Tardé en decidir qué quería hacer con mi vida.
No fui de esos chicos que a los doce ya sabían que serían ingenieros o médicos o que perseguirían el sueño de ser futbolista. Yo no. A los 17, cuando tocaba elegir carrera y estaba medio perdido, hice un test vocacional con una psicóloga en Barracas. Tras varias sesiones, me anunció que, bajo vaya-uno-a-saber-qué parámetros, su análisis le daba que estaba entre Economía e Historia. Terminé en la FCE casi por descarte, aunque siempre me habían interesado las relaciones sociales, la política y su conexión con el dinero.
Esa misma fuerza de gravedad me llevó a El Economista. Un amigo de la facultad me recomendó para unas prácticas que estaba por dejar vacante; escribir sobre economía en mi último año en la FCE sonaba estimulante. No era un gran alumno, pero devoraba libros de todo tipo y sentía una extraña fascinación por los escritores. Así, en los últimos días de marzo de 1998, entré por primera vez a una redacción, allá en el desangelado edificio de Av. Córdoba 632, casi Florida, pleno centro porteño.
Mi prueba inicial fue resumir un informe de mercado de JPMorgan sobre deuda pública latinoamericana. En esa época, los reportes todavía llegaban en papel y pese a que tenían semanas de haber sido publicados, conservaban un aura particular, como si fueran documentos confidenciales. Leí el informe, improvisé unos párrafos y estampé mi primer titular: “Las deudas abiertas de América Latina”.

Orgulloso, se lo llevé a mi nuevo jefe, un tal Juan Radonjic, a quien todos allí llamaban Boni. Me miró, sonrió como quien sabe que caí en una trampa, fue a buscar un libro y me leyó un párrafo: “Un recurso fácil y reprobable es titular con otros títulos; aplicar a un reportaje el nombre de una película, una obra literaria o una canción demuestra escasa imaginación y abundante pereza mental”. Era el Manual de Estilo de El País. Nocaut al primer round.
Boni me estaba ofreciendo la primera de las muchas enseñanzas recibidas en todos los años que trabajamos juntos, mezclando mentoría con amistad y genuino interés por mi crecimiento personal y profesional.
Esa noche volví a mi casa y decidí que periodismo económico era lo que quería hacer. Y casi treinta años después, es lo que sigo haciendo, lo que me sigue apasionando, habiendo cumplido mi sueño de trabajar en un gran medio internacional, en buena medida porque Boni me marcó el rumbo cuando más lo necesitaba.
Al final la nota salió publicada sin que le cambiaran el título. Nunca le pregunté por qué, pero lo interpreté como un apoyo tácito incluso en el error. Una sutileza que ya no olvidaría.
