La sociología como forma de leer el mundo
En un aula del Ciclo Básico Común (CBC), en Lugano, un grupo de estudiantes de ingreso mira de reojo un texto subrayado hasta el cansancio. En el programa aparece Marx, el economista díscolo. Para una parte del curso, el apellido funciona casi como una mala palabra. “Por YouTube y por Milei, Marx quedó como un vago que nunca laburó”, recuerda que dijo una alumna el escritor e investigador Joaquín Linne. La frase lo hirió “un poco”, admite, aunque no lo sorprendió. Hace años registra ese desplazamiento de las subjetividades juveniles: varones sub 30 ajenos a politizaciones progresistas o mujeres cercanas al mundo libertario. Jóvenes subjetivamente diferentes a la juvenilización que puede sentirse como más propia e identitaria. Chicos y chicas que leen “menos” y se sienten cómodos con formatos cortos, fragmentarios, inmediatos. Habitar esas aulas es entrar en una trinchera —necesaria y no siempre confortable— para lo cual es preciso librarse de prejuicios y leer, con hondura, qué pasa allí. Y cómo seguir haciendo cosas con palabras.
Linne, sociólogo, magíster en Comunicación y Cultura y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), lleva más de quince años dedicado a ese mundo: internet, redes sociales, plataformas digitales y sus efectos sobre los vínculos, los estudios, el trabajo y la vida afectiva de las nuevas generaciones del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).
Investiga como docente e investigador del CONICET en el Instituto Gino Germani, pasa varias tardes por semana entre aulas de la UBA y la Universidad Nacional de Lanús (UNLa); así como también dicta clases en la Universidad Abierta Interamericana (UAI) y la Universidad Católica de Salta (UCASAL). Al mismo tiempo, Linne reflexiona en publicaciones que se leen en revistas académicas de varios países.
Su último libro es “La reinvención del amor“, publicado este año por la editorial Siglo XXI: “El libro significó cinco años de mucho laburo e investigación con una obsesión por el texto para que quedara dinámico y esquivara el lugar común, sin caer en otro lamento más sobre el avance de la tecnología”, explica en conversación con El Economista. La apuesta central fue no demonizar las pantallas ni plegarse al gesto conservador del reproche automático.
El punto de partida está lejos del tono del especialista que dicta sentencia. Linne se incluye adentro del problema: se mira en el espejo del WhatsApp abierto a toda hora, del celular que vibra al costado de la computadora, de la jornada partida en cien pestañas. “En realidad somos muchos quienes caemos en un uso problemático de WhatsApp, del celular“, admite. Y subraya una discusión que atraviesa el estado del arte en el tema: dónde trazar la frontera entre adicción, uso problemático y simple uso intensivo. “Chequear WhatsApp 126 veces por día para trabajar, para hablar con seres queridos y también un poco en vano, con una lógica medio maníaca. Es una línea fina”, resume.
“Lo que se observa en las aulas y entrevistas es que existe un continuo. Jóvenes que usan redes e internet para estudiar, trabajar, armar proyectos y sostener amistades, y al mismo tiempo sienten que no pueden soltar el celular ni un rato. Ese doble movimiento —necesidad y hartazgo— aparece todo el tiempo en los relatos”, detalla Linne.
En ese cruce entre investigación y vida cotidiana se armó también su propia biografía. Circa años ochenta de la Argentina. Porteño, nacido y criado en Villa Urquiza, Linne creció en una familia marcada por oficios vinculados a la salud mental: madre psicóloga, padre psiquiatra, hermana psicóloga. El mapa afectivo se completa con su pareja, socióloga.
La escuela primaria fue la Manuel Acevedo, Escuela 15, en el corazón de Villa Urquiza. Después en el secundario fue al Liceo 9, en Belgrano, siempre dentro del sistema público. La universidad, otra vez, tuvo la misma sigla: Licenciatura en Sociología, Maestría en Comunicación y Cultura y Doctorado en Ciencias Sociales, todo en la UBA.
En esa casa de Villa Urquiza donde se crió, la hermana mayor fue figura clave. Con ella llegaron cassettes de los Redondos, The Doors, Pink Floyd. Los clásicos del rock venían sobre todo por sus padres, mientras que las bandas más contemporáneas —Jim Morrison, Jimi Hendrix— ya no estaban en su radar y entraron por vía fraterna. También aparecieron libros que no figuraban en ningún programa de estudio.
