viernes, 20 marzo
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La economía del rebusque

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En economía política hay una regularidad incómoda —y notablemente persistente—: los gobiernos no son evaluados por la elegancia de sus programas, sino por lo que ocurre con el salario real

No es, por supuesto, la única variable que explica el clima político —la realidad siempre es más compleja que cualquier simplificación—, pero es, sin dudas, una de las más significativas. 

Cuando los ingresos crecen, el clima social acompaña; cuando caen, la estabilidad política empieza a resquebrajarse. La relación no es arbitraria. En la mayoría de los países —y especialmente en la Argentina— los períodos de mejora del ingreso real suelen coincidir con momentos de optimismo social y mayor tolerancia política. Cuando eso se revierte, la paciencia también.

Por eso, el dato más relevante para evaluar cualquier programa económico no es sólo la inflación o el resultado fiscal. Es algo mucho más directo: qué está pasando con el ingreso de las personas.

Y ahí aparece la principal tensión del momento económico argentino.

Cierta estabilización macroeconómica empieza a vislumbrarse. Pero el bienestar social todavía no. El gobierno puede mostrar algunos logros importantes. La inflación cayó desde niveles extraordinarios, el déficit fiscal desapareció y la actividad económica comenzó a recuperarse después de la recesión inicial del programa.

Pero cuando se observan los ingresos, el mercado laboral y la situación financiera de los hogares, la historia se vuelve bastante más compleja. La estabilización se insinúa. La mejora del bienestar, por ahora, no. Es una economía que ordena los precios, pero no recompone los ingresos.

La desinflación y su fase más difícil

La inflación argentina cayó de forma significativa respecto del pico alcanzado a principios de 2024. Sin embargo, el proceso de desinflación parece haber entrado en una etapa más exigente.

En los últimos meses, la inflación mensual volvió a ubicarse en torno al 3%, un registro muy inferior al de la crisis pero todavía elevado para una economía que aspira a consolidar estabilidad duradera.

Los programas de estabilización suelen enfrentar este fenómeno. Bajar la inflación desde niveles extremos puede lograrse relativamente rápido. Reducirla desde niveles intermedios (2-3% mensual) hacia inflaciones bajas (menores del 1% mensual) suele ser bastante más difícil.

La experiencia histórica argentina ofrece un contraste interesante. Durante el programa de estabilización de la Convertibilidad a comienzos de los años noventa, 28 meses después de su implementación la inflación mensual había descendido al 0,7%.

Las comparaciones históricas nunca son perfectas, pero recuerdan algo importante: estabilizar la inflación es sólo una parte del desafío. El verdadero test de un programa económico es si logra hacerlo sin deteriorar persistentemente el ingreso real.

Ingresos reales: el dato incómodo

Si se consideran salarios formales y jubilaciones —unos 14,5 millones de ingresos registrados— el poder adquisitivo promedio se mantiene claramente por debajo del nivel previo al programa económico actual.

Después del derrumbe inicial de 2024 hubo cierta recuperación, pero el rebote fue insuficiente. Hoy los ingresos reales siguen aproximadamente 8% por debajo del promedio de los primeros nueve meses de 2023. Y cuando se descuentan los gastos fijos que hoy ocupan una proporción creciente del presupuesto de los hogares —tarifas, transporte, alquileres, comunicaciones y educación— la caída es todavía más marcada. El ingreso disponible se ubica cerca de 13% por debajo del nivel previo al programa de estabilización.

En otras palabras: la inflación cayó, pero los ingresos siguen muy deprimidos. Y sin recuperación del ingreso real, ninguna estabilización es políticamente sostenible.

Cuando el crédito deja de amortiguar

Durante 2024 el crédito ayudó a amortiguar parte del impacto del ajuste. Muchas familias recurrieron al financiamiento para sostener el consumo en un contexto de fuerte caída del ingreso real. Ese fenómeno es relativamente habitual en programas de estabilización: cuando el ingreso cae, el crédito funciona como un mecanismo de transición.

Pero esa dinámica empieza a mostrar límites. El volumen de crédito a los hogares creció con fuerza desde fines de 2023, mientras que las tasas de interés reales permanecieron positivas y elevadas. El resultado es una combinación conocida en la historia financiera: expansión del crédito seguida por deterioro en la capacidad de pago.

De hecho, la morosidad de los hogares en el sistema bancario se multiplicó por más de tres desde el inicio del programa económico, alcanzando el récord de 10% y en entidades no financieras ya supera 25%. Más aún, lo que inicialmente funcionó como un puente financiero para atravesar el ajuste empieza ahora a transformarse en un pesado lastre: el indicador de carga mensual de servicios de deuda de las familias en relación a la masa salarial formal que elabora el BCRA pasó en 18 meses de un piso de 9,4% al récord de 26,3%, máximo de la serie desde 2006.

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Crecimiento sin empleo formal

Sin embargo, el cambio más profundo aparece cuando se observa el mercado de trabajo. Entre el tercer trimestre de 2023 y el tercer trimestre de 2025 el empleo total creció levemente. Pero su composición cambió de manera significativa.

Según los registros del SIPA:

–        El empleo asalariado formal cayó en alrededor de 270 mil puestos

–        El número de trabajadores por cuenta propia aumentó en más de 600 mil personas

–        Dentro de ese grupo creció especialmente el trabajo informal

La economía genera actividad, pero no genera empleo formal. Crece, pero no integra. Es la expansión silenciosa de algo muy conocido en la historia económica argentina: la economía del rebusque.

Cada vez más trabajadores combinan distintas actividades: un empleo parcial, una actividad independiente, una changa o un pequeño emprendimiento. En el lenguaje político contemporáneo esto suele presentarse como una expansión del espíritu emprendedor. La narrativa es atractiva. Pero los datos sugieren algo menos glamoroso. Lo que crece no es una economía de startups tecnológicas. Lo que crece es la economía del rebusque.

Un mercado laboral donde millones de personas trabajan, pero con menor estabilidad, menor protección social y mayor incertidumbre sobre sus ingresos.

El límite de la estabilización

Nada de esto implica que la estabilización macroeconómica carezca de importancia. Ordenar la inflación y las cuentas fiscales es una condición necesaria para cualquier proceso de desarrollo.

Pero la estabilidad macroeconómica, por sí sola, no mejora automáticamente el ingreso de la población ni transforma la estructura del empleo. Por ahora, la economía argentina parece haber entrado en una fase incómoda: la macroeconomía muestra señales de orden, pero los ingresos siguen deprimidos, el crédito empieza a tensionarse y el trabajo formal continúa cayendo.

Lo que empieza a aparecer, entonces, es un problema más profundo que trasciende la coyuntura: el del modelo productivo.Porque una economía puede estabilizar precios sin reconstruir su capacidad de generar empleo formal y salarios crecientes. Y cuando eso ocurre, el orden macro convive con una estructura cada vez más frágil. La pregunta, entonces, ya no es sólo si la inflación baja, sino qué sectores van a sostener los ingresos de la sociedad en los próximos años.

El riesgo es claro: que la estabilización deje de ser un punto de partida y se convierta en un punto de llegada. Que el orden macroeconómico conviva con ingresos deprimidos, crédito asfixiante y empleo precario. En ese escenario, la estabilidad no se percibe como progreso, sino como resignación.

Y la Argentina ya conoce demasiado bien lo que ocurre cuando el orden económico no mejora la vida de la gente: tarde o temprano, ese orden se rompe.

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