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Lorena Álvarez: “Milei es como ese pretendiente que te invita a salir, del que no esperás nada y terminás teniendo una buena cita”

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En un café de Palermo, a la vuelta de su casa, Lorena Álvarez, periodista cultural y columnista de Panamá Revista, reflexiona sobre el fenómeno Javier Milei, los consumos culturales y las transformaciones sociales que atraviesan Argentina. “Nosotros le hablábamos a un hombre de paja y Milei le habla a un hombre real”, asegura. En este face to face con El Economista, Álvarez aborda temas como la belleza, “un gran movilizador social”, el impacto de la fragmentación cultural —“a diferencia de los ’90, hoy ni siquiera compartimos los mismos gustos”— y el fenómeno de Lali Espósito, de quien advierte: “Quienes ven en Lali la encarnación de Evita no son su público”.

Álvarez lleva el pelo rubio recogido, con algunos mechones sueltos; viste un top negro ajustado, una camisa camuflada en tonos verdes, azules y negros, y unos aritos largos que brillan con la iluminación nocturna de la calle Malabia. Como conocedora de la cultura popular, busca el detalle de lo cotidiano y los rastros de aquello que muchas veces puede resultar invisible para quienes fijan su análisis político únicamente en los dirigentes y no en el ciudadano común. 

Con una mirada crítica hacia el progresismo, señala las desconexiones que lo alejaron del votante de a pie: “Cristina no le habló al repositor farmacéutico, sino a una juventud marciana”. También ubica el origen del pueblo mileísta en las presidencias del kirchnerismo: “El 54% de Cristina en el 2011 estuvo atado a una economía extraordinaria, a un pico de consumo donde se creó el corazón del mileísmo. El problema de Milei va a empezar cuando la clase media baja no pueda hacer realidad sus fantasías materiales”.

Guiada por el mayor aporte de Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel al posmarxismo —la importancia de los aspectos culturales para la construcción de nuevos bloques hegemónicos—, Lorena escribe: “Es la economía, estúpido, sí, pero también es la cultura”. Álvarez analiza el fenómeno de Milei conectando las raíces socioculturales y socioeconómicas entre el libertario y su pueblo: “Es probable que Milei sepa mucho más de la guerra de Vietnam que de las Malvinas. Creció con la idea de que los comunistas son malos; fue a ver Rocky IV al cine y no se la olvida”.

Asimismo, para Álvarez, el fenómeno Milei encarna la frivolidad de esta época: “Si la sociedad hubiera sido más parecida a Twitter, hubiera ganado Massa, pero ganó Milei porque los argentinos nos parecemos más a un barrio como el de Instagram”, asegura. Y asevera que Milei “encarnó como nadie la frivolidad de esta sociedad”.

Álvarez aportó su mirada en capítulos de los libros corales Todo Diego es político (Editorial Síncopa) y ¿Qué hacemos con Menem? (Siglo XXI), donde escribe: “Sigo siendo piadosa con nuestras propias ilusiones, esas que nos hicieron creer que resistimos los noventa sin darnos cuenta de que fuimos domados por la época, entre tanta pérdida y flexibilización. Los noventa eran irresistibles también”.

Además de sus notas en Panamá Revista, Álvarez conduce La cita, un ciclo de entrevistas en el canal Aver Argentina, donde conversó con figuras como Graciela Camaño, Felipe Solá y Jorge Asís. En esta charla con El Economista, traza un retrato sociocultural de Milei y reflexiona sobre cómo logra el libertario construir hegemonía para su proyecto político.

