lunes, 13 julio
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El efecto sándwich: la desindustrialización que el riesgo país no mide

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La misma semana en que el riesgo país coquetea con perforar los 400 puntos básicos y el Tesoro celebra su regreso a los mercados internacionales, la consultora Industria y Desarrollo, dirigida por Diego Coatz, ex director ejecutivo de la UIA, proyectó que la economía argentina perderá 105.000 puestos de trabajo industriales durante 2026: 60.000 directos y 45.000 indirectos. 

La actividad manufacturera acumula una contracción del 3,1% en el año y se ubica un 14,5% por debajo del máximo de noviembre de 2017. Las fábricas operan con una capacidad ociosa cercana al 40%, la mora bancaria de las empresas saltó del 0,9% al 3,3% en doce meses y solo en marzo se destruyeron 5.000 empleos directos en el sector.

El diagnóstico de la consultora es gráfico: un efecto sándwich. Por abajo, los costos presionan sin piedad: la energía eléctrica para grandes usuarios aumentó 79% y el gas entre 30% y 50%. Por arriba, aprietan las importaciones y la caída del consumo interno. Y una cifra sintetiza el modelo mejor que cualquier discurso: comparadas con 2022, las importaciones de bienes de consumo crecieron 29%, mientras que las destinadas a la producción y la inversión cayeron 12%. Entra lo que compite con la fábrica local; no entra lo que la equiparía para competir.



Kaldor: la industria como motor, no como sector

La teoría del desarrollo lleva décadas advirtiendo sobre esta dinámica. Nicholas Kaldor formuló en los años sesenta sus célebres leyes del crecimiento: el ritmo de expansión de una economía está estrechamente asociado al de su industria manufacturera, porque es allí donde operan los rendimientos crecientes a escala, los encadenamientos tecnológicos y los aumentos de productividad que luego se derraman al resto del sistema.

 La manufactura no es un sector más en la contabilidad nacional: es el motor que arrastra a los demás. Una economía cuya industria se contrae 3,1% mientras el agregado se estabiliza no está convergiendo hacia el equilibrio; está cambiando de motor. Y el motor de reemplazo, financiero y extractivo, no genera ni los empleos ni la productividad sistémica que la manufactura provee.

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Rodrik: la desindustrialización prematura

Dani Rodrik, de Harvard, le puso nombre al fenómeno que atraviesan las economías en desarrollo que pierden su industria antes de haberse enriquecido: desindustrialización prematura. Los países hoy avanzados desindustrializaron con ingresos per cápita altos y sistemas de innovación maduros, capaces de absorber el empleo manufacturero en servicios sofisticados. Las economías emergentes que replican esa trayectoria a mitad de camino no gradúan su estructura productiva: la amputan. 

El empleo industrial que se destruye no migra hacia servicios de alta productividad, sino hacia la informalidad y los servicios de subsistencia. 

Un país que está 14,5% por debajo de su pico industrial de hace nueve años, con 40% de las máquinas paradas, no está transitando una modernización: está protagonizando el caso de manual que Rodrik describió.



Hirschman: cuando ni los ganadores derraman

Albert Hirschman construyó su teoría del desarrollo sobre los eslabonamientos: un sector impulsa a una economía cuando su crecimiento demanda insumos locales hacia atrás y habilita industrias hacia adelante. Por eso, el dato más inquietante del informe no es la caída de la industria tradicional, sino la de la metalmecánica que provee a los sectores estrella del modelo: los proveedores de la minería caen 5,6%, los de petróleo y gas 3,5% y los del agro 9,5%, según ADIMRA. Si hasta los encadenamientos de Vaca Muerta y del litio se contraen, la promesa del derrame queda desmentida por sus propios beneficiarios. En el vocabulario de Hirschman, eso tiene un nombre preciso: enclave. Exporta, factura y cotiza, pero no teje tejido productivo a su alrededor.

Estabilizar no es desarrollar

Nada de esto niega los logros de la estabilización: la inflación desacelera y el crédito externo regresó. 

Pero la macroeconomía ordenada es una condición necesaria y brutalmente insuficiente. La propia consultora de Coatz lo sugiere al reclamar un RIGI para la industria y las pymes: el régimen de incentivos existe, pero fue diseñado para megaproyectos extractivos, no para las 83% de las pymes cuyo principal problema es que no venden. 



Mientras el mercado festeja cada compresión del riesgo país, la economía real destruye 5.000 empleos industriales por mes. Kaldor, Rodrik y Hirschman escribieron, desde tradiciones distintas, la misma advertencia: ningún país se desarrolló destruyendo su industria. Estabilizar no es desarrollar. Y un riesgo país de 400 puntos no compensa una fábrica cerrada.

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