Carlos Pagni es considerado desde hace años el periodista políticos más respetados de la Argentina. Sus análisis suelen ser seguidos con especial atención no sólo por dirigentes políticos, sino también por empresarios, inversores y buena parte del denominado círculo rojo.
Por eso, su último diagnóstico sobre Javier Milei no pasó inadvertido.
En una extensa columna publicada en La Nación, Pagni sostuvo que el Presidente llegó a uno de esos momentos que, tarde o temprano, enfrentan todos los gobiernos: la necesidad de reinventarse antes de que el desgaste termine convirtiéndose en un problema político más profundo.
“A Javier Milei le ha llegado ese momento”, escribió.
Y fue todavía más lejos: según su análisis, el Gobierno “emite señales de agotamiento en distintas dimensiones”.
No significa necesariamente que la experiencia libertaria haya entrado en una crisis terminal. El argumento de Pagni es más complejo: la Argentina que llevó a Milei al poder ya no es exactamente la misma Argentina que debe gobernar hoy.
La inflación perdió centralidad, mientras ganaron terreno otras preocupaciones: el salario, el consumo, el empleo, las tarifas, el endeudamiento familiar y la actividad económica.
El desafío para Milei, entonces, es político además de económico: ¿puede adaptar su gobierno y su discurso a una sociedad cuya agenda cambió, en buena medida, como consecuencia del propio programa libertario?
El “malentendido” de Milei con sus propios votantes
Pagni detecta en primer lugar lo que denomina un “malentendido con el electorado”.
La Libertad Avanza consiguió una victoria importante en las elecciones legislativas y transmitió la sensación de haber acumulado el poder necesario para remover buena parte de los obstáculos que encontraba desde el comienzo de la gestión.
Sin embargo, el triunfo electoral no eliminó todas las restricciones económicas, institucionales y políticas.
Allí aparece una brecha que puede resultar peligrosa: las expectativas generadas después de la elección crecieron más rápido que la capacidad del Gobierno de transformarlas en resultados concretos.
Pagni encuentra antecedentes en Raúl Alfonsín después de las legislativas de 1985 y en Mauricio Macri después de 2017: gobiernos que obtuvieron victorias electorales importantes y luego descubrieron que ganar una elección no resuelve automáticamente los problemas de gestión.
La advertencia coincide, además, con una preocupación que ya empezó a aparecer en Wall Street.
Como contó El Economista, Goldman Sachs advirtió que Milei atraviesa un verdadero “crunch time” y que tiene aproximadamente un año para volver a conquistar a los votantes. El banco considera que una recuperación más fuerte de la actividad y de los salarios reales será clave para sus posibilidades electorales en 2027.
El mercado todavía puede apostar por una continuidad de Milei. La pregunta es qué ocurre si la economía cotidiana no acompaña esa expectativa.
Las encuestas que encendieron una alarma
Una de las señales más claras que menciona Pagni aparece en las encuestas.
El Índice de Confianza en el Gobierno, elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella, cayó 6,5% mensual en julio y se ubicó en 1,94 puntos.
La disminución acumulada durante 2026 alcanzó el 21,5%.
El indicador de la UTDT busca medir la evaluación general del Gobierno, la percepción sobre su capacidad para resolver problemas, su honestidad, la eficiencia del gasto y si gobierna pensando en el interés general. Los datos y la metodología del Índice de Confianza en el Gobierno pueden consultarse en la Universidad Torcuato Di Tella.
Pagni agrega otras mediciones que convergen hacia un fenómeno parecido: una mayoría empieza a pedir cambios respecto de la situación actual y aparece un clima emocional atravesado por la bronca y la tristeza.
No se trata únicamente de imagen presidencial.
Lo relevante es qué cambió en las razones del descontento.
La inflación bajó, pero la gente empezó a hablar de otra cosa
Este probablemente sea el corazón del argumento de Pagni.
Milei llegó al poder con una prioridad absoluta: combatir la inflación.
Durante buena parte de los primeros años de gestión, la marcha de los precios condicionaba cualquier otra evaluación del Gobierno.
Pero esa agenda comenzó a modificarse.
Pagni lo sintetiza de una manera muy simple: “Hoy la gente habla de otras cosas”.
Habla del sueldo. Del consumo. Del empleo. De la producción. De las tarifas. De llegar a fin de mes.
Paradójicamente, este cambio también puede interpretarse como consecuencia de uno de los éxitos del programa económico. Si la inflación deja de ser el problema excluyente, aparecen con mayor nitidez las otras demandas.
Y esa nueva etapa puede ser políticamente más exigente.
En El Economista venimos siguiendo precisamente esa divergencia entre las finanzas y la economía cotidiana. En jerga americana, Wall Street vs Main Street.
La estabilidad puede ser condición necesaria.
Pero políticamente puede no ser suficiente.
El salario y el empleo vuelven al centro
Pagni destaca un cambio especialmente importante: el poder adquisitivo volvió a escalar en la lista de preocupaciones de los argentinos.
Cuando los precios desaceleran, pero el ingreso disponible sigue siendo insuficiente para recuperar consumo y bienestar, el malestar no desaparece.
