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“El gobierno de Milei funciona distinto al de Macri: decide y avanza”

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Desde su oficina en Retiro, la analista Lara Goyburu conversa con El Economista. Politóloga formada en la UBA y en Di Tella, consultora de organismos de Naciones Unidas desde 2004 y hoy directora en Management & Fit, Goyburu navega entre las orillas de la academia y la decisión, el sector público y el privado, la Nación y las provincias, para traducir complejidades que hagan sentido.

Hay dos frases que Goyburu tiene a mano. La primera es de su abuela: “La viga dura sostiene la casa; la demasiado dura, la derrumba”. La segunda viene de su madre: “Incluso un reloj parado da la hora exacta dos veces al día”. Sentarse, pensar con otros y encontrar puntos de encuentro.

Goyburu nació en Lincoln, —ciudad de la cuarta sección electoral, al noroeste de la Provincia de Buenos Aires—. Allí fue a la Escuela Normal Abraham Lincoln —donde cursó desde salita de cuatro hasta quinto año—, en un clima social floreciente de un pueblo con vida académica y cultural. 

En su casa de Lincoln, la política entraba por la puerta del comité. “Me crié en un comité de la Unión Cívica Radical por mi madre”, cuenta. La escena que le quedó grabada tiene tubos fluorescentes: abrir los ojos, ver “la luz blanca del fluorescente de los comités de los años ochenta y los primeros noventa”, cerrarlos otra vez, seguir dormida sobre los sillones de algún comedor partidario. 

Su madre, con quien Lara se encuentra frecuentemente, además de haber sido profesora de Historia y de Educación Cívica durante 42 años, ha sido funcionaria pública, militante radical “yrigoyenista” y directora de Cultura de Lincoln. “Mi madre vive lo público como parte constitutiva de su vida”. 

Su padre, preceptor en una escuela, también era artesano, trabajaba la madera, recorría ferias artesanales. Y amaba el folclore: “En casa, todos los veranos, se miraban esos festivales: el Pre Cosquín, Jesús María, Cosquín. Mucho folclore, mucha tradición. Él era un chacarero típico de la cuarta sección electoral”. 

De la madre heredó la idea de lo público como vida. Del padre, “esa idea de las raíces”. A su hija mayor —que acaba de terminar quinto año— le regaló una medalla con una frase: “Del sol, la luz. De las raíces, la vida”

Después del secundario Goyburu se mudó de Lincoln a Ciudad de Buenos Aires. La extrañeza tuvo forma de palabras y personas nuevas y una experiencia social atravesada por cualquier estudiante del interior. Lara pasó de Lincoln a vivir en un monoambiente en Ecuador y Córdoba, con “una sensación de libertad total”.

La maternidad fue decisión temprana. Su hija mayor tiene 18 años; la menor, 15. “Sabía que quería ser madre antes de los 30. Quería tener vitalidad física cuando ellas fueran adolescentes y gracias a eso pude hacer pogo en un recital de Trueno con mi hija mayor o estar las dos saltando mientras vemos a Los Piojos en un Quilmes Rock. Esa experiencia no tiene precio”, comparte Goyburu.

En paralelo a esa vida familiar, Lara se recibió de Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires en diciembre de 2003. Goyburu enumera docentes como quien enumera descubrimientos: Rubén Drí, Juan Manuel Abal Medina, Luis Tonelli, Liliana De Riz. “Venir de Lincoln y contar con docentes así en prácticos fue inigualable”. La universidad pública como shock y como punto de partida de un recorrido que luego la llevaría a trabajar en organismos internacionales.

En febrero de 2004 empezó a trabajar como consultora en el Pacto Global de Naciones Unidas, una iniciativa de la ONU que busca involucrar al sector privado en compromisos y metas públicas.

“Si no se involucra al sector privado en la conversación, difícilmente se logre transformar la realidad”. A partir de allí, su recorrido profesional la llevó a trabajar como consultora e investigadora en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en proyectos vinculados al vínculo entre sector privado, políticas públicas y desarrollo

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“Si no se involucra al sector privado en la conversación, difícilmente se logre transformar la realidad”, asegura Lara Goyburu.