Además de sus notas en Panamá, Álvarez conduce La cita, un ciclo de entrevistas en el canal Aver Argentina
Además de sus notas en Panamá, Álvarez conduce La cita, un ciclo de entrevistas en el canal Aver Argentina

El fin de una ilusión progresista

“A Lorena la conozco desde hace diez años por leerla en Twitter y en medios donde siempre me llamó la atención lo que escribía. Tiene un conocimiento muy profundo de una parte de la clase media, del precariado de la clase media; lo conoce perfecto y sabe muy bien sus prácticas económicas y sus gustos, y eso a mí me sirve muchísimo para pensar las cosas. Además, tiene una forma de escribir eso sin darle vueltas al pedo pero sin perder profundidad. Es una gran cronista de la cultura pensada como el conjunto de sensibilidades y consumos culturales vinculados a vidas concretas, a modos concretos de ganarse la vida. La relación entre sociedad, economía y cultura en los textos que ella escribe me gusta mucho”, explica el sociólogo y antropólogo especializado en culturas populares Pablo Semán, autor del libro “Está entre nosotros. De dónde sale y a dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir”, quien agrega que con Álvarez tienen “una complicidad para mirar críticamente todas las imposturas del progresismo, al punto tal que muchas veces llegamos a pensar que el progresismo ha consistido últimamente sobre todo en imposturas”.

—Escribís que “el espejo que nos mostraba como una sociedad progresista se rompió”. ¿Qué muestra hoy el espejo? —le pregunta El Economista a Lorena Álvarez.

—El mileísmo nos rompió y destrozó la imagen progresista que teníamos de nosotros mismos. La sociedad progresista se redujo muchísimo: del 44% de Massa, un porcentaje considerable lo votó por la economía y no por cierto progresismo. En una sociedad que creíamos que era Suecia, ganó Milei. Y dentro del voto de Milei hay un voto militar, personas que quieren cierto orden, el servicio militar o, como escucho por la calle, “que los caguen a tiros”. Hoy vi una escena en Flores donde personas pobres aporreaban a una mina rubia porque estaba robando, y en una nota a la televisión decían “que vuelva el servicio militar”. Algunos pensaron que la sociedad unánimemente celebró que se bajara el cuadro de Videla. Los que lo celebramos en su momento éramos cuatro mil personas que estábamos en la ESMA, y bien bajado estuvo. Pero el resto estaba comprando botas en Patio Bullrich. Veníamos de los patacones, ¿cómo a la mayoría le iba a importar que se bajara el cuadro de Videla?

“Lu Álvarez es de esas personas que uno sigue porque tienen una voz distinta. Hay una sensibilidad para captar algo de la calle, de eso que no está escrito en ningún lado, pero circula. Ella va y, en sus notas, logra plasmarlo. Es ese registro que pocos tienen para escuchar entre la sordera de lo que todos repetimos. Y además, también, Lorena tiene ese enciclopedismo de la cultura audiovisual argentina que me interpela. Es la calle, la literatura, el cine y la tele en el bar siempre encendida”, dice Juan Di Loreto, escritor e ilustrador.

En 1995, hubo un debate televisivo que Lorena Álvarez recomendó ver en sus talleres sobre cultura popular que dicta en el Centro Cultural Rojas: el encontronazo entre los actores Luis Brandoni y Arturo Maly por un lado, y Gerardo Sofovich, director de ATC por aquel entonces, por el otro. En un momento del debate, Sofovich dice:

—ATC, ustedes se olvidan, es el canal que tiene diez millones de argentinos que no ven otra televisión, y ustedes quieren que esos diez millones de argentinos solo vean a Rodolfo Walsh, que vean conferencias, que vean nada más que ópera.

—Creo que sí —le contestó Arturo Maly a Sofovich.

“Si lo pensás”, dice Lorena, “la idea de Sofovich está más cerca de Milei, y la de Brandoni y Maly está más cerca de Lousteau, Santoro, Filmus, Mariano Recalde. Hay puntos que se tocan entre el progresismo del presente, aspectos culturales que tienen en común. Milei no solo gana por la economía, sino también porque había personas que estaban hartas culturalmente de cierto progresismo. Hay algo que nosotros, los peronistas, perdimos. Le hablábamos a un hombre de paja y Milei le habla a una persona real. Nosotros le hablábamos a la gente politizada progresista y nos olvidamos de hablarle a la que estaba mirando Tinelli. Algo que destaco de la cadena nacional de Milei que hizo para fin de año es que empezó diciendo: ‘Sé que todos están volviendo de trabajar de sus dos o tres trabajos’. Me rompió, yo venía de dos trabajos, sentí que me hablaba a mí. 

