POR ALEJANDRO RADONJIC Y RAMIRO GAMBOA
El diputado nacional Miguel Ángel Pichetto recibe a El Economista en su oficina, a pocos metros del Congreso. Lleva consigo el aura de estadista, para quien el trabajo es “la columna vertebral de la vida en común”, la lectura es fundamental para la formación y la política es un oficio que, según sus palabras, “se aprende en el barro”.
Durante el diálogo Pichetto asegura que en Argentina el salario está “destruido”, que el peronismo “no termina de comprender el cambio de época” y que el país de Milei está repleto de “consignas banales”.
En su vida Pichetto se dedicó a cultivar su voz pública, tarea que le permitió convertirse en una de las figuras políticas más influyentes de su generación: fue intendente de Sierra grande, senador nacional por Río Negro durante tres períodos de 2001 a 2019, jefe del bloque del PJ durante casi veinte años y candidato a vicepresidente de Mauricio Macri en 2019.
Aunque detrás de aquella notable armadura política, puede observarse otra textura: un peronista que habla sobre la finitud, un hombre que mide los costos del tiempo vacío, un dirigente que discute con presidentes y que lee a Borges.



Su historia comienza lejos de cualquier épica parlamentaria. Empieza en Banfield.
El conurbano como sociedad de trabajo, clase media, potrero y club. Su casa de Banfield, cuenta, se construyó gracias al plan del Banco Hipotecario en tiempos de Perón. En esa infancia aparece una Argentina que le interesa recuperar: la escuela pública exigente, el secundario como institución de calidad con laboratorio y gimnasio, y el fútbol vivido como una religión doméstica.
Al secundario fue al Nacional Almirante Brown hasta cuarto año. Después el Bernardino Rivadavia; Durante su adolescencia fue a bailar a “Mi club” al ritmo del Twist, rock y lentos. “Mi generación fumaba tabaco. No tomaba alcohol ni consumía drogas, aunque fumaba. En mi caso Jockey Club rubios, suaves. Diez o quince cigarrillos por día. Era mucho. Y lo dejé pasados los cuarenta”, detalla.
Se formó como abogado en la Universidad Nacional de la Plata en 1976. Pichetto describe un sistema de evaluación exigente con examen final obligatorio, bolillero, mesas largas, profesores que podían preguntar sobre cualquier tema del programa.
Menciona que aprendió de docentes prestigiosos, palabras mayores del Derecho argentino, como Segundo V. Linares Quintana, Germán Bidart Campos y Félix Alberto.

En Banfield, arriba de un colectivo, Miguel Ángel Pichetto conoció a María Teresa Minassian. Eran muy jóvenes. Él venía de terminar el servicio militar; ella acababa de terminar el secundario. María Teresa iba a una fiesta de fin de curso del colegio comercial de Adrogué y llevaba una torta, sostenida con cuidado para que no se arruinara en las frenadas. Él no iba a esa fiesta: viajaba a Adrogué para visitar a un cuñado internado en una clínica. Se hablaron ahí, en ese trayecto corto, con el ruido del motor y la vida del conurbano pasando por la ventanilla.
Cuando bajaron, cada uno siguió su camino, aunque el encuentro ya había quedado marcado.
Con el tiempo se casaron. Tuvieron dos hijos. “El matrimonio duró, en buena medida, porque ella hizo un esfuerzo enorme”.
María Teresa es ama de casa; es maestra jardinera y trabajó un tiempo antes de dedicarse al hogar. En la familia de ella, Pichetto subraya el peso de la pertenencia armenia: el apellido, el modo de cuidar la estructura familiar, la idea de continuidad.
—¿Qué es ser padre? —le pregunta El Economista a Pichetto.
—No fui un padre perfecto. Se perdieron momentos cuando mis hijos eran chicos. Hubo boletas que no se pudieron pagar. Hice lo que pude. Intenté estar, brindar educación. Hoy hay un buen vínculo con ellos. En política no se puede ser el padre perfecto.

El evento que marcó un punto de inflexión en su carrera profesional se produjo gracias a un aviso en el diario Clarín. Una consultora que reclutaba profesionales, creada por la experta en Recursos Humanos, la pionera Cristina Mejías, buscaba un abogado joven dispuesto a radicarse en el interior, sin aclarar dónde.
Pichetto envió antecedentes, pasó entrevistas, se sometió a un test psicológico y rindió un examen de conocimientos. Recién al final supo el destino: Hierro Patagónico, en Sierra Grande —una ciudad minera de Río Negro, con la vida entera organizada en torno a la mina—.
Cuando llegó encontró otra Argentina: 16.000 habitantes, casi todos jóvenes, la mina de hierro en expansión, suecos y canadienses, empresas argentinas en obras, y el puerto como promesa de futuro.
