martes, 21 julio
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El llanto de todos

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Hay derrotas que se olvidan con el paso del tiempo. Y hay otras que permanecen para siempre porque no hablan solamente de un resultado, sino del cierre de una época. La final del Mundial 2026 pertenece a esa segunda categoría. España venció 1 a 0 a la Argentina en el MetLife Stadium, con un gol de Ferran Torres en el alargue, y levantó una Copa del Mundo merecida después de haber sido el mejor equipo del torneo. Dominó durante gran parte de los 120 minutos, monopolizó la posesión, presionó alto y nunca permitió que la Selección encontrara el juego que la había llevado hasta la gloria.

Pero mientras los españoles festejaban bajo una lluvia de papel dorado, millones de argentinos tenían la mirada puesta en otro lugar. En un hombre de 39 años sentado sobre el césped, inmóvil, con la camiseta empapada de sudor y la mirada perdida. Lionel Messi lloraba. Y cuando Messi lloró, lloró también la Argentina.

No eran lágrimas por un partido perdido. Eran las lágrimas de una historia que parecía llegar a su última página. Las de aquel chico de Rosario que, siendo apenas un adolescente, cargó sobre sus hombros el peso de ser señalado como “el nuevo Maradona”. Las de un futbolista que convivió durante años con las críticas, las finales perdidas y una presión imposible de dimensionar. El mismo que en 2016 anunció su renuncia a la Selección después de perder la final de la Copa América Centenario, justamente en el mismo estadio donde diez años más tarde volvería a vivir uno de los momentos más dolorosos de su carrera.



Después del pitazo final del árbitro esloveno Slavko Vinčić, Messi saludó a varios futbolistas españoles, permaneció unos minutos solo sobre el césped, se sacó lentamente los botines y observó en silencio los festejos rivales. Parecía entero. Como tantas otras veces, procesaba el golpe con una serenidad casi inhumana.

El llanto de Lionel Messi tras perder la final del Mundial y la ovación que recibió de los hinchas argentinos | FM PASIÓN 104.9 - SAN PEDRO DE JUJUY
Un Lionel Messi abatido asimila el golpe en el MetLife Stadium. (Foto: REUTERS/Lee Smith)

Todavía no lloraba. Aguantó durante toda la ceremonia de premiación. Caminó al frente de la fila argentina, recibió la medalla de subcampeón de manos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pasó junto a la Copa del Mundo que había levantado cuatro años antes en Qatar y siguió avanzando con la cabeza baja.



Hasta que escuchó a la gente. “¡Messi! ¡Messi! ¡Messi!”. Miles de argentinos comenzaron a corear su nombre desde las tribunas como si intentaran abrazarlo a la distancia. Fue entonces cuando el capitán dejó de resistir. Bajó la cabeza y las lágrimas empezaron a caer. En ese instante volvió a ser simplemente Leo. El chico que soñó toda la vida con vestir la camiseta de Argentina.

Las imágenes recorrieron el mundo en cuestión de minutos. Porque cualquiera entendía que no estaba llorando solo por una derrota. Estaba llorando porque, probablemente, acababa de jugar su último partido en un Mundial. Desde mucho antes del torneo existía esa sensación. El propio Messi había dejado entrever que solo participaría si sentía que todavía podía aportar. Llegó rodeado de dudas físicas, después de una temporada en la MLS y con la lógica incertidumbre que genera competir al máximo nivel a los 39 años.

Sin embargo, volvió a desafiar al tiempo. Marcó ocho goles, repartió asistencias decisivas y condujo nuevamente a la Argentina hasta una final del mundo. Le convirtió tres tantos a Argelia, dos a Austria, apareció frente a Jordania, abrió el camino contra Cabo Verde y fue determinante en la inolvidable remontada frente a Egipto. También asistió a Enzo Fernández y a Lautaro Martínez en la semifinal frente a Inglaterra para clasificar otra vez a la Selección a la definición del campeonato.



Su Mundial también quedó marcado por nuevos récords. Disputó su sexta Copa del Mundo y amplió su marca como el futbolista con más partidos mundialistas (34). Además, alcanzó 23 victorias, la mayor cantidad en la historia del torneo.

En el plano goleador, quedó como el segundo máximo anotador de la historia de los Mundiales, con 21 goles, solo por detrás del francés Kylian Mbappé (22). También firmó nueve partidos consecutivos convirtiendo, la racha más extensa registrada en una Copa del Mundo, y se transformó en el primer futbolista en marcar en seis encuentros consecutivos de la fase eliminatoria.

A esos hitos sumó 12 asistencias, la cifra más alta desde que existen registros (1966), y 33 participaciones directas en goles (21 tantos y 12 asistencias), otro récord absoluto en la historia de los Mundiales desde ese año, conseguido en apenas 34 partidos.



