Manuel Adorni volvió a la primera plana de la agenda -si es que alguna vez la abandonó en los últimos dos meses- con su presentación en el Congreso. Su paso por la Cámara de Diputados no alteró el escenario: siguió sin dar explicaciones sobre las denuncias por enriquecimiento, pero no consiguió imponerse ante la oposición.
Quedó, en definitiva, en el mismo punto que antes: ratificado por un Gobierno que incluso montó una escenificación con el gabinete ampliado para exhibir respaldo -con Javier y Karina Milei como principales garantes de su continuidad-, pero golpeado frente a una opinión pública donde su imagen se desplomó en apenas dos meses y con causas que siguen su curso en la Justicia.

Pero el golpe más significativo del caso Adorni no es el derrumbe de la imagen del jefe de Gabinete ni la incertidumbre sobre su futuro político. Durante la sesión, el diputado de izquierda Néstor Pitrola llegó a definirlo como un “cadáver político”. El verdadero impacto está en las consecuencias que ese deterioro proyecta sobre el Gobierno.
Se invirtieron los roles: el Presidente protege y comunica por su jefe de Gabinete, cuando debería ser al revés. En una crisis de esta magnitud, lo esperable sería que Adorni funcione como fusible. Sin embargo, ocurre lo contrario. “Es raro todo esto: que el que tiene que ser el fusible haga que concurra todo su gobierno entero”, sintetizó el diputado radical Pablo Juliano, en referencia al acompañamiento del gabinete en la Cámara.

El costo se siente en lo inmediato, con la caída en las encuestas, pero también a mediano plazo, donde empieza a erosionar una de las banderas que llevó al poder a los libertarios: la promesa de diferenciarse de la casta, la transparencia…o la moral como política de Estado, en los términos de Javier Milei.
Facundo Nejamkis, director de Opina Argentina, describió el caso Adorni como “un acelerador en un incendio”. El incendio es preexistente: una crisis de expectativas, sobre todo económicas, que deteriora la evaluación del Gobierno desde enero. Pero Milei no encarna solo un liderazgo económico, sino también uno moral: el compromiso de terminar con la casta. Las sospechas de corrupción en torno al jefe de Gabinete atacan ese segundo pilar. “Si perdés ese liderazgo, entonces el enojo de la opinión pública toma otra dimensión y otra profundidad”, advirtió Nejamkis en El Economista TV.
¿Por qué, entonces, el Gobierno ratifica a Adorni semana a semana? Lucas Romero, director de Synopsis Consultores, ensayó dos respuestas. La primera es “el sesgo del costo hundido”: “Cómo les cuesta a los seres humanos pasar a pérdida una inversión en términos monetarios, de reputación, de tiempo y dedicación”. Lo graficó con una imagen simple: quien no quiere irse del casino con la pérdida e insiste en revertirla.
La segunda está ligada a la funcionalidad política de Adorni dentro del esquema de poder libertario. “Se ha vuelto una figura muy relevante, no por lo que le da al Gobierno en términos de resultados, sino en términos de funcionalidad”, dijo Romero a El Economista. Es que en ese diseño, Karina Milei ejerce el control del gabinete sin ocupar formalmente el cargo. Adorni firma. Ella decide.


