismo sea el debate entre una señora, su hijo natural y su hijo adoptivo. A eso ha quedado reducida la épica de un movimiento nacido el 17 de octubre de 1945. Es un espectáculo no sólo lamentable, sino poco edificante. 

Usted escribe en “Sobre la gestión política de las reformas”: “Los líderes reformistas deberían evitar antagonizar o enfrentar a muchos grupos al mismo tiempo. Esto significa que los líderes reformistas deben hacer política”. ¿Es Javier Milei un líder reformista?

Milei más que reformista es un revolucionario, porque busca cambiar todo de golpe. Al estar apurado, carece de la paciencia propia de un líder reformista: aquella orientada a tejer acuerdos, generar alianzas y marchar de a poco. Su perspectiva apunta a un cambio radical, sustentada en el diagnóstico de que el país está mal hecho; definitivamente mal hecho desde hace muchísimos años. Por lo tanto, plantea darlo vuelta como a un guante. Esa es la visión compartida por muchos al asumir el poder, porque el país, visto desde la Casa Rosada y también desde afuera, se presenta como una estructura que no funciona bien. Frente a esa percepción, que produce desazón e impotencia, sobreviene el impulso radical de avanzar a fondo y con rapidez.

—”La marcha en el tiempo de una política de reformas depende en gran medida de la habilidad política que muestran los líderes de gobierno para desplegar recursos que alteran las preferencias de los principales grupos de interés”, escribe. ¿Javier Milei demuestra ser hábil políticamente? 

—En un escenario siempre hay ganadores y perdedores cada vez que se pone en marcha un programa de reformas. Por eso insisto en la importancia de lo que puede hacer el liderazgo reformista para alterar la percepción que los ganadores y los perdedores tienen sobre su propia realidad.

El liderazgo político puede consistir no en dejar congelada la situación con los costos y beneficios actuales, sino en lograr recrear un futuro. De tal manera que, en el caso de los perdedores, permita concebir la idea de atravesar un valle de lágrimas con una expectativa de mejora al final del camino. 

El liderazgo reformista debe tener la capacidad para persuadir de que este estado de cosas no es definitivo. De una manera u otra, puede alterar la percepción que cada cual tiene sobre su lugar actual y el lugar que ocupará.

Esta es una afirmación que surge de la experiencia histórica. La trayectoria de muchos países, o de diversas experiencias de cambio, muestra a una generación que crea las condiciones para que la próxima pueda avanzar.

El trámite de una reforma no es expeditivo. Ese es el problema presente aquí. Es la tensión entre el gradualismo y su opuesto: la aceleración.

Me inclino a veces por la visión gradualista, que viene de la mano de dar concesiones en distintos sectores y recrear una visión de otro futuro posible. Pero sé que esa postura es muy discutida por quienes sostienen un ritmo más acelerado para el cambio.

El gobierno anterior, de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner no tenía una visión reformista, sino un perfil más quietista.

En cambio, aquí ha llegado a la gestión de gobierno, hace dos años y medio, un espíritu revolucionario.

—¿La sociedad argentina ingresó en su fase de desencanto con Milei?

—Quizás llegó el momento del desencanto. Todo el mundo intercambia información, el gobierno la recoge y hace algunos gestos reveladores para demostrar que esa inquietud permea. Pero el punto aquí es que este es un país que no educa para hacer predicciones.

Porque siempre sorprende con vueltas inesperadas. Vivimos dos años y medio rarísimos. Por lo tanto, quizás haya por delante desarrollos también rarísimos. Transitamos una experiencia donde las principales víctimas del ajuste lo acompañan.

Ahora quizás menos que antes, pero si alguien hubiera afirmado en 2024 o en 2025 que habría por delante un acompañamiento —no digo celebratorio, pero acompañamiento al fin— al programa de ajuste, cualquiera diría: “No, esto no puede ser”. Como siempre sostengo, este país no duerme. Se adormeció, o ese aletargamiento fue el producto de una captura por cierta sensación de que “así no pueden ir las cosas”. Y por la creencia en un futuro distinto. 

—Dijo en una entrevista con el periodista Maximiliano Montenegro que hay que “proteger a Milei de sí mismo”. ¿Considera que el Presidente es su principal obstáculo?

—Hay que tener cuidado con el espíritu revolucionario. Ese ímpetu puede sobreactuar su voluntad de transformación y jugarle en contra. Milei debe protegerse de una especie de voluntad mesiánica que se despliega sin astucia política. 

