El actual director de la consultora Empiria Hernán Lacunza recibe a El Economista en sus oficinas en pleno centro porteño. La luz del sol otoñal envuelve la conversación. Su equipo de trabajo sobresale por la calidez en la primerísima mañana.
Lacunza ante todo parece capaz de algo fundamental: mantener el aplomo cuando es necesario, pero sin demorar la acción. Como si fuera un piloto que pudiera no sumar malestar ante una tormenta, sino mantener la tranquilidad. Se crió en una clásica familia porteña de clase media. El padre, ingeniero; la madre, empleada del Banco Ciudad. En Hernán, una vocación por la materialidad y por el hacer forjaron un destino y marcan su actual perspectiva dentro del espacio del PRO y como vicepresidente de Racing.
La formación inicial transcurrió en el barrio de Belgrano. Allí cursó la primaria y la secundaria la hizo en el colegio San Román —fue abanderado en ambas instancias, como lo atestigua una vieja fotografía—. En esas aulas de adolescencia forjó una decisiva inquietud social. Los fines de semana, impulsado por la comunidad parroquial, viajaba como misionero a Muñiz, en el conurbano bonaerense.

Su recorrido lo empujó hacia la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, algo faltaba para él. “La Sociología es una disciplina afín a la Economía, pero sin matemáticas y por eso me cambié. Economía me parecía una disciplina con la que me sentía más cómodo”, rememora.
Mientras tanto, un viaje implicó un antes y un después en su vida. En 1990, con apenas veinte años, recorrió durante ocho meses el país como mochilero.
Una foto lo muestra en el sur, en Río Negro, junto a un cajón de madera, en plena labor con la cosecha de manzanas. La imagen refleja la concentración y la tarea.

Finalmente se graduó de Licenciado en Economía en la UBA y su formación académica continuó al completar una maestría en la Universidad Torcuato Di Tella.
El interés por contribuir frente a la crisis de 2001 lo llevó al sector público. Su primer destino fue la Cancillería en 2002 como director del Centro de Economía Internacional.
Luego pasó, en 2005, al Banco Central. Allí fue elegido como Gerente General, cargo que ocupó hasta 2010 tras una abrupta salida por una disputa política. “Fue un conflicto entre el Banco Central y el Poder Ejecutivo, a cargo de Cristina Kirchner, por el uso de reservas para pagarle al Club de París. Al final no se utilizaron. Posteriormente hubo un segundo episodio: el Fondo del Bicentenario. En realidad, se trataba de utilizar reservas para financiar un gasto público desbordado“, explica. Como consecuencia de estas diferencias dejó la entidad y fundó la consultora privada Empiria.
En 2013, mientras Rogelio Frigerio presidía el Banco Ciudad, la historia familiar de Hernán consolidó un círculo perfecto. Asumió como Gerente General del Banco Ciudad, el mismo lugar donde su abuelo materno, de apellido Castro, trabajó a mediados del siglo pasado y donde su madre también se desempeñó. Tres generaciones de la familia atravesadas por una misma institución. “Ingresé unos treinta y cinco años después que mi madre se retirara. Al entrar pedí en Recursos Humanos el legajo de mi abuelo. Le saqué una copia a la portada y se lo llevé de regalo”. En ese gesto se cristalizaba una vocación transgeneracional y un orgullo.

La gestión pública llegó de nuevo a su vida en 2015 como Ministro de Economía bonaerense bajo la gobernación de la dirigente del PRO María Eugenia Vidal.
Según cuenta sobre aquellos primeros días de gestión en 2015 tras los años de gobierno de Daniel Scioli, encontró una caja agobiada, apenas $180 millones para pagar sueldos al día siguiente en una provincia de 17 millones de habitantes.

