
Tengo un amigo que tiene este problema: no quiere dejar de querer hacer las cosas que no puede hacer. Más que un amigo, es uno de los personajes más queribles y curiosos de Pablo Katchdajian. Pienso en él como un amigo, porque de vez en cuando su pesar, su embrujo tan particular, vuelve a mí como un instante de peligro. Como un clásico reciente de Juana Molina, el personaje de Katchdajian y la personalidad neurótica suelen repetir: Siempre me digo voy a irme de casa y no puedo.
Sin guía, no, el tema de dónde viene esta frase es de Wed 21 (2013); apareció antes de los bises en la última presentación de Juana Molina en Quality LAB, el sábado 1º de agosto. Supongo que gran parte del público tomó caña con ruda; quienes no, supongo —quiero creer— estamos exonerados, porque bebimos de un licor tan mágico como extraño, tan poderoso como chamánico, tan ritual como ancestral, solo que bajo la forma de la música.
Tan poco para decir de Juana Molina, que no haya sido dicho ya; dispongo de algunas impresiones sensibles. Quizás la poética por la que reconocemos a Juana es su estética del bucle o el loop. La operación a nivel técnico parece sencilla: la artista elabora una secuencia breve de sonidos, apenas una frase, un enunciado, un conjunto pequeño y estable de señales con la instrucción de que se repita de forma perpetua, y en la repetición está la belleza. Así, de fragmentos o series que vuelven a empezar una vez que terminan, se arma la obra, juntando bucles que, cada uno en su mundo, en su destino, en su propia cápsula o camino circular, junto a otro igual de enfrascado, igual de capturado en la repetición, arman algo. Loopear es a la música lo que en la vida cotidiana es la amistad entre dos neuróticos: cada loco con su tema y, hablando/escuchando uno sobre el otro, van armando algo, un afecto, una trama, un lazo. Quizás por eso los personajes de Katchdajian y las canciones de Juana me recuerdan tanto al mismo problema estético que en nuestro presente es fundamental: ¿Cómo escapar a la repetición de siempre lo mismo? ¿Cómo ser libre si por dentro tengo la compulsión a repetir algo que ya sé cómo va a terminar?
En la superposición o en el overdub, distintas pistas de fragmentos grabados se suman una por encima de la otra, como las capas de una cebolla; distintas líneas melódicas, con sus ritmos, con su aporte particular a una atmósfera general, suman sus voces en algo mayor: la posibilidad de una comunidad de robots o fantasmas.
Los embrujados de novelas como Una oportunidad o los extraños conquistadores cuya cabeza se agranda al punto de apretar el sombrero si sobrepiensan en Medio real, ambas novelas recientes de Katchdajian, son personalidades loopeadas. La belleza del arte literario es ver qué se abre una vez que se interroga un bucle; qué diferencia emerge de la escucha atenta de la repetición, como si al pasar dos veces por el mismo lugar donde se busca un llavero perdido, no encontráramos las llaves, sino un tesoro, un montón de plata también olvidado y que no esperábamos encontrar.
El live looping, quizás una de las destrezas mayores de Juana Molina —una música que es genial tanto en estudio como en vivo, una intérprete que domina computadoras, teclados, guitarras y sus afinaciones—, en un escenario permite asistir a una especie de milagro extraño; es como si la canción se armara al frente del público, como si al comprar un reloj alguien lo armara delante nuestro para mostrarnos la funcionalidad de cada pieza.
Quizás otro elemento típico de la obra de Molina venga de su relación con la materia verbal y su creativa poética para la producción de versos que, con palabras y fórmulas relativamente sencillas, llegan a niveles extraños: todo en sus letras es algo ominoso; lugares comunes de repente empiezan a desubicarse; las palabras en boca de Juana parecen estar en el lenguaje de los sueños o de las ilusiones verbales. De su último disco, Doga (2025), la excusa para su paso por nuestra ciudad, no faltaron distintas figuraciones retóricas y efectos de sonido que acompañaron esta sensación. Tanto en la forma fónica de su voz (ese delay pastoso y robótico en el que se expresa la voz de Juana mientras canta) como en los enunciados o contenidos verbales (tantas letras que utilizan parónimos y homófonos que, además de ser cómicas y curiosas, son reveladoras o magnéticas) metafóricos que hacen alucinar la lengua, la lírica de Molina, como sus bucles de sonidos, construye un ecosistema equilibrado de unidades mínimas de sentido que tejen una estructura intrincada. siestas ahí se puede escuchar también como si estás ahí; desinhumano se puede escuchar también como de sin humano. Las letras se prestan para la confusión, a pesar de que tengan un origen planificado, y así el sentido se disemina; así los hechizos que nos atribulan se rompen; así la estructura parece un carnaval; así muere la vida y vive la muerte, en la repetición y la diferencia en lo que parece imperceptiblemente diferente, en los bucles y parónimos.