—Escribiste que Chacho Álvarez le sacó público de clase media por izquierda a Menem. ¿Quién puede ser en el presente Chacho Álvarez?

—Hay algo fuertísimo en la sociedad que es este hombre de paja que es el progresismo. Eso nació con Chacho Álvarez y duró treinta años hasta el presente. Nos reagrupó, mezcló peronistas, radicales, socialistas, antiperonistas, gorilas, todos juntos contra Menem. Y en aquel momento, estar en contra de Menem era estar en contra de la estética de Menem. Hay algo que aprender de eso porque después el kirchnerismo tomó de la misma medicina. En 1997 estábamos abrazados a Luis Brandoni y hoy, contra Milei, volvemos a abrazar a Brandoni. Personas como Lousteau o Santoro expresan ese progresismo de Chacho Álvarez de los noventa.

Moda, pérdidas y pandemias

Mayra Arena, analista y consultora política, dice sobre Lorena Álvarez: “Valoro su honestidad, su mirada y el hecho de que nunca le sentí decir algo mala leche. Para mí se destaca que se anime a tener una mirada honesta sobre el placer que es el consumo, el descanso que da un poco de frivolidad en cuotas. Fue vendedora mucho tiempo, y creo que esa experiencia es la que le da ese toque, el de saber que la vida es más linda cuando uno puede comprar pelotudeces”.

Lorena conoció al hombre con el que compartió veintidós años de su vida en 1996. A fines de 2018 lo perdió a causa de una gripe A que le provocó una neumonía fuerte de la que no pudo recuperarse. 

Juntos habían abierto un local de ropa en 2005 en Once, en tiempos de superávit gemelos y con una economía en crecimiento, que los ayudó a tener dos locales en 2006 y tres en 2007. Juntos impusieron moda.

—Empezamos a fabricar unas chalinas que se usaban en la cintura —explica Álvarez—, lindísimas, del estilo hippie de Pamela Rodríguez, la famosa “rollinga” de Gasoleros. Fueron un furor, y empezamos a hacer remeras, calzas, y nos empezó a ir bien. Fabricamos también pantalones babucha de lienzo que se vendían bárbaro, y, como Duhalde había devaluado, no entraba más ropa hindú, lo que benefició a los productores y comerciantes locales. Sobrevivimos en los años 2000 vistiendo rollingas. Cuando Spinetta hizo el recital de 2009 “Spinetta y las Bandas Eternas”, Edelmiro Molinari tenía una camisola de nuestro local.

Un tiempo después, de los tres locales de ropa, tuvo que cerrar uno en 2014 por la crisis económica. “2013 fue un año duro”, describe; en 2017 cerró otro por el macrismo, y finalmente en 2020 cerró el último después de la pandemia.

—La pandemia fue un desastre en mi vida. Cerré el último local el 31 de julio de 2020. La mercadería que había quedado la vendí por Instagram. Iba caminando al local, sacaba ropa, la traía a mi casa, la vendía con otro pibe que me ayudaba, que se había quedado sin trabajo y era una especie de Rappi, que entregaba pedidos con su auto. Me daba cuenta de que había mucha gente que aplaudía, pero mucha que estaba sin laburo. Algunos pensaban que estábamos todos adentro, felices y aplaudiendo, y no era así. Personas con las que había trabajado en Once habían salido a vender barbijos, a repartir en la calle lo que podían, porque de algo tenían que vivir.

