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Miguel De Luca: “La caída en la popularidad de Milei no pone en riesgo su reelección si no surge una alternativa”

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Un tío de la familia se malogra una pierna en un pueblito de Calabria y, como en un efecto mariposa transatlántico, el destino de una rama de los De Luca cambia para siempre. El pasaje de barco ya estaba pago. Alguien debía viajar para que la familia contara con las remesas enviadas desde la Argentina. El abuelo Pasquale miró a Michele, su hijo mayor de dieciocho años, y le dio la orden de zarpar. Ese joven calabrés cruzó el océano, llegó a Buenos Aires, trabajó como plomero, albañil y gasista. Durante casi dos décadas envió dinero a Europa para sostener a los suyos. El ciclo se cerró al conocer a una mujer argentina, Ana, hija de otro calabrés y de una madre de ascendencia siciliana.

En una inmensa casa chorizo, Michele y Ana formaron su familia; de ese matrimonio nació Miguel De Luca. Hoy es el Director de la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, profesor en las Facultades de Ciencias Sociales y de Derecho de la UBA, ex presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP) y un especialista de referencia obligada al hablar de instituciones y partidos políticos. 

Miguel De Luca en acto conmemoración de los 40 años de la SAAP, Sociedad Argentina de Análisis Político, diciembre de 2023 en el «Auditorio Cultural d
Miguel De Luca en el acto de conmemoración por los 40 años de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP) en diciembre de 2023.

La historia de De Luca no comenzó en los pasillos de la academia, sino en la calle, en el mestizaje de los pasajes del barrio porteño de Monte Castro de los años setenta, donde inmigrantes gallegos, italianos, judíos de toda Europa y sirio-libaneses, y sus hijos y nietos, compartían un ecosistema armónico.

Antes de conocer a figuras globales como Giovanni Sartori, Juan Linz o Guillermo O’Donnell, De Luca fue un adolescente marcado por el aire de la transición democrática. El primero de la familia en estudiar en la universidad. Recorría los tribunales de Morón como cadete de un estudio jurídico, consultando expedientes cosidos a mano, convencido de que su destino era la abogacía. Las aulas del flamante Ciclo Básico Común de la UBA le volaron la cabeza y le torcieron el rumbo.

La epifanía política no ocurre en el vacío. Para De Luca, la memoria colectiva se ancla en imágenes cinematográficas. Una transcurre en 1974, cuando una tarde de julio su madre lo retira de la escuela primaria pública Alejandro Aguado. Caminaron seis cuadras en silencio hasta la casa familiar. Abajo, en la cocina de los nonos maternos, el único televisor de la propiedad congregaba a toda la familia en una parálisis total, en blanco y negro: había muerto Juan Domingo Perón

Otra imagen es de efervescencia y asfalto. El fin de la Guerra de Malvinas, la primavera democrática, el colegio secundario, también público, la fundación de un centro de estudiantes para desafiar los estrictos códigos de vestimenta y el mítico “Alfonsinazo” en la cancha de Ferro el 30 de septiembre de 1983.

Ese día marcó un punto de inflexión. Al emprender la vuelta, un paro de transporte obligó a regresar a pie. Sin embargo, por la efervescencia del momento, el largo trayecto hasta Monte Castro pareció transcurrir en el aire, sin tocar las veredas. Ese instante resultó decisivo: al comprobar que la historia transcurría allí, surgió la necesidad de participar.

Esa fuerza gravitatoria lo empujó a tomar una decisión. Tras leer a Sartori, Bobbio y Linz en las aulas de Ciclo Básico Común de la UBA, el joven Miguel De Luca anunció en la sobremesa de una cena el abandono de las leyes formales para adentrarse en una disciplina incipiente en el país: la Ciencia Política. Cautivado por el estudio de los hilos del poder, quería comprender cómo se conquista, cómo se ejerce y quién lo tiene.

La madre, mientras lavaba los platos, se detuvo. Su primera reacción no se relacionó con la salida laboral, sino con un temor profundo: “¿Y qué pasa si vuelven los militares?”. Con enorme soberbia juvenil, la respuesta de Miguel fue tajante: “Mamá, los militares nunca más van a volver a la Argentina“. 

La academia porteña de los años ochenta era vibrante. Las cursadas itinerantes pasaron de las sombrías “Catacumbas” de la Facultad de Derecho a la Galería Jardín en Florida, y de ahí a un petit hotel en la calle Ayacucho. A pesar de la escasez de recursos, las aulas rebosaban de un debate intelectual voraz. Los profesores eran pioneros de la talla de Oscar Oszlak, Roberto Russell, Edgardo Catterberg, Juan Carlos Portantiero, Emilio de Ipola y las visitas de investigadores internacionales eran constantes. El país funcionaba como un laboratorio a cielo abierto de la democratización latinoamericana.