Entró a licitaciones y contratos, dentro de una gran gerencia de compras. Aprendió derecho administrativo y aprendió, también, una regla patagónica: en los pueblos chicos se ejerce de todo, y lo que falta se estudia rápido.
Al año y ocho meses se fue de la empresa y armó su propio estudio jurídico donde se trabajaba derecho laboral, penal, sucesiones, divorcios, accidentes de trabajo. Esa vida patagónica lo empujó a Viedma, a tribunales, a una oficina abierta en la capital provincial.
En tiempos de dictadura no había lugar para la militancia política, aunque después de Malvinas, Pichetto narra que se inició “la reconstrucción del peronismo” con trabajo casi clandestino, un régimen militar muy debilitado, y el comienzo de su recorrido político en Río Negro.
En 1985 ganó la intendencia de Sierra Grande y asegura que esa etapa se organiza con una palabra: “Imaginación. Sin ayuda nacional, la obra pública había que inventarla. Hubo asfalto, gas, agua en barrios populares. También se colocaron antenas parabólicas para ver canales argentinos en una Patagonia donde entraba, sobre todo, la radio chilena”.

Antes de buscar el centro de la escena, Pichetto dice que prefirió aprender: mirar, escuchar, tomar nota. En los años ochenta viajaba a Buenos Aires y escuchaba debates desde la baranda del Congreso Nacional. Nombra a Juan Carlos Baglini, Federico Storani, Jesús Rodríguez, Leopoldo Moreau y César Jaroslavsky. “Había figuras extraordinarias”.
—Cuando se observa el Congreso desde afuera, da la impresión de que todo es conflicto. ¿Existe diálogo más allá de esa escena? —le pregunta El Economista.
—Hay diálogo. Hay comisiones. El Congreso es mejor de lo que algunos periodistas creen. Aunque hay excesos: el mundo de las redes instaló la idea del minuto de fama. Antes, para hablar había que estar autorizado, había que saber. Sólo hablaba el miembro informante, hablaba una persona más, cerraba el presidente de bloque. Y a votar. Hoy todos los diputados de La Libertad Avanza están al servicio de un ojo ajeno: quieren que Milei los vea.
Entre sus libros se destaca “Capitalismo o pobrismo”, una conversación a grabador abierto con el periodista Carlos M. Reymundo Roberts publicado en 2021 por la editorial Sudamericana.
Se puede describir a Pichetto como “long seller”. Porque, como él explica, la política no es solo llegar: “Es más importante mantenerse. Cabalgar la ola de la historia, comprender los movimientos políticos, subsistir en contextos de cambio de época, y adaptarse. No es fácil. Se conocieron muchos dirigentes muy valiosos que tuvieron un paso fugaz por la política argentina”.

En un tramo más íntimo, Pichetto habla de la muerte de sus padres como un golpe que, aunque duele, también obliga a crecer. Dice que hay quienes nunca terminan de “matar al padre” en términos psicológicos y que, para convertirse definitivamente en adulto, la ruptura con el padre resulta central.
“No lloré en el velatorio de mi madre ni en el de mi padre. Son cuestiones emocionales, quizá de una dureza particular. La muerte es un hecho inevitable y empieza a mirarse de otra manera con el paso del tiempo, porque la finitud de la vida se acerca inexorablemente. En el medio hay que vivir al máximo, a toda velocidad“.
Pichetto interpreta al tiempo como un recurso escaso y, justamente por eso, no se concede pausa: “Tomarme vacaciones me cuesta. El tiempo vacío resulta difícil”. Con una energía envidiable, Pichetto se aferra a una disciplina física: natación y gimnasio. “Tengo 75 años. No es una edad para retirarse”. Habla de legado, de lo que se intentó y se intenta, y señala: “Me hubiera gustado tener la posibilidad de ser presidente de la Argentina. Pero hay que entender mi punto de partida: un pueblo perdido en la Patagonia. El camino ha sido larguísimo”.

El primer libro que tuvo en las manos, dice, fue “Bomba, el niño de la selva”. Después, “Miguel Strogoff”, de Julio Verne, como retrato de época de la Rusia zarista. Luego, Dostoievski y Tolstói. Más tarde, Sábato y Borges.
—”Cualquier destino, por largo o complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. ¿Cuál fue ese momento en tu vida?
—Es el momento que Borges señala cuando el sargento Cruz ve cómo la partida rodea a Martín Fierro. Están a punto de matarlo, Fierro se defiende con valentía, y Cruz decide ponerse de su lado. Ahí descubre quién es. Es un momento que da sentido y significado a la vida.
Esa metáfora también aparece cuando decidí acompañar a Macri como su candidato a vicepresidente en 2019. Son momentos estelares, definitorios. Con una historia personal ligada al peronismo desde siempre, implicaba una decisión fuerte. También existía la intuición, la percepción de que la propuesta con Alberto Fernández y el kirchnerismo era repetida.