Lorena Álvarez: "Milei es como ese pretendiente que te invita a salir, del que no esperás nada y terminás teniendo una buena cita"
Lorena Álvarez: “Milei es como ese pretendiente que te invita a salir, del que no esperás nada y terminás teniendo una buena cita”

La guerra entre la militancia estatal y los comerciantes

“Lo que más valoro de Lu [así la llaman sus amigos] es que es una escritora con calle. Conectada a la sociedad y a la Argentina de pie, con oído en la tierra —detalla Federico Zapata, politólogo, codirector de la consultora “Escenarios” y editor de Panamá Revista—. Desde ese lugar, y como observadora, ha logrado pensar la cultura sin los prejuicios que a veces forman parte del análisis cultural académico. Pero además, y esta es otra virtud, nunca quiso sacrificar esa posición social, que es su enfoque, en pos de algún raviol estatal. Eso le ha permitido ser libre y pensar con libertad.”

—Alberto asumió en el verano después del gobierno de Macri —precisa Álvarez—. Las personas de clase media no teníamos un mango, estábamos endeudados, y en marzo, cuando la cosa había empezado a moverse, le tocó el delirio de la pandemia. Mi crítica viene ahí, que es de septiembre de 2020, cuando noto que la próxima guerra de las capas medias iba a ser contra los estatales; los medios ignoraron también a esa persona de clase media que tiene una ferretería, una mercería, al pequeño y mediano comerciante del sector privado. Se los ninguneaba y le ponían el micrófono a sectores extremos, a los antivacunas, y ahí los progresistas de clase media entendían que esa era una minoría, pero porque no hubo un análisis matizado. Detrás de la gente loca que marchaba con Patricia Bullrich había personas más parecidas a uno. Faltó alguien que le pusiera el micrófono a personas más matizadas. Asimismo, las redes sociales jugaron muy en contra en la pandemia porque había alguien que trabajaba en una subsecretaría del Estado y cobraba el primero del mes, y se mostraba militando la pandemia y enojándose con quienes querían salir a trabajar; y estaba el que tenía la mercería cerrada, que veía al estatal en Instagram y lo odiaba. Una señal fue cuando el gobierno presentó el IFE, y el plan original había sido pensado para tres millones de personas, y trece millones demandaron su ayuda. Supongamos que dos millones no contaban con los requisitos y quisieron aprovecharse de la crisis; quedan once millones de personas con las condiciones para cobrarlo. Si once millones de personas necesitan del Estado para comer, frená todo el plan porque hubo ciudadanos que no tenías en el radar.

Lorena cuenta que en pandemia tuvo que hacer trámites de Anses por la muerte de su marido: “Después de hacer trámites durante siete meses no me olvido de una escena con una señora que terminó a los gritos y casi mata a un empleado. El pibe que la atendía se sentaba cancherito, y por eso muchas personas no quieren al Estado. Por estas escenas aceptan que los echen. La señora que gritaba votó a Milei para que echaran a ese empleado solamente. Probablemente volvió a esa oficina de Anses para ver que lo echaran.”

Del perfume importado al voto libertario

Lorena Álvarez recorre la ciudad, va a marchas y escucha. Se propone un conocimiento visual de distintas manifestaciones y confía, como escribió Beatriz Sarlo, en la potencia significativa de los pormenores o en lo que Christine Buci-Glucksmann entendía como “una escritura del detalle, donde el ver y el saber se dan al mismo tiempo”.

Álvarez entiende que, del 2002 al 2008, fueron años despolitizados: 

—El núcleo duro del kirchnerismo entendió que volvió la política. Yo estoy en la calle, voy a las marchas, me encanta la calle. No era así. En el 2015, las empleadas de mi local de ropa se quejaban cuando Cristina interrumpía Radio Disney con sus cadenas nacionales. No la soportaban, ni las empleadas ni los clientes. Tuve que llevar un mp3 porque, si no sacaba la radio, y Cristina seguía hablando, perdía ventas. En un local tenía diez empleadas, y te puedo asegurar que, mientras Cristina le hablaba al patio militante, las charlas en el local eran sobre danza árabe, el curso de bachata, si se iban a ir de vacaciones, peleas con los novios. En el 2015, me asombró que, mientras yo votaba a Scioli, mis empleadas votaban a Macri, y muchas querían votar a María Eugenia Vidal en lugar de Aníbal.