Después hizo la maestría en Ciencia Política en la Universidad Torcuato Di Tella. “Tuve profesores indispensables como Ben Ross Schneider, Ernesto Calvo, María Esperanza Casullo; también tuve la suerte de cursar con Camila Perochena, Sol Prieto, Santiago Cunial, entre muchos otros”.

Su tesis de maestría fue sobre coordinación intergubernamental y mecanismos de coordinación multinivel. El federalismo, en el caso de Goyburu no es sólo un concepto, sino parte constitutiva de su historia: “¿Por qué hay que irse del lugar propio para estudiar, para desarrollar la vida, para crecer?”, cuestiona. Y agrega: “Mi agenda de investigación tiene que ver con cómo la distribución de bienes públicos en un país federal puede ser más equitativa, de modo que salir del territorio de origen sea una elección y no una obligación para progresar. La pregunta siempre es la misma: cómo integrar el país de un modo más equilibrado“. Por eso le interesan los trenes y puertos, la infraestructura, y le fascina que Manuel Belgrano pensara el dragado de ríos como modo eficiente de conectar producción y territorio.

Esa combinación entre academia y práctica explica su presente laboral. Lara dirige Management & Fit —una de las consultoras de opinión pública más reconocidas del país fundada por la analista Mariel Fornoni—. Desde ese lugar, Goyburu tiene la oportunidad de traducir información para “tomadores de decisión”.

Además de su trabajo de consultoría, Goyburu también es docente. En la UBA da el taller de Política Comparada y en Di Tella es profesora de Instituciones Políticas y Gobierno (IPC), la materia de ingreso para todas las carreras. 

“Aprendo mucho de mis alumnos”, enfatiza. En el cambio generacional, afirma, hay pistas para anticipar preguntas que después se vuelven encuesta.

Asimismo, Goyburu integra la Red de Politólogas. “Es una iniciativa importante de Flavia Friedenberg, Yanina Welp y Julieta Suárez Cao, entre muchas otras colegas, que la sostienen y la alimentan. Surgió cuando era evidente que, en la televisión y en los medios, las voces convocadas para opinar sobre política eran casi siempre varones”.

La Red de Politólogas, explica Lara, circula información y contactos y da respaldo colectivo en la exposición pública. Salir a la arena tiene costos, argumenta, y en esa intemperie, lo colectivo ofrece una capa compartida: “Somos miles”.

Al final, en su relato, vuelve una y otra vez la pregunta por el “para qué”. Lara desconfía del progresismo que se vuelve victoriano —asegura que “la solemnidad permanente es una vía rápida para convertirse en salame”— y también cuestiona el conservadurismo hiperracional y cínico. “En ambos se pierde el ‘para qué’ de todo esto”, señala.

La laptop de Lara es un mapa sentimental. Está cubierta de calcomanías que funcionan como descripción: economía, feminismo, raíces, una foto de una de sus hijas tocando la guitarra, Argentina, Nueva York y un sifón en el que se lee: “Tomatelo con sodita”. 

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La laptop de Lara es un mapa sentimental

La política, para Lara Goyburu, se parece a la escena de su madre en Lincoln: sentarse con alguien que piensa distinto y escribir una ordenanza juntos. La madre radical que no votaba a Menem y el concejal peronista que discrepaba con Alfonsín eran capaces de construir un punto común para desarrollar políticas públicas como la creación del Centro de Oficios Artesanales en medio de la apertura indiscriminada de los años noventa.

Ahí, una vez más, “Un reloj parado da la hora exacta dos veces al día”. Escuchar, insistir, conversar. Buscar ese punto de sensatez en la interpretación del otro. Y, de paso, evitar la solemnidad que convierte a cualquiera en estatua.

En la Argentina contemporánea, donde el debate público tiende al grito y al juicio moral instantáneo, esa insistencia suena casi contracultural. 

