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Jaime Durán Barba: “Milei debería dedicarse a ir a Córdoba o a Santa Fe y no a Estados Unidos”

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De Quito al mundo

Por las mañanas, Jaime Durán Barba presta atención a los descubrimientos del Hubble o el Webb, los grandes telescopios espaciales. Por las tardes, vuelve al tablero de Go, el juego oriental de estrategia que lleva a todas partes, en el que coloca piedras blancas y negras para pensar una jugada. Porque no hay día en el que no juegue o en el que no preste atención al mundo que lo rodea. 

Nació en Quito, en el corazón de una familia tradicional. Su padre fue empresario y su madre cumplía el rol indispensable en el sostén de la familia: Durán Barba es el mayor de cinco hermanos. 

Creció entre dos mundos que no se tocaban: la escuela jesuita de la élite y las haciendas familiares en las que convivió con grupos quechuas y jíbaros —”como los blancos llaman a los indígenas”—. “Unos y otros no podían entenderse, aunque a mí ambos me parecían hermosos”, comparte en conversación con El Economista.

Durante la adolescencia, la frondosa biblioteca paterna quedó abierta de par en par. “Leé lo que quieras. No les digas a los curas porque se asustan. Pero los libros son sagrados”, le había señalado su padre. Entre esos volúmenes estaban Corazón, de Edmondo De Amicis; las obras de Emilio Salgari; y Miguel Strogoff, de Julio Verne. “Esa fue mi iniciación en la lectura”, recuerda. Más tarde llegarían Arthur Rimbaud, poeta francés, y Bertrand Russell, filósofo británico. Bertrand Russell, señala Durán Barba, cuestiona la inmutabilidad de la verdad y señala que todo es hipótesis. 

Durán Barba siguió el camino jesuita en la primaria, secundaria y en la Universidad Católica de Quito, en la cual estudió Ciencia Política y Derecho Canónico, y cursó Filosofía Escolástica en el Filosofado San Gregorio. “Detesto los títulos”, admite, aunque completó ambas licenciaturas; más tarde realizó estudios de posgrado en Sociología en la Fundación Bariloche y, posteriormente, un doctorado en Historia en Ecuador.

Su juventud quedó atravesada por experiencias militantes e incesantes preguntas. El anarquismo y el trotskismo lo sedujeron. Fue dirigente estudiantil, se acercó al movimiento obrero y sus primeras investigaciones fueron sobre José Carlos Mariátegui —intelectual peruano— y Aníbal Ponce —intelectual argentino—. 

En 1972 viajó a Mendoza para profundizar sus estudios. Vivió allí dos años mientras Argentina atravesaba una profunda convulsión política. Durán Barba, también imbuido en la época, aprendió a cantar la marcha peronista. 

Durán Barba, también imbuido en la época, aprendió a cantar la marcha peronista. 

Luego, la realidad social y política de la época, junto con el consejo de un profesor, lo llevaron a mudarse a Bariloche en 1974. Allí, en la Fundación Bariloche, descubrió un enfoque cuantitativo —variables, muestras, hipótesis— que le cambió el modo de pensar y lo interpeló.

—¿Qué le enseñó esa etapa?

—Era una institución de centroderecha y propuse una tesis sobre un estudio sociológico de la masacre del 15 de noviembre de 1922 y la fundación del Partido Comunista en Ecuador. La propuse para molestar a mis profesores. Y me dijeron: “Perfecto, haga la tesis sobre eso. Estudie empíricamente”. Fui a Guayaquil y mi revisión de registros arrojó 31 muertos. Ese choque entre mi conteo documental y la épica militante me marcó: entendí cómo un método puede alterar por completo la comprensión de un hecho.