El otro golpe de lectura llegó de forma casi azarosa. Antes de los 16, Joaquín encontró en una biblioteca de la casa un libro de Charles Bukowski que había comprado su padre. “Me partió la cabeza”, recuerda. Empezó solo, de forma autodidacta; pero algunos docentes de Lengua y Psicología del secundario alentaron esa pulsión.
El salto llegó con el Centro Cultural Rojas: el taller de escritura para adolescentes que coordinaba el escritor Diego Paszkowski, semillero de época. Linne se formó allí durante una década clave. De ese espacio salieron varios de sus mejores amigos y amigas y, quizá, una parte nada menor de su biografía intelectual. Conoció, entre otros, a Ana Cecchi, Gabriel Vommaro y Hernán Vanoli. “Era un espacio de mucha cercanía y amistad, atravesado por un interés común en las ciencias sociales, la escritura y la literatura”, recuerda. “Funcionaba como un grupo cercano que remitía a algo más grande, un mundo compartido”. En la academia, en las aulas, en los talleres: la convicción de aprender junto a otros.
—¿Qué lugar ocupa Raymond Carver en tu formación?
—Gran influencia. Probablemente el mejor cuentista norteamericano del último cuarto del siglo XX. Su escritura casi sin adjetivos marcó fuerte una tradición ascética, central en el realismo de clase media trabajadora en Estados Unidos, que guarda cierta semejanza con la realidad argentina. En Carver veía una realidad ampliada que no encontraba en muchos relatos más mainstream. Era una especie de Bukowski más refinado, como decía Paszkowski.
Esa combinación de inquietudes desembocó en la elección de la carrera de Sociología: punto de convergencia entre la sensibilidad literaria, el interés por la sociedad y amistades que ya cursaban allí. La UBA ofreció un recorrido completo: grado, maestría y doctorado. La tesis doctoral llevó un título preciso: “Autopresentación, amistad y vínculos sexo-afectivos en sitios de redes sociales en adolescentes de sectores populares de la Ciudad de Buenos Aires”.
Mientras tanto, en el living de su casa de adolescencia, otra presencia se colaba en la escena. Oliver, perro mezcla de pointer y dálmata, acompañó películas europeas en el sillón. Ahora es parte de la familia su gata Mila.
La vida profesional se consolidó alrededor de dos ejes: investigación y docencia. Como investigador del CONICET, Linne integra grupos que estudian tecnologías de la información y la comunicación, género y educación en jóvenes del AMBA.
Algunos de sus artículos más significativos son “Pet Families. Modos de leer nuevas formas de vivir juntos“, coescrito junto a la profesora Florencia Angilletta, en torno a la importancia de la amistad como afecto central para las generaciones actuales, junto a la práctica cada vez más frecuente de armar familias con mascotas.
También es destacable “El deseo de ser primera generación universitaria. Ingreso y graduación en jóvenes de sectores populares“, un texto producto de la experiencia de dar clases en el CBC y en cursos de ingreso del conurbano. Ese paper sostiene una idea fundamental: quienes se apropian de la universidad y arman grupos de pares avanzan mejor que quienes no. Por eso es fundamental no sólo impulsar el ingreso a la facultad sino también las políticas de acompañamiento y permanencia.

El amor, reinventado
En la Argentina de tarifas brutales, alquileres en dólares y ansiedad política permanente, el amor también habla en clave de crisis. Circulan palabras que hace una década parecían jerga de nicho —love bombing, ghosting, orbiting, breadcrumbing— y hoy aparecen en tuits virales, sesiones de terapia y charlas de bar. Ese léxico nuevo condensa un malestar más amplio: vínculos veloces, expectativas altas, sensación de reemplazo inmediato. A ese paisaje afectivo, tan argentino como global, le pone lupa Joaquín Linne en “La reinvención del amor. Una etnografía de cómo es enamorarse, tener sexo, amigos y/o mascotas en tiempos de Tinder”, editado por Siglo XXI y publicado este año.