En esas aulas forjó un vínculo fundamental: su amistad con Andrés Malamud. Se hicieron amigos en 1986, durante el Ciclo Básico Común. Ambos cursaron a la par casi toda la carrera y, hasta el día de hoy, Malamud se mantiene como uno de sus colegas más cercanos. La etapa de grado concluyó al rendir la última materia a principios de los noventa.

La idea de cursar un posgrado en el exterior germinó en 1994, durante un congreso de la IPSA en Berlín, en el que pudo conocer y estrechar la mano del mismísimo Giovanni Sartori con el brío de un joven frente a un profesor admirado. 

Miguel De Luca con Giovanni Sartori, en el Congreso Mundial de IPSA, Berlín, 1994.
Miguel De Luca con Giovanni Sartori, en el Congreso Mundial de IPSA, Berlín, 1994.
Miguel De Luca con Juan Linz, Luis Aznar y Esteban Lo Presti, en Congreso Mundial IPSA, Berlín, 1994
Miguel De Luca con Juan Linz, Luis Aznar y Esteban Lo Presti, en Congreso Mundial IPSA, Berlín, 1994

Poco después el horizonte europeo se volvió una posibilidad tangible. De Luca rumbeó hacia la prestigiosa Facultad de Ciencia Política Cesare Alfieri de Florenciala primera escuela de ciencias sociales fundada en Italia (1875) y la segunda más antigua de Europa después de Sciences Po de París (1872).

En la sede de la Cesare Alfieri, ubicada a pocas cuadras del Duomo florentino y del Ponte Vecchio, cursó el doctorado alternando clases con maestros como Leonardo Morlino, Alessandro Pizzorno y Philippe Schmitter y bajo el pulso frenético de un mundo a punto de cambiar de eje.

En lo personal, la vida se compartía con la académica y profesora María Inés Tula. La dinámica consistía en sostener una relación a distancia, con la excusa de las vacaciones a ambas orillas del Atlántico y los congresos internacionales para el reencuentro. En septiembre de 2001, la pareja se reunió en las vísperas de un congreso de LASA, la asociación de estudios sobre América Latina, en Washington DC, Estados Unidos.

“En ese 2001 el viaje también incluyó una semana en Nueva York con un grupo de colegas. Hay una foto con Inés donde, de fondo, se ven las Torres Gemelas. Esa imagen es de la mañana previa a los atentados, el 10 de septiembre. A la noche salió el avión hacia Buenos Aires. A la mañana siguiente, al encender el televisor, desayunamos con la noticia”, cuenta De Luca en diálogo con El Economista. 

Después de concluir su doctorado, De Luca consolidó su lugar en su alma mater, la Universidad de Buenos Aires, al ganar concursos como profesor en Ciencias Sociales y en la Facultad de Derecho.

Existe en Miguel De Luca una convivencia singular: el refinamiento académico de la escuela florentina dialoga con el pulso de la calle, con el lenguaje de los pasajes de Monte Castro. 

Para De Luca el compromiso con la universidad pública pesa más que los salones del viejo continente, y asume el desafío con una certeza inquebrantable: la vocación real se materializa al decidir volver a casa para construir un Estado mejor desde las mismas aulas que alguna vez le abrieron la puerta al mundo.

De Luca con Adam Przeworski, Leonardo Morlino y Juan Manuel Abal Medina en Buenos Aires en 2010.
De Luca con Adam Przeworski, Leonardo Morlino y Juan Manuel Abal Medina en Buenos Aires en 2010.
Mon Flavia Freidenberg y Andrés Malamud, en la Universidad de Salamanca, España, 2013. Presentación del libro La política en tiempos de los Kirchner.
Miguel De Luca junto a Flavia Freidenberg y Andrés Malamud en la Universidad de Salamanca, España, durante la presentación de “La política en tiempos de los Kirchner” en 2013. De Luca y Malamud oficiaron como compiladores del volumen.

—¿Cuál es el balance de la gestión en la Dirección de la Carrera frente al complejo escenario que atraviesa la UBA en la actualidad? —le pregunta El Economista a De Luca. 

—Se intenta el mayor esfuerzo frente a un panorama complejo, en especial desde el punto de vista presupuestario. La Facultad atraviesa complicaciones vinculadas a los fondos y a la gestión del día a día.

Cabe destacar que es una institución conformada por múltiples agrupaciones o tribus. Todo es motivo de un intenso debate, lo cual es positivo, pero a la vez representa un gran desafío para quien gestiona.