Su paso por la provincia continuó hasta el ineludible agosto de 2019. Tras la derrota electoral del oficialismo en las primarias nacionales —el candidato a presidente del Frente de Todos, Alberto Fernández, se impuso con el 47% de los votos, y le sacó 15 puntos de ventaja al entonces presidente Mauricio Macri, quien obtuvo el 32%—, fue convocado por Macri. Lo requería en el Ministerio de Hacienda de la Nación para evitar el colapso. Sobre esa silla caliente, Lacunza relató que la complejidad del tablero de control nacional se asemeja a la de un Fórmula 1, a diferencia de la provincia, que funciona más como un auto de Turismo Carretera con menos variables a disposición. Lacunza habla en ese idioma también: en el de la metáfora tan precisa como común.
Hubo entonces la necesidad de un cepo cambiario y un reperfilamiento de deuda que, explica Lacunza, “cuidó al ciudadano común”. Y agrega con énfasis: “El reperfilamiento no fue una decisión, sino una imposición de la realidad. Al vencimiento de los bonos no estaba el dinero. Ni los dólares ni los pesos. Emitirlos en un contexto de huida del peso y transición electoral habría derivado en una hiperinflación”. Reflexiona al respecto: “Hubo que priorizar: se preservó a los depositantes (lo contrario era un corralito), a las familias y personas físicas (se las exceptuó del reperfilamiento) y a los ingresos bajos y medios (una devaluación descontrolada con hiperinflación habría duplicado la pobreza que terminó en 35%). Había que elegir lo ‘menos malo’. Luego las crónicas recuerdan los goles, pero no las atajadas“.

En medio del pánico y el ajetreo de los mercados, Lacunza buscó inspiración en la manera que había mostrado Roberto Lavagna frente a crisis pasadas. Necesitaba transmitir esa misma firmeza. Con esa actitud como norte, y para brindar certezas, ordenó a los bancos extender sus horarios de atención. “La opción era audaz, pero necesaria para demostrar que los depósitos no corrían riesgo. Abrieron el doble de horas para que el ahorrista pudiera ir al banco, retirar sus billetes, tocarlos y verlos“.
Durante esos meses turbulentos, también debió lidiar con el FMI y negociar con su directora Kristalina Georgieva para sostener los frágiles equilibrios financieros.
Las medidas impactaron favorablemente y tuvo una traducción numérica concreta. En la primera vuelta de fines de octubre de 2019 se achicó por menos margen la diferencia con Alberto Fernández y Juntos por el Cambio superó el 40% de los votos.

En la actualidad, alejado de la función pública, la vida de Lacunza se divide entre sus clases en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y en la Universidad de San Andrés (UdeSA), en la consultoría y en la pasión familiar por Racing Club.

Cuando la agenda lo permite, disfruta de los placeres simples: un partido de fútbol, una copa de Malbec, prender el fuego de un asado, un libro como “Ficciones” de Jorge Luis Borges o la serie “Breaking Bad”.
Mantiene un sueño latente: volver a ver a Racing campeón de la Copa Libertadores, reviviendo la gloria de 1967. Junto a Mirtha Legrand comparten esa ilusión.
Con la misma solvencia, pero en distintas aristas, Lacunza encuentra un punto en el que, aún en las circunstancias más adversas, la luz puede iluminar, como el sol tibio de otoño. Esa luminosidad caracteriza la contundencia de sus posiciones. Sobre la economía, sobre el país, sobre la situación mundial. En diálogo con El Economista disecciona este presente y encuentra qué de todo eso todavía sigue siendo un punto de esperanza. O al menos de luz.

—El último informe de Empiria señala que desde noviembre de 2023 los ingresos cayeron un 6% en los sectores más vulnerables y un 1,7% en los deciles más altos. ¿Qué factores explican esta pérdida generalizada?
—El ingreso cayó mucho a principios de 2024. Fue un proceso corto. Después rebotó en la segunda mitad del año.
Esa caída inicial resultó vertical, de aproximadamente un 20%. Era inexorable en realidad. Lo que ocurría en 2022 y 2023 era una ilusión; el nivel anterior resultaba artificial. Existían planes de expansión monetaria y subsidios generalizados. No se pagaba el costo real de la luz y el gas. Esos fondos retenidos se destinaban a salidas gastronómicas o a mayores compras en el supermercado para aumentar el poder adquisitivo en otros bienes con inflación.