Cuando la conversación pública se vuelve grito, Goyburu busca esa rendija en la que un reloj parado acierta. Dos veces al día alcanza para abrir una conversación. Bajar el volumen, nombrar con precisión y devolver una pregunta mejor formulada.

Quizá ahí viva su obstinación: sostener la casa sin convertirla en escombro, aunque el país insista en la tentación de la viga demasiado dura.

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Goyburu busca esa rendija en la que un reloj parado acierta. Dos veces al día alcanza para abrir una conversación

—¿Cómo evaluás la tarea del ministro del Interior Diego Santilli hasta el momento?

—Santilli viene haciendo aquello que entendió como necesario. Luis Tonelli sostiene que el bajo continuo de la política argentina es Alberdi. No se puede desconocer el poder político provincial y, al mismo tiempo,construir la unión nacional. Alberdi diseñó el federalismo argentino, tan particular aunque no tan distinto de otros federalismos a nivel global, donde existe un intercambio de recursos por políticas.

Usualmente cuando se aborda la unidad de federalismo en el primer año de la carrera, alguien afirma: “Pero eso es corrupción”. No. Que alguien sea senador por la provincia de Salta y decida votar algo a nivel nacional para que Salta obtenga recursos que le permitan desarrollarse no es corrupción. Es un intercambio, una conversación en la que las dos partes se llevan algo. Nadie se lleva todo lo que quiere, porque eso es política. 

En ese sentido, Santilli entiende la dinámica del federalismo argentino, de ese diseño alberdiano que sigue funcionando, aun cuando la Constitución de 1994 haya eliminado el colegio electoral, y aun cuando se haya eliminado el senador elegido por las legislaturas provinciales. La pertenencia provincial sigue estando idiosincráticamente firme en la Argentina. Eso no se cambia con una reforma constitucional. Santilli hoy encarna una gestión que parece como si hubiera leído muy bien el texto de los autores Edward Gibson y Ernesto Calvo “Federalismo y sobrerrepresentación”, como si ese texto estuviera enmarcado en la pared. 

“No se puede desconocer el poder político provincial y, al mismo tiempo, construir la unión nacional”

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Goyburu: “Santilli entiende la dinámica del federalismo argentino”

—¿Cuál es el riesgo político central del modelo de Milei?

—En el mediano plazo, la situación económica personal, la de las familias. Aunque el pasado todavía funciona como un empuje para el gobierno. Es un gobierno muy anclado en la expectativa de futuro y también en una decisión de la sociedad argentina de no querer volver a ese pasado reciente. Sin embargo, las referencias al pasado empiezan a mostrar signos de desgaste, vinculados con la incomodidad frente al presente.

Los números del último relevamiento de Management & Fit, de diciembre, mostraban que siete de cada diez personas no se van de vacaciones. Aparece el argumento de que las playas están llenas, aunque se sabe que las estadías son más cortas. Ya no están las familias que se iban quince, veinte días o un mes a Mar del Plata. De esos siete de cada diez que no se van, la mayoría dice que no lo hace por falta de plata y que llegó peor a diciembre de 2025 que a diciembre de 2024.

La amenaza de volver al pasado sigue presente, aunque a medida que el gobierno estabiliza algunas variables macroeconómicas, se empieza a “matar el pasado”. Cuando el pasado deje de estar tan presente, si la situación de las familias no mejora, puede volverse una amenaza para la estabilidad del gobierno.

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“Las referencias al pasado empiezan a mostrar signos de desgaste, vinculados con la incomodidad frente al presente”

—Si el gobierno sostiene niveles de aprobación respetables aunque el bolsillo aprieta, ¿qué es lo que premia una parte de la sociedad?

—Más que premiar, se trata de no volver. Hay una decisión clara de no regresar a lo anterior, y eso funcionó en la última elección del 26 de octubre de 2025. Frente a la seguridad de un pasado conocido, se optó por un futuro incierto.