Así como el contexto externo condiciona fuertemente la gestión, también ha servido como impulso para que todos los sectores internos reorganicen sus prioridades. Ante la magnitud de los problemas externos, las discusiones internas pasan a un segundo plano y surge la necesidad de mantenerse unidos.

—En el texto “Decálogo para presidentes latinoamericanos” escribís: “Los que son políticos profesionales ya saben de qué se trata”. Al pensar esa frase en relación con el gobierno de Javier Milei, surgen de inmediato figuras con mayor trayectoria, como Diego Santilli o Patricia Bullrich.

—Hay que partir de la base de que los sistemas democráticos se encuentran en el centro de las críticas. Desde hace tiempo, las expectativas sobre el rendimiento democrático son bajas y existe desilusión y desencanto

En algunos casos, la situación deriva directamente en apatía, lo cual se refleja en las protestas y en los bajos niveles de participación electoral.

Dentro de la disciplina, a estos procesos se los denomina “autocratización” o “erosión democrática“. 

En este escenario, surgen en la arena electoral candidatos, movimientos y partidos disruptivos que plantean críticas severas al sistema y exhiben, sin pudor, escasas credenciales democráticas.

La democracia representativa moderna, tal como se la conoce, adquirió su forma al consolidar su vínculo con los partidos políticos, ya que estos vinieron a resolver funciones fundamentales como representar y gobernar.

Los partidos modernos crearon la figura del político profesional. Si bien antes existían personas dedicadas a la política en las cortes —cerca del príncipe, del emperador o del rey—, el político profesional que vive de y para la política es un producto de la democracia de masas. Esos políticos son “los que saben de qué se trata”.

Un político profesional está acostumbrado a negociar una ley a cambio de un artículo, a conseguir votos, a armar grupos y a convencer a otros. Sabe que en política a veces se gana y a veces se pierde, y maneja altos niveles de tolerancia a la frustración. Si pierde una votación, se recupera y espera la siguiente oportunidad, porque entiende que la política es una carrera a largo plazo.

Luiz Inácio Lula da Silva perdió tres elecciones: una contra Fernando Collor de Mello y dos contra Fernando Henrique Cardoso antes de llegar a ser presidente. 

En otra época se necesitaba ineludiblemente un partido o una organización para ganar una elección y para gobernar. Lo que en los años 1990 parecía una excepción con figuras como Silvio Berlusconi o Alberto Fujimori, hoy es un dato más de la realidad. 

Ya no es imprescindible contar con un partido político entendido como un grupo de personas extendido por todo el territorio, con fuerza militante para fiscalizar una elección, movilizar, organizar un acto, repartir panfletos, vender la prensa partidaria o afiliar adherentes. 

Actualmente, en casi cualquier país se puede ganar una elección sin un partido político estructurado ni una estructura partidaria tradicional.

Este proceso comenzó cuando la televisión modificó las campañas electorales. El candidato ingresó al living o a la cocina de cada casa, eliminando la necesidad de ir a la unidad básica o al comité o a una cancha para escuchar un discurso, como ocurría con Alfonsín en Ferro. Las redes sociales terminaron de romper por completo la mediación de la organización partidaria.

En la actualidad, ni siquiera hace falta estar en casa para escuchar a un candidato o consumir información política: el acceso es permanente a través del celular. Los procesos de mayor desafección política, el individualismo y la búsqueda de satisfacción inmediata convergen y posibilitan el triunfo de candidatos que carecen de toda estructura.

Un verdadero candidato outsider compite totalmente por fuera del sistema tradicional. Varios sistemas de partidos han estallado porque un outsider logró imponerse.

El primer test para un outsider ha sido ganar una elección. ¿Qué sucede una vez que se gana la elección?

El outsider siente que no tiene nada que perder y todo por ganar. Su razonamiento es: “Hice todo en contra de los manuales de Ciencia Política y me fue excelente. Les gané a los políticos tradicionales y a los analistas que predecían mi fracaso. Por lo tanto, actúo a mi manera”.

Además, no está acostumbrado a perder. Su trayectoria se basa en el éxito continuo, ya sea por triunfos deportivos, por haber ganado millones como cantante o por el prestigio intelectual fundado en el mérito. Desde esa posición, se cuestiona por qué debe aceptar la negativa de un bloque legislativo poco conocido de una provincia remota. Se pregunta por qué, si es reconocido internacionalmente y aclamado en los medios, debe perder horas en una oficina negociando distintos artículos de una ley.

El problema para un outsider radica en que no se puede imponer la voluntad de manera constante. Incluso el dirigente más fuerte debe saber que, en algún momento, le tocará perder y deberá dar la cara, reconocer el resultado adverso y aprender la lección para el futuro.