Linne no escribe desde afuera del fenómeno. En el prólogo recuerda un viaje de tres meses por América Latina, a comienzos de los 2000, cuando narraba sus intentos amorosos en un blog de hostel. “Este libro es sobre los modos en los que traficamos afecto y deseo, nos narramos a nosotros mismos y nos vamos transformando con internet mientras buscamos a la ballena blanca del amor“, escribe Linne. Y agrega: “Dos personas se conocen, toman algo, pasean por lugares comunes y se hacen la misma pregunta: ¿volveremos a encontrarnos?”.
La estructura es clara. Abre con una presentación de Claudio Benzecry, destacado sociólogo argentino y director de la colección, y sigue con un prólogo de Linne titulado “Los enredos del amor”, y dos partes con nueve capítulos en total, un epílogo, agradecimientos, glosario y bibliografía.
La primera parte, titulada “El amor en la era digital” y desarrollada a lo largo de los capítulos 1 a 5, se concentra en las infraestructuras tecnológicas: redes, algoritmos, apps, protocolos de cortejo y formas de alejarse. La segunda, “Afectos en juego: sexualidad, cultura y posromance”, que abarca los capítulos 6 a 9, amplía el foco hacia la pornificación, la lógica gamer, el posromance y los nuevos mapas afectivos que incluyen plantas y mascotas. El glosario final —donde se desmenuzan términos como swipear, ghosting, curving o benching— funciona como puente entre generaciones y también una herramienta de precisión para quienes ya hablan ese idioma afectivo.
En la presentación, Benzecry ubica rápido el corazón del libro. Retoma una frase de Charly García: “Como en la canción de Charly, uno está solo y al mismo tiempo rodeado de muchos otros, de mucho bochinche”, y plantea que “La reinvención del amor nos acerca a este nuevo intento por controlar la potencialmente infinita proliferación de elección de personas con quienes conectar para intentar un vínculo sexoafectivo”. Subraya tres argumentos que atraviesan todo el texto: la sexualidad como campo privilegiado para observar el refinamiento de los gustos; las continuidades y rupturas entre mediaciones tecnológicas viejas y nuevas; y los cambios generacionales en el “locus” del afecto. De ahí surge una frase que resume el gesto de Linne: la tecnología “no determina, sino que facilita un tipo de relaciones sociales que se sobreimprime a patrones de vínculos históricamente anteriores”. El libro discute con el determinismo tecnológico sin caer en la nostalgia.
El prólogo, “Los enredos del amor”, ofrece la escena de apertura. Linne narra el pasaje del blog de viaje a las pantallas hiperconectadas y cuenta el detrás de escena de la investigación: “En los últimos cinco años, investigué las apps de citas mediante una etnografía virtual que combinó autoetnografía, observaciones, entrevistas y encuestas a jóvenes sobre cómo viven y organizan sus vínculos”. Se propone evitar el lugar común de condenar a las tecnologías y prefiere “desentrañar su paradójica fascinación”. No se limita a Tinder: “WhatsApp, Google, YouTube y Netflix se han convertido en parte de nosotros, más allá de la clase social y del género: selfies, memes, audios, videollamadas, stickers, stories, reels o carretes funcionan como tecnologías del yo y leitmotivs generacionales”. Con la pandemia como giro, las apps de citas “desbordaron sus audiencias históricas” y, como sintetiza en una línea que condensa un cambio de época, pasamos “del ‘no sos vos, soy yo’ al ‘no sos vos, es el algoritmo'”.
“El medio es el mensaje porque el medio modela y controla la escala y la forma de nuestras interacciones humanas, algo que se magnifica en el universo digital”, escribe Linne en el primer capítulo en el que retoma la fórmula de McLuhan y la actualiza.
“De las chaperonas a las apps de citas”, segundo capítulo del libro, traza la genealogía del tecno-amor. Linne recuerda que “la idea de que el romance deba ocurrir dentro del horizonte del matrimonio es una invención moderna” y reconstruye el pasaje de casamenteras, agencias matrimoniales y anuncios personales a los primeros algoritmos de emparejamiento en Stanford y Harvard. Luego entra en la era de Match, eHarmony, OkCupid, Meetic, Badoo, Tinder, Bumble, Grindr y sus múltiples derivaciones de nicho. Las apps, junto con las redes, “se han convertido en el principal medio de socialización para las personas solteras, separadas, viudas, en pareja abierta o en relaciones clandestinas” y “actúan como el GPS afectivo de cada vez más personas, aunque ninguna indique un único camino hacia el destino deseado”.
