Hay muchos sorprendidos por la atención que acapara la próxima elección local del próximo 18 de mayo. “¿Desde cuándo son importantes los concejales porteños?” es una pregunta que pulula en las redes. Y, para ser sincero, buena razón tienen en plantearla, siendo esta Legislatura una incubadora más de los huevos de una casta política cuyos retoños, en campo abierto, no le aguantarían ni un round a cualquier panelista de Yanina Latorre. Más aún, hasta resulta poco relevante la suerte que correrá la marca Macri, una de las dos grandes escuderías nacionales en retirada, a la par de la Kirchner.
Por el contrario, aquello que emerge como crucial de este proceso electoral tiene que ver con develar la relación de fuerzas, así como las nuevas diagonales, entre dos ejes decisivos de la geografía porteña que, a futuro, nos pueden brindar algunas pistas del porvenir político nacional. En particular, el pasado nos dice que la ciudad de Buenos Aires fue pródiga a la hora de generar futuros presidentes o, en su defecto, al momento de configurar una mezcla de clima político y de base electoral dónde prosperaron tanto presidentes como gobernadores e influencers políticos de todas las especies.
Para calmar la ansiedad numérica de los lectores, la primera elección porteña de 1996 posterior a la reforma constitucional realizada dos años antes, dejó la foto impactante de la coronación local de Fernando de la Rúa respaldado por un bloque sólido de 67%, conformado por las Unión Cívica Radical y el partido socialista que impulsaba la candidatura de Norberto La Porta. En tal sentido, está claro que la política porteña ofrecía una poderosa contraimagen a aquella predominante a escala nacional por un menemismo que, al ritmo del Miami y Río de Janeiro dame dos, ganaba, gustaba y goleaba.
Tal fenómeno no hace más que consolidarse en la segunda elección ejecutiva porteña del año 2000 con un Aníbal Ibarra que, siendo candidato por el Frente Grande, representaba una amalgama entre esas dos viejas tradiciones políticas nacionales, el radicalismo y el socialismo. No obstante, no hay que pasar por alto el hecho de la participación electoral, algo tardía, de un Domingo Cavallo que obtenía 33% de los votos y, por esa vía, dejaba plantada la semilla de un espacio de derecha al que habría que sumarle el nada despreciable doble dígito obtenido por Patricia Bullrich.
Contraimagen recargada
Si hay algo que hizo el ascenso de Mauricio Macri en la política porteña fue ofrecer una segunda evidencia de la importancia de este enclave cosmopolita a la hora de auscultar las tendencias políticas nacionales en desarrollo. En especial, la lectura de la borra del café de la elección de 2003, dónde al todavía discípulo de Freddy Mercury con su bigote de rigor le resultó imposible doblegar al imbatible Aníbal Ibarra, dejó un nuevo mojón para el arco local de derecha que, gradual pero sostenidamente, se iba consolidando como contraimagen de una política nacional que viraba hacia el lado de la Patria Grande.
En números, los herederos locales del menemismo con Macri a la cabeza, no sólo ganaban la primera vuelta del exigente ballotage porteño con el 38% de los votos, sino que expandían su gravitación en 5% con relación a la participación electoral del padre de la convertibilidad en el año 2000. Semejante tendencia es ratificada en sucesivos turnos electorales con un verdadero clímax en 2011, dónde el ex presidente de Boca Juniors le metió una paliza en la primera vuelta al siempre segundo Daniel Filmus por una diferencia de 24 puntos que, a la hora del ballotage, la extendió a 30 puntos.
A partir de allí, cualquiera puede caer fácilmente en la trampa de pensar que semejante tendencia porteña de funcionar a contramano de la política nacional dejó de operar, pero ello de ninguna manera es así. Para muestra sobra el botón de la elección local de 2015 dónde el PRO, de la mano de Rodríguez Larreta, le ganó la segunda vuelta al candidato radical Martín Lousteau por apenas 3 puntos, mientras Macri a escala nacional doblegaba en una proporción de 8 a 1 a la fórmula del partido centenario encabezada por la esperanza blanca Ernesto Sanz y el filoso tuitero Lucas Llach.

En tal sentido, y viéndolo a la distancia, lo que ocurrió a partir de ese momento fue la germinación de una especie que, bajo la misma marca, debía representar cosas diferentes. Por un lado, a nivel local un Juntos por el Cambio en formación que asimilaba a su columna vertebral de la chic Avenida del Libertador, el voto progresista de la también potente Avenida Rivadavia, mientras que en el ámbito nacional y, lejos del puerto, Macri tenía que penetrar en el tejido conservador del país profundo que, lógicamente decepcionado, se inclinaría por Milei unos años más tarde.
La implosión y después
¿Qué mayor prueba de semejante extravío nacional que el ex presidente Macri promoviendo a principios de 2018 un debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo? En una palabra, la tierra de nadie a la vuelta de la esquina y, no sólo ello, sino también una prefiguración de todas las contradicciones surgidas en 2023 en una competencia interna dónde Patricia Bullrich se presentaba con un duro mensaje de seguridad siempre del paladar de la tribuna conservadora versus Horacio Rodríguez Larreta montado arriba de una tabla de surf y haciendo una remake de la foto de Abbey Road.
En resumen, lo que expresaba en aquél momento quién hoy le siente olor a pis a la ciudad de Buenos Aires, era una tendencia, léase deriva a la par, de conformar una transversalidad política que se terminaría concretando en el ámbito nacional en la fallida experiencia del Frente de Todos. ¿Qué mejor foto ilustrativa en ese aspecto que aquélla de los tres tenores metropolitanos en medio de la pandemia? En definitiva, era ese instante dónde la coalición del 70% tan invocada por Rodríguez Larreta durante su campaña de 2023 parecía que tomaba forma no sólo a escala local, sino también nacional.
Parados ya en el presente y rumbo al próximo 18 de mayo, no será tan jugoso mirar los nombres emergentes como el balance de fuerzas políticas en acción. En particular, vale formularse dos interrogantes centrales. En primer término, ¿mantendrá el PRO de la mano de Silvia Lospennato y, eventualmente en tándem con LLA de Manuel Adorni y otras variantes del mismo arco ideológico, un piso electoral del 60% sustentado en el bastión ABC1 de la Avenida del Libertador? Es decir, ese cordón que va desde Retiro hasta Núñez y comprende Recoleta, Palermo, Belgrano e inclusive Villa Urquiza.
En segundo lugar, ¿expandirá su influencia el arco político progresista de la mano de Leandro Santoro y otras variantes como Alejandro Kim, en sintonía a lo ocurrido durante la década del 90, cuando el germen de la Alianza echaba raíces en el ámbito metropolitano? Es decir, cuando el puerto fue tierra fértil para la aparición de líderes políticos al estilo de Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez. En definitiva, aquel interrogante que me planteaba el año pasado en este mismo medio: ¿logrará Santoro, u otro, calzarse el traje del Chacho de época 5G Tiktok? La campana de largada está por sonar, segundos afuera.