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De Luca: “Incluso el dirigente más fuerte debe saber que, en algún momento, le tocará perder”

—¿Se podría considerar a Mauricio Macri como un outsider?

—El caso de Mauricio Macri demuestra lo imprescindible que resulta contar con un partido político. 

A Mauricio Macri no le bastó ni el poder económico de su grupo familiar, ni su nivel de conocimiento público, ni tampoco el asesoramiento de Jaime Durán Barba. Tuvo que fundar un partido, el PRO, y forjar una trayectoria política. 

En 2003 se presentó a elecciones para jefe de gobierno de la Ciudad y perdió ante Aníbal Ibarra. En ese punto, podría haberse retirado a su casa, como hicieron muchos otros. Sin embargo, decidió postularse como diputado nacional en 2005. Ocupó su banca, escuchó, se volvió a presentar y completó su formación política.

Macri debió construir una estructura, recorrer el camino institucional y, para 2015, ya se había convertido en un insider. Había desarrollado una carrera relativamente rápida, pero contaba con un partido organizado y la experiencia de haber gobernado un distrito durante ocho años. 

A pesar del derrumbe del sistema político argentino en 2001, quedó demostrado que a un outsider no le alcanza con actuar en soledad.

—Si a Macri no le alcanzó sin estructura, ¿por qué se pensaría que a Milei sí le alcanzaría para gobernar?

—Juan Domingo Perón, quien estructuró un partido a su imagen y semejanza, en uno de sus últimos discursos en los años 1970 ante el Congreso Nacional del Justicialismo, advirtió: “Solo la organización vence al tiempo“. 

Tal como plantea el politólogo estadounidense Steven Levitsky, puede tratarse de una organización con cierto nivel de desorden, pero la estructura era indispensable.

En el caso del radicalismo, el líder fundador, Leandro N. Alem, poseía una personalidad impulsiva y era un orador notable, pero no legó un partido estructurado. Fue su sobrino, Hipólito Yrigoyen, quien asumió esa tarea. Yrigoyen no solía hablar en público, pero en el ámbito privado gestionaba y tejía acuerdos. Su directiva era clara: en cada pueblo donde hubiera una iglesia, debía existir un comité para poder competir cuando llegaran las elecciones con sufragio limpio. El mensaje de fondo siempre fue la necesidad de organizarse.

El caso de Javier Milei representa una novedad absoluta para Argentina, aunque se inscribe en una tendencia global. Surge entonces el interrogante sobre el futuro de estos outsiders plenos, que utilizan sellos electorales concebidos meramente como vehículos formales.

—Una vez superado el desafío de ganar la elección, ¿cómo gobierna un outsider como Javier Milei sin una estructura partidaria propia?

—La historia, que funciona como el laboratorio de la Ciencia Política, indica que las perspectivas no son muy alentadoras. Por lo general, estos outsiders plenos terminan expulsados del poder mediante un juicio político, como ha ocurrido en algunas etapas de Perú

Otra alternativa es que, ante la imposibilidad de negociar y la frustración por el rechazo legislativo de sus iniciativas, opten por un autogolpe y decidan cerrar el Congreso. Nuevamente, el caso de Alberto Fujimori en Perú sirve como ejemplo: al no lograr aprobar sus proyectos y enfrentarse a un Parlamento desprestigiado, lo cerró.

Además, estos outsiders muestran una tendencia a designar en sus gabinetes a técnicos, o bien a familiares y amigos, dado que carecen de vínculos con los políticos tradicionales. En ese punto, la vulnerabilidad ante casos de corrupción aumenta. 

En un partido, al menos, existen límites claros sobre lo permitido y lo prohibido. En cambio, en estos nuevos espacios hay un margen altísimo de anarquismo. 

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De Luca: “Estos outsiders muestran una tendencia a designar en sus gabinetes a técnicos, o bien a familiares y amigos, dado que carecen de vínculos con los políticos tradicionales”

—En un momento del texto afirmás: “El sueño de todo presidente outsider es gobernar sin política ni políticos, solo con técnicos, familiares y amigos”. ¿Ése es el sueño de Javier Milei?

—Al observar el primer gabinete de Milei, se nota bastante de eso. Basta recordar al primer jefe de Gabinete, Nicolás Posse. Sin embargo, también hay presencia política con ministros como Patricia Bullrich o Luis Petri

Tras una experiencia legislativa inicial negativa, alguien en el Gobierno —quizás el propio presidente o su entorno— advirtió la necesidad de sumar personas con oficio político. 

