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Federico Domínguez: “Si la economía sigue así, en 2027 van a ganar muchos gobernadores libertarios”

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En estos meses, Federico Domínguez divide la cabeza entre tres frentes: su hijo que viene en camino, la obra de su casa nueva y una agenda de medios que lo expone cada vez más como voz de los mercados. Habla de tasas, de la Fed, de bonos argentinos, responde mensajes de clientes desde el celular y al mismo tiempo se preocupa por llegar a tiempo a la ecografía de las 23 semanas. Quiere, dice, por lo menos terminar la casa antes de que nazca el bebé. Está casado con Florencia Castillo, quien estudió periodismo, es fotógrafa y además tiene un canal de YouTube donde genera contenido de lifestyle. 

La vida de Domínguez hoy se escribe en esa intersección entre la intimidad familiar y un país con un presidente libertario respaldado en las urnas el pasado 26 de octubre y una agenda de reformas profundas por delante; en ese escenario, él sostiene una mirada optimista sobre el rumbo económico del presente.

Antes de aparecer en televisión hablando de bonos y acciones, Federico Domínguez fue un chico que creció entre conversaciones de sobremesa donde se mezclaban historias de empresas y medicina. 

Pasó su infancia en Vicente López, hasta que a fines de 1999 sus padres decidieron cambiar de vida y mudarse a Cariló. Su padre llevaba años en la industria de las bebidas espirituosas, con una empresa propia que luego vendería al Grupo Campari; allí sería él quien terminaría ocupando cargos de CEO en la Argentina, en América Latina y después en Europa. Su madre es médica y se especializa en nutrición y diabetes. Entre esos dos mundos —el de las marcas globales y el del consultorio— fue creciendo Federico Domínguez.

La mudanza a Cariló abrió otro capítulo. Domínguez llegó allí a fines de 1999, recién terminado el séptimo grado, y pasó toda la secundaria viviendo entre los pinos y las calles de arena. Todos los días viajaba a Pinamar para ir al Colegio San Antonio, así que su mapa adolescente unía esas dos ciudades: el bosque, la playa, los amigos que iban y venían sin horarios ni celulares. El secundario lo hizo completo en Pinamar, con un ojo en el mar y otro en la intuición todavía temprana de que su camino profesional iría por el lado de la vida financiera.

En marzo de 2005 la familia regresó a Buenos Aires, Recoleta y Federico Domínguez empezó la universidad. Eligió la Licenciatura en Administración de Empresas en la Universidad de Belgrano. De día trabajaba; de noche cursaba. Las clases nocturnas funcionaban como un lugar donde podía darle contexto y una dimensión teórica a lo que había visto horas antes en la oficina.

Otra de sus grandes escuelas además de la facultad fue el Grupo Campari. Domínguez ha sido manager de toda la línea de licores y vodkas y conoció desde adentro ese universo de las bebidas espirituosas: licencias, registros, regulaciones, secretarios de Comercio que abrían y cerraban la canilla de las importaciones. Observó de cerca el momento en que su padre decidió vender la empresa, en 2008, en un contexto desafiante y que se agravó cuando Guillermo Moreno trabó la importación de Jack Daniel’s, una marca central del portafolio.

—¿Qué parte de esa historia personal sentís que te empujó primero hacia la licenciatura en Administración y más adelante hacia la maestría en finanzas? —le pregunta El Economista.

—Cuando terminaba el secundario tenía claro que quería ir hacia el lado de los negocios, aunque no tenía tan definido hacia dónde. Después, cuando empecé a trabajar, me di cuenta muy rápido de que me atraía mucho más todo lo financiero. Ahí aparece el cambio. En un momento viví en Holanda y, cuando volví, hice el máster en finanzas y entré de lleno en el mundo financiero —responde Domínguez. 

El capítulo holandés ocupa un lugar importante en su relato. En 2011 se instaló unos meses en Ámsterdam para trabajar en Bols, la destilería registrada más antigua del mundo. Allí se ocupó de estrategia de mercado, en un negocio que conocía desde chico por la vía familiar, aunque ahora desde una multinacional europea. Volvió a la Argentina y, al poco tiempo, otra vez hizo las valijas: en 2012 regresó a Ámsterdam con un amigo para probar suerte con proyectos de marketing y consultoría. Ese intento emprendedor dejó una certeza: el interés por los mercados y las finanzas insistía.