Ya había una mirada crítica sobre el pobrismo, los movimientos sociales y ciertos sectores que se habían infiltrado.
Por eso tomé la decisión de acompañar a Macri. Además, el proyecto que se intentó construir como centro nacional del capitalismo productivo, junto a Juan Schiaretti, Sergio Massa y Urtubey se desarmó.
La idea de ‘traición’ es una categoría política pobre, propia de miradas elementales y limitadas. Detrás de un héroe antes hubo un traidor exitoso. La traición es una ruptura con el pasado y en política no tiene el mismo valor ético que en la moral, porque política y moral no siempre transitan el mismo camino —responde Pichetto.
“Detrás de un héroe antes hubo un traidor exitoso”
Pichetto cuenta que ya no sueña mucho; a veces tiene pesadillas. Cuando se le pregunta por el país que imagina, se aferra a una idea que considera fundamental: una Argentina de clase media, con ascenso social, estudio y trabajo. “El debate de 2027 va a ser trabajo”, afirma. En la charla retoma una frase de su libro Capitalismo o pobrismo: “La política es enemiga del silencio”. Con ese empuje, encara la conversación con El Economista.

—¿Cuál es la principal diferencia entre el gobierno de Macri y el gobierno de Milei?
—Macri era un demócrata, alguien que aceptaba los límites del Parlamento y que intentaba dialogar. Había voluntad de diálogo y una idea bastante clara del rumbo de la Argentina, que no era un rumbo equivocado.
Era un rumbo más occidental, con vínculos inteligentes y pragmáticos con China, sin permitir un desmadre en esa relación, pero manteniendo lazos, y al mismo tiempo un vínculo muy sólido con Estados Unidos. El G20 fue un muy buen ejemplo de la política internacional de Macri.
También lo fue el acuerdo con la Comunidad Europea, que había sido iniciado durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Kirchner. Macri continuó esa política de Estado y la llevó a un punto decisivo: prácticamente cerró el acuerdo, dejó armado el borrador político. La firma se demoró por Francia; ahora se firmó y luego apareció una nueva maniobra desde la Comunidad Europea, con la remisión al sistema judicial europeo, otro retraso. De todos modos, la impresión es que finalmente se va a firmar.
Hay diferencias de tipo humano y personal. Macri no era ofensivo, no agraviaba. Hay rasgos de este gobierno que lo definen con claridad. Todavía no se alcanzan a comprender del todo los alcances de un liberalismo que parece casi del siglo XIX o, como mucho, del siglo XX, como se vio en el discurso reciente en Davos, con una defensa del libre comercio cuando el mundo va en otra dirección: hacia la protección, hacia el cuidado de las empresas nacionales, hacia la defensa del empleo en cada país y hacia una mirada más atenta sobre China.
China, cuando entra en un mercado, produce una devastación; ya lo hizo en África. Hay que tener cuidado con China. Hay que tener vínculos inteligentes con China. La Argentina es proveedora de materias primas y debería agregar valor a esas materias primas, no dejar que ese valor lo agregue China.
“China, cuando entra en un mercado, produce una devastación”
Brasil expandió su frontera productiva, mientras que la Argentina se mantiene en niveles de crecimiento muy bajos en esa frontera. Hubo, eso sí, un aumento en la venta de carne, y eso es importante. Ahora bien, es indispensable llegar a acuerdos con China para que no inunde el mercado con productos electrónicos, ropa, bienes mecánicos o autos, porque de lo contrario se destruye la industria nacional.
La línea de Occidente es correcta. Lo que llama la atención es la devoción tan marcada por Trump, sin seguir la política concreta de Trump en lo que respecta a la defensa de las empresas estadounidenses.
Aquí se hace lo contrario. ¿Libre comercio? El mundo no practica el libre comercio. Estados Unidos fijó un arancel del 50% al acero chino. China, con ese esquema, acumula un excedente de acero que le permite ofrecer precios muy bajos para no detener sus hornos de producción. Además, aparecen mecanismos indirectos.
Es interesante para reflexionar el acuerdo que se hizo con una empresa india: la empresa india no provee el acero, el acero es chino.
Los indios hacen el tramo final del proceso, el laminado del acero y la producción del caño es en China. Esa tarea la hacía históricamente Techint, y ese desplazamiento genera un escenario muy complejo para las empresas nacionales y abre la puerta a suspensiones o pérdida de empleo en el sector siderúrgico. Se puede entender el rol de los petroleros privados. Se puede entender lo que implica la regla de juego en un sistema de licitación.
El punto es que el gobierno argentino debería haber seguido de cerca esa licitación y haber colaborado con Techint, por ejemplo con una baja de impuestos, para que la oferta fuera competitiva y pudiera adjudicarse la obra en condiciones que también fueran aceptables para quienes organizaron la licitación internacional.