Hoy es posible afirmar la existencia de un proceso de cambios, no apenas una experiencia aislada. Este es un ciclo económico con eje en un déficit fiscal muy bajo para reducir la inflación. En paralelo, hay una cantidad de operaciones en marcha con una particularidad: son políticas reformistas de viejo cuño. El RIGI, por ejemplo, es otra política de subsidios.

En un país con un gobierno enfocado en advertir sobre los subsidios, al mismo tiempo se reducen impuestos por doquier. Existe, por un lado, una política de reformas por la vía de la desregulación, como la encabezada por Federico Sturzenegger. Y conviven políticas de viejo cuño sin conformar un sendero claro y único.

Eso se aprende al estar en el gobierno. Al momento de tomar decisiones en la gestión pública, no existe un sendero único; se debe operar a varias velocidades y con instrumentos muchas veces contradictorios. Se suele afirmar que el clientelismo es antitético a la reforma. Sin embargo, para conseguir reformas, a veces es necesario solventar clientelismos provinciales capaces de facilitar con sus votos una legislación transformistaNo hay plan maestro sin contaminación. Una lección fundamental de ese paso por la función pública es la idea de los productos híbridos.

Estos híbridos son producto de las circunstancias. No es posible avanzar con el despliegue de un plan sin hacer concesiones; sobre la marcha es necesario introducir cambios. Otras veces, el contexto impone un ritmo propio. En el libro “La política de las reformas económicas en América Latina” hay frases pertinentes para analizar esta dinámica.

Hacia el final de ese libro, se plantea que la década de 1990 suele recordarse como la etapa de las primeras transformaciones. El balance queda a mitad de camino porque hubo avances y también continuidades. El caso de Menem ejemplifica el juego en varias pistas al mismo tiempo: coexistieron medidas de desregulación con la falta de regulación en otras áreas. Siempre espero experiencias mixtas como resultado final. Por lo general, los cambios se encaran desde una plataforma conceptual límpida, parsimoniosa y nítida; pero al final del recorrido, a los ojos de un observador, se ve un escenario híbrido con la combinación de novedades y el mantenimiento de realidades antiguas.

—En el libro “Diario de una temporada en el quinto piso” quedan expuestas con claridad las tensiones que atravesó el equipo económico: en el tramo inicial con Bernardo Grinspun, luego con el sindicalismo de Saúl Ubaldini y con sectores internos del radicalismo. ¿Cómo evalúa al actual equipo económico, su nivel de cohesión interna y la particularidad de un presidente con un perfil fiscalista incluso más marcado que el del propio ministro de Economía?

Toto Caputo a veces queda contra la pared porque el presidente Milei tiene sus propias ideas de la economía. Sin embargo, ese análisis surge del registro periodístico cotidiano, donde la prensa suele actuar como eco de internas de palacio. Quienes asumen la conducción del Palacio de Hacienda encuentran de mi parte, a la luz de aquella experiencia como observador cercano en el quinto piso, una mirada comprensiva. El Ministerio de Economía es un espacio donde se intenta articular múltiples variables bajo una enorme presión, y preservar la coherencia técnica y política en esas circunstancias es una tarea compleja frente a los continuos desgastes de la gestión.

Es decir, cohesionar ideas frente a Javier Milei y su visión de la economía. Esa coherencia se ve menoscabada porque, ante las circunstancias, hay que hacer ajustes y concesiones. Eso quita el aire prístino imaginado en un tablero.

—¿Hay lugar para una opción no peronista y no mileísta? 

—No tengo idea. Argentina puede sacar conejos de la galera como fue el caso de Javier Milei. Emergió así de la nada, salió de la televisión y está en la Casa Rosada sin ninguna escala porque en general la gente hace escala. En cambio, Milei saltó: este país estaba regalado, sigue estando regalado, por eso aparece la necesidad de un outsider. Alfonsín, Cafiero y Menem le dieron estabilidad democrática gracias a diseñar un sistema político formidable. Hoy ése sistema está desarmado y por eso se habilita la búsqueda constante de un outsider. Por eso digo que no sé qué puede pasar. Alguien en 2022 no hubiera dicho que estábamos en las vísperas de la emergencia de un personaje tan singular como Javier Milei y su hermana conduciendo el timón de la nave del gobierno con escasos o nulos antecedentes en la gestión política. 

Torre
“Milei saltó: este país estaba regalado, sigue estando regalado, por eso aparece la necesidad de un outsider”, concluye Torre. Foto: Emmanuel Fernández

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