Simplemente cambia de forma.
El problema se potencia cuando se observa el mercado laboral.
El Economista mostró recientemente que abril dejó 28.736 puestos formales menos y profundizó una tendencia de once meses consecutivos de caída. Industria y construcción aparecen entre los sectores más afectados.
Otra radiografía mostró que la industria podría perder unos 105.000 empleos directos e indirectos durante 2026 si se consolida la dinámica actual.
Ese es precisamente el terreno en el que se juega la próxima fase política del programa.
La gente puede reconocer que la inflación bajó y, al mismo tiempo, preguntarse cuándo ese orden macroeconómico se traducirá en una mejora tangible de su propia situación.
El problema de las familias endeudadas
Pagni dedica una parte central de su análisis al crecimiento de la morosidad.
Y acá aparece probablemente uno de los puntos más sensibles de toda la discusión.
El último Informe sobre Bancos del Banco Central confirmó un deterioro en la calidad del crédito: la irregularidad de las financiaciones a las familias alcanzó el 12,8% en mayo de 2026, mientras que la correspondiente a empresas llegó al 3,5% (Nota del Redactor: El informe completo de mayo puede consultarse en el Banco Central).
Además, la Central de Deudores del BCRA concentra información proveniente no solamente de bancos, sino también de emisores de tarjetas, proveedores no financieros y determinadas plataformas de crédito.
La discusión explotó después de que Milei rechazara la posibilidad de que el Estado intervenga para resolver el endeudamiento de las familias y planteara que se trata de contratos entre privados.
Para Pagni, esa respuesta permite detectar los límites políticos de aplicar una lectura económica estrictamente doctrinaria sobre un problema social cada vez más extendido.
Muchas personas no se endeudan para especular.
Se endeudan para cubrir gastos.
Para pagar servicios.
Para consumir.
Para llegar a fin de mes.
Y una porción creciente del financiamiento ocurre fuera del sistema bancario tradicional, mediante tarjetas, billeteras y aplicaciones donde los usuarios pueden tener mucha menos información sobre las condiciones financieras que están aceptando.
¿Hasta dónde es realmente un problema “entre privados”?
Aquí aparece una de las críticas más fuertes de Pagni.
El Presidente puede considerar que un crédito es un contrato voluntario entre dos particulares.
Pero el Estado influye de manera decisiva sobre las condiciones en las que ese contrato se celebra.
La política monetaria condiciona las tasas.
La regulación bancaria condiciona el crédito.
La política salarial condiciona los ingresos disponibles.
Las tarifas condicionan cuánto dinero queda en el bolsillo.
Y las decisiones cambiarias también modifican el costo del financiamiento.
El Gobierno impulsó inicialmente una reducción muy fuerte de las tasas de interés, entre otros objetivos, para acelerar el saneamiento del balance del Banco Central y estimular la actividad.
Más adelante, las tensiones cambiarias obligaron a endurecer las condiciones monetarias.
Quienes habían tomado deuda quedaron entonces expuestos a un escenario diferente.
Para Pagni, por eso es insuficiente reducir todo el fenómeno a una mala decisión individual.
La contradicción que Pagni encuentra en la reforma del BCRA
El periodista encuentra incluso una contradicción dentro del propio programa oficial.
Mientras Milei sostiene públicamente que la relación crediticia pertenece al mundo de los privados, el proyecto de reforma del Banco Central mantiene atribuciones para regular las condiciones del crédito.
Pagni lo resume con una de las frases más filosas de su columna: “Como reformador del Central, Milei es mucho más sensato que como entrevistado televisivo”.
La observación toca un debate que El Economista viene siguiendo desde que comenzó a discutirse la nueva Carta Orgánica.
El Gobierno quiere impedir que futuras administraciones vuelvan a utilizar al BCRA para financiar al Tesoro y convertir esa restricción en una regla difícil de vulnerar.
Pero incluso una autoridad monetaria con mandato extremadamente acotado debe regular el sistema financiero.
Ese detalle, sostiene Pagni, expone los límites de la idea de que el Estado pueda ser completamente prescindente en el mundo del crédito.
Caputo y el problema de hablarle a quien no llega a fin de mes
Pagni también cuestiona la forma en la que Luis Caputo interpretó el problema.
El ministro sugirió que parte de quienes quedaron atrapados por las tasas podrían haber realizado una apuesta especulativa esperando una suba del dólar que finalmente no se produjo.
Para Pagni, lo inquietante de esa explicación no pasa fundamentalmente por la técnica.
Pasa por la política.
El Gobierno enfrenta el riesgo de hablar sobre problemas sociales cada vez más concretos con categorías que no necesariamente reflejan la experiencia diaria de quienes los están padeciendo.
Allí Pagni detecta una carencia de figuras capaces de “conectar” con los sinsabores materiales de una parte de la sociedad.
Y esa dificultad empieza a ser importante porque algunos de esos ciudadanos podrían haber votado al propio Milei.
El gran interrogante: ¿alcanza con ordenar la macro?
Todo conduce a una discusión más profunda.
Según Pagni, existe dentro del Gobierno una idea implícita: una vez resueltos los grandes desequilibrios macroeconómicos, la mejora del resto de la economía llegará como consecuencia.