Semejante esquema era insostenible. Por tal motivo la inflación alcanzó el 200% en 2023.
Para financiar subsidios a la luz y el gas, entre otros rubros, se recurría a la emisión monetaria. Así, lo otorgado a la mañana por la vía de los subsidios se licuaba a la tarde mediante la inflación.
Para bajar el índice de precios resultaba imperativo eliminar el subsidio o recortar el consumo. Esa dinámica tornó inevitable la contracción de los ingresos, ganara quien ganara, bajo cualquier plan de estabilización.
Posteriormente hubo una recuperación bastante rápida y sorpresiva en forma de V corta. Aunque luego esa V corta adoptó la forma de una raíz cuadrada: rebotó, no llegó al nivel previo y allí se estabilizó.
Actualmente, el ingreso disponible acumula cinco meses a la baja. El ingreso disponible refiere al saldo que le queda a una familia tras abonar los gastos fijos del hogar, como la luz, el gas, el agua, el alquiler, las expensas y el transporte. Es el dinero mensual para ir al supermercado, al shopping, adquirir comida, textiles o esparcimiento. Ese nivel se ubica un 5% por debajo de las cifras de hace dos años. Existe una diferencia: los sectores de menores recursos registran una caída del 6%, mientras que los segmentos de mayor poder adquisitivo presentan una merma del 1,5%.
También el impacto varía según el sector. Si bien en promedio hay un 5% menos de capacidad adquisitiva dentro del supermercado, la composición del changuito se modifica. Una familia puede mantener la misma cantidad de sachets de leche, pero reduce la compra de cerveza.
—También se observa un consumo a dos velocidades. Los bienes durables experimentaron un repunte del 11% en enero de 2026 frente a diciembre de 2025, mientras que los bienes no durables cayeron un 5,4%. ¿Cómo se explica esa dinámica?
—El consumo de durables, que abarca motos, autos de mayor valor o electrodomésticos, contó con el impulso del crédito. Uno de los beneficios de la desinflación es la reaparición del financiamiento. Hay menor incertidumbre y mayor previsibilidad.
Todos esos sectores contaron con la herramienta del crédito. En cambio, para adquirir galletitas o leche no se solicita financiamiento. Esos consumos no durables, aquellos agotados al primer uso, evolucionan con mayor lentitud. Los otros rubros exhibieron un rebote más rápido.
Asimismo, al igual que los gastos fijos del hogar representan hoy el 23% del ingreso familiar, las cuotas de los préstamos alcanzan el 25%. Es decir, si los jefes de hogar cobran $100 a fin de mes, el día 5 destinan una parte a la cuota del préstamo y el 10 ya cubrieron todos los gastos fijos. De esos $100 pesos iniciales, quedan $50 para el resto del mes.
Con ese remanente se debe afrontar todo lo demás como el colegio o la medicina prepaga, además del supermercado y el shopping. Ese poder de compra y de consumo se percibe erosionado.
Por ese motivo, aquellos bienes favorecidos por el crédito sufrieron menos. No obstante, el financiamiento comienza a desacelerarse. Se puede tomar crédito uno, dos o tres meses, pero al cuarto mes resulta inviable sin antes cancelar el consumo inicial.

—¿Para cuándo se calcula un repunte de los productos de primera necesidad?
—La economía no se encuentra paralizada. Crece a un ritmo del 2,5% anual. Es una velocidad crucero. No es nula ni resulta ambiciosa, pero sí se percibe muy heterogénea.
Está motorizada por pocos sectores, como energía, minería y agro, que generan escaso empleo intensivo. Otros rubros se ubican muy por debajo, como la construcción, la industria textil y diversas industrias manufactureras.
Regionalmente también existe una marcada heterogeneidad. Las áreas prósperas se concentran cerca de la cordillera. Neuquén parece Houston. San Juan, con la minería, se perfila como el próximo Dubai (aunque exagero a propósito).
