El director de Synopsis Consultores, Lucas Romero, dialogó con El Economista en la víspera de 2026 y proyectó un escenario de mayor producción legislativa, más política y más recursos a negociar por parte del Gobierno durante el año entrante. “Milei prefirió incorporar soldados y despreciar aliados”, sintetizó sobre la estrategia elegida por el oficialismo, una decisión que -advirtió- tendrá grandes costos.
En ese marco, sostuvo que el peronismo continúa siendo la principal oferta del campo opositor y señaló al gobernador bonaerense, Axel Kicillof, como “figura emergente de cara a poder protagonizar el desafío electoral de 2027”.
El rol de Patricia Bullrich en el Senado, el peso de Estados Unidos y la baja de la inflación como eje del programa económico, en la entrevista completa:
—El oficialismo encara 2026 fortalecido en el Congreso y con iniciativas ambiciosas a tratar. Después de un 2025 con fuertes obstáculos en el Legislativo, ¿espera que venga un año con mayores triunfos del Gobierno en este aspecto?
—Esta segunda mitad del mandato la va a atravesar en condición de minoría, pero está mucho más cerca de poder construir los consensos y las mayorías para tomar decisiones. Es probable que en 2026 veamos muchas más sanciones de leyes y muchas más victorias legislativas del Gobierno en el Congreso de lo que vivimos en los primeros dos años.

—A raíz de los aprendizajes que el Gobierno puede extraer tanto de la mitad del mandato como de estas sesiones extraordinarias, pero también en función de la mayor distribución de Aportes del Tesoro Nacional (ATN) que realizó este diciembre legislativo, ¿considera que es un gobierno que ya no puede excusarse en que es nuevo en la política?
—Más que excusarse, en todo caso aprender las prácticas, las técnicas, las terminologías que tiene la política. Muchas veces si uno no tiene las voluntades necesarias para tomar decisiones, las tiene que conseguir. La consecución de esas voluntades puede tener diferentes estrategias: la persuasión, el convencimiento por el intercambio de favores y beneficios… Muchas veces esa ayuda está materializada en recursos -obra pública, transferencias-. Esto es lo que estamos viendo: diría que es la curva de aprendizaje de este oficialismo.
El costo que va a tener para el Gobierno es que va a dejar de poder decir que no es un gobierno que hace política. Al Presidente le gustaba decir que él no era un político. Pero la política es esto: el arte de producir decisiones. Entendió -o quizás empiece a entender ahora-, que va a tener que apelar esas prácticas y que decididamente va a transformarse en un político a pesar de que él no quiera.
—De momento, La Libertad Avanza (LLA) eligió formar un bloque violeta y negociar ley por ley. ¿Considera que esta seguirá siendo la estrategia o que intentará conformar una coalición legislativa más estable con sectores afines?
—No, creo que el momento para tomar una decisión en contrario era después de la elección, en el interludio que había entre el resultado electoral y la asunción de los nuevos legisladores. Eso no ocurrió.
Milei prefirió incorporar soldados y despreciar aliados. Quería tener control sobre sus recursos. Esto tiene un costo, porque si el Gobierno hubiera encarado un proceso de construcción de una red de aliados más sólida para poder acompañar todas las decisiones que quisiera impulsar, hubiera tenido un número mayor.
Hoy uno no puede asegurar que los diputados del PRO van a estar votando disciplinadamente y sin chistar todas las decisiones que impulse el Gobierno. Esto es consecuencia de que el Gobierno no quiso establecer una alianza más estable con esos aliados. Entonces, por ganar más soldados, perdió o alejó algunos de sus aliados.
Veremos cómo transita esa estrategia a lo largo del año, porque ahí se van a ver las dificultades. Ya en la primera puesta en práctica de esta estrategia empezó a ver los costos. ¿Y cuáles son? Que al alejar a los aliados de la posibilidad de construir consensos mayoritarios, puede que el proceso de construcción de esa mayoría le resulte más costoso. Tiene que poner más plata. Porque si el que te va a acompañar no lo hace por compromiso, por convicción, te va a pedir algo a cambio.
—¿En qué lugar quedan hoy los bloques más pequeños, pero relevantes para las negociaciones con el oficialismo, como Fuerza del Cambio (el PRO, el radicalismo y el MID), Unidos (Provincias Unidas, Encuentro Federal y la Coalición Cívica) y los legisladores que responden a gobernadores peronistas?
—Hay tres grandes grupos con los que el Gobierno puede negociar las mayorías. Desde el punto de vista de la afinidad ideológica, están ubicados a diferentes distancias. Está el grupo más afín ideológicamente al Gobierno, que tendría más predisposición de acompañar las decisiones, que es el que integra al PRO con otros exmiembros de Juntos por el Cambio. Este grupo tiene la curiosidad de que es el que menos territorio tiene. No tiene grandes gobernadores.
Los otros dos grupos sí tienen más territorio. Se dividen entre los gobernadores filoperonistas y los gobernadores exmiembros de Cambiemos. El segundo es el caso de Provincias Unidas, cuyos gobernadores -Martín Llaryora (Córdoba), Maximiliano Pullaro (Santa Fe)- tienen una distancia más cercana desde el punto de vista ideológico que el otro grupo de gobernadores, que es el de los filoperonistas -Osvaldo Jaldo (Tucumán), Raúl Jalil (Catamarca), Gustavo Sáenz (Salta), Hugo Passalacqua (Misiones)-.