Así, se incorporaron d como Guillermo Francos primero y Diego Santilli después. Ése es un indicador fuerte. Al repasar la historia de casi todos los presidentes desde los años 1980 hasta la actualidad, la designación en el Ministerio del Interior siempre emite una señal sobre el tipo de política que se busca establecer con el Congreso.

Esto es aún más evidente cuando se designa a alguien con experiencia previa como diputado, como es el caso de Santilli. Antonio Trócoli, el primer ministro del Interior de Raúl Alfonsín, tenía esa trayectoria. José Luis Manzano ocupó una banca durante toda la etapa alfonsinista antes de asumir el mismo ministerio con Carlos Menem. Julio Mera Figueroa también había sido legislador en los años 1970 y fue ministro del Interior del menemismo. Federico Storani contaba con varios mandatos legislativos al convertirse en el primer ministro del Interior de Fernando de la Rúa. 

El actual ministro del Interior, Diego Santilli, al igual que Patricia Bullrich, proviene del mundo de la política tradicional. No forman parte de los bloques originarios de La Libertad Avanza, compuestos por youtubersinfluencers, militantes de las fuerzas del cielo y amigos. Son dirigentes capaces de advertir y corregir errores; por ejemplo, para evitar lo ocurrido con el primer envío de la Ley Bases, al retirarla por completo con la consecuente pérdida del terreno ganado. 

Justamente para describir este proceso se me ocurrió la siguiente pregunta “¿Sueñan los outsiders con partidos eléctricos?”. Es, claro, un juego de palabras con el título de la novela de Philip K. Dick, inspiradora de la película Blade Runner: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”.

—¿Qué serían los partidos eléctricos? 

—Ante la falta de un partido político, se arma uno. Pero no uno a la antigua usanza. Sino una estructura artificial, conformada por partidos “replicantes”. 

Así como en Blade Runner, los replicantes son androides creados en estado adulto a los cuales se les implantan recuerdos humanos para funcionar con mayor naturalidad en la sociedad. 

En la política de los outsiders, esos implantes en los partidos eléctricos representan el know-how o el oficio institucional. Ya se cuenta con una base de fanáticos y seguidores, pero se suma a dirigentes externos —como Santilli o Bullrich— para aportar esa experiencia. 

Esas figuras completan las piezas y cumplen funciones para las cuales la organización original como La Libertad Avanza nunca fue diseñada. 

En LLA no existió un desarrollo progresivo desde las bases, como el PRO de Mauricio Macri con sus símbolos y militantes históricos. La organización no atravesó un proceso de concepción hasta llegar a la adultez; se concibe directamente en su etapa adulta para cumplir una función determinada.

La premisa inicial del gobierno de Milei demuestra la ausencia de una estructura tradicional en el origen para llegar al poder, porque no era necesaria. 

Pero en la actualidad se la construye y se asemeja bastante a este concepto. Al requerir a alguien para entablar un diálogo con los gobernadores, se designa a un ministro del Interior con ese perfil, capaz de conocer los códigos de la política como Santilli. 

Esa figura sabe cómo actuar si tres diputados se niegan a votar a favor: logra sus ausencias, reduce el quórum y mejora el resultado de la votación. 

Se necesita también un nexo con el Poder Judicial, un frente muy complejo. Para ello, se busca a alguien proveniente de ese ámbito para armar la estrategia como el actual ministro de Justicia Juan Bautista Mahiques. 

La paradoja radica en el perfil anticasta del presidente Milei, quien, en la práctica, toma algunos “chips” de la casta y los injerta en su gobierno

En la elección legislativa pasada, el oficialismo podría haber optado por pactar con los gobernadores e incluir en cada provincia a candidatos de Provincias Unidas o de los distintos peronismos aliados. Sin embargo, la apuesta fue otra: priorizó el color violeta puro y la boleta propia. Se busca armar algo idéntico a un partido genuino. La decisión pasa por conformar una estructura propia para intentar sobrevivir el mayor tiempo posible.

Otra salida posible, en lugar de armar un partido eléctrico, era establecer una relación simbiótica con el PRO; es decir, intercambiar milanesas por gobernabilidad, como relataba Mauricio Macri. No quiso tomar esa vía, aunque existía la posibilidad de fusionar el espacio violeta con el amarillo.

Milei descartó una relación simbiótica con el PROPrefirió ir por algo propio y avanzar mediante la cooptación como con Patricia Bullrich, Luis Petri o Diego Santilli.

De hecho, las dos cabezas de lista de la última elección provenían del PRO: Santilli y Bullrich. 