—Da la impresión de que Milei está más interesado en que se haya hecho la licitación y en dejar afuera a Techint —e incluso lo expone como “Don Chatarrín de los tubitos caros”— que en armar una mesa para evitar que la empresa quede afuera.
—Resulta poco inteligente que el Presidente descalifique de ese modo a un empresario muy importante de la Argentina, con más de 10.000 empleados, en un contexto de recesión.
Podría haber sostenido otra línea argumental. Hubiera sido más razonable ayudar a Techint a reducir la carga impositiva y permitir que fuera Techint quien ganara.
Eso habría seguido el modelo estadounidense. Se habla de Trump, de la política americana, de alineamiento internacional, y en el plano interno se aplica libre comercio.
Es un libre comercio propio del siglo XIX, el que impulsaban los ingleses. No se termina de entender.
—¿Argentina debería estar más cerca de Estados Unidos o de China?
—Más cerca de Estados Unidos y de Occidente. Resulta interesante lo de Groenlandia por parte de Estados Unidos. Los enclaves coloniales en América Latina deberían dejar de existir. Sería inteligente afianzar la alianza en el Atlántico Sur con Estados Unidos.
Eso no implica una política de subordinación, sino una política nacional de defensa de los intereses propios, alineada con Occidente. Ese es el lugar de la Argentina. A la vez, es razonable una política económica pragmática con China o con cualquier país dispuesto a comprar productos primarios, con agregación de valor.
Esta semana hubo un dato demoledor sobre la pérdida de recursos por los argentinos que viajaron al exterior y por la caída del turismo receptivo. Esto era inevitable. Son dólares que se van. Hace falta cambiar la política económica y la mirada en ese sentido.
Si se quiere defender los dólares, no puede permitirse alegremente que, con un dólar bajo y no competitivo, la Argentina resulte cara. La gente actúa con lógica defensiva: en verano se va a Brasil; en invierno, un sector viaja a Europa. Eso implica pérdida de recursos y del negocio del turismo receptivo.
Dejaron de venir turistas del mundo a Buenos Aires, Bariloche o las Cataratas porque la Argentina es cara y no competitiva.
También el ingreso de autos de China es negativo porque se sustituyen productos que se fabrican en la Argentina. Hoy en el supermercado hay de todo importado: fideos, queso, carne, fiambres, hasta pan congelado y empaquetado. Es un despropósito.
Ese esquema surgió en la época de Martínez de Hoz, con el objetivo de destruir la industria nacional, considerada una carga porque demandaba dólares para importar insumos.
Había una mirada despectiva sobre la industria nacional, acompañada por Ricardo Arriazu, asesor privilegiado de Martínez de Hoz, junto con Adolfo Diz, presidente del Banco Central. Ambos diseñaron el plan de estabilización de la “tablita”, muy parecido al crawling peg del primer año de Luis Caputo.
Todavía no se toma conciencia de lo que está ocurriendo. Resulta llamativo el silencio de los sectores industriales y sindicales. En el caso de Techint no hubo ninguna declaración de los metalúrgicos.
—¿Por qué las cámaras industriales no hablan para hacer valer su mirada?
—Hay un esquema de amedrentamiento del gobierno hacia los empresarios. Existe un mundo del periodismo que ataca duramente cuando se disiente.
Algunos lo hacen por convicción, porque están de acuerdo con el gobierno. En otros casos es evidente que hay otro tipo de intereses.
No me caracterizo por denuncias vacías de contenido. Lo que se observa es una fuerte uniformidad de la televisión argentina en la elección de temas que funcionan como entretenimiento. En la última semana, en los últimos diez días, se “descubrió” que hay que bajar la edad de imputabilidad. Primero se habló de trece; hoy se escuchó que la ministra quiere doce. Dentro de poco dirán ocho.
En lo personal, estoy de acuerdo con bajar la punibilidad. Cuando era senador voté un régimen especial para menores, con una baja de la punibilidad a los catorce años. Aunque eso conlleva un gasto del Estado en un gobierno que no gasta, que no hace infraestructura ni obras, y exige una reformulación total del servicio penitenciario.
Porque si se supone una baja de la punibilidad a trece años y se define un sistema carcelario para menores con resocialización, es necesario construir establecimientos especiales. No se puede enviar a un menor a cárceles de adultos, porque terminan sometidos y violentados por los mayores.
Debe armarse una estructura carcelaria diferenciada, con dedicación específica a la recuperación del menor delincuente. No alcanza con sancionar una ley.
—En el Congreso, uno de los grandes temas que se vienen es la reforma laboral. ¿Es una ley más que luego carece de implementación, como en el caso de la edad de imputabilidad?
—Es un título, como el del año pasado. Hay una lógica en el gobierno que también tuvo Macri. Tras ganar elecciones de medio término, en lugar de afianzar el triunfo y buscar consensos, se avanza sobre los llamados “temas estructurales”: la vieja agenda del Fondo Monetario y del sector no peronista, con la reforma laboral como emblema. Es el punto donde chocaron gobiernos no peronistas, como el de Alfonsín o el de De la Rúa.