El hallazgo fue un parteaguas. De a poco, el militante que venía de leer a Mariátegui y Ponce empezó a desconfiar y a abrazar la comprobación empírica. Lo ayudó un maestro decisivo en la Fundación Bariloche. “Manuel Mora y Araujo me influyó muchísimo, un hombre de una cultura enorme, capaz de hablar con igual profundidad de teatro, religión o política. Era extraordinario. Él me llevó a interesarme por la opinión pública. Me pareció curioso, y empecé a transitar desde mi militancia de izquierda hacia esta otra forma de hacer Sociología: cuantitativa, empírica”, señala Durán Barba.

Y así fue como terminé en Bariloche, estudiando algo que, al principio, no me interesaba, pero que después se volvió el objeto de mi vida, recuerda. Aprendió a poner la oreja —y los números— antes que la teoría.

Entre 1981 y 1983 trabajó para el Servicio Universitario Mundial con base en Sri Lanka, y cubrió Asia del Sur y África Oriental. La inmersión en el budismo —y la lectura del Tao Te King, de Lao Tse— dejó una marca: mesura, estrategia, compasión. “Si alguien insulta, es que tiene una carencia; lo mejor es ayudar”, repite.

En 1979, Ecuador regresó a la democracia. Osvaldo Hurtado —ex profesor suyo y candidato a vice en la fórmula con Jaime Roldós— le pidió la primera encuesta política de la historia del país. La hizo. El resultado lo empujó a un oficio que ya no abandonaría: la consultoría electoral. “Me convertí en una especie de astro de la televisión. Todo el mundo me convocaba para que explicara cómo se había hecho y qué resultados arrojaba. Esa visibilidad me hizo entusiasmarme aún más con las encuestas: tenían un rédito de fama curioso, casi cómico”, explica Durán Barba. 

En 1980 fundó el Instituto Nacional de Formación Obrera y Campesina (INFOC), un centro de formación política y social destinado a capacitar a trabajadores y campesinos; con el tiempo, mantendría las siglas para rebautizarlo como Informe Confidencial, su consultora de estudios de opinión y análisis político.

—¿Cuál fue el siguiente punto de inflexión? —le pregunta El Economista a Durán Barba. 

—Un congreso en Washington, a mediados de los ochenta. En ese congreso conocí a Ralph Murphy, quien había sido presidente de la Asociación Americana de Consultores Políticos (AAPC), y también a otro maestro que me marcó profundamente: Joseph Napolitan, el fundador de la consultoría política moderna. Cuando Bill Clinton fue elegido presidente por primera vez, se organizó esta actividad de la AAPC en Crystal City y coincidió con la inauguración de su gobierno. Allí se realizó un análisis de aquella elección, que había sido rupturista para los paradigmas tradicionales de la política estadounidense: la campaña de Clinton fue la primera en segmentar el electorado en 90 grupos diferentes. Fue apasionante, un golpe conceptual. Además, su principal asesor de campaña, James Carville, estaba casado con Mary Matalin, quien había dirigido la campaña republicana. Es el único caso en la historia de Estados Unidos en que los jefes de campaña de los dos partidos eran marido y mujer. Ellos habían hecho un pacto interno: durante un año no hablarían de política en su casa. Más tarde escribieron juntos un libro —que tengo dedicado por ambos—, All’s Fair: Love, War, and Running for President. Carville y Matalin eran miembros de la AAPC y habían prometido que su primera conversación pública sobre política sería justamente en ese Congreso, durante la inauguración del gobierno de Clinton. Y lo genial fue que, en medio del aire solemne de la actividad, apareció Carville con zapatillas, jeans y una remera. Estaba relajado, casi irreverente. Fue una ruptura total. Yo estaba sentado junto a mi maestro Napolitan, quien me susurró: “Jaime, eso sólo se puede hacer cuando uno gana las elecciones presidenciales en Estados Unidos“. 

Ya de regreso en Quito, Jaime Durán Barba asumió la Secretaría General de la Administración, entre 1998 y 2000, en el entonces gobierno de Jamil Mahuad.

Su mandato tuvo un capítulo decisivo: la negociación de la paz con Perú y el Acta de Brasilia en 1998, un acuerdo que consolidó la paz definitiva entre ambos países y puso fin a décadas de tensiones fronterizas.