En el tercer capítulo Linne recupera a Pierre Bourdieu para recordar que el estatus no depende sólo del capital económico sino también del cultural, social y simbólico, y suma una capa generacional: “La juventud no es solo una etapa biológica, sino una estética de la vida cotidiana que se inscribe y se performatiza en los cuerpos”. El cuerpo, las fotos, los viajes y la ropa actúan como señales: “Nadie exhibe sus extractos bancarios ni sus recibos de sueldo, aunque sí indicios de su capacidad de compra”. Esa economía simbólica queda a la vista en bios saturadas de glaciares, cataratas, Disney o Airbnbs globales.
“Antes y después del match”, cuarto capítulo, baja al terreno concreto de las biografías y los chats. La frase que condensa el nuevo prestigio es breve y filosa: “La virginidad 2.0 es no tener experiencia en apps”. Linne identifica cuatro etapas de la experiencia en apps —eufórica, burnout, racional-analítica y cínica voyeurística—.
En el quinto capítulo Linne explora la gramática de la desaparición y del desplante. Frente al cliché que sataniza el ghosting sin matices, Linne muestra tensiones reales. En redes que promueven positividad permanente y rating mutuo, el rechazo explícito puede resultar más doloroso que el ghosting, aunque silenciar al otro siga siendo una forma de partir que desplaza el conflicto hacia la interioridad de cada uno. La proliferación de términos —ghosting, zombie-ing, orbiting, haunting, benching, breadcrumbing— funciona como un lenguaje común en tiempos de incertidumbre: un modo de nombrar aquello que duele y desorienta.
El sexto capítulo se titula “La pornificación del mundo” y se adentra en cómo la industria del porno moldea imaginarios, expectativas y hábitos. Parte de las generaciones jóvenes crece con acceso ilimitado al porno y aspira a emularlo: “Están habituadas a dormirse con la inducción del porno o de imágenes sugerentes de las redes”. La frontera entre espectadores y performers se diluye: el auge del porno amateur intensifica la expectativa de cercanía e hiperrealidad.
“Los videojuegos, el porno, las apuestas, los reels y el swipeo permiten la inmersión en una dimensión experiencial inmediata, como forma de escape frente a las tensiones cotidianas”, escribe Linne en el capítulo 7 en el que analiza los videojuegos, apuestas y plataformas de reparto como dispositivos de inmersión que reconfiguran la experiencia del tiempo. La vida se gamifica: desde el mundo gamer hasta las apps de delivery y las apuestas en línea, donde bonos y criptomonedas mezclan entretenimiento con finanzas.
El octavo capítulo, “Bienvenidos al posromance”, interpela directamente al lector. El amor pasa “del ‘hasta que la muerte nos separe’ de nuestros abuelos, a unas décadas compartidas en la generación de nuestros padres, y unos años o meses en nuestro caso”. El siglo XXI parece ser el de la amistad: Friends, Girls, Fleabag o Curb Your Enthusiasm muestran grupos de amigos como núcleo afectivo mientras las parejas son episódicas o fallidas.
En el último capítulo “Nuevos mapas afectivos: tecnologías, plantas y mascotas” se observa cómo se reconfigura la vida doméstica. Conversaciones sobre vasectomías, congelamiento de óvulos, inseminación artificial, parejas sin hijos y movimiento childfree conviven con un dato central: en Buenos Aires, “tres millones de personas conviven con un millón de mascotas; por cada menor de 14 años hay un perro y un gato“. Las mascotas dejan de ser compañía para convertirse en familia. Las tecnologías también ocupan ese lugar: pantallas, chats y videollamadas funcionan como soportes emocionales.
El epílogo abre más preguntas que respuestas. Linne cita a Borges —”Somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese museo de espejos rotos”— y se pregunta cómo habitamos un mundo que amplía posibilidades y también incertidumbres. Las redes y las apps operan como archivos del afecto, confesionarios íntimos y laboratorios portátiles donde se experimenta la vida emocional. El misterio del amor, sugiere, permanece intacto: ningún algoritmo garantiza el match perfecto en este tiempo de amores enredados.