Siempre aplico una máxima de Napoleón: “Ejército que gana una batalla, descansa”. Milei no disfruta del triunfo. Se avanzó con leyes estructurales impulsadas por Sturzenegger [ministro de Desregulación], convertido en un jurista a lo Vélez Sarsfield, convencido de que puede cambiar el sistema normativo argentino. Sturzenegger es un economista con limitaciones y experiencias poco exitosas, aunque se ha dedicado a estudiar normas y se autopercibe como un sabio jurídico.
La reforma laboral incluye una modificación del sistema indemnizatorio que afecta a los trabajadores. Se elimina el aguinaldo para el cálculo de la indemnización y se intenta incorporar un aporte del 3% a un fondo de reparto, similar al sistema de la UOCRA ya aprobado en la Ley Bases. Ese esquema no fue adoptado por ningún sindicato ni empresa, porque es voluntario y exige aportar ese 3%. Ahora el debate parece girar en torno a si ese aporte lo asumiría el Estado.
También hay un planteo equivocado: el sindicato por empresa y la negociación por empresa. Eso otorga más poder a los sindicatos de base, en contacto directo con los trabajadores, que suelen adoptar posturas más rígidas y maximalistas. Aunque los dirigentes sindicales actuales tengan defectos, poseen trayectoria y mayor razonabilidad. Es preferible acordar en la cúspide antes que en la base. Son visiones erróneas.
Habrá que ver qué queda del debate en el Senado, porque Sturzenegger propone una reforma laboral e incorpora un capítulo de coparticipación federal, tocando el impuesto a las ganancias y afectando los recursos de las provincias.
Si se quiere “ensuciar la cancha” con un tema laboral, no corresponde sumar un capítulo fiscal que lesione la recaudación provincial. El problema es el exceso. La Ley Bases tenía 750 artículos: cine, teatro, educación, trabajo, vida cotidiana. Todo estaba ahí.
En una etapa inicial, el Congreso acompañó a Milei, reconoció el triunfo electoral y redujo ese mamotreto a una ley de 250 artículos con instrumentos imprescindibles para gobernar.
Era un gobierno de minoría, con un apoyo parlamentario significativo en busca de razonabilidad. Los acuerdos son posibles cuando hay esquemas inteligentes y diálogo. Hoy el gobierno rechaza el diálogo.
—¿Qué rol deberían tener las paritarias en 2026? ¿Qué debería hacer la CGT?
—La CGT tiene que empezar hoy a plantear un debate sobre el salario. El salario está destruido.
Si la CGT no discute con firmeza la cuestión paritaria y el salario, el problema se va a agravar. Hasta ahora mantuvo una actitud de alta razonabilidad con el gobierno, incluso de prudencia frente a los fenómenos económicos, con el objetivo de bajar la inflación y el gasto. Esa etapa está agotada, porque se está perdiendo credibilidad en las bases.
—Usted dijo que a la industria nacional no la pudo destruir ni Martínez de Hoz ni la dictadura de Videla. ¿Milei podría lograrlo?
—Hay un proceso que ya está ocurriendo en la realidad. Basta leer los diarios: cierre permanente de empresas de todo tipo, alimentarias, textiles, cerámicas, que bajan persianas y dejan en la calle a 200 o 300 personas.
Los hechos se repiten en una provincia, en otra, en la Capital, en el conurbano.
También cierran comercios y ahí aparece otro dato de la economía mundial: el sistema de plataformas. Hubo un debate con Marcos Galperín, fundador de MercadoLibre, en el que se le anticipó —sin mala fe— que las plataformas chinas como Shein y Temu lo iban a pasar por arriba y que había que hacer algo.
Se presentó un proyecto de ley que establecía un esquema arancelario del 30% para los productos que ingresaran por plataformas bajo el sistema de courier.
Hoy se ve que Galperín tomó nota de eso, y bienvenido al mundo real y a lo que implican los chinos cuando entran a un mercado: lo destruyen todo, como ocurre en África, donde devastan los mercados locales. Por eso hay acuerdo con el planteo que hoy hace Galperín, tanto en sede judicial como en la Secretaría de la Competencia.
Hay que defender y cuidar a los empresarios nacionales, aun cuando Galperín esté radicado en Punta del Este. De todos modos, corresponde analizar los empleos que generó en el sistema laboral argentino, el hecho de que se trata de un empresario argentino, de un unicornio argentino, algo relevante. Frente a lo que representan estas plataformas chinas, hay que privilegiar y defender al emprendedor argentino.
—¿Cómo observa el funcionamiento del Gobierno en esta etapa? ¿Karina Milei salió fortalecida después de las elecciones?
