Imposible olvidarse de esos partidos en los que el fútbol dolía. De las tardes difíciles, de las canchas ásperas, de los momentos donde había más dudas que certezas. Y ahí estaba él. Siempre. Pidiendo la pelota, ordenando, empujando. Agustín Díaz, el “Tín”, en el medio de todo, sosteniendo a Talleres cuando más lo necesitaba.
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Hay jugadores que brillan en la comodidad y hay otros que se hacen fuertes en los momentos difíciles. Agustín Díaz pertenece a esos últimos. A los que nacen en el Club, crecen con sus dificultades y eligen quedarse cuando el camino se vuelve cuesta arriba.

Formado en Barrio Jardín, su historia es la de tantos pibes que soñaron con esa camiseta. Pero la suya tuvo algo distinto, atravesó una de las etapas más complejas del Club sin soltar nunca. Cuando todo costaba el doble, el “Tín” siguió ahí. Con carácter dentro de la cancha y con la pertenencia a todos los que sentíamos a Talleres desde las tribunas o escuchando la radio porque la Tele no nos trasmitía de visitante.
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Fue capitán. Pero más que una cinta, llevó una responsabilidad. La de ser referencia en momentos donde hacía falta alguien que marque el camino. La de sostener al grupo, de no negociar la entrega, de recordar en cada partido lo que significa esta camiseta.

En los ascensos, en los golpes, en las reconstrucciones, su nombre siempre estuvo. No como figura ocasional, sino como presencia firme. Como esos jugadores que no se esconden. Que dan la cara. Que juegan cada pelota como si fuera la última.

Hablar de Agustín Díaz es hablar de identidad, de cada uno de nosotros. De sentido de pertenencia. De amor por el Club en su estado más puro. De un futbolista que entendió que Talleres es mucho más que un equipo, es historia, y es gigante por su gente.
Hay jugadores que dejan su marca en los título y hay otros, como él, que se quedan para siempre en el corazón del hincha.
¡Gracias Tín por ser uno más de nosotros!