El presente, entre pantallas, afectos y reconfiguración cultural
—Encuestas recientes advierten un fuerte deterioro de la confianza en el Estado, los partidos, los sindicatos e incluso los medios. ¿Hasta qué punto ese desapego hacia las instituciones también se traduce en las relaciones personales? —le pregunta El Economista a Joaquín Linne.
—Es difícil medirlo, aunque sí se sabe que hay muchas tensiones. Brechas de género, brechas políticas.
En la búsqueda y consolidación de parejas aparecen exigencias de ambos lados y esta idea de que hay muchas personas para intentar, probar, entenderse, quererse. Y esa lógica del reseteo rápido: si el vínculo no funciona, se cambia.
Están las mujeres —no todas, aunque una parte importante— más subjetivadas por los feminismos, que buscan varones más sensibles y afectuosos, capaces de hablar de sus emociones y escuchar.Muchos varones, en cambio, se sienten desorientados y desencajados ante estos cambios. Algunos viven todo como un “ataque”, adoptan una postura defensiva y se refugian en lógicas de masculinidad de pares: lo gamer, los grupos de amigos varones, esa zona conocida. Entonces aparecen pibes de veintipico que pasan horas jugando videojuegos entre sí, disfrutándolo o no tanto, mientras las mujeres socializan desde otras lógicas: más comunicación, más afectividad, más planteamientos políticos y sociales ligados a la idea de cambio y mejora —responde Linne.
—¿Se podría pensar que, en términos generales, las mujeres están más politizadas que los varones?
—Sí, en general sí. Aunque en algunos extremos los varones adoptan otras formas de politización: los incels, por ejemplo, o posiciones más antiestatales, libertarias incluso. En todo caso, se cruza un momento en el que género, política, cuestión social, cuestión ecológica y vínculos sexoafectivos o afectivos entran en fricción. Un tiempo de transición que plantea desafíos.
Hay que imaginar lo que significa para quienes transitaron buena parte de su adultez joven encerrados en pandemia. Personas que nacieron con Internet, con estas nuevas formas de interacción. Sumado a la falta de presencialidad, que vuelve complicado pasar de meses —o años— de lo digital al encuentro cara a cara. Un poco como salir de la matrix hacia el desierto de lo real.
—Nombraste la palabra incel. Pensé en la serie Adolescence. ¿Esa problemática con sus singularidades impacta también en la Argentina?
—Sí, aparece en esa línea. No está claro cuán extendido está, aunque seguramente involucra a parte de los adolescentes y jóvenes. Una parte importante de los varones, quizá la mayoría, se ubica en un eje que va de lo liberal a lo libertario, con rasgos anti-Estado y antiperonistas.
Ese eje es fuerte. Y el peronismo, el progresismo, el kirchnerismo en particular, suelen asociarse con los feminismos, lo progre, la cultura woke. Algo parecido a lo que pasa en Estados Unidos entre woke y anti-woke, entre Trump y anti-Trump. Acá la división se construye entre Milei y el kirchnerismo. Y, por momentos, también por género. Aunque existen muchas mujeres anti-kirchneristas que rechazan el feminismo más militante, y aún así están a favor de la igualdad salarial, en contra de los feminicidios. Hay consensos más allá de las diferencias ideológicas, como muestra el libro de Carolina Spataro y Melina Vázquez, “Sin padres, sin marido y sin Estado”.

Joaquín Linne, en diálogo con escenas de Adolescence.
—Vivimos, podría decirse, en un mileísmo cultural. ¿En qué rasgos culturales se vuelve posible este mileísmo?
—Incluso dentro del progresismo aparecen tensiones de pareja o de amistad: valores más hacia el centro, mujeres más a la izquierda o más feministas, y varones que acompañan con ciertos reparos.
—¿Qué rasgos culturales permiten este “mileísmo cultural”?
—La debilidad de los últimos gobiernos: el de Alberto, ese triunvirato con Massa y Cristina; el de Macri, que también fue complicado. Más de diez años de inflación alta y crecimiento bajo o nulo. Una crisis que también existe en el mundo, aunque con modulaciones específicas en Argentina, que llevan a la idea de “probar otra cosa”. La opción libertaria aparece como lo más distinto.