Sin embargo, el conurbano, donde reside el 40% de la población, no disfruta de esa situación en la misma medida. Ese consumo no necesariamente quedará estancado, pero las recuperaciones resultarán muy moderadas, en torno al 2% anual.
—¿Qué efecto tendrán los próximos aumentos de tarifas en la capacidad de ahorro de la clase media?
—El consumo no va a volar, justamente, por el aumento de tarifas. Hay todavía ajustes de tarifas pendientes.
Se hizo una tarea importante y valiente, porque no es tan fácil de hacer. Se explicó bien; hay un montón de mérito en ese trayecto, pero todavía resulta incompleto para seguir con la reducción del déficit y la baja de los subsidios.
Hay un dinero que se va por la alcantarilla pública y hay que terminar con ese proceso. La contracara de esa situación es que la boleta que llega por debajo de la puerta será cada vez más alta y va a mermar el poder de compra.

—El documento advierte que la mora general en el segmento de familias superó el 10% por primera vez en quince años. ¿Representa un riesgo concreto para el sistema financiero?
—No hay un riesgo sistémico. El sistema financiero está bien preparado y ya adopta medidas. Lo que sí resulta evidente es que erosiona la rentabilidad del sector.
Hubo, sobre todo en entidades no bancarias, una conducta bastante agresiva para captar al público no bancarizado, ya que los bancos pescan en la misma pecera.
Las billeteras virtuales, obviamente, resultan más riesgosas. Pero también, desde un punto de vista comercial, funciona como pagar para obtener información.
Si se otorgan préstamos a cien personas que no estaban bancarizadas y veinte no pagan —lo cual constituye la morosidad—, pero ochenta sí lo hacen, en la segunda vuelta ya se sabe que hay ochenta buenos cumplidores. Así se expande el sistema.
No creo que el sistema financiero entre en un problema. Pero sí hay un límite a la posibilidad de crédito debido a que la mora está muy alta y habrá mayor precaución en la próxima vuelta.
—En su rol como vicepresidente de Racing, ¿cómo avanza la gestión? ¿Qué medidas puede adoptar el país para evitar el éxodo temprano de los jugadores?
—El fútbol es parte del país y queda comprendido en las generales de la ley. Los talentos persiguen su propio interés y su propia remuneración.
Argentina administra un escenario de escasez y carece de capacidad para pagar altos salarios en dólares. Una realidad compartida con Brasil y con todos los países de desarrollo relativo menor frente a Europa.
No resulta casual la concentración de los mejores talentos del mundo en el continente europeo; no solo latinoamericanos, sino también africanos y asiáticos. Se observa cada fin de semana.
El fútbol posee múltiples lógicas similares a la política: intereses, poder, visibilidad, impacto en la prensa, egoísmos, altruismos y mezquindades. En general, los problemas y los dilemas resultan más básicos. Existe una figura análoga al ciudadano: el hincha. El ciudadano demanda educación escandinava, infraestructura alemana e impuestos africanos, es decir, bajos. Todos aspiran a ese ideal.
De manera equivalente, el hincha pretende la contratación de Lionel Messi, un estadio al nivel del Real Madrid y el congelamiento de la cuota social. Esa cuenta se repite constantemente.
Se exige un refuerzo para la defensa y el armado de dos planteles de primer mundo, sin aumentar la cuota o el abono a platea. El desafío radica en administrar esa tensión, con el agravante de una validación semanal en el campo de juego.
La política revalida credenciales cada dos años, un lapso extenso, sin ignorar los dilemas de corto plazo. En el fútbol, el proyecto se pone en jaque cada fin de semana, o incluso dos veces por semana. Es un ámbito mucho más pasional. Sin embargo, el dirigente tiene prohibido pensar como un hincha y dar volantazos repentinos, por más pasión compartida.
Un club no puede conducirse de forma pendular. Ese es el parentesco principal entre la política y el fútbol. Resulta imperativo profesionalizar la discusión pública, volverla más sofisticada y profesionalizar también a la dirigencia del fútbol.