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James Carville y Mary Matalin, estrategas de las campañas demócrata y republicana de 1992, únicos estrategas de campaña rivales casados entre sí en la historia de Estados Unidos.

Escribir las estrategias políticas

A partir de 2003, su consultora Informe Confidencial y el trabajo junto al estratega político Santiago Nieto se consolidaron con campañas y estudios que registraron el impacto inicial de Internet y el ascenso de valores “femeninos” en la agenda social, junto con profundas transformaciones sociales. De esa época saldría, entre otros, Mujer, sexualidad, Internet y política, publicado por Fondo de Cultura Económica en 2006; y más tarde, un volumen que discute método y derriba supersticiones: La política en el siglo XXI. Arte, mito o ciencia, publicado por Debate en 2017.

En clave de ensayo práctico, La política en el siglo XXI baja a esta disciplina del altar y la coloca en el terreno de la evidencia. “La ciencia no conoce autoridades infalibles […] la observación empírica realizada debidamente puede refutar cualquier teoría e incluso destruir paradigmas. Mientras los brujos son infalibles, los científicos conviven todo el tiempo con la posibilidad de equivocarse“, sostienen Durán Barba y Nieto. Ambos reivindican las encuestas como herramientas complejas —no bolas de cristal— y piden mesas estratégicas que piensen con datos y contradigan al líder cuando haga falta: “El buen candidato no se rodea de incondicionales, sino de personas capaces de pensar y discrepar”, aseveran. 

El texto abre la ventana a influencias poco habituales en manuales de campaña: el taoísmo de Lao Tsé como alegato contra la pompa y la guerra, y a favor del gobernante que sirve y casi pasa inadvertido —”el sabio ahorra las palabras”—.

En 2019, también junto a Santiago Nieto, se publica ¿Y dónde está la gente?, con sello Debate. El libro abre con una pregunta que atraviesa toda su obra: si la conversación pública de las élites gira en torno al círculo rojo, ¿dónde están, de verdad, los ciudadanos? La respuesta recorre un mapa de cambios sociotecnológicos. Sostienen que la política ya no se define por lo que discuten dirigentes y analistas, sino por lo que la gente conversa a toda hora, de forma horizontal.

La nueva sociedad: Poder femenino, electores impredecibles y revolución tecnológica. De la transformación al caos es su última obra conjunta y se publicó en 2022 también por Debate. “Si la relación con las personas y las cosas que nos rodean es tan efímera, ¿por qué los electores habrían de mantener relaciones permanentes con una ideología o con un partido? ¿No sería lógico que en ese ámbito tengan la misma liviandad con la que se desenvuelven en todo lo que hacen? El nuevo elector, socializado de esa manera, no tiende a buscar valores permanentes”, escriben.

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Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, socios en Informe Confidencial y coautores de La política en el siglo XXI y ¿Y dónde está la gente?

El estratega que supo escuchar a la Argentina

El punto de inflexión en la trayectoria de Jaime Durán Barba llegó en 2004, en un seminario de Washington. Dos argentinos se acercaron al final de la jornada: venían de perder en Buenos Aires, su líder quería seguir y buscaban guía. El nombre del candidato sonó a fútbol, lo que generó escepticismo en sus oídos, poco adeptos al deporte. Santiago Nieto, en cambio, se entusiasmó con la idea. 

Aquella consultora que Durán Barba había levantado en tiempos anticapitalistas armó valijas y, a fin de año, aterrizó en Buenos Aires. Con Manuel Mora y Araujo se hizo el primer estudio de opinión. Ahí estaban Mauricio Macri y un equipo que parecía salido de otra gramática, entre los que se destacaban María Eugenia Vidal y Marcos Peña.