En marzo de 2013 volvió de forma más estable a Buenos Aires. Se inscribió en el Máster en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella. Ahí encontró profesores que, según cuenta, le cambiaron la cabeza. Uno de los nombres que menciona sin dudar es el del profesor y doctor en Economía por la Universidad de California Germán Fermo, quien transmitía en el aula “el amor por las finanzas y los mercados”. 

Licenciado en Administración por la Universidad de Belgrano y magíster en Finanzas por la Di Tella, Domínguez se especializa en mercados de capitales y en el sector tecnológico. Es consultor financiero y socio de Pampa Capital, una firma que opera en el mercado de capitales y asesora a clientes que buscan orientarse en el laberinto financiero argentino sin quedar expuestos a los vaivenes más bruscos.

En paralelo, escribe. Es autor de “La Rebelión de los Pandemials“, “Argentina hiper-acelerada” y “Volver a ser grandes“, tres libros que combinan divulgación económica, crítica política y reflexión generacional.

—Si se mira todo ese recorrido —la formación, los mercados, la tecnología, la escritura—, ¿qué hilo ves hoy que une esas etapas?

—Cuando se trabaja con mercados financieros, está todo totalmente conectado. Si se busca entender bien diversificación, mercados o decisiones que importan para un negocio, hace falta estar muy informado, y seguir qué pasa en geopolítica, en la Fed y la tasa, en la política de Estados Unidos. No alcanza con mirar un tablero; todo se conecta.

Su mirada sobre la economía parte del contacto diario con inversores y de un interés enorme por la historia argentina y del mundo. Desde ese lugar se volvió una voz habitual en debates públicos, con una postura claramente defensora del rumbo económico de Javier Milei.

En los próximos meses, entre gráficos de Bloomberg y planillas de Excel, lo esperan una cuna nueva y la mudanza a una casa terminada a las apuradas en Colegiales. Habrá noches sin dormir por motivos menos abstractos que la tasa de interés. 

En esta conversación con El Economista, Domínguez vuelve al presente: explica cómo se financia un salto en infraestructura sin desbordar las cuentas públicas, qué condiciones necesita la Argentina para que los habitantes de las islas Malvinas reconfiguren su mirada sobre el país, o qué período histórico sirve como espejo para pensar las claves de un camino de desarrollo más sólido. También reflexiona sobre el costo político de no tener gobernadores propios y el alcance real de un acuerdo con Estados Unidos. De cara a 2027, ¿cómo imagina que puede consolidarse el proyecto económico de Javier Milei? 

Mientras tanto, en Cariló, lo espera el mismo bosque de pinos; quizá dentro de poco lo recorra de nuevo, esta vez con su hijo en la bicicleta de al lado.

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Federico Domínguez se volvió una voz habitual en debates públicos, con una postura claramente defensora del rumbo económico de Javier Milei.

—En tu artículo de El Economista sobre Malvinas planteás que solo puede abrirse un debate real dentro de las islas si la Argentina proyecta un gobierno creíble hacia el exterior. ¿Considerás que el gobierno de Milei reúne esas condiciones para que los isleños empiecen a mirar al país con otros ojos?

—Sí, totalmente. Lo primero es que la Argentina tiene que ser un país serio y respetable, que proteja los derechos de propiedad, que mantenga una carga impositiva baja y que se alinee con Occidente y con los valores de Occidente. La peor forma de atraer a los isleños surge cuando aparece un gobierno populista que los confronta de manera abierta. Se necesita una estrategia de acercamiento.

Además, la Argentina tiene una proyección militar sobre el Atlántico Sur. Cuanto más cerca esté del paraguas de la OTAN, cuanto más cercana sea la relación con los Estados Unidos, más factible resulta imaginar que, en algún momento, pueda recuperarse el control de las islas. 