Incluso en el momento de mayor popularidad de sus mandatos, todos los presidentes anteriores a Milei sufrieron derrotas y chocaron contra la pared en algún tema

Raúl Alfonsín fue electo en octubre de 1983. En el verano de 1984, con la llamada Ley Mucci y en plena cima de su respaldo público, sufrió su primer traspié en el Senado.

En el caso del kirchnerismo, el conflicto por la Resolución 125 en 2008 representó un impacto central. Macri también enfrentó derrotas. Los políticos tradicionales están curtidos; tienen la piel dura para asimilar las caídas

Milei, por el contrario, experimentó un ascenso vertiginoso y exitoso. Al sufrir sus primeras derrotas en el Congreso, la reacción inicial demostró la falta de experiencia para asimilar que en la política también se pierde. 

A Milei le renuncia o despide a un funcionario cada cuatro días. Al tomar en cuenta ministros, secretarios, subsecretarios y directivos de organismos descentralizados —es decir, el personal político—, uno cada cuatro días se va o es apartado de su cargo. A un político tradicional eso no le ocurriría. 

Como si esto fuera poco, en el medio surge la pelea con su vicepresidenta, lo cual representa un tema complejo. En la política argentina, varios vicepresidentes no se llevaron bien con el primer mandatario.

Son demasiados costos a pagar por errores no forzados. Los outsiders suelen tener una concepción muy vertical del poder. La lógica sería “es como yo lo quiero y no hay otra manera”. 

 

“A Milei le renuncia o despide a un funcionario cada cuatro días”

—”Provocar a congresistas con plebiscitos o acusarlos de coimeros no suele terminar en un final feliz. Reclamarles poderes extraordinarios mientras los culpa de todos los males del país, tampoco”. ¿Cómo va a terminar la historia de Milei?

—La dinámica consiste en exigir resultados en lugar de negociar, invitar al diálogo o acordar la presidencia de una comisión parlamentaria, una embajada o recursos para ganar en un distrito determinado. Se opta por el peor camino y se ignora el ABC de la política. 

En la política tradicional, un dirigente frente a un camión que avanza de frente asume que el conductor contrario retrocederá en algún momento. Sin embargo, del otro lado no hay un político tradicional. A esa outsider no le importa chocar el camión porque carece de una organización que lo limite; no hay un grupo con advertencias sobre la pérdida de apoyo o el riesgo para la próxima elección. No hay temor a las consecuencias. Milei es temerario porque no tiene nada que perder. 

El enfrentamiento se da con alguien que no razona como un político tradicional. Posee una perspectiva distinta, analiza otro tipo de apuestas y compite con reglas propias. Milei juega al fútbol con el reglamento del rugby. 

 

“Milei es temerario porque no tiene nada que perder”

—Considerás que el impeachment o juicio político suele activarse al combinarse inflación, protestas, escándalos por corrupción, periodistas que investigan y presidentes en minoría legislativa que abusan del poder…

—Milei se alejó de algunas de esas circunstancias; por ejemplo, de la vulnerabilidad por su minoría legislativa. Se encontraba muy débil en sus inicios. En aquel momento, el escenario de impeachment estaba muy presente; el Gobierno se defendía al borde del área chica. Tras varios fracasos legislativos, después de las elecciones de 2025 logró mayor respaldo en el Congreso.

Con la inflación también cuenta con mayor tranquilidad aunque la ciudadanía reconoce el logro sobre la inflación cuando el recuerdo de la suba galopante de precios está latente. A medida que esa memoria se aleja y surgen problemas nuevos, el reclamo cambia

La sociedad valora la resolución de la inflación con cifras del 2% o 3% mensual, pero empieza a exigir mejoras palpables: falta trabajo, no hay crédito, cuesta pagar los servicios y resulta imposible alquilar.

El oficialismo se encuentra en una mejor posición en el área legislativa, pero surgen reclamos económicos y continúan los casos de funcionarios involucrados en escándalos de corrupción.

—El Gobierno cae en las encuestas, mientras sube la alarma por el desempleo y la corrupción. ¿Esta caída en las encuestas puede repercutir en una menor lealtad legislativa en el Congreso?

—Falta un componente esencial: la caída en la popularidad de Milei no conlleva un riesgo inminente si no surge una alternativaHoy por hoy, la oposición carece de rumbo.

Está desorientada. El peronismo, en su versión kirchnerista, no asimiló ni termina de procesar la derrota ante Milei. 

Se asemeja a los boxeadores con un pasado exitoso que, al recibir un golpe de nocaut, no logran ubicarse en el cuadrilátero ni comprender la situación. Todavía no generaron una respuesta y queda cada vez menos tiempo de cara a las próximas elecciones para definir cómo van a competir.