Dentro de esos tres grupos, uno pensaba que el Gobierno tendría más afinidad para lograr acuerdos con el PRO, el radicalismo y Provincias Unidas. Sin embargo, con quien más negoció las decisiones por tomar es con el grupo de gobernadores filoperonistas que, por su distancia ideológica, tiene una predisposición mucho más transaccional. Es un grupo que te va a votar lo que sea si vos le pones plata.
Milei no pareciera estar encaminándose a una negociación integral de los apoyos. Va a querer ir ley por ley. Y esto va a ser más costoso. El problema es cómo evoluciona el vínculo del Gobierno con estos actores con los que tiene que negociar. Lo remarco por lo que pasó en diciembre con la designación de auditores generales de la Nación. Son episodios que van erosionando la confianza de los actores. Si uno va traicionando a los actores con los que tiene que negociar, en algún momento esas traiciones le van agregando costo a la negociación.

—¿Qué lectura hace del rol de Patricia Bullrich como jefa de bloque de LLA en el Senado?
—En la previa creyó que su rol en el Senado iba a ser un rol para capitalizar políticamente. Un rol en el que ella se luzca. Si uno mira diciembre y le pudiera preguntar en su fuero íntimo a Bullrich, probablemente nos diría: “Me parece que acá me puedo comer más bifes de los trofeos que puedo levantar”. Porque la dinámica del funcionamiento de la Cámara es una dinámica distinta a la del Ejecutivo.
En este caso ella tiene a la autoridad de la Cámara, Victoria Villarruel, que no es alguien de confianza, y tiene un bloque peronista mayoritario con gente muy hábil para las discusiones y los trámites legislativos. Bullrich ha tenido más tropiezos que lucimientos en el Senado, desde el modo en que la han tratado el resto de los actores hasta dificultades en la planificación de la estrategia del oficialismo para avanzar con las discusiones en el Senado -se tuvo que postergar la reforma laboral…-.
Me parece que no va a ser un terreno fácil para Bullrich, habrá que ver qué tanto en el barro queda metida, pero es un barro que ya no lo controla ella. No es la jefa del Ministerio de Seguridad con pleno control sobre todos los recursos que ese Ministerio tiene. Es un miembro más de un cuerpo colegiado.

