En un aeropuerto chico del extremo sur de Sudamérica, un niño observaba cómo la política se mezclaba con la devoción religiosa. Eran fines de 1977 en Punta Arenas, el clima era áspero y la dictadura chilena seguía en plena marcha. En el hall de embarque los pasajeros aplaudían con entusiasmo a uno de los miembros de la Junta Militar, el general Gustavo Leigh, quien iba a viajar en el mismo vuelo que el resto. El hombre saludaba, sonreía, recibía el cariño.
Al costado, el padre del chico, pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, miraba la escena y lanzaba una frase que su hijo recordaría toda la vida: “A Jesús también lo recibieron con ramos cuando entró en Jerusalén y, siete días después, lo crucificaron“. Pocos meses más tarde, Pinochet expulsó a Gustavo Leigh de la Junta. “Ése es uno de mis primeros recuerdos políticos”, dice en el presente aquel chico al ser entrevistado por El Economista, ya convertido en politólogo reconocido, con carrera académica en Nueva York y en Santiago de Chile, autor de libros y artículos sobre democracia, dictaduras y reglas del juego. Se trata de Patricio Navia.
Hoy, cuando habla desde su oficina de New York University (NYU), Navia cuenta que lleva veinte años como profesor de esta casa de estudios. Su historia zigzaguea entre Perú, Chile y Estados Unidos, y tiene como hilo conductor una pregunta constante: por qué algunas sociedades ofrecen oportunidades a sus ciudadanos y en otros países la vida empieza con puertas prácticamente cerradas.
Tras licenciarse en Ciencia Política y Sociología en la Universidad de Illinois, Navia buscó el siguiente escalón. Postuló al máster en Ciencia Política de la Universidad de Chicago. Lo aceptaron. Hizo el magíster, se formó en teoría y métodos, y encontró a un mentor decisivo: Adam Przeworski, uno de los politólogos más influyentes en temas de democracia y economía política.
Navia terminó el máster a los 24 años, trabajó un par de años y quiso volver a estudiar, ahora para el doctorado. Fue a hablar con Przeworski. El académico le explicó que estaba por mudarse a la Universidad de Nueva York: podía quedarse en Chicago para el doctorado o podía seguirlo a NYU.
“Yo tenía 26. Vivir en Nueva York y hacer un doctorado era el sueño del pibe. Me fui”, recuerda. Así, en 2003 completó su doctorado en Ciencia Política.
En 2005 apareció la oportunidad que ordenó sus días hasta hoy. El Departamento de Estudios Liberales de NYU buscaba un profesor asistente. Navia postuló, lo seleccionaron y, de pronto, la idea de hacer carrera académica en Nueva York dejó de ser un sueño improbable.
Mientras consolidaba esa trayectoria en Estados Unidos, la brújula de su investigación lo mantenía ligado a Chile. En una de sus visitas a la Universidad Diego Portales de Santiago, la politóloga María de los Ángeles Fernández lo escuchó, lo invitó a dar una charla y le abrió la puerta de la universidad. Poco después, el rector y el vicerrector lo llevaron a almorzar para preguntarle cómo se hacía Ciencia Política en Estados Unidos. Navia habló de métodos, datos y análisis empírico; contrastó ese enfoque con la tradición más francesa y teórica de la Católica. De ese intercambio salió la propuesta formal.
“Queremos que te afilies con nosotros”, le escribió el entonces vicerrector académico. Navia le explicó que vivía en Estados Unidos desde hacía años. Le respondieron que no importaba, que la idea era que estuviera el mayor tiempo posible, diera clases cuando viajara a Santiago y ayudara a crear una escuela de Ciencia Política. Así empezó, en 2004, un contrato flexible que con los años se volvió una relación de largo plazo: la escuela se consolidó, subió en los rankings y Navia se convirtió en profesor titular y en una de las caras visibles del proyecto.
—¿Actualmente dónde vivís?
—Vivo en Nueva York, donde está mi trabajo principal en NYU, aunque paso en Chile casi la mitad del año para trabajar en la Universidad Diego Portales. Cuando estoy allá, me instalo en Santiago.