Hoy el Reino Unido mantiene una base en Malvinas, destinada tanto a la defensa del archipiélago como a su proyección militar sobre el Atlántico Sur y la Antártida. Ahora bien, si la Argentina se convierte en un socio confiable, la importancia de contar con una base militar en las islas —para la OTAN o para el Reino Unido— empieza a diluirse; esa presencia militar deja de tener el mismo peso estratégico. 

—Sobre la Ciudad de Buenos Aires escribiste que hoy se destina alrededor del 15% del presupuesto a obras, cuando, según tu mirada, habría que llevarlo al 50% para transformar la Ciudad. ¿Cómo se financia un salto de esa magnitud sin subir impuestos ni endeudar en exceso a la Ciudad?

—Buenos Aires tiene un margen enorme para recortar gastos, cerrar ministerios y secretarías, y reducir el empleo público. El empleo en la Ciudad pasó de 105.000 trabajadores en 2003 a más de 230.000 en la actualidad. Una parte se explica por el traspaso de la Policía, que suma 27.000 efectivos, y algo por la Justicia. Aunque incluso descontando esos factores, el empleo público se multiplicó, y ahí aparece un área donde reducir es posible.

¿Y cómo se mejora el servicio? Con obra pública privada, respaldada con alguna garantía estatal o con el pago de un canon de uso por parte del Estado u otros modelos similares, pero con el sector privado a cargo de la construcción. Lo central es evitar que el Estado construya, porque ahí es donde aparece la corrupción. Para que Buenos Aires se acerque a estándares de ciudad de primer mundo, la inversión tiene que ser masiva.

Se necesitan 80 kilómetros nuevos de subte, soterrar todos los ferrocarriles, transformar playas de estacionamiento en estacionamientos subterráneos bajo plazas, replantear la Ciudad de punta a punta. Y en materia de salud y educación, aparece la idea de avanzar hacia un modelo donde el sector privado gestione los hospitales y la Ciudad pague por la atención de los porteños. En educación, existe margen para implementar gradualmente modelos que amplíen la libertad de elección de estudiantes y familias.

Desde charter schools hasta bonos escolares y homeschooling: todo ese abanico de propuestas de educación liberal tiene que estar sobre la mesa.

—Y respecto de lo que planteaste sobre el sistema de salud, ¿no existe el riesgo de que la salud pública quede debilitada?

—No, seguiría siendo gratuita. El ejemplo de San Nicolás, en la provincia de Buenos Aires, muestra un camino posible. San Nicolás tiene dos hospitales privados que fueron construidos por el municipio y luego concesionados. No los gestiona el municipio. Conviene empezar a observar otros modelos que pueden ser más eficientes. Eso es clave, porque suele confundirse la gestión privada con la privatización de la salud y la educación, como si eso dejara a la población sin atención gratuita. Y eso es falso. La atención sigue siendo gratuita y la financia el Estado; la prestación queda a cargo del privado.

—¿Considerás que La Libertad Avanza gestionaría mejor la Ciudad de Buenos Aires que el PRO?

—Sin dudas. La visión que tiene La Libertad Avanza para la Ciudad de Buenos Aires es muy superior a la mirada estatista del PRO. A mucha gente la gestión porteña le puede parecer buena porque compara contra ciudades del interior. Aunque hay que considerar varios factores. Primero: la Ciudad es el doble de rica que el promedio nacional. El PBI per cápita es el de un país europeo. El resto del país no está en esa situación. Eso obliga a fijar una vara mucho más alta.

Durante la primera gestión de Mauricio Macri, hubo obras importantes: avances en el soterramiento del Sarmiento, ampliaciones del subte, aunque con restricciones de financiamiento. En cambio, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta prácticamente no hubo obra profunda. El Paseo del Bajo y la elevación de los ferrocarriles se hicieron con fondos nacionales. Lo demás fueron plazas y mejoras estéticas. La Ciudad dejó de encarar obra estructural, mientras el empleo público se multiplicaba. 

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Domínguez: “La visión que tiene La Libertad Avanza para la Ciudad de Buenos Aires es muy superior a la mirada estatista del PRO”

—En la historia económica argentina, ¿qué etapa ayuda más a pensar un camino de salida con cierta estabilidad?