—Varios analistas señalan que el segundo semestre de 2026 empezará a estar teñido por las elecciones presidenciales de 2027. ¿Coincide con esta lectura? ¿Se le complicará al Gobierno después del Mundial?
—Sí, porque es un oficialismo que muchas veces peca de prepotente. Es decir, peca de creer que tiene más poder del que realmente tiene para imponer condiciones. Y ese vicio fue el que produjo el encolumnamiento de todos los actores de la oposición en una postura opositora en el Congreso y que le propinó el encadenamiento de derrotas legislativas que sufrió este año. Creo que el Gobierno no midió qué consecuencias podía tener tener una actitud hostil frente a los gobernadores.
Si a mediados de este año que comienza se empieza a pergeñar la escena electoral 2027 y los gobernadores empiezan a ver que el oficialismo tiene ánimo de ir a agredirlos y a tratar de desalojarlos del poder de sus territorios, los va a alejar de la posibilidad de colaborar con este gobierno. El oficialismo justificaría una actitud más opositora de quienes deben ser dadores de gobernabilidad. Hay que ver si el Gobierno aprendió la lección o si comete el mismo error. Me inclino por intuir que es probable que cometa el mismo error porque a veces le cuesta entender los límites de la acción política.
Si eso ocurre, el segundo semestre va a ser más complicado porque además va a seguir siendo este un año de restricción presupuestaria. No es lo mismo hacer política con recursos que sin recursos. El año para aprovechar es la primera mitad.
—Distintos funcionarios del Gobierno ya anunciaron que Milei buscará la reelección. ¿Qué oferta ve en el campo opositor?
—A pesar de todos los problemas que tiene el peronismo —de reputación, de liderazgo—, tiene una ventaja: sigue siendo visualizado como la principal oferta opositora. Y eso no es un activo menor porque, como cualquier actor opositor, pretende tener las mejores herramientas para convencer a la gente de que los elija como representantes, pero también necesita algo de fracaso del oficialismo.
Si a Milei le empiezan a ir mal las cosas, si empieza a crecer el malestar social -porque no aparece el empleo, los ingresos no mejoran, la inflación no termina de bajar-, ese malestar va a querer ser canalizado a través de una oferta opositora. Y ser la principal oferta opositora sobre la cancha tiene un atractivo.
Esto no garantiza que ese apoyo va a ir directamente al peronismo, pero sí le permite ser la fuente de recepción del malestar social. ¿Cuál es el problema que tiene? No hay liderazgo que unifique su arco narrativo, que permita delinear una estrategia centralizada e inteligente para enfrentar este oficialismo, y tiene un problema de reputación no ha resuelto. Un sector mayoritario de la sociedad tiene sentimientos refractarios de lo que el peronismo representa, más aún en la medida en que el peronismo no encara un proceso de renovación dirigencial. Si los protagonistas del proceso político 2019-2023 -Cristina Kirchner, Sergio Massa- siguen queriendo protagonizar la representación del peronismo frente a la sociedad, ese sentimiento refractario va a ser más difícil de remover. El peronismo podría reconciliarse con la gente si le ofrece un gesto de reconocimiento y autocrítica de lo mal que se gobernó entre 2019 y 2023.

Y ese gesto es, en términos figurados, la cabeza de los responsables de ese gobierno. Y hoy el peronismo no se lo puede ofrecer a la sociedad porque no hay una mayoría que pueda materializar esa acción. Mientras el peronismo no le ofrezca a la sociedad ese castigo, va a necesitar mucho fracaso de Milei.
Fuera de eso, uno no ve condiciones políticas para que emerja otro actor opositor que esté en condiciones competitivas de amenazar la reelección de Milei.
Milei va a elegir al peronismo y a Kicillof como rival. A Milei le conviene que sea el peronismo la principal oferta opositora porque es la forma que va a tener de centrifugar al centro y lograr capturar simpatías de votantes que no están satisfechos, ni tienen afinidad ideológica con Milei, pero siempre van a preferir -mientras no fracase demasiado- a Milei frente al peronismo.
—¿En qué lugar queda Kicillof de cara a 2026 luego del triunfo del peronismo en las elecciones bonaerenses y la derrota en las nacionales?
—Kicillof tiene la ventaja de que, dentro de esa ventaja que tiene el peronismo de ser la principal referencia opositora y de tener una base electoral sobre la cual poder construir una mayoría, él es visualizado como la figura emergente de cara a poder protagonizar el desafío electoral 2027.
Lo que le falta a Kicillof es agrandar la base de apoyos electorales del peronismo para poder tener una condición competitiva y con posibilidad de ganar la elección.