Entre la multitud de papers, conferencias y columnas que lleva firmadas, se pueden nombrar trabajos como “Participación electoral en Chile, 1988-2001“, publicado en 2004. Ahí desmonta un lugar común muy arraigado: la idea de que la democracia chilena anterior a 1973 convocaba masivamente a las urnas y que el desencanto llegó recién con el retorno democrático. Con series largas y datos comparables, muestra que la participación de la era post-Pinochet no es más baja que la de la vieja democracia; la anomalía es 1988, ese plebiscito casi épico al que todo el mundo vuelve, aunque en términos históricos fue una excepción más que la regla.
“Democracy, Dictatorship, and Infant Mortality” es otro de sus textos, escrito junto a Thomas D. Zweifel y publicado en 2000. Comparan 138 países durante cuatro décadas y llegan a una conclusión: las democracias logran tasas de mortalidad infantil más bajas que las dictaduras.
Un tercer trabajo publicado en 2023 interviene en el debate sobre los peligros del presidencialismo latinoamericano. En “Where is Linz’s Gridlock? Salvador Allende and the Success of Presidential Bills in Chile, 1958-1973“, Navia y sus coautores revisan los proyectos que enviaron al Congreso Jorge Alessandri, Eduardo Frei y Salvador Allende y cuentan cuántos se aprobaron y cuántos quedaron en el camino. El resultado pone en duda la lectura clásica de Juan Linz: Allende no habría gobernado bajo una parálisis legislativa extraordinaria, sino dentro de un patrón de aprobación de leyes comparable al de sus predecesores.
Además de sus artículos académicos, Navia fue armando una biblioteca propia al publicar libros como Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet en 2003 y El díscolo. Conversaciones con Marco Enríquez-Ominami en 2009. También ha sido columnista en el diario chileno La Tercera y en revistas como Poder y Capital. Además colabora con medios digitales como El Líbero, donde actualmente publica dos columnas por semana, y escribe de forma ocasional en la revista estadounidense Americas Quarterly.
Cuando recuerda el comentario de su padre en el aeropuerto de Punta Arenas —Jesús recibido con ramos y crucificado una semana más tarde—, Navia entiende que en esa escena se condensaba, sin que nadie lo supiera, una intuición que hoy aparece en sus artículos sobre dictaduras, democracia y desigualdad. El poder puede parecer sólido, los aplausos pueden ensordecer, las instituciones pueden lucir inamovibles. Sin embargo, si las reglas cambian y los humores sociales se agotan, los mismos que aplauden pueden volverse implacables. Con El Economista dialoga sobre las preguntas ineludibles de este presente, más aún para Chile de cara a su balotaje del 14 de diciembre.

—En tu última columna sostenés que Jeannette Jara no logra alejarse ni del Partido Comunista ni del gobierno de Gabriel Boric. ¿Hasta qué punto el desempeño del gobierno de Boric se ha convertido en un lastre para su candidatura? ¿Y cuáles son, a tu juicio, los fracasos más evidentes de su administración?
—El presidente Boric interpretó mal el voto de los chilenos en diciembre de 2021. En primera vuelta sacó un 25% y en segunda ganó con una mayoría cómoda, aunque los chilenos votaron por él porque consideraban que Kast era peor, no porque creyeran que era necesario refundar el modelo. El presidente Boric nunca entendió que los chilenos querían mejorar el modelo, no reemplazarlo por otro.
Lo que los chilenos han querido siempre es que este modelo funcione para ellos. Observan que la economía chilena funciona mejor que la de muchos países, notan la crisis en Venezuela, las dificultades económicas en Argentina, leen que los inmigrantes hoy desean ir a Chile, y recuerdan que décadas atrás ocurría lo contrario: los inmigrantes salían de Chile hacia otros países.
“El modelo funciona, aunque no funciona para mí”, reflexionan muchos votantes. Y da la impresión de que el presidente Boric consideró que “así como Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”. Y los chilenos no querían matar el neoliberalismo. Lo que querían era que la torta se repartiera mejor.