—Frente a la desorientación del peronismo, ¿qué rol ocupa Axel Kicillof?

—Kicillof puede ser una opción, pero enfrenta problemas para instalarse como candidato. Su primer obstáculo es Cristina Fernández de Kirchner. Otro freno es su cargo como gobernador de la provincia de Buenos Aires, el territorio con todos los problemas posibles. 

Asimismo, Kicillof representa una agenda que resulta antigua; se lo identifica con los fracasos previos. La aparición de Milei se explica por el desgaste de las dos gestiones anteriores: Juntos por el Cambio y el Frente de Todos.

Quien tenga mejores chances de competir contra Milei deberá provenir del futuro. De hecho, la palabra está presente en la agrupación de Kicillof, llamada “Movimiento al Futuro”.

Alguien debe plantear una agenda hacia adelante, con un punto de partida claro respecto a lo instalado por el actual Gobierno: la responsabilidad fiscal y la baja de la inflación. Sobre esa base indiscutible y tras reconocerle el mérito al presidente en el ordenamiento macroeconómico, el mensaje debe centrarse en la necesidad de reducir el desempleo y reactivar la economía, sin afectar el superávit.

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De Luca: “El primer obstáculo de Kicillof es Cristina Fernández de Kirchner”

—¿Tiene chances de ganar una elección el centro político, impulsado por los gobernadores de Provincias Unidas y figuras como Maximiliano Pullaro?

—Es un dilema porque nuestro sistema electoral, en todos sus niveles, no fue diseñado para la avenida del centro. En una competencia de tres, el candidato del medio —aquel capaz de vencer en un mano a mano a los otros dos— suele perder y quedar tercero en la primera vuelta. Si hay balotaje, es una obviedad que únicamente sirve salir primero o segundo.

—¿Qué papel tendrá Mauricio Macri frente a este escenario?

—Al repasar su carrera, desde su etapa de outsider, Macri quebró buena parte de las expectativas marcadas desde la ciencia política. Contra todas las expectativas, sorprendió cuando, tras perder una elección en 2003, en lugar de retirarse a su grupo empresarial, a Punta del Este o a jugar al bridge por el mundo, optó por reunirse, tomar mate, timbrear y visitar comités y unidades básicas. 

Atendió a los radicales y a Lilita Carrió. Todo ese proceso previo a la presidencia de 2015 resultó sorprendente; costaba creer que alguien con su perfil le dedicara tanto esfuerzo a la construcción política. 

Sin embargo, resulta incomprensible el comportamiento de Macri desde la reunión de Acassuso en 2023 en adelante. Se ubica muy por debajo de lo esperado. Cuesta entender que un expresidente tolere el destrato de Milei. 

—¿Qué postura diferente podría haber adoptado Mauricio Macri frente al gobierno de Javier Milei?

Macri podría haber condicionado a Milei con mayor firmeza. El PRO apoyó muchísimas iniciativas de Milei en la primera etapa. Sin ese respaldo, la situación del Gobierno habría sido mucho peor. 

—Desde 1955 se decreta el fin del peronismo. Frente a la reciente frase de Luis Caputo sobre la imposibilidad de un retorno del kirchnerismo, ¿cuál es la lectura política de esta insistencia histórica?

—El peronismo, con sus nuevos ropajes, siempre conserva una expectativa de regreso por ser el partido más importante de la oposición. Si se presenta con un formato kirchnerista, las posibilidades parecen bajas. Pero si retorna con una versión diferente, las chances de competir existen claramente.

—¿Qué análisis merece la propuesta del Gobierno de adoptar un sistema de circunscripciones uninominales? 

—Las discusiones sobre las circunscripciones uninominales son muy desacertadas. Para aclarar el concepto, la votación de parlamentarios en distritos uninominales y a simple mayoría significa que hay una sola banca en juego en cada distrito y la gana quien saca más votos. 

Es un sistema simple, capaz de fabricar una mayoría parlamentaria si los electores no la consagran por sí mismos. Se trata de un viejo invento de los ingleses. Con pocos cambios, lo conservan hasta hoy por su apego a las tradiciones, a la par de la monarquía o la costumbre de manejar con el volante a la derecha. 

En Argentina, el esquema tuvo dos ensayos breves: a principios de 1900 y en el segundo gobierno de Juan Domingo Perón. A nivel mundial, es una excepción. 

Hoy solo se emplea, en términos generales, en países con un pasado colonial inglés, como Estados Unidos, Canadá, la India y algunas naciones del Caribe. Fuera de ese ámbito, la votación en distritos uninominales es una rareza, una flor exótica con riesgo de extinción. 