El plan ideado apostó por la paciencia. Exposición controlada, campañas focalizadas. La de 2005, cuando fue candidato a diputado, “se diseñó más para limpiar su imagen que para obtener la banca”. En 2007 Mauricio Macri ganó la Jefatura de Gobierno y en 2011 vino la reelección. En 2015, la Presidencia. Ése tramo convirtió al PRO en el ensayo más consistente de la región para una fuerza nacida en la era digital. Durán Barba lo hizo. 

—¿Qué diferencia a la década de 2000 del presente?

Internet dejó de ser una promesa para volverse cultura. Hoy todos opinan, todos producen, todos se organizan por su cuenta. El celular manda. La anarquía creativa de la red apenas ha empezado.

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Ése tramo convirtió al PRO en el ensayo más consistente de la región para una fuerza nacida en la era digital. Durán Barba lo hizo. 

Contemplación y adrenalina: gobernar en el siglo XXI

Al adaptar las herramientas de Estados Unidos a la cultura de la región, Durán Barba es casi el fundador de la consultoría política en América Latina. Tiene un sólo hijo y varios nietos a los que visita a menudo en Ecuador. Entre varios reconocimientos y lecturas del territorio, su nombre se volvió parte de la conversación pública: Brasil le otorgó la Ordem Nacional do Cruzeiro do Sul, su máxima distinción para extranjeros; en la Argentina Durán Barba se integró al Club Político Argentino; y desde mediados de la década de 2010 firma una columna dominical en el diario Perfil.

Durán Barba contribuyó a fundar en la década de 1990 La Graduate School of Political Management. De ese gesto fundacional quedó un espíritu tajante: “Nuestra profesión no es ciencia política ni relaciones públicas; es política aplicada”. Años después, ya desde su cátedra en George Washington University, Durán Barba consolidó en la década de 2010 y los primeros años de 2020 una idea: la política se aprende haciendo. El programa enseña estrategia electoral y de gobierno, storytelling y ética del poder. Entre clases, publicó nuevos ensayos y continúa asesorando campañas en la región.

—Cuando era más joven, ¿se definía más como anarquista, como persona de izquierda o como ambos? —le pregunta El Economista

—Anarcotrotskista. Fui presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador. Era un activista muy importante, bastante conocido, además, porque, si bien nací en una familia aristocrática, me volví muy de izquierda, y eso llamaba la atención. 

—¿Y en la actualidad cómo se define? 

—Consultor. Una persona curiosa hasta el final, como los gatos: la curiosidad me guía y puede matarme. Cuando aparece algo interesante o novedoso, me embarco enseguida. La maravilla es que pude tener experiencias en distintos países, en los cuales hay una etapa muy larga en la Argentina, que ha sido casi una segunda patria para mí. Estudié allí, y mi pareja de entonces era porteña. Sigo siendo una persona inquieta, con la necesidad constante de aprender. Creo que se puede y se debe aprender de todos: de todas las culturas y de todas las generaciones. Hay que aprender de los jóvenes, de las innovaciones que trae la tecnología, y construir algo distinto. La añoranza del pasado me parece una forma de perversión —responde. 

En una crónica magnífica publicada en Gatopardo, el periodista Leonardo Blanco lo retrató cruzando Washington bajo el huracán Sandy con esa mezcla de arrojo y diversión que lo caracteriza. Al día siguiente —según cuenta Blanco— se paró dolorido frente a su clase en la George Washington University para bajarle el volumen a los dogmas y subrayar que los procesos electorales los protagonizan personas de carne y hueso, que sueñan, trabajan, se enojan y buscan entretenerse en un “mundo lúdico“. 

La escena funciona como metáfora de su oficio: estudio meticuloso, sí; aunque también arrojo ante el vendaval. Su advertencia favorita: el poder pavimenta el alma. 

Su advertencia favorita: el poder pavimenta el alma. 

—¿Qué evaluación hace de los liderazgos actuales en la región?