“Los chilenos no querían matar el neoliberalismo. Lo que querían era que la torta se repartiera mejor”
Como Boric quiso refundar el modelo, la alternativa que ofreció —tanto él como el proceso constituyente en 2022— era una especie de tierra prometida completamente nueva, distante. Y los chilenos no querían que les ofrecieran otra tierra prometida; querían un puente hacia la tierra prometida que ya podían ver. Para usar una metáfora bíblica: en esa tierra prometida fluye leche y miel, y los chilenos quieren algo de esa leche y de esa miel.
—En un trabajo titulado “In Pinochet’s Shadows: The Incidence of Authoritarian/Democratic Values on the Vote Choice in the 2022 Constitutional Plebiscite in Chile“, analizan junto a Fuenzalida Gauna y Osorio los valores democráticos y autoritarios en Chile. ¿De qué modo la sombra de Pinochet permite leer el balotaje entre Jeannette Jara y José Antonio Kast?
—El caso de Pinochet es interesante. A mi juicio, Pinochet es el personaje más importante en la historia chilena de los últimos setenta años. Allende probablemente es más simbólico, pero el Chile actual se parece mucho más a lo que implementó Pinochet que a lo que propuso Allende.
Chile, entonces, tiene que lidiar con ese legado. Por un lado, está el recuerdo de la violencia de la dictadura; por el otro, están los beneficios materiales del crecimiento. Chile puede “ir al psicólogo” —sanar el trauma— y también volver a una casa confortable o irse de vacaciones, porque tiene los recursos que le dio esa educación. Ese es el dilema: el Chile de hoy es producto de Pinochet, pero también es heredero de violaciones a los derechos humanos. Los chilenos no quieren a Pinochet, aunque conviven con lo que dejó.
El proceso constituyente fue, en parte, un intento de derribar la casa constitucional de Pinochet para construir una nueva. Pero los constituyentes lo hicieron de manera equivocada: quisieron diseñar una casa completamente distinta.
Y al final los chilenos dijeron: “Hay cosas peores que una constitución escrita por cuatro generales”. De hecho, dos veces prefirieron esa constitución antes que la propuesta de la extrema izquierda y la de la extrema derecha.
Lo que quieren los chilenos es que la democracia produzca resultados. Cuando hay bienestar, el ciudadano puede preocuparse por temas posmateriales: la corrupción, la calidad de la democracia. Pero cuando una familia no puede pagar la comida de sus hijos, lo que preocupa es la economía, la seguridad, el trabajo. Si la democracia no ofrece resultados concretos, la sociedad considera que la democracia no funciona.
En esta segunda vuelta, Kast —un candidato de extrema derecha— asegura que va a dar seguridad en las calles y trabajo. Y es lo que las personas necesitan. Jara, en cambio, asevera que el Estado solucionará los problemas. Y las personas sienten que el Estado no les da seguridad, no les da trabajo; ofrece subsidios, aunque no alcanza para vivir.
Kast no va a ganar porque los chilenos sean autoritarios, ni porque quieran terminar con el aborto, ni porque busquen discriminar a personas trans o seguir el camino de Viktor Orbán en Hungría. Va a ganar porque promete seguridad y trabajo. Y la sociedad no lo percibe como un candidato de extrema derecha, sino como alguien que puede resolver sus problemas cotidianos.

—¿Puede Kast leer el resultado de manera equivocada y, en vez de reforzar su mensaje sobre trabajo y seguridad, quedar atrapado en una deriva más reaccionaria?
—Ese es el gran riesgo de esta elección. A Kast le puede pasar lo mismo que a Boric. Kast obtuvo alrededor del 23% de los votos en primera vuelta y ahora va a ganar, probablemente con más del 55%. Entonces podría interpretar que los chilenos quieren mano dura, autoritarismo, terminar con el aborto. Si llega a esa conclusión, Chile tendrá problemas en septiembre de 2026. Kast va a tener una aprobación muy baja, los chilenos van a estar enojados y no va a poder gobernar. “Se lo eligió a Kast para que garantice seguridad y genere oportunidades, no para que hagas una cruzada conservadora”, concluirán distintos votantes. Y alguien puede pensar: “Mi hija es lesbiana y está bien; lo que quiero es que encuentre trabajo, no que la conviertas ni que la mandes a un sanatorio para que deje de ser lesbiana”.