Incluso en sus lugares de origen, se encuentra en debate. En el Reino Unido, un grupo de prestigiosos especialistas publicó hace poco una carta abierta para alertar sobre los riesgos de este sistema electoral. Tampoco se aplica en las nuevas instituciones subnacionales de Escocia, Gales o la Asamblea de Londres. 

Otros antiguos dominios británicos lo abandonaron hace tiempo: Australia lo cambió a principios del siglo XX, Irlanda en la década de 1920 y Nueva Zelanda en los años 1990. 

En Estados Unidos, un académico como Scott Mainwaring publicó un documento de investigación para promover un sistema de representación proporcional en la Cámara de Representantes

Por tal motivo, proponer el esquema de circunscripciones uninominales para la elección de diputados en la Argentina resulta una excentricidad y una pésima idea, probable fuente de problemas ajenos a la política nacional actual. 

La diferencia de base resulta sustancial: el sistema uninominal consagra un único ganador por distrito, quien se lleva la totalidad de la representación local, y deja sin voz a las minorías. Por el contrario, el modelo proporcional vigente en el país reparte las bancas en función de los porcentajes de sufragios obtenidos. 

El sistema electoral proporcional garantiza un reflejo mucho más fiel de la sociedad en el Congreso y posibilita, entre otros valores, la paridad de género o la representación de minorías ideológicas o territoriales.

El Gobierno no explicita el propósito de la iniciativa y altera el orden lógico de las cosas. Dice qué quiere reformar, pero no para qué quiere reformar. 

Respecto al financiamiento, sugerir la eliminación de los topes al aporte privado y la supresión de los fondos públicos resulta coherente con el discurso económico oficial, enfocado en la reducción del gasto. 

Sin embargo, acarrea problemas graves. Sin financiamiento estatal, la política queda reservada a quienes pueden pagarla. La democracia se basa en la premisa de un control ciudadano mediante el voto, no a través del dinero. Si se eliminan los límites a los aportes privados, empresas, grupos de interés o el crimen organizado pueden convertirse con gran facilidad en dueños de candidatos y representantes electos.

Si el dinero comienza a fluir en la política de manera totalmente libre, terminará siendo más importante que el voto.

Si el dinero pesa más que el sufragio, el problema radica en que algunos legisladores podrían actuar pensando menos en no perder votos y más en no perder fuentes de financiamiento. Si esto ya ocurre con las restricciones actuales, imaginemos un escenario sin límites.

El Gobierno sostiene, apelando a una metáfora económica, que es positivo que los grupos compitan para proveer mejores bienes y servicios. Siguiendo esa lógica, sería deseable que los políticos compitieran en igualdad de condiciones para ofrecer una mejor política, y que las elecciones fueran muy disputadas

Si algunos pueden recaudar mucho dinero y otros muy poco, la competencia deja de ser perfecta y se vuelve asimétrica. Eso no resulta congruente con los postulados del oficialismo.

Si los políticos necesitan gastar más para enfrentar una elección, saldrán a buscar los fondos. Primero buscarán el dinero en blanco y luego el dinero no declarado, impulsados por la necesidad de gastar más ante la creencia instalada de que quien invierte más dinero gana la elección. Eso representa un problema serio. 

—¿Qué hay detrás de la intención del Gobierno de eliminar definitivamente las PASO?

—El discurso público sostiene que las PASO representan un gasto y que “no hay plata”. Resulta difícil aceptar esa premisa, porque la democracia tiene un costo que debe asumirse. Partir de la base de que es necesario ahorrar en elecciones por su costo equivale a plantear que no haya democracia, o que se vote cada quince años. 

Luego está la dimensión política. Los oficialismos siempre llegan mejor preparados a una elección para seleccionar candidatos, independientemente del signo político. 

La resolución se da desde el poder; el gobierno se ordena y define las candidaturas. Las PASO, además de ser un mecanismo de selección, funcionan como una herramienta para forjar coaliciones opositoras. 

Las PASO funcionan como una especie de soldador que une las partes. Su eliminación facilita el panorama para el gobierno de turno y dificulta el armado de la oposición

Sin PASO, el oficialismo actual se encuentra en mejores condiciones que cualquiera de las fuerzas opositoras. 

Al tratarse de una ley electoral, se requiere la mayoría absoluta del total de los miembros de ambas cámaras, no solo de los presentes. Es decir, la modificación de la ley sobre partidos y régimen electoral exige 129 votos en Diputados y 37 en el Senado. Habrá que ver si el gobierno consigue esos respaldos. 

Miguel De Luca con Guillermo O'Donnell en la Universidad de Morón en 2008.
Miguel De Luca con Guillermo O’Donnell en la Universidad de Morón en 2008.

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