—El resultado electoral es un dato indudable. Aunque los cambios en el gabinete han sido endogámicos. El pedido del Fondo Monetario y también de los Estados Unidos de ampliar la base de sustentación, con el principal aliado que es Mauricio Macri, no se concretó.
El gobierno optó por una lógica de captar de a uno, incorporar a algún dirigente puntual y ubicarlo en un rol específico. Se necesitaba alguien como Santilli, con expertise y capacidad de diálogo, para vincularse con los gobernadores y tratar de sostener el apoyo de diputados y senadores a las leyes que el gobierno necesita.
Aunque fue una decisión individual, no implicó una alianza consolidada con el PRO ni un acuerdo con su presidente. Los cambios fueron hacia adentro de La Libertad Avanza. Es un esquema cerrado, que no busca ampliar la base de sustentación política, algo que podría haberse intentado después del triunfo en las elecciones de medio término.
El discurso de Trump frente a la elección resulta relevante. La falta de propuesta del peronismo —”hay que derrotar a Milei”, “hay que parar a Milei”, el regreso a consignas tipo Braden o Perón— muestra una pobreza llamativa. Sin ideas, sin programa, sin visión de país, no se puede pretender que la gente acompañe. También influyó la decisión de desdoblar las elecciones en la provincia de Buenos Aires.
Da la impresión de que la gente votó casi en defensa propia, tratando de evitar males mayores, frente a un diagnóstico del presidente norteamericano y a una voz que puede inscribirse en el brutalismo político cuando Trump dijo: “Si no gana Milei no va a haber ayuda para la Argentina”. Eso influyó de manera notable en el resultado.
De todos modos, hay que mirar los números: el peronismo no quedó tan lejos. El promedio nacional es 37 puntos contra 40 de La Libertad Avanza. Y La Libertad Avanza no logró consolidar en el Congreso una mayoría propia; necesita aliados en ambas cámaras. Mejoró su número, aunque ahora depende de una construcción de diálogo con los gobernadores, que pueden ayudar según sus intereses legítimos. Hoy existe una fuerte dependencia de diputados y senadores.
—Hay muchos gobernadores dispuestos a colaborar porque no tienen recursos, quieren reelegir y no quieren que La Libertad Avanza conforme espacios propios que pongan en riesgo su poder.
—Están equivocados. Tengo una mirada distinta. Si al gobierno le va medianamente bien y llega entero a 2027, va por los gobernadores. Córdoba es un ejemplo dramático: pusieron un candidato desconocido y le ganó a Juan Schiaretti por más de veinte puntos. Maximiliano Pullaro salió tercero, Nacho Torres salió tercero.
Los problemas del gobierno están más vinculados con la economía real: la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores, la pérdida de empleo, la pérdida de la industria nacional, el cierre de empresas, el cierre de comercios. Es una realidad abrumadora que, poco a poco, va a ir ocupando la agenda de los argentinos.
Hoy todavía cuentan con un sistema de comunicación muy firme, coherente, con la televisión argentina y con periodistas bastante uniformes. Sin embargo, desde el punto de vista de la comunicación, esto es viejo. Milei no descubrió nada nuevo en términos políticos.
En 1919, Mussolini, después de salir del comunismo y de la izquierda dura, construyó el fascismo: una visión nacional de extrema derecha que incorporó la violencia como parte del discurso político para legitimarse y ganar elecciones. En ese proceso introdujo el concepto de “casta”, dirigido contra el Partido Socialista, el Partido Comunista, el Partido Republicano y algunos sectores socialdemócratas. El concepto de “casta” es de 1919; lo inventó el fascismo.
Lo nuevo es el sistema de redes, que gravita, construye un mundo propio, circula entre los propios. La oposición tiene que adecuar su comunicación, sus redes, y encontrar una sintonía con la sociedad.
El peronismo viene de un fracaso estrepitoso, con una agenda realmente estúpida: el dominio de la calle por parte de los planeros, dirigentes como Emilio Pérsico que trabajaban para controlar la calle. La gente vivía torturada en la Ciudad de Buenos Aires porque le cortaban las calles.
Además, era un mundo del “pobrismo”. El peronismo nunca estuvo vinculado a ese universo.
La situación de desamparo y la pérdida de empleo obligaban al gobierno a buscar alternativas. Podían sostenerse durante un tiempo, aunque no era un Estado en el que hubiera que mantener a la gente solo con ayuda estatal.
Este gobierno hizo algo inteligente, y por eso no subestimo a Milei. Bancarizó la ayuda social, la AUH y los planes. También eliminó todo tipo de intermediación, y con eso controló la calle.
Está todo bien con los planes, con los pobres, con los planeros, con los curas que rezan. Todo eso está bárbaro. Pero ese mundo no le sirve a la Argentina.
—Igual, con esa agenda, el peronismo obtuvo el 37 % de votos en la última elección de medio término.