Si Kast no comprende eso, en menos de un año va a tener el bajo nivel de aprobación que Boric actualmente y Chile va a seguir estancado. Eso producirá más descontento y alimentará a candidatos populistas que prometen soluciones inmediatas.
—En el artículo “The Impact of Ego-Tropic and Socio-Tropic Perceptions on Vote Choice in Constitutional Referendums: Evidence From Chile in 2022” afirman: “Las percepciones económicas influyeron de manera independiente en la decisión de voto, lo que respalda la idea de los referéndums constitucionales como elecciones de segundo orden, en las que los votantes ‘llevan sus billeteras’ a las urnas y no solo sus opiniones sobre el contenido constitucional”. ¿Hasta qué punto esa lógica de “llevar la billetera a las urnas” va a pesar en el balotaje del 14 de diciembre?
—Pesa mucho. La gente vota con el bolsillo. La mejor definición que escuché alguna vez sobre si a un país le está yendo mal es pararse en la frontera y ver cuánta gente está entrando y cuánta está saliendo. Las personas votan —y caminan— con el bolsillo.
Si interpretan que la economía anda mal, van a castigar al gobierno actual. Y las personas no son ideológicas. Se observó claramente en Argentina: la percepción de que la economía estaba mal llevó a muchos a votar por un candidato que aparecía con una motosierra y decía hablar con sus perros muertos.
Cuando se está en un pozo y no hay forma de salir, si alguien tira una cuerda, la gente se agarra.
En Chile, la economía ha crecido muy poco en los últimos diez años. Aunque en realidad la economía de casi toda América Latina creció muy poco en ese período. Probablemente Chile crece un poco menos que el promedio, porque se acabó el boom de las commodities. Las exportaciones latinoamericanas perdieron valor y los países tienen menos dinero.
Durante el boom de las commodities, presidentes de derecha como Vicente Fox eran populares, y presidentes de izquierda como Luiz Inácio Lula da Silva también lo eran. Cristina Fernández de Kirchner era popular, Michelle Bachelet era popular, Álvaro Uribe también. Cuando el boom se termina, todos se vuelven impopulares, de izquierda o de derecha, y en casi todos los países gana la alternancia. Hay un patrón: la gente está descontenta y vota en contra.
En América Latina está ganando casi siempre la oposición porque la gente percibe que sus países no avanzan. Los únicos casos donde gana el oficialismo son escenarios donde el gobierno logra construir un mensaje muy potente: o bien uno anti-elites, como en México con López Obrador y Claudia Sheinbaum, o bien uno de ley y orden, como en El Salvador con Bukele.
En Estados Unidos, Trump combina ambas cosas: convierte a los inmigrantes en una amenaza, los presenta como responsables del crimen. Aunque en Estados Unidos no hay una policía nacional y la delincuencia no es competencia del gobierno federal, él transforma la inmigración en un tema de inseguridad.
Kast está haciendo algo similar a Trump en Chile y con eso logra darle cierto sentido a la experiencia cotidiana de la gente. Muchos piensan: “Las cosas están mal; ahora hay inmigrantes; antes no había y estábamos mejor”. Entonces se hace una conexión causal inmediata: “estamos peor por culpa de los inmigrantes”. Kast aparece como alguien que “va a echarlos”.
Quienes hemos vivido décadas en Estados Unidos sabemos que no se puede echar a los inmigrantes. Se podrá expulsar a algunos, pero este país —como Chile— se ha construido sobre inmigración. Una vez que llegan, no se van, no se los va a poder expulsar en masa. Y si lo hicieran, el impacto económico sería muy negativo. La economía empeoraría, no mejoraría.
Entonces la pregunta clave es qué va a hacer Kast para responder a las expectativas concretas de la gente que espera mejorar su calidad de vida. La delincuencia no va a disminuir por echar inmigrantes. Y si efectivamente los expulsara, la economía se deterioraría aún más.