—En 1929, John Maynard Keynes respaldó la candidatura del liberal Lloyd George con un célebre texto titulado “Can Lloyd George do it?”. Trasladada al escenario local actual, surge la misma duda: ¿pueden lograrlo Javier Milei o Luis Caputo?
—Sí, claro que pueden. Ellos dos o cualquiera. Argentina es un país posible y hay que hacerlo posible.
El balance de estos dos años y medio de gobierno resulta positivo. La situación inicial era muy compleja y se atravesó con bastante solvencia. La clave hacia el futuro radica en ver a tiempo las luces amarillas.
El primer año fue evitar la catástrofe. El segundo, consolidar la estabilidad. El tercero, empezar las reformas estructurales. El desafío del cuarto será entender a tiempo las luces amarillas.
Ya hubo intentos de reformas. Para citar un antecedente emparentado está la experiencia de los años noventa. También empezó con mucho brío, ambición, equilibrio fiscal, privatizaciones, con la apertura de la economía y con el manual de políticas públicas de modernización en la cabeza. Y después se estancó por problemas intrínsecos al modelo y por problemas políticos también, como la re-reelección.
Hay que tomar nota de esa historia; al aparecer luces amarillas no hay que despreciarlas y mucho menos bastardear a quien las menciona. Tras estabilizar y comenzar reformas, el desafío del programa del Gobierno es abordar a tiempo las luces amarillas.
Este gobierno resulta un poco obsesivo en ese aspecto e intolerante a cualquier disonancia. Cuando se observa una luz amarilla, por ejemplo, el empleo privado —que se encuentra estancado, o incluso a la baja—.
El desempleo sube del 5,7% al 7,5%. No alcanza los dos dígitos ni va a llegar a esa cifra, pero ante una señal de alerta, escuchar a un funcionario decir “No, está todo mal leído” resta tranquilidad en lugar de sumarla. Funciona como un piloto de avión al que se le advierte sobre la presencia de una tormenta y responde “No, hay sol”, a pesar de que la ventanilla está mojada.
La señal no es roja para hacer un alto total, pero requiere tomar nota y aplicar sintonía fina. Todos los programas necesitan calibración a partir de la información nueva. Hay dos luces amarillas: una es el empleo privado y la otra, las reservas, que son muy negativas.
El año próximo habrá un escenario electoral. Resulta mejor enfrentar esa etapa, con las intrigas y las incertidumbres habituales, con un mayor nivel de reservas. Por tal motivo, hay que tomar nota e ir más fortalecidos a esa contingencia.
“Hay dos luces amarillas: una es el empleo privado y la otra, las reservas”
—¿Puede Luis Caputo poner a la economía argentina en la senda del crecimiento y el desarrollo?
—Sí, puede. Pero prefiero despersonalizar. No se trata solo de Luis Caputo, sin ánimo de minimizar su rol. No pasa por una persona, sino por un sistema.
Caputo puede ser el mejor economista del mundo, pero solo no logrará avances. Al ser un sistema, abarca al Poder Ejecutivo, al Poder Legislativo y al Judicial. Se plantean reformas, como la laboral, que termina judicializada, o la Ley de Glaciares, donde las inversiones también enfrentan trabas judiciales.
Toda la comunidad y los tres poderes deben comprender que así no es posible seguir; de lo contrario, actúan los anticuerpos frente a cualquier reforma. Por más que Luis Caputo sea un superhéroe y lleve su capa, no podrá hacer nada sólo.
No se puede gastar más de lo que ingresa. Si esa premisa se aplica en un hogar, ¿tienen que venir a explicarla Luis Caputo o Javier Milei? Tuvieron que llegar al poder porque la comunidad no lo entendía. ¿Cuál fue el catalizador? Una inflación del 200%.