Sin dudas, el período que va de 1880 a 1946. Si se observa con detenimiento, después de la caída del tirano Rosas y con la Constitución liberal de Alberdi en 1853, la Argentina empezó a tener un norte claro, aunque todavía arrastraba conflictos armados internos, inestabilidad y la falta de una capital definida. 

Con Roca aparece el orden: termina con los conflictos internos, federaliza la ciudad de Buenos Aires, empieza a ordenar la economía, la moneda. A partir de ahí comienza un ciclo de crecimiento espectacular. Había orden político y se acabaron las disputas internas, y eso abrió la puerta a un desarrollo económico que en pocas décadas convirtió a la Argentina en uno de los países más prósperos del mundo, y no únicamente en términos de PBI per cápita.

Ese progreso se nota en indicadores concretos: kilómetros de vías férreas, niveles de alfabetización, consumo de aceite de oliva, vivienda, automóviles per cápita —Argentina tenía más que Inglaterra en la década del veinte—. Eran indicadores propios de un país desarrollado para los estándares de la época. 

No corresponde comparar la Argentina de 1930 con los criterios actuales; hay que compararla con su tiempo. En un mundo donde el 90% de los países eran pobres, Argentina funcionaba como un oasis de prosperidad. Por eso llegaba tanta inmigración: la gente quería venir a la Argentina.

Y hoy estamos ante una situación parecida a la de fines del siglo XIX. Aparece un boom de exportaciones sin precedentes. Durante dos siglos vivimos del campo, aunque ahora se suman los hidrocarburos y los minerales estratégicos. Eso proyecta un superávit comercial de dos sectores —energía y minería— de US$64.000 millones para 2033, una cifra equivalente al 80% de las exportaciones actuales. 

Si tuviera que mirar un período similar, elegiría ese: el momento en que Argentina fue faro del mundo, la “París de Latinoamérica”, el granero del mundo, un destino al que venían científicos, políticos y figuras de todas partes. Y la Argentina puede recuperar parte de ese brillo gracias a las ideas liberales. En ese entonces existía un modelo de país abierto al comercio, al capital, a la tecnología, con un Estado chico y derechos de propiedad sólidos. Hoy se está intentando aplicar una fórmula parecida.

—¿Cómo interpretás hoy el golpe de Estado de 1930 que derrocó a Yrigoyen?

—Fue un error. El radicalismo tenía dos aspectos importantes: por un lado, contuvo el crecimiento de la izquierda —el anarquismo y el socialismo nunca tuvieron un gran desarrollo en Argentina—, y le dio representación a las clases populares. 

Incluso con los rasgos populistas de Yrigoyen, no rompió la matriz del modelo exportador que siguió en pie y el Estado creció dentro de parámetros compatibles con el desarrollo del sector privado.

Cuando se deja a las clases populares sin representación —con el golpe de 1930— se generan las condiciones para el nacimiento del peronismo, es decir, para la llegada del fascismo a la Argentina. 

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Domínguez: “Cuando se deja a las clases populares sin representación —con el golpe de 1930— se generan las condiciones para el nacimiento del peronismo”

—El Gobierno nacional presentó el marco inicial de un acuerdo comercial con Estados Unidos que generó entusiasmo en algunos sectores y mucha cautela en otros, como alimenticias y laboratorios nacionales. ¿Cómo leés este movimiento hacia un acuerdo con Washington?

—El acuerdo es fantástico. Estados Unidos señala que la Argentina es un socio confiable para su seguridad comercial y para su seguridad nacional. Sectores estratégicos en los que Estados Unidos no quiere depender de países no aliados encuentran en Argentina un proveedor posible. Y ahí se abren inversiones: OpenAI, minería, exportaciones de productos considerados estratégicos para la cadena de suministros. 

En un mundo con fuertes tensiones geopolíticas, el alineamiento con Estados Unidos trae beneficios para la agroindustria, la industria tecnológica, la minería y todos los minerales estratégicos. Estados Unidos quiere comprarle a aliados, sabiendo que, si hubiera un conflicto con China, ese suministro no se interrumpiría.