Para Kast es mucho más fácil ganar que gobernar.
—¿El fenómeno Parisi es un síntoma pasajero o la punta de lanza de una transformación más profunda del sistema político chileno?
—El fenómeno Parisi confirma algo que se sabe hace tiempo: muchos chilenos sienten que el sistema no funciona para ellos, sino solo para las élites. Parisi simboliza al chileno de clase media que quiere que el modelo funcione para sí mismo.
Cuando Parisi estaba en campaña, sonaba el teléfono y él lo atendía; hablaba en inglés con su hijo. Para la élite, eso era una grosería, una ridiculez. Para el chileno medio, era un espejo: “Ojalá mi hijo pudiera hablar inglés y tener esas oportunidades”. Parisi encarna una movilidad social ascendente que desafía al establishment.
Puede desaparecer individualmente, aunque el voto de Parisi sigue ahí. Es un voto de clase media que exige ser escuchada. En Argentina, esa clase media logró ser escuchada a través de Perón y se consolidó como una voz política fuerte. En Chile no hubo Perón. Esa clase media está tocando la puerta, pidiendo ser oída, y ese es el electorado de Parisi.
—¿Qué tipo de agenda económica debería ofrecer quien gane el balotaje para aspirar a un gobierno relativamente bueno en los próximos cuatro años?
—Hay que hacer dos cosas: crecimiento y distribución. Si se promete solo distribución, todos serán igualmente pobres; nadie quiere distribuir cuando no hay qué distribuir. Pero tampoco alcanza con prometer crecimiento. Ese fue el error de Evelyn Matthei en primera vuelta: decía “vamos a crecer al 3 o 4%”. La gente piensa: “Ya hemos crecido mucho y a mí no me toca”. Lo que quieren saber es cómo van a beneficiarse personalmente de ese crecimiento: cómo va a mejorar su sueldo, sus oportunidades, sus vacaciones, sus posibilidades de que sus hijos consigan trabajos mejores.
La gente quiere acceder al sueño chileno. Entonces, no basta con prometer crecimiento: hay que explicar cómo se va a repartir. La izquierda es mejor para distribuir, aunque no genera crecimiento. La derecha genera crecimiento, aunque no distribuye. Lo necesario es un gobierno que haga ambas cosas.
Los chilenos quieren acceder a esa Tierra Prometida. Bachelet lo representó muy bien en 2005: por primera vez después del retorno a la democracia no gobernaba un abogado ni un ingeniero, sino una mujer que se parecía a las mamás de muchos chilenos. En su campaña distribuían bandas presidenciales: la idea de que cualquiera podía “ponerse la banda” y alcanzar ese sueño.
Los chilenos llevan tiempo esperando entrar. Por eso, desde 2009, la alternancia es constante: la gente vota contra el oficialismo porque siente que no se cumple la promesa de producir más inclusión.
—¿Hasta qué punto el balotaje chileno y la elección de medio término en Estados Unidos del año que viene funcionarán como un test para evaluar si la ola populista de derecha sigue en ascenso?
—No creo que exista una “ola populista de derecha”. Discrepo de esa premisa. Lo que hay en América Latina es descontento con los gobiernos, y por eso gana la oposición. También hay una preocupación real por la delincuencia. Pero si la izquierda insiste en que la delincuencia es un tema “de derecha”, va a quedar fuera del poder mucho tiempo.
La delincuencia debería ser la primera preocupación de la izquierda. Si la izquierda promete libertad, hay que reconocer que no se es libre cuando no se puede salir de la casa. Cuando la izquierda dice que la delincuencia es consecuencia de las injusticias del sistema, eso es falso: hay gente pobre que respeta las reglas y gente pobre que delinque; hay ricos que respetan las reglas y ricos que delinquen. La delincuencia no nace de la estructura social, sino de decisiones individuales, y sus víctimas ven limitada su libertad.