La sociedad se avivó y comprendió que las consignas de “más Estado”, “la emisión no crea inflación” y “vivir con lo nuestro” eran una mentira. El gobierno de Milei capitalizó bien ese hartazgo y cambió el paradigma. Quedó claro que la solución no es agrandar el Estado, sino evitar gastar más de lo que ingresa; que la máquina de imprimir billetes sí genera inflación y que resulta imposible emitir sin impacto en los precios. Y sobre “vivir con lo nuestro”, la respuesta es negativa: hay que integrarse al mundo.
Enhorabuena. Ahora ese modelo debe consolidarse. ¿Qué significa integrarse al mundo? Votar y poner en práctica el acuerdo con la Unión Europea.
El sector privado también debe aprender a competir, sin exigir que compitan todos menos ellos. El éxito no depende exclusivamente de Luis Caputo o de Javier Milei. Involucra al Poder Ejecutivo, al Legislativo, al Judicial y al sector privado, un actor muy importante. Si se asfalta todo el camino, pero los empresarios exigen peajes para frenar el ingreso de competidores externos y orientan su lobby en ese sentido, nada va a funcionar.

—¿Cómo repercute una baja de las tasas de interés en la economía?
—La tasa de interés, en este régimen, es un residuo de todo lo demás. La política y el régimen monetario están enfocados en un objetivo de primer orden: que no suba el dólar para evitar un alza de la inflación.
Resulta un objetivo meritorio, pero excluyente; todo lo demás queda en un plano secundario. La oferta monetaria depende de esa premisa. Siempre se busca mantener la plaza de pesos seca para evitar el riesgo de un traslado al dólar. Como la demanda de dinero resulta volátil y estacional, cuando se incrementa, la tasa sube debido a que la cantidad de pesos se mantiene constante. A la inversa, ante una caída de la demanda, la tasa baja al descomprimir la presión.
Sin embargo, la política monetaria resulta pasiva. Existe un presunto programa monetario basado en la cantidad de dinero fijada en el medio transaccional privado, denominado M2 privado.
Tampoco constituye una medida muy moderna ni demasiado precisa sobre la demanda de dinero, especialmente frente al avance de las billeteras virtuales. Esa meta se incumple sin generar preocupación; el gobierno no realiza ningún esfuerzo por alcanzar ese objetivo autoimpuesto.
En consecuencia, se carece de un ancla monetaria. Se podría afirmar que la tasa de interés es endógena y volátil. Actualmente desciende por la compresión en la demanda de dólares, un fenómeno muchas veces cortoplacista. Hay compras ante la presunción de estabilidad a corto plazo y la demanda se detiene. No obstante, de ninguna manera está garantizada su permanencia en estos niveles.
—Por momentos da la impresión de que Santiago Bausili, presidente del Banco Central, es parte integral del equipo del Ministerio de Economía. ¿Qué tan trascendente resulta la independencia de la autoridad monetaria?
—Es trascendente. Aunque no se debe confundir la independencia con el aislamiento. Requiere consistencia; de lo contrario, una entidad desvinculada genera incertidumbre adicional, como una isla. Sin embargo, la falta de independencia se refleja en un hecho claro: la política monetaria está condicionada por el mandato político de evitar que suba el dólar.
Haber bajado la inflación representa un activo político de primer orden. Allí queda en evidencia esa dinámica, al igual que en la ausencia de un programa monetario propio, autónomo y con metas. Si bien el escenario óptimo no pasa por el extremo del aislamiento, tampoco hay que caer en el otro extremo.
—¿Cómo se explica el bajo nivel actual de los salarios?
—Los salarios no se fijan por decisión unilateral; dependen de la productividad. Constituyen los ingresos que la economía logra abonar.
No surgen por decreto para forzar un aumento masivo; de ser así, resultaría sencillo. El poder adquisitivo registró una fuerte caída inicial. Hubo una contracción seguida de un rebote, aunque insuficiente para el mercado interno. No obstante, los salarios en dólares se duplicaron en un año y medio.