Además, es un gobierno que toma decisiones. A diferencia de otros gobiernos como el de Mauricio Macri en el que a veces se anunciaba una decisión, se medía el rechazo y luego se retrocedía. El de Milei funciona distinto al de Macri: decide y avanza. No importa el costo. El primer traspié grande fue en enero de 2024, con aquella ley de más de 600 artículos que debió retirarse. A partir de ahí, casi todo lo que se envió se aprobó.

Hay un presidente muy firme en sus convicciones. Muchas de esas convicciones generan enojo y rechazo alto, aunque cuando se hace doble clic aparece una valoración positiva de la toma de decisiones. Hay una premiación del carácter y de la idea de alguien que decide y actúa.

—El Gobierno convocó a sesiones extraordinarias y busca empujar reformas. En el informe de Management & Fit aparece con bastante nitidez que la reforma jubilatoria y la laboral concentran críticas. ¿Cuál es el núcleo de esa resistencia?

—Cuando se hizo el relevamiento en diciembre pasado, la reforma laboral aparecía como una de las que tenía mayor rechazo. Cuando se observan los números con mayor profundidad aparece algo que se viene repitiendo desde hace al menos dos años. 

Surge una diferencia clara por edad y también por género, aunque en este caso pesa mucho más la edad. Los jóvenes, en su mayoría, no rechazan la reforma laboral, porque no se imaginan treinta años en un mismo trabajo y tampoco tienen la jubilación en la cabeza. Del otro lado aparece ese tono victoriano de “cuando tengas mi edad te vas a dar cuenta”, aunque eso ya no funciona. El rechazo a la reforma laboral se explica más por edad que por género.

Una porción importante de los empleados en la Argentina —más del 40%— es informal. Para esos trabajadores, cuando se habla de aguinaldo, la respuesta es “¿qué aguinaldo?”. Cuando se habla de vacaciones, la pregunta es “¿qué vacaciones?”. En términos discursivos, es un dispositivo parecido al que funcionó entre 2020 y 2023 con la consigna de “te salva el Estado” y una parte importante de la población respondiendo “¿qué Estado?, ¿dónde?”. 

El gobierno entiende mucho mejor que la oposición el cambio de época, el cambio en el electorado. 

La oposición sigue pedaleando en el aire. El PRO todavía no entiende cómo su electorado lo abandonó. El radicalismo se hace esa pregunta desde 1999. El peronismo no logra empatizar con los reclamos actuales de los sectores populares. A esos sectores se les habla con discursos del pasado. Y ni siquiera con los discursos clásicos del peronismo de “tu casa, tu auto, tus vacaciones, salud y escuela”, que probablemente hoy conectarían más, porque uno de los reclamos centrales entre los menores de cuarenta años es la vivienda y no hay, en ese punto, una oferta discursiva nítida.

El yrigoyenismo y el peronismo hablaban a una clase media que no aspiraba a mucho más que la casa, el auto, la escuela, la salud y unas vacaciones en Mar del Plata. Hoy falta alguien que, sin prometer ir a la Luna, diga que se va a poder tener una casa o dejar de pagar alquiler. Esos temas están muy presentes entre los jóvenes. 

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Goyburu: “El gobierno entiende mucho mejor que la oposición el cambio de época”

—¿Qué tendría que pasar para que la aprobación del gobierno de Milei se convierta en voto estable y no en apoyo condicionado?

—Hay un porcentaje que ya es voto estable: un 30% duro que responde a una mirada del mundo que hoy encarna Milei.

El problema que puede tener La Libertad Avanza se parece al que tuvo el primer peronismo. En los años cuarenta existía un voto estable asociado a una mirada del mundo encarnada por Perón y Evita. Esa mirada logró transformarse en algo más duradero, aunque después aparecieron tensiones. Habrá que ver si Milei logra algo parecido o si le pasa lo que le pasó a Perón en 1952, cuando dijo que había llegado el momento de acumular —ajustar— y no seguir repartiendo y los sindicatos dejaron de acompañar, o al Perón de 1973, que volvió con una mirada distinta en un mundo que había cambiado, mientras una parte de la izquierda del movimiento seguía atada a la visión de los años cuarenta. Con Milei todavía está todo por verse.