Lo que se busca en un mundo con hipótesis de conflicto es asegurar suministros que no puedan ser interrumpidos. Argentina, por ser aliada, no enfrenta riesgos políticos de interrupción, y por estar lejos de los focos de conflicto tiene menos chances de cortes derivados de una guerra.

—Actualmente La Libertad Avanza no tiene ningún gobernador propio y la mayoría de las provincias sostiene esquemas de gasto alejados del credo libertario. ¿Por qué no apareció todavía una provincia gobernada por libertarios que funcione como “caso testigo”?

—Porque ningún gobernador se animó hasta ahora a recortar gasto en serio. Algunas provincias ajustaron algo, aunque el superávit actual se explica por la suba de ingresos brutos. Son superavitarias a costa de sacarle plata al sector privado. Al final, el gasto público se financia con impuestos, deuda o emisión. Hoy lo financian con impuestos altísimos.

Ingresos Brutos pasa desapercibido, nadie lo ve, pero recauda 4,3% del PBI: equivale a trece puntos de IVA. Por eso la competencia fiscal entre provincias es decisiva. Se necesitan incentivos para que las provincias reduzcan gasto y también impuestos.

—¿Imaginás que en 2027 puede ganar un gobernador libertario?

Si la economía sigue así, en 2027 van a ganar muchos gobernadores libertarios. Los próximos dos años, en términos económicos, pueden ser muy buenos. La gran duda del mundo respecto de la Argentina era doble: primero, si los argentinos iban a votar un gobierno libertario —en 2023 sucedió—; después, si quienes pedían una motosierra iban a tolerarla y volver a convalidar el modelo en las urnas. Y eso pasó.

Se aplicaron recortes fuertes: el gasto público cayó treinta puntos, se eliminó el déficit fiscal consolidado —quince puntos del PBI—, la pobreza bajó de 54% a 30% y apareció una recuperación en salarios reales. Con mayor confianza, mayor demanda de dinero y más inversiones, los próximos dos años deberían ser muy favorables para la economía. El gobierno, salvo un shock internacional o algún hecho extraordinario, debería llegar al 2027 con una elección muy buena.

—¿Se proyecta crecimiento para la Argentina en los próximos dos años?

—Los próximos dos años tienen que ser buenos en términos de crecimiento económico. La Argentina va a crecer fuerte. Apenas salga el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) de noviembre se va a evidenciar que, pos elecciones la economía está creciendo. Hoy la economía crece. Se observa en la demanda de crédito. La demanda de crédito se recuperó y eso muestra que la economía se está expandiendo.

El potencial del país, manteniendo orden fiscal, es del 4% anual. Si a eso se le suman reformas estructurales —como la laboral—, la Argentina puede crecer entre el 5% y el 7% durante muchos años.

—¿Considerás viable crecer al 3%-4% durante treinta años?

—Sí, totalmente. Si la Argentina mantiene el rumbo: desregulación, menos impuestos, menos Estado, más funciones transferidas al sector privado, el objetivo de Milei —convertir al país en el más libre del mundo— es alcanzable.

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“La Argentina puede crecer entre el 5% y el 7% durante muchos años”, señala Domínguez. 

—Santiago Bausili, presidente del Banco Central, afirmó que no es conveniente fijar un ritmo explícito de acumulación de reservas y que ese proceso solo avanzará cuando “la demanda de pesos lo permita”. ¿Cómo interpretás esta cautela del BCRA?

—Lo central es que toda expansión en la cantidad de pesos acompañe a la demanda de dinero. Si no, se vuelve inflacionaria. Cuando aumenta la demanda de dinero, se puede monetizar vía compra de reservas. 

Los bancos centrales deben mirar la cantidad de pesos antes que la cantidad de dólares. En el presente el Banco Central está muy bien capitalizado, además del swap. No veo la acumulación de reservas como un problema del Central, sino como un objetivo del Tesoro para afrontar pagos de deuda. Los próximos 24 meses están cubiertos por el acuerdo con Estados Unidos, aunque es aconsejable que el gobierno empiece a comprar dólares y vuelva a los mercados de crédito. Ya estamos en condiciones de hacerlo. La pregunta es a qué tasa quiere salir el Tesoro. Probablemente haya alguna emisión cerca del 8% para dar una señal al mercado y luego esperar mejores condiciones.

