La escalada del conflicto en Medio Oriente y la suba del precio internacional del petróleo comenzaron a trasladarse con fuerza a los surtidores argentinos, donde los combustibles ya registran aumentos de hasta el 16% en marzo y aún enfrentan presión alcista.
De acuerdo con un informe del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP), la nafta súper acumula una suba del 16% en lo que va del mes, mientras que la premium aumentó 11,7%. En el caso del gasoil, los incrementos alcanzan el 15,6% y 12,1%, según la variante.
Sin embargo, el dato más relevante es que estos ajustes todavía no reflejan completamente el impacto del salto en el precio del crudo a nivel global. Hasta mediados de marzo, el barril de referencia internacional acumulaba un aumento cercano al 30% interanual, lo que anticipa nuevas presiones sobre los precios locales.
Un ajuste contenido que no sería sostenible
Para evitar un traslado pleno a los consumidores, la industria viene absorbiendo parte del shock externo. El principal “amortiguador” ha sido el margen de refinación, que se redujo de manera significativa en los últimos meses.
El denominado crack spread, indicador clave de la rentabilidad del sector, cayó desde U$S 59 por barril en diciembre de 2025 a U$S 40,5 en la actualidad, lo que implica una baja cercana al 30%.
Este mecanismo permitió desacelerar el impacto en surtidor, pero tiene un límite. “La industria utilizó el margen de refinación como buffer para contener los precios, pero si el petróleo se mantiene por encima de los US$ 100, la presión se va a trasladar gradualmente al consumidor”, advierten los analistas.

El riesgo: más aumentos en puerta
Con este escenario, especialistas proyectan que podrían registrarse nuevos incrementos en torno al 10% en las próximas semanas, especialmente si el conflicto internacional se prolonga y sostiene elevados los precios del crudo.
El traslado a precios, además, no solo impactaría en los bolsillos, sino también en la inflación. Se estima que los combustibles podrían sumar hasta un punto porcentual al índice de precios mensual.
El contexto no es sencillo. Las ventas de combustibles acumulan 14 meses consecutivos de caída, lo que refleja el deterioro del consumo y limita el margen de maniobra de las empresas para aplicar subas bruscas.
Aun así, desde el Gobierno descartan intervenir en el mercado. La secretaria de Energía, María Tettamanti, aseguró recientemente que no habrá controles ni congelamientos.
“La Argentina tiene que aprovechar su potencial energético. No hay que asustarse por los movimientos del mercado, sino gestionarlos, y eso le corresponde al sector privado”, afirmó.
La funcionaria también remarcó que intervenir en los precios o restringir exportaciones podría afectar la producción y desalentar inversiones, en un momento en que el país busca consolidar el crecimiento de Vaca Muerta.
En un contexto global volátil, la ecuación es clara: si el conflicto escala y el crudo se mantiene caro, el impacto en los precios locales será difícil de evitar.
En el mercado local, la dinámica de precios convive con una fuerte concentración en la oferta. YPF lidera ampliamente el segmento con más del 50% del despacho de combustibles a nivel nacional, seguida por otras marcas como Shell, Axion Energy y Puma Energy, que compiten con estrategias comerciales y precios diferenciados.
En cuanto a valores, a mediados de marzo la nafta súper se ubica en un rango cercano a los $1.800 por litro en las principales ciudades, mientras que las versiones premium ya superan los $1.900 e incluso los $2.000 en algunas estaciones.
El gasoil, por su parte, se mueve en niveles similares, con valores que rondan entre $1.750 y $1.900 según la calidad y la marca. Este esquema refleja un mercado cada vez más desregulado y sensible a los costos internacionales, donde las diferencias entre compañías y regiones comienzan a ampliarse.
En comparación con el resto de América del Sur, los precios de los combustibles en Argentina se ubican en una franja intermedia-alta cuando se los mide en dólares. Si bien continúan por debajo de países como Uruguay —donde la carga impositiva eleva significativamente los valores en surtidor—, ya se acercan e incluso superan en algunos casos a mercados como Chile y Brasil.
En contraste, siguen siendo más elevados que en países con subsidios o menor presión fiscal sobre los combustibles, como Bolivia. Esta convergencia regional refleja el proceso de normalización de precios en el mercado local, aunque todavía con distorsiones derivadas de la carga impositiva y la volatilidad cambiaria.