—El 47% califica, de acuerdo al informe de Management & Fit, la situación del país como negativa, aunque ese mismo 47% aprueba la gestión nacional. ¿Qué explica esa convivencia entre un diagnóstico económico malo y aprobación política?

—Aparte de la amenaza de la vuelta al pasado, la idea de “ajuste con propósito” también funciona: ajustarse hoy porque algo mejor va a venir mañana. Este gobierno logró construir una retórica que los anteriores no habían logrado: la idea de que no hay fortuna sin sacrificio. Eso puede ser una marca de época. Se parece mucho a lo que decían nuestros abuelos que llegaron de Europa.

Esa idea fue bien encarnada por Milei. Por eso ahí se ancla buena parte de la confianza de ese 47% en la gestión nacional. 

Asimismo, la gestión tiene mejor imagen que el presidente porque se evalúa una gestión de gobierno más allá del personaje. Hay un personaje —en el buen sentido, no caricaturesco— que encarna una idea de futuro. Y hay una gestión de gobierno, que se evalúa por separado. El acuerdo con la gestión es mayor que la imagen positiva del presidente. 

—¿Qué pesa más hoy en la conversación pública: la macroeconomía o la economía doméstica?

—Durante 2023 y 2024 —y si se quiere, desde 2020— la macroeconomía ha tenido un peso central. La estabilidad macroeconómica y la inflación importaban mucho. Hoy empieza a pesar más la economía doméstica.

Queda por ver si eso se revierte. Puede aparecer la idea de “buenísimo que el dólar esté estable, aunque no se llega a fin de mes”. Por ahora eso no se expresó con fuerza, aunque es algo que quien conduce este auto que es la Argentina debería tener en el espejito retrovisor. Funciona que el dólar no salte, funciona la estabilidad macroeconómica, aunque en el espejo aparece el dato de que siete de cada diez personas no se fueron de vacaciones, repetido por segundo año consecutivo; la necesidad de modificar hábitos de consumo; el endeudamiento con tarjetas de crédito, con tasas que durante todo 2025 fueron altas. 

—En diciembre subió la mención de la desocupación en el informe. ¿Qué cambió?

—Cuando se observan los datos de cierres de fábricas, cierres de turnos y suspensiones, eso empieza a hacer ruido. No todas las personas que quedan afuera de esas industrias o de esos puestos de trabajo van a ser absorbidas de manera inmediata por otra actividad.

El gobierno habla, a veces con más claridad y a veces con menos, de un cambio en la matriz productiva argentina: diversificación y reprimarización con elaboración en origen. Eso implica que habrá personas que hoy hacen una cosa y mañana deberán hacer otra. Quien trabajaba en una fábrica de rulemanes no puede pasar de un día para otro a una mina de litio en Catamarca, aunque exista voluntad, porque no están los saberes.

Eso empieza a generar preocupación. No todas las personas van a poder ser Uber, ni emprendedoras, ni monetizar una cuenta de Instagram. Conviene tener cuidado con el “efecto cancha de paddle”. A veces aparece la comparación con 1995. Un colega decía que todavía se está más cerca de 1993, porque aún hay esperanza respecto del futuro. Habrá que ver si esta gestión logra evitar lo que ocurrió entre 1993 y 1995. 

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“No todas las personas van a poder ser Uber, ni emprendedoras, ni monetizar una cuenta de Instagram”, sostiene Lara Goyburu.

—En los datos, ¿quién aparece hoy como el opositor más sólido para disputar el segundo lugar?

—No aparece nadie con claridad. La apuesta de Provincias Unidas para 2025 fue buena, aunque a nivel nacional no haya tenido un gran resultado. Evaluarla por un objetivo que no se planteó sería un error. El objetivo era conformar un bloque en el Congreso Nacional que permitiera a las provincias disputar política nacional desde una lógica provincial, por fuera de la grieta: ni La Libertad Avanza ni kirchnerismo-peronismo. Ese objetivo se logró. 