El gran problema que tenemos en América Latina es que la inmensa mayoría de los líderes políticos no entienden el siglo en el que viven. La gente cambió, se emancipó. Hoy todos quieren opinar, participar, incidir. Cuando era joven, el partido daba panfletos y la militancia los repartía con entusiasmo. Ahora, en cambio, todo el mundo quiere opinar sobre todo. El celular es el instrumento privilegiado de comunicación de esta etapa de la historia.

—¿Qué vínculo encuentra entre la espiritualidad oriental y la estrategia electoral?

—Siempre llevo conmigo un pequeño tablero de Go, que uso para representar la situación política que estoy viviendo. Dibujo los movimientos posibles y después voy al Libro de los proverbios a ver qué habría hecho un jugador de hace dos mil años en esa circunstanciaEl Go y la cultura oriental, en general, son visiones estratégicas de la vida. Pensamientos de largo plazo, integrales. No viven del “saltito de conejo”, del qué hacemos mañana, que es lo habitual en la cultura occidental. Para escribir una estrategia —sea de campaña o de gobierno— trabajo con mi equipo durante un mes entero. Hay que pensar, analizar, superar los entusiasmos, dejar de lado las emociones, que mientras más fuertes son, más alejan de la realidad. Esa serenidad oriental me parece fundamental.

Contemplación y adrenalina. “Amo el peligro. Cuando se mueve el avión me pongo contento, me divierte mucho”, reflexiona también Durán Barba. Del Sangay —el volcán que veneraban los indígenas de su infancia— al asfalto porteño, armó una zona propia y viajera: aventura, curiosidad, datos, evidencia, escucha y pluralismo. Admite conmoverse ante las enseñanzas de Lao Tsé como otros se conmueven frente a una doctrina económica. “Tengo la convicción de que las cosas distintas son las más interesantes, dentro de un país, valoro las diferencias y no reniego de ellas”. Con las mismas condiciones de cuna privilegiada podría haber elegido una vida más cómoda y menos arriesgada. Todo lo contrario: Si su vida fuera un tablero de Go, no habría jugadas cerradas. Habría prueba y error, y muchos aciertos. Una partida que ha empezado en Quito, y todavía hoy, no se da por concluida. Lo mejor aún está por ser pensado. 

"Además del equilibrio económico, Macri y Milei no tienen ninguna otra cosa en común", sostiene Durán Barba.
Si su vida fuera un tablero de Go, no habría jugadas cerradas. Habría prueba y error, y muchos aciertos. Una partida que ha empezado en Quito, y todavía hoy, no se da por concluida.

—¿Qué lectura hace del acercamiento entre Milei y Macri? —le pregunta El Economista a Durán Barba. 

—Le advertí a Mauricio, cuando empezaba a surgir Milei, que no eran lo mismo. Comparten algunas ideas, sí, pero son fenómenos completamente distintos. Conocí a varias personas del entorno de Milei que habían trabajado conmigo en Buenos Aires. Gente muy cercana, amigos míos de muchos años, pero con otra mentalidad. Yo conocía muy bien al PRO, aunque también a personas integrantes del gobierno nacional como Santiago Caputo, Rodrigo Lugones y Guillermo Garat, quienes trabajaron en mi oficina. Ellos pertenecen a otra lógica política. Mauricio creyó que podía haber una confluencia, pero es un acercamiento peligroso. Le dije: “Si te acercás a esto, te van a devorar”. El mileísmo es la disrupción del PRO elevada al cuadrado, un producto directo de la pandemia.

El mileísmo es la disrupción del PRO elevada al cuadrado, un producto directo de la pandemia

—”Los Milei, en vez de aliarse al PRO, cometieron el error de destruirlo”, sostiene en Comprender o romperse. ¿Qué habría cambiado en la política argentina si Milei hubiese actuado de otro modo con el PRO?

—Es difícil decirlo. Conozco bien a Macri y poco a Milei, pero lo suficiente como para saber que era imposible que los dos se aliaran. Más allá de algunos puntos de coincidencia económica, no tienen nada en común. Y sus entornos son incompatibles. No me imagino a María Eugenia Vidal o a Esteban Bullrich —un caballero— compartiendo una mesa con Lilia Lemoine. El día que vea a María Eugenia Vidal tomando el té con Lilia Lemoine, me retiro de la política.

