
Seis días después de la riada en Nepal, las autoridades locales confirmaron que las personas fallecidas son más de 900 y que 4.700 permanecen desaparecidas, incluidas al menos 590 extranjeras de 39 países.
Entre las víctimas sin paradero conocido hay 933 trabajadores atrapados en túneles de centrales hidroeléctricas que quedaron sepultadas bajo el lodo, 83 miembros de las fuerzas de seguridad y 21 funcionarios de distintos organismos públicos.
Cientos de cadáveres, muchos de ellos sin identificar, fueron enterrados en fosas poco profundas. Ante el desbordamiento de las morgues, 18 forenses indios especializados en análisis de ADN se trasladaron a Nepal para ayudar en la identificación y se espera la espera de la llegada de otro equipo desde Singapur.
En ese marco, Nepal le pidió a Estados Unidos que le suministre cámaras frigoríficas para conservar cadáveres, y a China y Singapur drones de alta capacidad y otros artículos esenciales no alimentarios.
Las operaciones de rescate se suspendieron varias veces debido al mal tiempo y a la preocupación de que un lago que se formó en la frontera entre Nepal y China a causa del desastre cause nuevas inundaciones.
