04 febrero de 2025
Por Alejo Brosio* e Ignacio Santoro**
Los trapitos al sol y frenar la fragmentación
Desde su debut en 2011, las PASO cumplieron su misión: lograron que hubieran menos boletas en el cuarto oscuro y que los partidos más importantes las utilizaran para resolver sus candidaturas, al menos una vez. Antes de las PASO, entrar al cuarto oscuro implicaba encontrarse con más de veinte partidos que, lejos de ofrecernos una verdadera diversidad de miradas, convertían la elección en un laberinto de opciones donde es difícil saber quién representa qué. Peor aún, en contextos de disputa de poder, muchos de esos candidatos, en lugar de competir entre sí, bien podrían haber compartido el mismo espacio en vez de crear nuevos.
No se trata de un hecho aislado. Desde 1983, aumentaron exponencialmente los partidos políticos en competencia y alcanzaron su pico en 2001. La puesta en práctica de las PASO buscó ofrecer una salida a esta fragmentación partidaria: los candidatos tenían incentivos para dejar de “jugar por fuera” y unirse con aquellos que piensan parecido para competir internamente dentro de un partido o alianza.

Aunque lograron organizar mejor la oferta electoral, las PASO conservaron las dinámicas propias del sistema de partidos argentino. En las cuatro elecciones presidenciales primarias entre 2011 y 2023, los partidos más votados usaron este mecanismo para definir internas solo en dos ocasiones. En 2023, Juan Grabois disputó una interna sin competencia real dentro del peronismo frente a Sergio Massa. Por su parte, en el calor de las PASO de 2015, Mauricio Macri, Elisa Carrió y Ernesto Sanz compitieron y decidieron quién encabezaría electoralmente el espacio por entonces denominado Cambiemos. Aquella vez, la interna tampoco fue competitiva, pero consolidó un espacio para medir fuerzas y aglutinar a distintos sectores de la oposición. Por su parte, en 2023, la interna entre Patricia Bullrich y Horacio Rodriguez Larreta demostró que las PASO son útiles para definir candidaturas, pero no necesariamente para llegar al ballottage.
En resumidas cuentas, las PASO contribuyeron a reducir la fragmentación de la oferta electoral y a ordenar la competencia, pero su impacto en la dinámica interna de los partidos fue limitado. Funcionaron como herramienta para dirimir candidaturas en algunos casos, pero también operaron como mecanismo para legitimar liderazgos ya consolidados. ¿Hay que reformar las PASO para democratizar aún más los partidos y mejorar los niveles de representación o llegó el momento de eliminarlas? Antes, lo fundamental: entender su impacto inmediato en los partidos políticos argentinos.

Reformar para ganar: festejan los ejecutivos
Las reglas de un juego no son neutrales, benefician a unos y perjudican a otros. Quienes impulsan los cambios en los sistemas electorales lo hacen con un objetivo: ganar. Si teóricamente las PASO permiten que la ciudadanía desempate entre candidatos de un mismo espacio político, eliminarlas beneficia a aquellos que no tienen divisiones internas o donde hay un líder claro. El oficialismo de La Libertad Avanza entiende perfectamente de verticalismo, donde la posibilidad de disenso interno es, en el mejor de los casos, inexistente, a menos que se quiera ser expulsado del partido. Con PASO o sin ellas, no hay dudas de que el armado de listas oficialista será diagramado desde el sillón de Rivadavia.
En 2025, un tercio de las provincias elegirán senadores y todas renovarán la mitad de sus diputados. El año de gobierno de Javier Milei enseñó que gobernar en minoría es posible, siempre y cuando se negocie con la casta. En Argentina, especialmente en las provincias más pequeñas, las candidaturas legislativas están fuertemente influenciadas por los oficialismos locales. Sin las PASO, los gobernadores festejan: aumentan su control en la conformación de listas, evitan disputas internas y fortalecen su autonomía. Entonces, la ausencia de PASO refuerza los oficialismos y liderazgos provinciales y, por ende, favorece la gobernabilidad a nivel nacional.
Eliminar las PASO también puede avivar la campaña Milei 2027: sacarlas implica eliminar una vuelta del sistema electoral, pasando de un sistema de tres vueltas (PASO, generales y ballotage) a uno de dos (generales y ballotage). Con un round menos, se interrumpe una dinámica sostenida desde 2011, que promovía un voto sincero en las PASO y uno estratégico en la primera vuelta. Si la perspectiva es la de los partidos opositores, sus cálculos previos a la elección deben ser más precisos. Sin PASO, hay menos margen para ajustar estrategias, por ende, no lograr acuerdos previos puede implicar una derrota que te deje afuera en primera vuelta. Del mismo modo, se termina el dolor de cabeza de quien sale primero en las PASO, que ya no debe considerar cómo mantenerse arriba a pesar del voto estratégico que se ejercía en primera vuelta.