“En el 2015, las empleadas de mi local de ropa se quejaban cuando Cristina interrumpía Radio Disney con sus cadenas nacionales”, recuerda Alvarez

‘Pero chicas, nos vamos a fundir’, les dije, y me respondieron: ‘Vos porque vivís en capital y podés salir toda la noche porque está iluminado. Nosotras no podemos ir a tomar algo o ir a un recital’. Cristina hablaba en chino sobre macroeconomía, y ellas querían las luces porque querían salir a bailar y volver a las tres de la mañana. Cristina no le habló al repositor farmacéutico, sino a una juventud marciana. No llegamos a Milei solo por Alberto Fernández. Esto se viene amasando desde el 2011. El 54% de Cristina estuvo atado a una economía extraordinaria, a un pico de consumo donde se creó el corazón del mileísmo. El consumo del kirchnerismo creó estos monstruos, porque ahora las personas no pueden vivir si no se compran unas buenas zapatillas; el dólar planchado de Cristina le permitió a una maestra jardinera conocer Berlín, y hoy esa maestra quiere volver a Alemania. Fue delirante la cantidad de dólares que se dilapidaron durante el kirchnerismo para comprar perfumes importados.

“El dólar planchado de Cristina le permitió a una maestra jardinera conocer Berlín, y hoy esa maestra quiere volver a Alemania”, analiza

—¿Cómo impactan el consumo y las aspiraciones materiales en el apoyo a Milei?

—El 2024 fue un año particular porque no se está consumiendo mucho y se apoya a Milei, pero cuidado. Hay un sector pequeño que tiene mucha guita que sí está consumiendo, y los que están abajo están atentos a que, en algún momento, les toque. Este verano, la clase media baja va a ver por Instagram cómo la clase alta acomodada se va a Estambul, a Costa Rica, a los lugares más insólitos, y la clase media baja aspira a hacer esos viajes pronto. Por el momento, aguanta y espera. El problema de Milei va a empezar cuando la clase media baja no pueda hacer realidad sus fantasías materiales.

“Este verano, la clase media baja va a ver por Instagram cómo la clase alta acomodada se va a Estambul, a Costa Rica, a los lugares más insólitos, y la clase media baja aspira a hacer esos viajes pronto”, dice la analista 

Álvarez, periodista cultural: "Milei es como ese pretendiente que te invita a salir, del que no esperás nada y terminás teniendo una buena cita"
Álvarez, periodista cultural: “Milei es como ese pretendiente que te invita a salir, del que no esperás nada y terminás teniendo una buena cita”

La lección del abuelo

Se acuerda de su abuelo llevándola de la mano y diciendo, lo que te voy a decir ahora lo vas a recordar el resto de tu vida: tenés que respetar a quien da laburo. Su abuelo tenía una fábrica de frazadas y quiebra con el ministro de economía de la última dictadura, Martínez de Hoz, y su política de plata dulce y de aniquilamiento de la industria nacional. “Mi abuelo la pasó pésimo con Martínez de Hoz. Tengo el recuerdo de verlo pasarla muy mal. Mi abuelo, que vivió hasta los noventa y dos años, hasta mis cuarenta y dos años, un tipo trabajador que laburó ochenta años, tenía callos en las manos, por eso respeto mucho la fábrica y al empresario. El kirchnerismo armó una guerra con el dueño de una fábrica o un kiosco porque supuestamente ‘tiene’. Si dan laburo y pagan buenos sueldos, ¿cuál es el problema? Si sus trabajadores están bien, si pueden tener una casa, sacar créditos, como los camioneros o los aceiteros, ¿por qué alguien va a estar en contra? El kirchnerismo, cuando se opuso a los empresarios, perdió a una parte importante de la clase media trabajadora y se quedó con la clase media estatal. Tratar a todo el mundo de malo, incluso a una tipa que puso una mercería en Berazategui, hace que después te odien. Y de ese odio no salís. Hay una encuesta de Federico Zapata que explica que muchas personas entienden que estamos como estamos por el gobierno de Cristina de 2011-2015 más que por Alberto Fernández. El punto es no enojarte con los votantes“. 