Ese dato revela más sobre el tipo de cambio que sobre los propios sueldos. Se obtuvo un gran poder de compra respecto a bienes importados o para vacacionar en el exterior, pero hubo un menor margen adquisitivo para viajar a Pinamar. Se encareció Pinamar en comparación con Florianópolis. Esa situación refleja la dinámica del tipo de cambio, no de las remuneraciones. El nivel salarial es aquel que la productividad de la economía permite pagar. ¿Cómo mejorará ese escenario? Solo mediante un aumento de la productividad.
—¿Qué es lo mejor que hizo el gobierno y en qué punto le falta mejorar?
—El mayor acierto es la política fiscal; el área a optimizar radica en el esquema monetario.
La clave reside en la rigurosidad y la convicción emanada del presidente respecto a la imposibilidad de gastar más de lo que ingresa y la necesidad del equilibrio fiscal. Se podría analizar que la situación no es tan lineal por la existencia de intereses devengados sin registrar. Al margen de ese detalle, hubo una reducción del gasto equivalente a cinco puntos del producto.
Se trató de una medida nada obvia, que exigía diagnóstico, voluntad y pericia. Se implementó desde el principio de manera audaz y oportuna. Sin ese pilar, hoy el panorama sería inexistente; la conversación giraría en torno a un dólar incontrolable o una inflación de tres dígitos. Por tal motivo, resulta el aspecto más destacado. Por supuesto, enfrenta desafíos. Actualmente, la recaudación desciende en términos reales debido a un nivel de crecimiento insuficiente.
El punto a mejorar es el régimen monetario y cambiario. Carece de un programa monetario autónomo con metas de inflación o de tasa de interés a seguir a rajatabla.
Se establecen pautas sobre la cantidad de dinero, su incumplimiento no acarrea consecuencias y el régimen cambiario no completó su normalización. Inició con una devaluación muy fuerte, seguida de una apreciación y una marcada intervención. Hubo un deslizamiento pautado de antemano del 1% mensual y posteriormente una transición hacia un régimen de bandas.
El proceso avanza con excesiva lentitud por temor a un salto al vacío, una postura comprensible, pero conlleva el riesgo de no finalizar la normalización. Por ejemplo, mientras existan controles cambiarios, las inversiones serán subóptimas.
De hecho, la inversión registra una caída durante tres trimestres consecutivos. Cuando el gobierno sostiene “estamos en el récord de consumo” —una afirmación a revisar—, omite mencionar el desplome de la inversión. Esa contracción responde a un régimen cambiario aún pendiente de normalización. Quedan medidas por adoptar; se podrían aprovechar las épocas de abundancia relativa, como la cosecha gruesa, para avanzar con menor riesgo.
—Con respecto a la obra pública, ¿cuál es la perspectiva? ¿Qué efectos puede tener sobre la creación de empleo y la actividad económica?
—La obra pública genera un claro impacto. La expansión de la infraestructura, pública o privada, cuenta con efectos expansivos y multiplicadores relevantes. Desencadena actividad en múltiples sectores: cemento, vidrio, pintura, plásticos, acero y minería. En la actualidad, se encuentra en mínimos históricos, en torno al 0,7% del PBI. Responde a una restricción fiscal comprensible.
Sin embargo, sostener el equilibrio fiscal sin obra pública resulta inviable a largo plazo; las rutas, eventualmente, se volverán intransitables. Se advierte ahora una incipiente voluntad de licitar y otorgar mayor participación a la iniciativa privada. Una reacción algo tardía tras dos años y medio, pero preferible en este momento antes que en el futuro.
Un modelo sin obra pública puede resistir un par de años, pero no cinco o diez. Por tal motivo, hay que lograr el equilibrio fiscal con obra pública. Existen áreas donde la iniciativa privada no intervendrá. El sector privado asume proyectos donde puede apropiarse de una renta, una dinámica lógica donde no hay obsequios. Ningún privado construye cloacas. Por consiguiente, será imperativo ejecutar obra pública.
—Desde el gobierno suelen advertir sobre el “riesgo kuka”. ¿Qué impacto real tiene ese temor a un eventual retorno del kirchnerismo?
