
Boni trabajó al lado de un presidente, pronunció discursos en el Congreso y comités, dirigió un diario, animó tertulias con amigos y festejó vueltas olímpicas con River. Pero fue después de todo eso que una noche se dio el gusto que le venía siendo esquivo. Levantó el teléfono y ordenó con voz de prisa como sola esa vez lo ví: “¡Paren las rotativas! ¡Frenen todo!”.
En abril de 2008 renunció Martín Lousteau como ministro de Economía de Cristina Kirchner. Era tarde y en medio de lo que se conoció como ‘conflicto del campo’. Unos meses antes Lousteau había anunciado un sistema de retenciones móviles a la exportación de granos desatando la desaprobación primero de los productores rurales, luego de sus dirigentes (todos), después del arco político y, finalmente, una parte importante de la sociedad. Como decía Boni sobre la medida de Lousteau: “Fue la decisión de un ministro de Economía que provocó la principal crisis política del kirchnerismo”.
Salimos del cierre de El Economista esa noche y cuando pasábamos detrás de la Casa Rosada por avenida Paseo Colón para dirigirnos hacia Retiro, nos avisan que Lousteau había renunciado. Boni ordenó el freno de la impresión de El Economista cuando estábamos arriba del auto.
Luego de ello regresamos al taller. Hicimos el cambio de rigor (una página en la edición y la tapa, no llevó más de 30 minutos) y volvimos para nuestras casas. Carlos Fernández era el nuevo ministro de Economía.
La crisis del campo fue el ejemplo de como una decisión de política económica expone a un Presidente. Una confirmación de lo que Boni enseñó siempre: en la Argentina cuando se escribe de economía no hay que hacerlo en abstracto sino en un contexto político y social. La cobertura de aquella crisis del campo, que terminó con la votación en el Senado de Julio Cobos, tuvo mucho de esa impronta en las páginas de El Economista.
Estuve en El Economista entre 1999 y 2011. El diario fue una inspiración profunda del periodismo económico y político que mis colegas y yo practicamos. Muchos somos parte de un legado profesional de Boni de los ’90 y los 2000 como antes lo habían sido otros que me encontraría en Clarín (Daniel Muchnik, Daniel Fernández Canedo y Pablo Mass).
La cultura política de Boni, su mirada del periodismo, su soltura en el arte de la conversación y su matrimonio con el café forjaron su perfil de tipo culto, con la palabra justa y una mirada no dogmática.
En ese sentido podría decirse que Boni era un editor del siglo XX, como también su mirada del mundo, cosmopolita, y sobre cómo se insertaba la Argentina en el tablero global. Decía que para entender nuestra economía había que ver hacia afuera. Quizás por ello me alentó a cubrir varias Asambleas del FMI en Washington para El Economista, enseñándome a leer los reportes y qué datos eran los relevantes. También a pensar entrevistas, qué nuevas voces prestarle atención y buscar tendencias. Era lector The Wall Street Journal todas las mañanas (le gustaban Greg Ip y Gerard Baker) y de Clarín papel (“¿Cómo anda Clarín?”, me preguntaba los últimos años).
En El Economista aprendí que los periodistas no hacemos periodismo en una ONG sino en una empresa. Los diarios son organizaciones que tienen que ser rentables en el tiempo y lo más eficientes posibles en el tiempo para garantizar seguir existiendo y seguir haciendo lo que más nos gusta. Quizás Boni fue esto último: una persona que nos enseñó a trabajar de aquello que más nos da placer en la vida y eso fue un montón.
Gracias Boni.
Las rotativas siguen.