Impuestos y trenes rotos: el origen del pueblo mileísta

—En los años setenta —elabora Lorena— se empezó a no pagar impuestos. Por algo hay tantos jubilados que trabajaron en negro muchos años. Desde los setenta, muchos empresarios hicieron guita sin pagar aportes. En 2008, la ciudad se puso del lado del campo en el conflicto con el gobierno porque cualquiera que tiene un kiosco se siente representado por alguien al que le están cobrando impuestos. Ahí es cuando los ciudadanos empiezan a criticar las carteras de Cristina, los relojes que usaba, el hotel al que iba. Después de ese conflicto, en 2010-2011 hubo un boom de consumo que calmó un poco a las capas medias. Imposible no ganar una elección cuando las personas hacen una cola de media hora para pagar un pantalón en Rapsodia, con esos precios carísimos. Hoy los pibes no pueden creer cuando les cuento que en 2010 había una cola infinita para pagar un jean de primera de Levi’s en el Unicenter.

Al kirchnerismo se le complicó en 2008, cuando quiso aumentar las retenciones al campo, provocando un conflicto fiscal, y de nuevo en 2011, después de ganar las elecciones, cuando impuso las restricciones para comprar dólares y obligó a los comerciantes a bancarizar nuestras cuentas para pagar más impuestos. Le quisieron cobrar más impuestos a la sociedad, sintonía fina, y justo pasa el golpazo de Once, que fue terrible. Las personas pensaban: “Me querés cobrar más impuestos, pero no arreglaste los trenes”. Por eso el kirchnerismo pierde en 2013 con Massa, porque el tigrense detectó que las personas criticaban a los planes sociales, a los ñoquis; ese fue el germen de Milei. El discurso de Massa de 2013 es un germen como el de Macri de 2014, cuando, el 8 de diciembre de 2014, faltando dos días para el Día de los Derechos Humanos, dijo: “Conmigo se acaba el curro de los Derechos Humanos”. Entre Massa y Macri armaron al pueblo mileísta, no a Milei. Milei se va a ir y ese pueblo se va a quedar.

Rocky Balboa, dientes blancos y TikTok: el consumo como identidad

“La nota que escribí sobre Wanda Nara no la hubiera podido hacer si no hubiera hecho el taller de cultura popular de Lorena. Valoro el poder que tiene para leer el consumo cultural, el poder decir ‘mirá, acá tenés una pauta, si tal novela o tal programa tiene tal pico de rating, o tal música se escucha tanto, y el país está yendo por acá, hay algo ahí. Si Animales Sueltos fue el programa más visto en la Argentina durante ocho años, ¿cómo te puede sorprender la llegada de Javier Millei? Todo esto estaba adelante nuestro, nosotros estábamos en modo “el Estado te salva”, pero estaba ocurriendo otra cosa. Con todo el elemento progresista que tenía el kirchnerismo, ahí es cuando digo qué inteligente es Lorena, y cómo no la pude ver, porque en realidad la gente consumía Showmatch, Tinelli y productos diferentes a las banderas de memoria, justicia, verdad, de derechos o de la comunidad LGBT. En la GNC las personas no discutían la editorial de Joaquín Morales Solá o de Horacio González con Carta Abierta. Yo soy muy fan de Panamá, donde escribe Lorena porque, de alguna forma, es una de las revistas que tiene mejor definida su línea editorial. Hay algo en las prosas, en la forma de entender la cultura y la política, que todos están interconectados cada uno con su singularidad. Y en ese sentido, lo que hacía Lorena en el taller fue mostrarnos un poco la cocina de Panamá“, le dice a El Economista Juan Stanisci, escritor y director de la revista cultural Lástima a nadie, maestro.