Después, el kicillofismo empezó a emerger tras la elección de septiembre, aunque en los datos aparece anclado al pasado y con dificultades para romper con ese pasado. 

Tal vez algún gobernador. Los gobernadores tienen hoy una ventaja: no poseen imágenes negativas muy altas porque son poco conocidos. Algún gobernador joven podría liderar la oposición, aunque por ahora no aparece con nitidez.

 “Algún gobernador joven podría liderar la oposición”

—¿Qué tendría que pasar para que Kicillof sea el candidato del peronismo en 2027?

—Despegarse de ese pasado que todavía es muy traumático. Construir una relación más cercana y de mayor confianza con los demás gobernadores, no solo en términos políticos sino también en términos de comportamiento.

Kicillof tomó una buena decisión: fue el primer gobernador de la provincia de Buenos Aires que se comportó plenamente como gobernador y usó la facultad de desdoblar elecciones para proteger su territorio, como lo haría un catamarqueño, un riojano o un formoseño. 

En Provincia de Buenos Aires hubo una apuesta fuerte. Para avanzar en una carrera presidencial Kicillof debería seguir profundizando ese perfil: mostrarse como gobernador, con estirpe de gestión y de conducción. La provincia de Buenos Aires —como señalan Malamud, Lucas Llach y quienes estudian federalismo— es casi un país en sí mismo. No hay demasiados puntos en común entre alguien de Lincoln, alguien de Mar del Plata y alguien del conurbano. Es una provincia extremadamente compleja de gestionar.

Por eso, afirmarse primero como gobernador antes que como candidato presidencial podría colocarlo en la carrera, aunque tal vez no en 2027. Saber esperar también es una gran virtud en política.

—¿Por qué su equipo de comunicación intenta instalar la marca bonaerense?

—Uno de los grandes problemas de la provincia es que no tiene una identidad clara. Ahora bien, ¿cómo se instala una marca bonaerense sin negar —o sin intentar homogeneizar— la heterogeneidad de la provincia? Y no solo en términos idiosincráticos y culturales, sino también económicos. El dólar que le conviene al conurbano no le conviene a Lincoln

Para que al campo le vaya bien, el dólar que necesita no es el mismo que necesita la pyme industrial de San Martín. Entonces, ¿cómo se construye una marca bonaerense con esa heterogeneidad que no es solo cultural o identitaria, sino también productiva y económica? Es difícil y es uno de los principales desafíos de Kicillof de acá al 2027. 

—¿Cómo imaginás el año 2026 en términos políticos?

—Es un año que políticamente termina en octubre, porque en octubre o noviembre ya empieza a jugarse el 2027.

El gobierno nacional se planteó objetivos claros y los logró. Terminar con los piquetes, terminar con la casta y terminar con la inflación. Hoy piquetes en la Ciudad de Buenos Aires ya no hay. 

“Terminar con la casta” tuvo su etiqueta comunicacional en “Cristina presa”. Si se hace un análisis más profundo y racional, no es así, aunque en términos comunicacionales —y hoy la política pasa por ahí— funcionó. 

La inflación, por su parte, está en menos de un dígito mensual desde hace varios meses. Baja la ansiedad. Eso también se logró.

Ahora el gobierno le plantea a la sociedad otros hitos: la reforma laboral y la reforma impositiva. Esos son los dos grandes caballitos de batalla que se propuso. Deberían concretarse antes de que arranque de lleno la campaña. Eso vuelve al año 2026 especialmente intenso.

Si la reforma laboral avanza, es esperable un aumento de la conflictividad sindical en los próximos meses. Todo indica que será un año movido, un año muy argentino, con esa mezcla de expectativa, tensión y conflicto que suele caracterizar a la política local.

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“Si la reforma laboral avanza, es esperable un aumento de la conflictividad sindical en los próximos meses”, concluye Goyburu.

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