—¿Puede pensarse el mileísmo cultural como una traducción política de ese “continuum lúdico” que señalas en “La reinvencion del amor”, una política convertida en meme, en live permanente y en batalla de clips, más que en discusión de proyectos densos?
—Desde luego. También pesa la figura de los referentes. Milei es muy contemporáneo y hábil para la estrategia digital. Más allá de Trump —que opera desde otro lugar, más polémico— aparece alguien como Elon Musk, que es un referente enorme para muchos jóvenes. Para buena parte de los jóvenes de entre 15 y 30 años, Elon Musk es una especie de Messi de Internet: viven ahí, encuentran allí el alivio y el deseo. Musk encarna al gran exitoso del mundo digital, con cierta estética de ciencia, de expedición. Que los principales gestores de plataformas, apps y redes estén tan asociados a lo liberal o lo libertario influye en la atracción que generan figuras como Trump o Milei.
—¿Considerás que la política —y en particular el mileísmo— se adaptó mejor que otros espacios a la lógica de microdosis, bienestar y novedad constante?
—Puede ser. En todo caso manejan muy bien lo digital. En particular los libertarios: Las Fuerzas del Cielo, Milei y su equipo dominan ese terreno. Desde Adorni hasta Milei con su carisma y sus frases cortas y potentes.
Habrá que ver cómo sigue, porque en Argentina nadie sabe qué puede pasar dentro de unos meses. Aunque por ahora, y pese a algunas crisis, funcionan relativamente bien. Del otro lado predomina la pelea interna, la fragmentación, pocas propuestas y cierta dificultad para leer el presente. Como dijo Beatriz Sarlo, está el desafío de ser contemporáneos. Y siguiendo esa idea, como dijo Axel Kicillof, “hay que tocar nuevas canciones”.

—En tus tesis de maestría y doctorado trabajaste sobre Conectar Igualdad y otras políticas kirchneristas orientadas a reducir la brecha tecnológica. ¿Cómo observás en la actualidad la relación entre educación, tecnología y desigualdad?
—Más que nada aparece en los tipos de uso. Casi todos los chicos tienen celular desde los 12 o 13 años; el smartphone está muy extendido y funciona como primera pantalla para la gran mayoría. Aunque los sectores acomodados, además de disponer de más pantallas y mejor WiFi, suelen tener un cuarto propio, una biblioteca y, en muchos casos, un entorno familiar que orienta el uso. Ahí se ve un empleo más estratégico de lo digital.
Para los usos expresivos, comunicativos, lúdicos o gamers, los jóvenes —los centennials— son muy hábiles en todos los estratos. Aunque en los sectores medios y altos aparece una influencia más marcada de familiares, docentes y profesionales que deriva a veces en un uso más estratégico que se suma a lo lúdico.
—En “La reinvención del amor” escribís sobre la centralidad de las amistades. ¿La amistad se ha vuelto el vínculo afectivo más importante y sostenido en el tiempo?
—Lo que planteo en el libro es que, para muchísimos jóvenes de acá y del mundo, los vínculos más continuos, estables, confiables son los de amistad. La pareja, en cambio, se vuelve un vínculo cargado de exigencias, atravesado por demandas y proyectos a veces difíciles de consensuar y concretar.
Aparecen metas que tensan mucho esa relación: la casa propia, la convivencia, la monogamia, los hijos. Y, en el otro extremo, surge algo más fluido y más afín al funcionamiento de las redes sociales: esa constelación de amistades. Si la pareja está en crisis, en transición o en redefinición —quizás hacia formas más abiertas, quizás hacia un terreno intermedio entre pareja y amistad— es porque se está moviendo dentro de esas transformaciones culturales.
Quizás en el futuro, como plantea Donna Haraway, aparezcan modelos familiares en los que los hijos tengan cuatro, cinco o seis personas como grupo de crianza. Haraway sostiene que podría resultar más natural y práctico distribuir cuidados, tiempos y costos económicos entre varias personas, sobre todo frente al achicamiento o la muerte del Estado de bienestar y con salarios cada vez más bajos que también impactan en los vínculos afectivos y en los proyectos vitales. Es una posibilidad que gana sentido en este contexto.