No hay una ola populista de derecha; lo que hay es una izquierda que se compró las políticas de identidad y dejó de representar a los descamisados para representar a grupos específicos —inmigrantes, homosexuales, personas trans— que son grupos marginales, pero no mayoritarios. Los descamisados siguen siendo la mayoría.
En el proceso constituyente chileno, la palabra “indígena” o “pueblos originarios” aparecía muchísimas veces, mientras que la palabra “mestizo” no aparecía nunca. Y la mayoría de los chilenos son mestizos. Entonces desplazás a las élites, ponés en el centro a los pueblos originarios, y la mayoría queda afuera. El mestizo —esa clase media amplia que siente que la élite blanca lo discrimina y que el Estado protege a los grupos originarios— queda relegado.
Y es justamente ese mestizo el que debería ser el centro de los descamisados de la patria, el centro de atención.
—¿Y se puede considerar a Kast populista?
—Creo que no. Si hay una dimensión que podría asociarse al populismo es la del nativismo, esa apelación a los extranjeros como responsables de la delincuencia. Aunque me parece un error de la izquierda clasificar como populista a toda la derecha. Kast es un dirigente tradicional, un conservador de derecha. A veces lo catalogan como extrema derecha; probablemente lo es en algunas dimensiones, aunque no en todas.
Kast es un conservador promarket. No es proteccionista como Trump. Quiere hacer algunas reformas. Es alguien que va a la iglesia, cuya vida corresponde a la de un hombre conservador. Y así como me parece sano que un homosexual pueda ser presidente, también me parece sano que un ultraconservador que va a la iglesia pueda serlo. Siempre que ninguno de los dos pretenda imponer su estilo de vida al resto de los chilenos, lo que hagan en su vida privada da exactamente lo mismo.
—Pensando en un eventual gobierno de Kast, en cómo podría reordenar derechas e izquierdas, ¿qué país imagina para Chile en los próximos diez años en términos de política, economía y tejido social?
—Hay un camino posible para que Chile recupere la senda del desarrollo y de la inclusión, y ese camino pasa por el diálogo, por entender que el trabajo de la política consiste en que dirigentes que piensan distinto se pongan de acuerdo.
En Chile, el electorado eligió un Congreso donde el legislador pivotal, el que define, tiende a ser moderado. La estructura empuja hacia el acuerdo. Si Kast no logra acuerdos, el resultado va a ser desastroso. Si, en cambio, consigue acordar con dirigentes de otros sectores, el país puede avanzar con decisión hacia más crecimiento y más oportunidades.
—Si el balotaje en Chile consolida a Kast, las elecciones de medio término en Estados Unidos refuerzan al trumpismo y Milei logra sostenerse en Argentina, ¿qué tipo de “nuevo sentido común” imagina para las derechas de la región?
—Las derechas de la región tienen que decidir si creen o no creen en el modelo de libre mercado. En Estados Unidos, el gobierno de Trump no cree en él. Estamos viendo un estatismo enorme: el Estado tiene participación en empresas privadas, algo que no tiene sentido desde la lógica del libre mercado. Yo estudié en la Universidad de Chicago y, si el libre mercado fuera una iglesia, habría que expulsar a Trump de ella. No promueve el libre mercado; promueve un Estado muchísimo más entrometido en la economía de lo razonable.
El libre mercado ha sido el motor del crecimiento y de la riqueza en las sociedades capitalistas.
—En su tipología de liderazgos de derecha, ¿dirías que Milei se parece más a Franco Parisi o a José Antonio Kast?
—Milei se parece más a Parisi que a Kast. Kast es conservador, católico, va a misa, nació en la élite, es hijo de alemanes, es disciplinado, jamás agarraría una motosierra, ni sabría qué hacer con una. No es especialmente creativo, ha tenido la misma esposa toda la vida. Milei es mucho más del estilo de Parisi, o Parisi del estilo de Milei: ambos entienden de economía y representan a esa clase media que desafía a la autoridad.