—El peronismo mantiene un electorado. Si encuentra un discurso y define un liderazgo con raigambre, con debate de ideas, puede reconstruirse. La renovación de los años ochenta tuvo que superar la derrota con Luder. Implicó salir de un partido autoritario, de matriz casi sindical, conducido por Lorenzo Miguel, un metalúrgico poderoso de la época de Perón.
También en la CGT hubo un cambio: se eligió a un dirigente joven como Ubaldini, que conducía un gremio de apenas dos mil afiliados. Se habilitó el debate interno. La renovación creció con una discusión intelectual. Surgió la revista Unidos, una visión de la intelectualidad peronista y nacional aplicada a una propuesta de gobierno. Ideas que implicaban convertir al peronismo en un partido plenamente integrado al sistema democrático, respetuoso de la regla democrática.
Ese fue el gran logro de la renovación: adaptarse al momento histórico, comprenderlo y luego definir, por vía electoral interna, una candidatura que terminó llevando al triunfo de Menem.
Ese diálogo hoy no está. Es incipiente. Tampoco hay una comprensión adecuada del mundo actual. Se analizan los hechos de la política internacional con categorías de la década del setenta.
Frente a Maduro, un dictador que asesina y encarcela opositores, y que ni Naciones Unidas ni los países democráticos lograron desplazar, se critica la intervención y se invoca “el principio de no intervención”. Es un principio que atrasa.
Hoy hay que analizar la política internacional desde la realpolitik. Evaluar que ese proceso buscaba terminar con un dictador y abrir una transición democrática. También implicaba un cambio en la política económica, vinculado al petróleo: Venezuela es uno de los países con mayores reservas del mundo, lo que permite pensar una recuperación económica y una transición democrática como desafío pendiente.
No se puede analizar el mundo con Braden o Perón, ni con el principio abstracto de no intervención. El mundo cambió.

—Si Milei perdiera la reelección en 2027, ¿aceptaría el resultado? ¿Tiene vocación democrática?
—Aceptaría el resultado. Milei no tiene poder real para resistir un resultado adverso. Milei tiene una mayoría relativa, no consolida mayoría propia en ninguna cámara. No habría motivo para no respetar la democracia.
Para quienes repiten que la Argentina es un país inviable, el sistema democrático está consolidado. Hubo alternancia. Ganó Macri, derrotó a Scioli; luego Macri perdió con Alberto Fernández y entregó el gobierno; después Alberto Fernández perdió con Milei y Milei asumió.
El sistema democrático y las instituciones funcionan, más allá del discurso devastador sobre “la casta” y la política. No habría motivo para que Milei no acepte las reglas. No hacerlo sería un error gravísimo.
—¿Tiene Kicillof el pragmatismo suficiente para convertirse en el nuevo líder del peronismo?
—Tiene dos años para cambiar. No se trata de descalificar a nadie. El problema es el discurso del Estado presente, los pobres, los planes, Pérsico con la barba, las abuelas de Plaza de Mayo, los derechos humanos, Donda, Gómez Alcorta. Ese modelo tiene una estética vieja.
La política también es estética. Si se presenta una estética de hace veinte años, con las mismas banderas de hace veinte años, lo más probable es una derrota inexorable.
Hay que recrear el mundo de las ideas. Kicillof tiene posibilidades: gobierna la principal provincia del país. Pero la estética de su propuesta, más ligada a la centroizquierda, no parece adecuada para recuperar la confianza ciudadana. Ese modelo perdió.
La exorbitancia del género también influyó. Se votaron todas las leyes de igualdad sexual, identidad, matrimonio, aborto, figura de femicidio. Todo eso está bien. Una vez que los instrumentos existen, se respetan y se aplican, no hace falta exorbitar permanentemente esa agenda.
Lo mismo con los derechos humanos. Las Madres y Abuelas cumplieron un rol extraordinario en la recuperación democrática y en la búsqueda de sus hijos. Eso está fuera de discusión. El punto es que el peronismo necesita construir una estética distinta, mostrar qué ideas tiene para ganar elecciones y volver a gobernar.
La gran demanda hacia 2027 va a ser trabajo y educación.
El presupuesto educativo cayó a niveles bajísimos. Las universidades están en crisis. La inversión en educación es de las más bajas de los últimos treinta años. Ciencia, técnica, cultura: valores que diferenciaban a la Argentina en América Latina están en crisis.
Trabajo, empleo, salario. Eso es central. El sueño húmedo de Martínez de Hoz, de Adolfo Diz y de Ricardo Arriazu era destruir el salario.
En 1978, después de fracasar en frenar la inflación desde el golpe del 24 de marzo, Martínez de Hoz lanzó un plan de estabilización diseñado por Diz y Arriazu. Inventaron la tablita y el crawling peg: una devaluación mensual programada. Es el mismo modelo que Arriazu recomendó como autor intelectual a Milei y Caputo en el primer año: un crawling peg del 1% mensual.