¿Y la casta?¿Tiene miedo?
La eliminación de las PASO puede dejar heridos a ambos lados de la grieta. Por un lado, el peronismo podría verse perjudicado. A nivel nacional, los dirigentes peronistas no utilizaron las PASO, sino que continuaron el tradicional recurso de formar partidos o coaliciones esporádicamente para medir su fuerza (Frente Renovador en 2013 o Unidad Ciudadana en 2017 son los ejemplos más resonantes). Sin embargo, en el terreno local -como en la provincia de Buenos Aires-, las internas peronistas municipales han hallado en las PASO un instrumento fundamental para la unidad. Ejemplos puntuales sobran: en 2015, 2019 y 2023, las primarias definieron disputas épicas entre los barones del conurbano e intendentes emergentes. Figuras como Othacehé, Zabaleta y West fueron desplazados en internas, entre otros. En 2015, el 56% de las candidaturas a intendentes de la provincia de Buenos Aires se definieron por PASO, en 2019, el 38%, y en 2023, el 35%. La unidad que se consigue a palos en el ámbito nacional podría resquebrajarse en municipios o provincias.
En la otra vereda, el PRO y la UCR ocupan un lugar incómodo por fuera de las PASO. Si el PRO no forma parte de una alianza con la LLA, un votante de centro-derecha o derecha podría no encontrar motivos claros para elegir al espacio político que gobernó entre 2015 y 2019. Mientras, LLA no tiene incentivos para ceder espacios a candidatos del PRO: por un lado, muchos dirigentes están abandonando el partido para unirse a la LLA y, por el otro, la imagen positiva del gobierno genera la ilusión de que, con sus propios candidatos y las nuevas incorporaciones, tienen lo necesario para ganar por sí solos las elecciones legislativas.
La UCR tiene otro tipo de conflicto: elegir en qué vereda pararse sin que esto genere una ruptura entre quienes se alinean con el oficialismo y aquellos que se identifican más con la oposición. A estos problemas, la ausencia de PASO suma una dificultad más, impide que se repita lo sucedido en 2015 con Cambiemos, cuando este mecanismo permitió la cohesión de distintos sectores y la definición de candidaturas.
En definitiva, borrar las PASO perjudica a las grandes coaliciones, especialmente a nivel local. Este mecanismo permite que distintos sectores se mantengan dentro de los armados electorales, con la esperanza de que algún día puedan ganar una interna en lugar de ir por fuera y dividir el voto. Sin PASO, esa posibilidad de contención desaparece y la unidad queda a merced del cierre de listas en cada distrito o de la intervención de las cúpulas partidarias provinciales o nacionales. Así, los partidos van a tener que inventar nuevos mecanismos para resolver sus disputas internas (o recurrir a los tradicionales) lo que complicará mantener su unidad. En el mejor de los casos, se llega a un acuerdo, en uno intermedio; se impone una decisión de arriba; y en el peor, las alianzas se fragmentan.
Entonces: ¿reformar, suspender o eliminar?
Las PASO lograron ciertos avances como la reducción de la fragmentación en el cuarto oscuro y la posibilidad de una competencia más abierta dentro de los partidos. A la fecha, presentan desafíos pendientes que podrían mejorarse a través de reformas, como profundizar la democratización de los partidos, o incluso por otros mecanismos que puedan suplantar sus efectos.
En caso de que se suspendan, las repercusiones en el sistema de partidos no serían necesariamente inmediatas en las próximas elecciones. Sin embargo, su eliminación podría llevarnos de regreso al escenario previo a las PASO, donde la fragmentación partidaria era más pronunciada. Sumado a la implementación de la Boleta Única de Papel, esto puede profundizar la desarticulación del sistema político, incrementar la desnacionalización y acentuar la personalización de la política. Este escenario favorece debates más centrados en lo mediático y lo meramente local, lo que debilita la cohesión nacional y la calidad del debate público.
Sin las PASO, la política vuelve a depender exclusivamente de los acuerdos de cúpula en vez de una posible competencia abierta. Lo que antes podía resolverse en las urnas, ahora queda en manos de negociaciones, imposiciones o fracturas. Las grandes coaliciones van a enfrentar un desafío: reinventarse o correr el riesgo de desmoronarse. La pregunta es si encontrarán la forma de sostener la unidad o si, sin este mecanismo de contención, terminarán pagando el precio de su propia fragmentación. Y en ese escenario, cuanto más se fragmente la oposición, más cómodo respira el león.

*Alejo Brosio es licenciado en Ciencia Política (UBA) y magíster en Administración y Políticas Públicas (UDESA). Profesor en la UBA y la UNAB. | Twitter: @BrosAlejo
**Ignacio Santoro es politólogo y magíster en Gobierno por la UBA. Actualmente, es estudiante de doctorado en Ciencia Política en Rice University.