Son dos mundos completamente distintos. Mauricio creía que no, que en el fondo eran lo mismo. Pero no. Y lo digo con respeto por ambos. He conversado con Marra, que me parece un tipo inteligente; El Presto también me parece inteligente; y Santiago Caputo es un gran chico. Pero son otra cosa. No son lo mismo.

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“El día que vea a María Eugenia Vidal tomando el té con Lilia Lemoine, me retiro de la política”, asevera Durán Barba. Foto: Emmanuel Fernández

—En 2015, cuando a Macri le fue bien en la elección general, publicó un tuit en defensa del periodista Diego Brancatelli, pidiendo que lo dejaran en paz. ¿Hoy estaríamos lejos de aquella sensibilidad?

—Con Macri construimos una alternativa muy de centro, en la que trabajaban juntos —literalmente, en la misma mesa— personas muy distintas entre sí. En la mesa de discurso estaban, por ejemplo, Pablo Avelluto y Alejandro Rozitchner, dos figuras completamente diferentes.

—¿Milei sigue siendo una figura novedosa y disruptiva?

—No. Es muy difícil mantener la disrupción. Nosotros lo logramos con Mauricio entre 2005 y 2018, incluso cuando fue jefe de Gobierno de la Ciudad, pero costó muchísimo. El poder enferma y adormece. Siempre. Si se es disruptivo, el poder —como dice Mafalda en una de sus viñetas— pavimenta el alma. Hace caer en manos de dirigentes como los Menem, el poder es una droga peligrosa que, si se pudiera, habría que prohibirla.

“El poder es una droga peligrosa que, si se pudiera, habría que prohibirla”

“La reunión con Trump en octubre será bien vista por los mercados y le quitará votos en Argentina”, escribió en “Hubrys y elecciones“. ¿Cambió algo en su análisis?

—He estudiado a la Argentina con seriedad, haciendo encuestas quincenales durante veinte años. No hay país más antinorteamericano que la Argentina. Es un país donde, durante décadas, los peronistas cantaron “combatiendo al capital”. El apoyo de Estados Unidos no suma votos. Lo que tiene Milei, tras su primer año de gobierno, es un desorden lógico enorme. Debería concentrarse en ganar estas elecciones, que para él son vitales. Si las pierde —como las va a perder— tendrá un problema gravísimo. No es momento para andar paseando por el mundo: debería estar en Córdoba, en Santa Fe, no en Estados Unidos. Pero tiene esa visión mesiánica de la política. Y la Argentina es profundamente antinorteamericana. 

"Milei debería estar en Córdoba, en Santa Fe, no en Estados Unidos", sostiene Durán Barba.
“Milei debería estar en Córdoba, en Santa Fe, no en Estados Unidos”, sostiene Durán Barba.

—Esta semana la Cámara Nacional Electoral rechazó reimprimir la Boleta Única de Papel en la provincia de Buenos Aires. ¿Cómo impacta en el voto indeciso que la boleta conserve a un candidato que ya no compite?

—Va a tener un leve impacto en contra, pero en realidad la gente que vota esa lista, la gente que participa de esas elecciones —en la provincia y en el país— está votando por Milei o contra Milei. Los nombres individuales importan poco.

—Si las condiciones políticas obligaran a Milei a cambiar, ¿estaría preparado para hacerlo?

—Da la impresión de que su psicología no está hecha para eso. No es una persona de diálogo, ni alguien con predisposición para sostener mesas de discusión o procesos de negociación.

—Aunque Milei desconfía de los acuerdos, ¿pueden volverse necesarios en un escenario electoral adverso?