Ahora hay una tablita atada a la inflación, que ajusta según los últimos dos meses y que va a incidir en el precio final del dólar.
Para entender este proceso, hay un libro de Julián Zícari, Martínez de Hoz, el jefe civil de la dictadura. Ahí está la historia de un modelo devastador, que miraba a la industria nacional de manera despreciativa, creyendo que era inconveniente porque demandaba importaciones y dólares.
La Argentina es un país de 45 millones de habitantes. Podría pensarse un modelo agroindustrial si tuviera 10 o 15 millones. Con esta población, se necesita un modelo de desarrollo industrial competitivo que genere empleo.
Hay opciones: minería, gas, petróleo, empleo calificado. Pero eso no resuelve el empleo industrial en las grandes periferias urbanas. Los galpones que cierran, las pymes que cierran, no se resuelven solo con minería, petróleo o gas.
—¿Es imposible convencer a Kicillof de que haga un giro al centro nacional?
—Existe un tiempo en el que Kicillof puede ser una alternativa dentro del peronismo, junto con otras opciones.
Lo que ocurre es que el peronismo, no solo Kicillof, debe interpretar de verdad, interpretar a fondo, los cambios que están ocurriendo en el mundo, las realidades económicas y sociales de la Argentina, la política que está llevando adelante Milei y cuáles son hoy los mensajes que la sociedad requiere y necesita.
El salario es central. El salario está destruido. Desde diciembre de 2023 a la fecha, los salarios se ajustaron un punto y medio por debajo de la inflación. Los gremios también claudicaron.
Además, el dato más relevante de las elecciones —tanto la de 2023 como la intermedia de 2025— es la fuerte polarización. Por eso es necesario recrear el debate dentro del peronismo y, al mismo tiempo, acercarse y confluir con visiones de espacios del centro democrático. En ese sentido, el peronismo de Córdoba, sectores del peronismo de Santa Fe y otros espacios con una mirada crítica del kirchnerismo deberían confluir primero en un debate de ideas y luego en la definición del liderazgo.
—Macri está por empezar a recorrer el país el 5 de marzo y dice que el PRO tiene que tener un candidato presidencial propio. ¿Cómo interpreta la decisión del expresidente?
—Macri sigue siendo una figura gravitante, con reconocimiento internacional. Macri y Cristina son liderazgos permanentes dentro de sus respectivas estructuras. En la derecha liberal democrática, en una visión de centro democrático, Macri todavía tiene posibilidades de recrear el PRO y de reconstruir alianzas, incluso retomando la historia del vínculo con el radicalismo.
El peronismo tiene que hacer su tarea. El centro nacional productivo, con una visión más cercana al peronismo, también deberá confluir. La confluencia tiene que darse a través del debate y de las ideas. El liderazgo es clave: sin un liderazgo que interprete el mensaje que los argentinos quieren escuchar, la derrota está sellada.

—¿Todo el proceso electoral va a derivar en 2027 en una polarización entre Milei y Kicillof o hay lugar para el “centro”?
—No corresponde descalificar a Kicillof, aunque tampoco afirmar que el destino de 2027 esté asegurado para él. Duhalde y Scioli fueron gobernadores de la provincia de Buenos Aires y candidatos presidenciales, y perdieron.
Lo que hace falta en el peronismo es un aggiornamiento, un debate de ideas. Hay especialistas en política exterior, en economía; es imprescindible construir una propuesta para la sociedad argentina.
—¿Se observa a los peronistas del interior acercándose a Kicillof?
—Es imprescindible, para tener posibilidades de ganar, una fusión entre el peronismo del centro de la Argentina, más antikirchnerista, y el peronismo nacional. Primero el debate de ideas, primero la construcción de un mensaje a la sociedad, y después la definición del liderazgo, que incluso podría resolverse mediante una elección interna.
No se ponen nombres sobre la mesa para 2027 ni se descalifica a nadie. No se trata de decir “Kicillof no”, sino de no cerrar el proceso. Para ganar hace falta un programa, un mensaje social y una recuperación de la confianza ciudadana, que se perdió de manera desesperante durante el gobierno de Alberto Fernández, uno de los más catastróficos de la historia. En ese contexto, al expresidente se le debería pedir que colabore con la recuperación del peronismo nacional a través del silencio.
—En el escenario actual, ¿qué resulta alentador en la Argentina?
—Creo en la gente joven. Argentina puede ser un país importante tiene recursos naturales, petróleo, gas, minería tiene agroindustria tiene talento argentino, tiene tecnología, es un país atómico.
Asimismo, tiene una cultura democrática que se ha mantenido después de la salida de la dictadura y no hay espacio para una dictadura civil en la Argentina ni tampoco una vuelta a dictaduras militares. La democracia se ha consolidado, yo tengo fe en el destino argentino.