En cuanto a la acumulación de reservas, la economía está completamente desmonetizada. La base monetaria ampliada es menos de 6 puntos del PBI. La base monetaria incluye billetes y monedas en circulación más los depósitos de los bancos en el Banco Central. La base monetaria ampliada suma los depósitos del gobierno en la cuenta corriente especial del Central, aunque esos depósitos se achican cada vez más. El punto es que la economía tiene muy pocos pesos y, cuando crezca, va a necesitar más. Crecimiento y baja de la inflación aumentan la demanda de dinero. Esa mayor demanda permite emitir pesos comprando reservas. Ese proceso será fuerte porque el nivel actual de desmonetización es muy alto.

Si la Argentina pasa de una base monetaria ampliada equivalente a 5,5% o 6% del PBI a una base del 8%, eso implica un potencial de compra de reservas de unos US$23.000 millones.

La economía demanda más pesos cuando crece y cuando baja la inflación. Las personas se sienten más cómodas teniendo plata en cuentas digitales, y las empresas necesitan más saldos en caja de ahorro o cuenta corriente. En períodos de alta inflación nadie quiere pesos. Con mayor estabilidad, si hay un pago dentro de tres meses, la decisión cambia. Hoy muchos prefieren quedarse en pesos esos tres meses, porque las tasas de interés reales son positivas.

—Se observan acercamientos con gobernadores. ¿El gobierno nacional revalorizó la importancia de los acuerdos para consolidar el rumbo?

—Sin dudas. Hubo un factor muy positivo en Milei. Cuando Macri perdió las elecciones en 2019, se enojó y dio un discurso espantoso. Cuando Milei perdió la provincia de Buenos Aires, el dirigente al que muchos describían como emocionalmente inestable dio un discurso impecable: habló de escuchar, de tomar nota, de seguir trabajando. 

Después de la elección de octubre, con la victoria del 41%, en lugar de subirse a los laureles, Milei dijo que era momento de negociar. ¿Cómo se negocia con el peronismo? No se puede negociar desde la debilidad. Quien negocia desde la debilidad termina concediendo beneficios fiscales enormes que llevan al déficit. Al negociar desde la fortaleza, Milei hizo tabula rasa, abrazó a Jorge Macri, a Ignacio Torres, a todos con quienes tuvo diferencias y puso a la Argentina primero. Desde esa posición, con un programa de cinco anclas, el gobierno tiene condiciones para generar consensos, sobre todo en materia de reforma laboral y otras reformas estructurales.

—¿Podrías desarrollar la idea de las cinco anclas?

—Hasta ahora se hablaba de tres anclas. El ancla del tipo de cambio, vigente desde diciembre de 2023. El ancla fiscal, desde enero de 2024, cuando se alcanzó el superávit. El ancla monetaria, desde julio de 2024, con el congelamiento de la base monetaria amplia y sin más emisión de pesos. A eso se sumaron dos anclas nuevas. La ancla geopolítica, en octubre de 2025, por el apoyo sin precedentes de Estados Unidos en materia financiera y comercial. Y la ancla política, resultado de la última elección, que brinda mayor representatividad en el Congreso para defender el superávit fiscal e impulsar reformas estructurales.

—De 1993 a 1998 la economía argentina creció, pero eso no se tradujo en más y mejores empleos y salarios. ¿Puede sucederle lo mismo a Milei?

—En los años noventa aumentó el salario, pero también aumentó el desempleo. Durante la convertibilidad hubo una incorporación masiva de mujeres al mercado laboral. Hoy las mujeres ya participan casi al mismo nivel que los hombres. También aumentó la edad jubilatoria en cinco años, lo que amplió la oferta de trabajo. Y hubo un salto de productividad enorme. Todos esos factores generaron un desempleo estructural más alto, en un contexto que también mostraba tendencias similares en el mundo. Hoy la situación es distinta. No veo ninguno de los factores de los noventa que podrían generar un salto fuerte en el desempleo.

—¿Cómo evaluás el presente y el futuro de los créditos hipotecarios?