—Está en una encrucijada muy complicada. Si no hace acuerdos, se convertirá en un “pato rengo” el resto del período: no podrá hacer nada. Pero él no es una persona de acuerdos. Lo que hizo con el PRO —destruirlo en lugar de aliarse— es una muestra de eso.

—¿”Combatir a la casta” y usar “la motosierra” siguen siendo consignas convocantes una vez en el poder?

—Desde luego que sí, pero con una condición: si realmente se combate a la casta. Milei prometió un gran ajuste que, según decía, pagarían los políticos y los poderosos. Sin embargo, como advirtió Kristalina Georgieva, el tipo de ajuste que está haciendo requiere que la gente vote para reducir a la mitad sus sueldos y las jubilaciones, cerrar universidades y quitar derechos a las personas con discapacidad. Eso no lo va a votar nadie jamás. Es un proyecto que no tiene sentido.

—¿Cómo evalúa el nivel de abstención en las elecciones de este año?

—Refleja que la mayoría de los argentinos están hartos del pasado. En todo el mundo hay cansancio con el pasado. Por eso han ganado Javier Milei, Pedro Castillo en Perú, Daniel Noboa en Ecuador, Donald Trump en Estados Unidos. ¿Qué tienen en común todos ellos? No una ideología. Son distintos. Lo único que los define es que no pertenecen a la clase política tradicional. Porque la gente común percibe que nació una nueva sociedad y los políticos convencionales no entienden nada de eso. Quieren volver a escribir a máquina.

—¿Qué riesgo implica para la gobernabilidad un sistema donde basta con un 15 o 20% de apoyo radicalizado para alcanzar el poder, sin construir consensos amplios?

—El gran problema es que el mundo se está volviendo ingobernable. Y la falta de gobernabilidad también está relacionada con la tecnología. Los algoritmos nos vinculan con personas que piensan igual y nos hacen creer que nuestros valores son universales. Eso destruye el diálogo y genera nuevas formas de autoritarismo. Hace poco hablaba con un amigo que aspira a la presidencia de su país, y le decía: “Yo no lo haría jamás. Ser presidente hoy tiene solo dos salidas: la cárcel o el exilio”.

“Ser presidente hoy tiene solo dos salidas: la cárcel o el exilio”

—¿Hasta qué punto la polarización en la Argentina —a diferencia de Estados Unidos— resulta más costosa por la fragilidad institucional y económica del país?

—El gran problema de la Argentina es su fragilidad institucional. Tiene una cultura más italiana y lejos de la sajona. Hay poco apego por las instituciones, y eso hace que el país sea particularmente inestable. Más allá de eso, los argentinos están acostumbrados a vivir en aguas tormentosas. Yo viví el Rodrigazo cuando era estudiante, y esa experiencia dejó huella. Todos, de algún modo, somos un poco chantas, un poco exagerados. Y Milei es eso: un chanta de clase media porteña.

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Jaime Durán Barba: “Milei es un chanta de clase media porteña”

—En este escenario polarizado, ¿existe todavía espacio para una “avenida del medio”? ¿Cómo observa al peronismo cordobés de Schiaretti, a Pullaro en Santa Fe y a otros gobernadores de ese perfil?

Son parte de la antigüedad. Creo que esa etapa se hundió. Acá, en Bolivia, el binomio que probablemente gane está compuesto por Tuto Quiroga —un político veterano— y un joven de treinta y pocos años que es emprendedor de empresas tecnológicas. En Ecuador, Daniel Noboa tiene treinta y siete años, y hay diputados de diecinueve.

Hay que incorporar jóvenes. No se puede seguir con la misma generación, por la misma razón que no se puede seguir sólo con hombres. Las mujeres tienen otra visión del mundo, y los jóvenes también. Hay que incluirlos porque son los puntos de vista del futuro.

—¿Quién muestra más eficacia en esta elección: los candidatos argentinos de Milei o el aparato económico de Estados Unidos encabezado por Bessent?