Además, se convirtió en el segundo jugador en disputar tres finales de un Mundial (2014, 2022 y 2026), igualando al brasileño Cafú (1994, 1998 y 2002), y en el primer futbolista de la historia en ser titular en tres finales de la Copa del Mundo.

Son estadísticas extraordinarias, aunque ninguna alcanza para explicar lo que significó su presencia. Porque el legado de Messi jamás estuvo únicamente en los números. Estuvo en volver cuando muchos pensaban que no lo haría. En soportar años de críticas hasta conquistar la Copa América 2021. En levantar la Finalissima. En volver a ganar la Copa América en 2024. En conducir a la Argentina hacia el Mundial de Qatar 2022. Y en construir, junto a Lionel Scaloni, el ciclo más exitoso de la historia de la Selección. Por eso esta derrota dolió tanto. No fue solamente una final perdida. Fue la posible despedida de una era irrepetible. 



Desde lo futbolístico, España fue claramente superior. La presión sobre la salida argentina funcionó desde el primer minuto, el mediocampo perdió casi todos los duelos y Messi recibió siempre rodeado de camisetas rojas. La “Scaloneta” nunca consiguió imponer su ritmo y terminó resistiendo más de lo que jugó, sostenida por una destacada actuación de Emiliano “Dibu” Martínez bajo los tres palos. Las lesiones de Lisandro Martínez y Cristian Romero complicaron aún más el panorama y la expulsión de Enzo Fernández, en el tiempo suplementario, terminó inclinando definitivamente una final que ya venía siendo cuesta arriba.

No fue la mejor versión del equipo de Scaloni. Pero volvió a demostrar algo que caracterizó a este grupo durante años: jamás dejó de competir. Llegó nuevamente a la definición del torneo más importante del fútbol y volvió a representar al país con una identidad que trascendió los resultados. Porque no siempre se puede ganar. España fue mejor y mereció el campeonato. Reconocerlo no disminuye en absoluto el recorrido argentino. Al contrario. Engrandece aún más una generación que devolvió el orgullo de vestir la camiseta celeste y blanca.

Scaloni sintetizó ese sentimiento con una frase que seguramente quedará para la historia: “Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota. El partido lo perdimos y asumimos las cosas, pero no por eso vamos a dejar de acordarnos de todo lo que hicimos para llegar acá. Al país decirle que dimos todo. Si dejan todo como lo dejaron hoy es un gran ejemplo para nuestra gente y para nuestro país. Y sobre todo que se pierde. Hay que levantarse otra vez, no hay otra”.



Y sus jugadores lo respaldaron con los hechos. A diferencia de lo ocurrido en Brasil 2014, ningún futbolista argentino se sacó la medalla de plata. Permanecieron juntos frente a la tribuna, escuchando el agradecimiento de miles de hinchas que siguieron cantando incluso mientras España levantaba la Copa del Mundo. Ese gesto también definió a este grupo. Entendieron que llegar otra vez a una final mundialista no era un fracaso. Era la consecuencia lógica de un ciclo extraordinario que devolvió a la Selección al lugar que históricamente le corresponde.

Llegará el momento de discutir el futuro. Habrá tiempo para hablar de la renovación, de los jugadores históricos que podrían despedirse y de los desafíos que enfrentará el próximo ciclo. Pero esa conversación puede esperar. Hoy el análisis futbolístico queda inevitablemente en un segundo plano porque esta final será recordada por otra imagen. La de Messi llorando con la medalla plateada colgada sobre el pecho. Un hombre que ya no necesitaba demostrar absolutamente nada, pero que volvió a dejar hasta la última gota de energía por una camiseta que había llevado a lo más alto del fútbol mundial.

Argentina run out of late Messi miracles against Spanish machine | Reuters
Las lágrimas de Messi observado por Scaloni. (Foto: REUTERS/Agustín Marcarian)



Quizá dentro de algunos años el resultado quede reducido a una estadística. Los libros dirán que España fue campeona del Mundial 2026 y que Argentina cayó en la final. Lo que difícilmente desaparezca será aquella escena: un estadio entero coreando el nombre de Messi, un capitán emocionado frente a su gente y millones de argentinos sintiendo que esas lágrimas también les pertenecían.

Porque los títulos hicieron inmenso a Messi. Pero su manera de atravesar la derrota terminó de hacerlo eterno. No escondió el dolor. No buscó excusas. No se sacó la medalla. Se quedó frente a la gente, aceptó el golpe y recibió el cariño de un país que entendió que existen victorias mucho más profundas que un trofeo.

Gracias, Leo. Gracias por haber transformado la frustración en orgullo. Gracias por devolverle a la Selección una identidad ganadora. Gracias por hacer creer a generaciones enteras que lo imposible también podía suceder. Y si este fue realmente tu último Mundial, también fue el último capítulo de la carrera más extraordinaria que haya vestido la camiseta argentina. Hoy la Argentina no llora solamente una derrota. Llora porque, quizás, acaba de despedir al mejor futbolista de todos los tiempos.



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