Además Milei se parece más a la tradición del peronismo que Cristina. Cristina llevó al peronismo hacia la izquierda, mientras que Milei es más parecido a Perón que ella. Milei habla contra las élites. Y la idea de que el peronismo fue siempre “de izquierda” no es cierta: Perón era contemporáneo de Allende y tenían proyectos muy distintos. Milei, en cierto modo, retoma la figura de los descamisados que Cristina no recoge de la misma manera; los descamisados sufren la inflación y terminan votando por Milei.

—En Argentina se mira a veces con preocupación el avance de liderazgos de derecha en la región y se fantasea incluso con hipótesis de conflicto territorial, especialmente en torno a la Patagonia. ¿Ves en Kast o en la derecha chilena actual algún tipo de nacionalismo territorial que pueda tensar la relación con Argentina?
—La derecha chilena —y en general el nativismo chileno— se construye también sobre el mito de que Argentina “nos robó la Patagonia”. Habiendo crecido en el sur, puedo dar fe de que muchos chilenos no conocen el sur de Chile. Entonces aparece esta idea de “queremos que nos devuelvan la Patagonia”, una Patagonia que nunca fue realmente chilena y a la que tampoco planean ir.
Sí existe un incentivo nacionalista levemente antiargentino. Ha habido líderes de derecha que rompieron con esa tradición —Sebastián Piñera, entre otros—, y entendieron que la mejor manera de estar más seguros es tener a los vecinos cerca. Mientras más comercio exista entre Chile y Argentina, menos sentido tiene un conflicto.
Kast pertenece a la otra derecha que no ve a Argentina como un aliado potencial. Aunque también creo que es un tipo inteligente y que puede encontrar espacios de cooperación con Milei.
El hecho es que para cruzar de Chile a Argentina todavía hay que subir la cordillera. Hay túneles bajo el Canal de la Mancha, pero no tenemos túneles de baja altura con Argentina. Ese nacionalismo territorial se exacerba periódicamente, sobre todo desde discursos populistas.
Además, América Latina tiene gastos en defensa muy altos e innecesarios: ¿con quién nos vamos a pelear? ¿Con Argentina? ¿Con Bolivia? Las regiones que se desarrollan —como Europa— lo hacen porque integran sus economías, porque construyen infraestructura, aunque hablen idiomas distintos.
La izquierda suele tener un discurso más favorable a la integración, aunque después no lo materializa: hacen cumbres de presidentes y no pasa nada. Yo, en lugar de cumbres, construiría caminos y carreteras. Más infraestructura implica más comercio, más transacciones y menos espacio para fantasías territoriales. Los chilenos pasan a Argentina a comprar; los argentinos pasan a Chile. Esa es la integración real, la que desactiva el nacionalismo y cualquier idea de conflicto.
—Milei ganó la elección de medio término, se impuso en la provincia de Buenos Aires y hoy aparece bien posicionado para 2027. ¿Qué lectura general hace de ese escenario?
—Siempre miré a Argentina con cariño y respeto, pero también muchas veces con tristeza. Da la impresión de que Argentina no se merece la clase política que históricamente ha tenido.
Sin ser partidario de Milei ni simpatizar con su estilo agresivo y confrontativo —que me parece dañino y contrario a la función básica de la política, que es alcanzar acuerdos entre dirigentes que piensan distinto—, sí tengo la sensación de que Milei entiende que la preocupación cotidiana de la gente es que la economía funcione para que cada cual pueda desarrollar sus propios proyectos y llevar adelante su vida. Hubiera preferido que esa comprensión estuviera presente en la dirigencia política tradicional, que parece no haberlo entendido, y que eso hubiera evitado la llegada de alguien como Milei a la presidencia.
Aunque, como en medicina, si un tratamiento funciona, se continúa. Si Milei logra ordenar la economía, muchos argentinos van a decir: “sigamos con este presidente”, aunque sea ruidoso y genere conflicto.
Hubiera sido deseable que Argentina contara con líderes preocupados por la economía, dispuestos a tomar decisiones difíciles para encaminarla, sin necesidad de recurrir a un liderazgo tan polarizante y conflictivo como el de Milei. Aunque, al final del día, lo que los argentinos quieren es que la economía funcione y que ellos puedan llevar adelante sus propios sueños.