—Es clave la estabilidad macroeconómica y el fortalecimiento de los derechos de propiedad; es importante que si alguien no paga un alquiler pueda hacerse un desalojo inmediato. Eso permitiría que personas sin garantías tradicionales puedan alquilar. También hace falta mayor trabajo de los bancos para ofrecer garantías a quienes no tienen propiedad como aval. 

Con más estabilidad macro, el crédito UVA puede expandirse. Y se necesita más empleo formal: alguien en el sector informal no tiene tarjeta de crédito, no puede tomar un crédito hipotecario ni acceder a una obra social. La reforma laboral es central también para el desarrollo del crédito hipotecario. Quien tiene un empleo formal y estable va al banco y obtiene crédito. El problema es que el universo de empleo formal es todavía muy chico.

—¿En qué puede beneficiar a la Argentina una reforma laboral?

—Muchísimo. Ningún gobierno en ochenta años logró una reforma laboral significativa; todas fueron cosméticas y con más beneficios para los sindicatos, mientras que el trabajador siempre terminó perdiendo. ¿Dónde aparece el beneficio? En que las empresas ganan previsibilidad y dejan de enfrentar costos de indemnización tan altos. Los costos laborales no salariales hoy son enormes. Y para el empleado, una reforma laboral abre el acceso al universo del empleo formal: tarjeta de crédito, crédito hipotecario, obra social. Es fundamental. 

La reforma laboral es la más importante de todas las discusiones en curso. Aprobar un presupuesto sirve, aunque ya quedó demostrado que se puede gobernar sin presupuesto. Una reforma impositiva es relevante, pero lo más importante es seguir bajando el gasto público para poder reducir impuestos en lugar de reacomodarlos. Por eso la reforma laboral es la madre de todas las batallas.

—¿Cuál será la inflación de 2026?

Están todos los factores monetarios dados para que la inflación sea baja y se retome el sendero de desinflación. Estos meses hubo una volatilidad enorme en la demanda de dinero, con una demanda de cobertura preelectoral de 40 puntos del M2: compra de dólares y compra de instrumentos para cubrirse de una posible suba del tipo de cambio. El M2 incluye billetes y monedas en poder del público, cuenta corriente, caja de ahorro y los fondos depositados en billeteras virtuales. Esa demanda de cobertura fue inédita. Hubo una caída de la demanda de dinero y, aun así, la inflación se mantuvo cerca del 2%. 

Hoy la demanda de dinero vuelve a recuperarse. Con un Banco Central cada vez más capitalizado y un gobierno decidido a evitar un exceso de pesos, la inflación del año próximo debería converger con la internacional.

—¿Evaluás que el gobierno podrá ganar la reelección en 2027?

—Sí. Considero que debería poder reelegir sin problemas. Imagino un gobierno que avanza a paso firme. Nunca fue tan claro el rumbo del país. Cuando Milei dice “queremos ser el país más libre del mundo”, sintetiza toda su política de gobierno. La única cuestión es la velocidad a la que puedan hacerse los cambios y los consensos necesarios para lograrlos. Pero el norte está clarísimo. 

—¿Existe la posibilidad de que el 2026 repita la dinámica del 2018 macrista?

—No. Son mundos distintos. Macri tenía una coalición de centroizquierda: desde el PRO hasta la Coalición Cívica; había mucha gente con vocación estatista y muchos que vivieron toda su vida del Estado. Hoy eso no existe. Este es un gobierno con una base electoral genuinamente de centroderecha. Y los números son completamente diferentes. En 2018 había déficit fiscal de seis puntos del PBI, déficit de cuenta corriente de cinco puntos y déficit cuasifiscal de cuatro puntos. Cuando estalló la crisis, esos eran los números. 

Actualmente hay superávit fiscal, un déficit de cuenta corriente que rondará un punto y medio del PBI y no hay déficit cuasifiscal. La economía es mucho más sólida. El apoyo popular al modelo liberal es más fuerte, especialmente entre los jóvenes. Y el apoyo internacional es mayor que en 2018, en un mundo donde la geopolítica pesa más y en un contexto de boom exportador muy superior al de entonces. Las bases son mucho más firmes.

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