Ambos van a ser derrotados. La política no viene de arriba, viene de abajo. El problema es que hoy no hay en Argentina una alternativa joven, nueva, distinta, como en su momento representó Milei. Más allá de que se pueda disentir con sus ideas, Milei —junto con Marra, con El Presto y con otros— encabezó un grupo que rompía con el sistema tradicional, y por eso tuvo éxito. Ahora debería aparecer otra figura joven, ojalá más serena, que encabece un nuevo cambio. Se necesita un cambio profundo, entre otras cosas, porque dentro de diez años, según todos los estudios, desaparecerá el 90% de las ocupaciones actuales.

—Si Cristina Kirchner lo invitara a conversar, ¿qué consejo le daría?

Cristina ya pasó, ya cumplió su ciclo. Es una figura muy interesante: la primera mujer elegida presidenta de la República —Isabel Martínez no fue elegida, reemplazó a su esposo—, elegida además dos veces. Es una mujer que tuvo una importancia enorme en la política argentina. Siempre me interesó la cuestión de género porque creo que las mujeres aportan mucho, y ella, sin duda, es un personaje histórico que va a marcar un hito en la historia de América Latina. Pero su etapa terminó. Esa versión del peronismo de izquierda que ella inventó, el peronismo de La Cámpora, no es el peronismo tradicional. El peronismo original fue más bien conservador, institucionalista. Cristina es una mujer respetable, una figura fundamental, pero llegó el momento del retiro.

"Cristina ya pasó, ya cumplió su ciclo", enfatiza Durán Barba.
“Cristina ya pasó, ya cumplió su ciclo”, enfatiza Durán Barba.

—¿Qué mirada tiene de Horacio Rodríguez Larreta?

—Es mi amigo, lo conozco bien. Creo que fue un jefe de Gobierno extremadamente eficiente. Larreta es, ante todo, un hacedor. Siempre integró la mesa chica —el mejor invento estratégico del PRO—, y aunque no era de los que más discutían los temas teóricos, cuando se le encomendaba una tarea, la ejecutaba con precisión. Es muy eficiente y está profundamente vinculado a la gestión concreta.

—¿Considera que podría volver a ser jefe de Gobierno?

—Hizo una obra tan importante que, si logra reinventarse, tal vez sí. Pero tendría que dejar de ser político. Larreta perdió la presidencia por hacer política: por tomarse fotos con gobernadores, con intendentes, con dirigentes. Cuando fue jefe de Gobierno y se concentró en comunicarse directamente con los porteños, fue el único que logró ganar su reelección en primera vuelta.

Larreta tendría que dejar de ser político

—En su columna “Viene Tiririca” señala que los estudios siguen registrando que la mayoría de los argentinos reclama un cambio radical que no se logra volviendo al pasado. ¿Qué tipo de liderazgo podría encarnarlo en 2027?

—Algún joven emprendedor, y hay varios en la Argentina, que proponga un futuro distinto para el país. Alguien que no haya sido ni radical, ni peronista, ni del PRO, ni de ningún partido tradicional. Un liderazgo nuevo, sin herencias ni tutelas.

—¿Qué figuras observa hoy con capacidad real de representar ese mandato social de cambio sin caer en un regreso al pasado?

—Por el momento no veo ninguna. Esa figura todavía tiene que formarse. En América Latina, en general, ocurre lo mismo. En Ecuador, además del presidente Noboa, no hay nadie más: los demás liderazgos caducaron, como productos de supermercado vencidos. En Perú es impresionante: no queda nadie. En Venezuela, tampoco. Incluso en México, si no fuera porque Andrés Manuel López Obrador reconstruyó todo a través de Morena, no quedaría nada del PRI, del PAN o del PRD. Estamos viviendo una época de tsunami: se están barriendo los liderazgos antiguos, los partidos tradicionales y nos encontramos ante la expectativa de que surja algo nuevoNo sabemos todavía cómo será, pero está claro que lo viejo se está desmoronando.

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“Lo viejo se está desmoronando”, concluye Durán Barba. 

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