—El gobierno de EE.UU. fue protagonista de la política nacional este 2025. ¿Cree que volverá a ser un actor importante en 2026?
—Sí, porque todo este proceso económico está sustentado sobre el interrogante de si es posible transitar el sendero hacia el destino final que es una economía sana, que crece, que genera empleo, mejores ingresos y desarrollo. Esa sustentabilidad del proceso económico estuvo en duda este año, sobre todo previo a la elección, y fue rescatada por la voluntad del gobierno de EE.UU. de aportar estabilidad a una economía que estaba sumergida en una crisis de pánico como ocurrió entre septiembre y octubre.
Entonces si el principal sostén de la sustentabilidad del proceso económico es la voluntad de EE.UU. de colaborar, lo que pasa en EE.UU. termina siendo importante en Argentina. Porque si es nuestro último garante, necesitamos saber cuál es la salud del garante y no solo la salud del paciente. Si el garante se debilita, se debilita la garantía.
Ese garante enfrenta desafíos políticos en el corto plazo como la elección de medio término que va a haber este 2026 y eso puede debilitar las condiciones bajo las cuales ese garante puede seguir ofreciendo esa garantía de ser el sustento de este proceso económico que tiene debilidades.

—Compartió en X que Milei ató la suerte de su programa político a la baja de la inflación desde el inicio de su gestión. ¿Considera que seguirá siendo así o, con los datos actuales, se abren nuevos problemas a considerar por el Gobierno?
—No solo sigo convencido de que va a seguir siendo así, sino que el Gobierno nos ofreció una novedad que reafirma esa idea de que la prioridad excluyente es bajar la inflación: ahora una pieza central del programa económico -la estabilidad del dólar- quedó atada a la inflación con esta nueva modalidad que se inicia el 1° de enero de que las bandas cambiarias van a estar ajustadas por el IPC. Ahora el Gobierno está más necesitado de bajar la inflación.
Todos los cañones de la política económica van a estar dirigidos a ese objetivo, también porque necesitan una inflación a la baja para estabilizar las bandas cambiarias y de esa manera tener estable el dólar. La estabilidad económica es el segundo logro reconocido del Gobierno por parte de la opinión pública, después de la baja de la inflación.
Hay un tercer factor para la prioridad de bajar la inflación que es la demostración que seguramente Milei quiera hacer frente a la comunidad de su disciplina de que sus ideas bajan la inflación. Ahí hay un incentivo individual ideológico de querer demostrar que sus ideas son las correctas. Es un Presidente que, la mayoría de las veces, parece querer tener razón antes que le vaya bien a su gobierno.
—Para cerrar, ¿cree que en 2025, en palabras del Gobierno, Todo Marchó Acorde al Plan (TMAP)?
—No. Uno habitualmente tiende a destacar una virtud tratando de ocultar un defecto. Este es un gobierno que tiene el complejo de pensarse improvisadamente, de que no hay un plan. Como tienen que convencer a la gente de que no son improvisados, dicen que tienen un plan.
Así que no, de ninguna manera todo marchó de acuerdo al plan y el mejor ejemplo es que nadie puede haber planificado que tres semanas antes de la elección iba a aparecer Scott Bessent comprando pesos, ni mucho menos que Donald Trump le iba a dar la primera bilateral en la Casa Blanca dos semanas antes de la elección. Nadie puede planificar un incendio.