—No demonizás la tecnología y, al mismo tiempo, marcás que no alcanza con hablar de plata o de estructura económica para explicar lo que pasa. ¿Qué es lo que la mirada puramente económica se pierde sobre el amor y los vínculos actuales?
—Hay algo que muestran muchos estudios y papers: en un boliche, en las apps o en las redes pueden aparecer contactos interclase, vínculos casuales entre personas de distintas clases sociales. Aunque cuando se trata de formar pareja, vuelve a imponerse la búsqueda intraclase, ya sea en una discoteca, en Instagram o en Tinder. Eso está vinculado a la centralidad que sigue teniendo lo económico, aunque no de manera exclusiva. Cada vez que dos personas salen a comer o a tomar algo, está en juego a dónde van, qué consumen, quién paga, cómo se divide. En ese punto se mezclan lo afectivo, lo económico y lo neurótico: qué se pone en juego, cuánto se arriesga, cuánto se puede sostener.
—Si las condiciones económicas fueran distintas, ¿la afectividad sería otra?
—Probablemente sí. De hecho, bajó la tasa de citas. Una de las explicaciones es que las personas tienen menos plata para salir, menos resto para pagar; entonces se cuidan más.
—¿La crisis económica está asociada a la baja tasa de natalidad?
—Seguramente sí. Muchos no quieren, muchos no pueden y muchos sienten que no les es posible. Ya llegan ajustados a fin de mes solos o con sus gatos o perros, y pensar en lo que implica un hijo —los gastos, la inversión económica y afectiva, el tiempo, la necesidad de mudarse a un lugar más grande, en un contexto donde cuesta alquilar— hace que el proyecto familiar tradicional se postergue o directamente no se elija.
También aparece algo generacional. Antes, generaciones previas ya hubieran formado una pareja tradicional sin pensarlo demasiado. Ahora se lo piensa: la reproducción, cuándo, con quién, de qué modo, en qué condiciones. Antes era casi un mandato; se viviera donde se viviera, en un monoambiente mínimo, había que hacerlo porque era lo que hacían todos. Ahora aparece la opción del “quizás no”.
—¿Y por qué aparece ese “quizás no”?
—Por varias razones. Hay menos plata, aunque también más libertad. Está más socialmente habilitado no tener hijos. Se ve en el caso del presidente y de su hermana, Karina Milei.
A la vez, todo se cruza con las libertades sexoafectivas, con la libido puesta en viajar, experimentar, la hiperestimulación digital.
—Me quedé pensando en lo que decías de Milei: no tiene pareja, su hermana tampoco; mencionaste la hiperestimulación. Como si él fuera un integrante más de esta sociedad digital, incluso parecido a algunos testimonios del libro.
—Sí. Milei es un usuario intensivo de Twitter/X. También encarna esa figura contemporánea de alguien que tiene perros y no una familia humana tradicional. No tiene pareja. Es casi un incel, aunque busca novia. Y dice que ya es tarde para tener hijos, algo que le pasa a muchas personas. Está muy concentrado en lo laboral. Es uno más entre millones que están ahí, entre momentos de conformidad con su elección y momentos de incomodidad por haber tomado esta opción contemporánea y acelerada.
—En el libro un capítulo aborda mascotas y perros. ¿Puede ser que algún votante —sin que eso sólo explique su voto— se haya sentido identificado con el amor que él siente por sus perros?
—Sí, seguro. Como escribo en el libro y como dije en varias entrevistas, en la Ciudad de Buenos Aires hay el doble de mascotas que de niños menores de diez años. Es un síntoma social. Mucha gente considera a sus perros como hijos, como lo más preciado. Eso se ve incluso en las bios de Tinder. Es genuino. Después están las ideas políticas, la discusión sobre cómo distribuir mejor los recursos, qué prioridades se consideran justas. Ahí aparecen diferencias. Aunque sí: puede pensarse que ese rasgo de Milei —su familia mascota— formó parte de ciertas afinidades sociales. Para Massa, lo “normal” era la familia tradicional con hijos. Y mucha gente pudo ver en Milei algo más cercano, entre otras cosas, por su modo de habitar ese vínculo con los perros.