- Déficit.
- Inflación.
- Moneda.
- Reservas.
- Regulación.
- Primero se ordenan esas variables.
- Después debería llegar el crecimiento.
- El problema es cuánto demora ese “después”.
Pagni ironiza con el riesgo de que el Gobierno termine declarando: “Misión cumplida. Ahora a esperar los brotes verdes”.
Ese razonamiento conecta con otra discusión que venimos siguiendo en El Economista: la estabilidad monetaria es una condición indispensable, pero no necesariamente constituye por sí sola una estrategia de desarrollo.
También se refleja en el mercado laboral y la industria, donde la estabilidad financiera convive con señales muy distintas en materia de producción y empleo.
Esta puede ser la frontera decisiva para Milei.
Ya no se trata solamente de demostrar que pudo ordenar variables que parecían imposibles de ordenar.
Ahora tiene que demostrar que ese orden produce bienestar.
El discurso de Milei también empieza a mostrar desgaste
Pagni identifica otra señal.
El tono presidencial.
La confrontación permanente fue una herramienta extraordinariamente eficaz para Milei cuando era candidato.
Le permitió romper el sistema político, diferenciarse de la denominada “casta” y representar el enojo contra las élites tradicionales.
Pero existe una diferencia entre utilizar la furia para llegar al poder y utilizarla desde el poder.
Según Pagni, esa estrategia empieza a encontrar un límite.
Un Presidente necesita conservar identidad y liderazgo, pero también construir consensos, explicar frustraciones y convencer a personas que no necesariamente forman parte del núcleo duro.
La pregunta es si Milei puede evolucionar desde el dirigente que destruyó el viejo tablero político hacia el Presidente que necesita administrar uno nuevo.
Las internas que consumen al Gobierno
Pagni suma otro problema: la falta de articuladores políticos.
Santiago Caputo quedó absorbido durante meses por su disputa con Karina Milei y los Menem.
El enfrentamiento con Victoria Villarruel agregó ruido institucional.
Y el Gobierno perdió figuras que, aun sin representar el corazón ideológico del proyecto libertario, tenían capacidad para negociar con gobernadores, empresarios y sectores de la oposición.
Entre ellas, Pagni destaca especialmente a Guillermo Francos.
“Volvé Francos, te perdonamos”, escribe con ironía.
La frase encierra una crítica más amplia: el Gobierno podría estar necesitando menos pureza y más política.
Brasil, Lula y otro frente que Milei abrió
El diagnóstico también se extiende a la política exterior.
Pagni observa una mayor dedicación del Presidente a las disputas internacionales y, especialmente, a la batalla política regional impulsada por Donald Trump.
Brasil aparece como el caso más delicado.
Los ataques de Milei contra Luiz Inácio Lula da Silva provocaron una escalada diplomática con el principal socio de la Argentina.
Pagni advierte sobre el costo potencial de esa estrategia.
Una elección se gana o se pierde.
Pero Brasil seguirá siendo vecino de la Argentina.
La relación involucra comercio, Mercosur, industria automotriz, energía, inversiones e innumerables cadenas productivas integradas.
Por eso, independientemente de las afinidades ideológicas, cualquier gobierno argentino necesita administrar ese vínculo.
Milei todavía tiene un activo gigantesco: la oposición
Después de enumerar todas estas señales, Pagni introduce una variable que cambia el cuadro.
Milei todavía cuenta con una oposición extremadamente débil.
El peronismo no consigue reconstruir un liderazgo.
Tiene dificultades para ofrecer una narrativa económica convincente.

Y muchas veces responde a los errores del Gobierno con propuestas que vuelven a despertar los mismos temores que llevaron a una parte de la sociedad a votar a Milei.
Esa debilidad representa una enorme ventaja para el Presidente.
La política es relativa: un gobierno puede deteriorarse y seguir siendo competitivo si enfrente no existe una alternativa capaz de aprovechar ese deterioro.
Por eso Pagni termina su análisis con una ironía.
Milei quizá todavía no sienta la urgencia de reinventarse porque, dentro del propio peronismo, encuentra a quienes terminan funcionando como sus mejores “jefes de campaña”.
El momento decisivo de Javier Milei
El diagnóstico de Carlos Pagni, uno de los periodistas más influyentes y escuchados por el poder argentino, no plantea que el Gobierno de Milei esté acabado.
Plantea algo quizá más importante.
Que terminó una etapa.
Milei llegó al poder prometiendo terminar con la inflación, reducir el Estado, ordenar las cuentas públicas y romper con décadas de funcionamiento económico argentino.
Parte de esa agenda avanzó.
Pero el éxito parcial de esa primera fase creó un nuevo conjunto de demandas.
- La sociedad pregunta ahora por salarios.
- Por empleo.
- Por consumo.
- Por crédito.
- Por producción.
- Por bienestar.
El oficialismo necesita demostrar que puede responder a esas preguntas sin abandonar el corazón de su programa económico.
Según Pagni, ese es el momento decisivo que llegó para Javier Milei.
La oposición todavía le da tiempo.
La pregunta es cuánto.
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