—El ‘riesgo kuka’ es una expresión que hay que desterrar. Resulta incorrecta; lo adecuado es hablar del riesgo kirchnerista. “Riesgo kuka” constituye una expresión despectiva, no solo hacia una fuerza política, sino fundamentalmente hacia sus votantes. Nadie es ‘kuka’, un término para aludir a cucarachas. Terminemos con eso.
El riesgo de un nuevo gobierno kirchnerista, en cambio, representa un riesgo objetivo, porque le ha hecho mal al país. Siempre amenaza con incumplir los compromisos y con retornar a un triángulo inviable: la expansión del Estado, la falsa premisa de la emisión monetaria inofensiva sobre la inflación y el paradigma de vivir con lo nuestro. Ese modelo finalizó con un 200% de inflación y un 50% de pobreza.
Ese riesgo resulta innegable y debe prevenirse mediante la construcción de amortiguadores, por ejemplo, mediante la acumulación de reservas. Es fundamental aprovechar las épocas de abundancia para afrontar los períodos de escasez. Un tenedor de bonos, un inversor para financiar al Estado argentino, proyecta a uno, cinco o diez años. Esa perspectiva de largo plazo resulta determinante. La pregunta constante del bonista gira en torno a la garantía de cobro para el año próximo y para 2030.
Por tal motivo, los planes y las políticas deben diseñarse con ese riesgo en mente. Actuar de otra manera carecería de espíritu democrático. Los planes económicos no pueden funcionar si y solo si yo gano. Los resultados de actuar bajo esa premisa quedaron a la vista en 2019.
“El ‘riesgo kuka’ es una expresión que hay que desterrar”
—¿Resultaría positivo mejorar el vínculo institucional con Axel Kicillof? Por ejemplo, ¿hubiera sido una buena señal para los mercados invitarlo al reciente viaje a Nueva York por la Argentina Week?
—Sí, representaría una buena señal. Más allá de la viabilidad de esa acción específica, cualquier gesto de diálogo, de construcción conjunta y de reducción de la incertidumbre pendular resulta positivo para el país.
Se desconoce si rinde electoralmente, un aspecto lamentable, ya que la polarización suele ser más redituable en las urnas. Sin embargo, priorizar ese rédito implica pensar en la ventaja sectaria y egoísta de una facción política, no en la conveniencia de la nación.
—A partir de la experiencia en la gestión bonaerense y nacional: ¿resultan gobernables la provincia de Buenos Aires y el conurbano?
—Es una tarea difícil, pero resulta gobernable. Hay que partir de una base concreta: la provincia alberga al 39% de los argentinos y genera el 37% del producto y de los ingresos, pero recibe un 22% de coparticipación.
Posee una economía de escala por su tamaño, pero con un aporte del 37% y una recepción del 22%, se genera un déficit estructural del 15%. Ese porcentaje falta para escuelas, hospitales, seguridad y rutas.
Ese es el debate de la coparticipación, un tema omitido porque nadie quiere sentarse a discutirlo. Esa falta de voluntad responde a una lógica de “sálvese quien pueda”.
Ningún gobierno provincial acepta retornar a su distrito con un peso menos. Esa dinámica no construye un país, sino un conjunto de veinticuatro aldeas en disputa por la porción más grande. Pensar un país exige una lógica diferente.
—¿Qué es lo que el PRO puede aportar para el escenario presente?
—Indudablemente mucho. Esta misma entrevista es un intento de aportar a ese debate. El PRO resulta importante para la República. Constituye un valor contar con voces disonantes en materia institucional frente al gobierno —a pesar de coincidir en múltiples aspectos económicos— para señalar las luces amarillas. Esa es la contribución central de una oposición constructiva. Aceptar únicamente las luces verdes volvería innecesaria la existencia del PRO. El aporte fundamental radica en tomar nota de las luces amarillas para evitar un pase a rojo.
—¿Qué diferencias existen con La Libertad Avanza?
—Principalmente, la dimensión institucional. La construcción de consensos de largo plazo, las formas del republicanismo y el respeto a la Justicia y al Poder Legislativo.