—¿Qué productos culturales consumió Milei? —le pregunta El Economista a Lorena Álvarez.

—Milei es un consumidor de cultura popular, y por eso hoy volvió con toda la fuerza el mundo del espectáculo. Fijate que no hay una serie de TV que la rompa, ninguna música que la rompe, pero volvieron Yuyito González, Graciela Alfano, y Milei se saca su foto con Rocky Balboa (Sylvester Stallone), la foto cultural del año. De ahí viene su ataque con el comunismo; Milei se crió en los ochenta, donde el comunismo era el enemigo de todas las series. Es probable que Milei sepa mucho más de la guerra de Vietnam que de las Malvinas, porque en los ochenta estábamos atravesados por la guerra de Vietnam. Los personajes de las series que veíamos eran excombatientes de Vietnam, había detectives y camioneros post-Vietnam, los protagonistas de Brigada A habían sido acusados por falsos crímenes en la guerra de Vietnam, Rambo era un veterano de la guerra de Vietnam. La película Pelotón de Oliver Stone era sobre Vietnam. Milei es un niño criado con la idea de que los comunistas son malos. Sé que fue a ver Rocky IV al cine y no se la olvida.

—¿Cómo se ve reflejada esa misma cultura popular en una plataforma como TikTok? ¿Qué ves cuando entrás a TikTok?

—Me asombra la cantidad de personas con dientes nuevos, con las plantillas. El tema me obsesiona porque está cambiando la manera de hablar. Las personas se ríen más porque, cuando tienen unos pesos, se hacen los dientes nuevos, blancos. Hablan todo el tiempo mostrando los dientes; a veces no se les entiende, pero lo hacen para mostrar esos dientes blancos que están hechos y que son un diferencial. Hay un lugar de esos que te ponen las plantillas en el shopping Abasto. Cuando esta moda llega a un shopping de clases medias bajas como el Abasto, ya cualquiera se quiere meter en esas plantillas. La nueva aspiración es tener dientes blancos.

Otra cosa que veo en TikTok es que todos los jóvenes tienen gustos diferentes. A diferencia de los noventa, hoy ni siquiera compartimos los mismos gustos, y eso va a ser un problema para la organización colectiva. Por ejemplo, cuando yo estaba en mis treintas, había cuatro canales y un poco de cable, y tus conocidos habían visto Friends o Seinfeld, y había un idioma común porque teníamos gustos compartidos. Hoy, en una misma franja etaria, hay ochocientos gustos. Algunos jóvenes conocen una banda que quizá otro no sabe que existe. Eso no nos pasaba, nunca nos pasó.

—¿Qué tenemos en común? ¿Qué gustos compartimos?

—Lali puede ser un fenómeno que une. Pero hay que decir que a muchas nenas les gustaba de Casi Ángeles. La fan real de Lali viene de lugares insólitos, pero quienes ven en Lali la encarnación de Evita no son su público. Algunos quieren ver en Lali y en su público algo que no son. Porque hacemos eso: queremos inventar. En lugar de ver lo que Lali es, la transformamos en lo que nos gustaría que sea.

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Alvarez advierte: “Quienes ven en Lali la encarnación de Evita no son su público. Algunos quieren ver en Lali y en su público algo que no son”. 

El pulso de la calle: Graciela Alfano o la muerte

Paula Puebla, escritora y ensayista, autora de El cuerpo es de quien recuerda (Tusquets, 2022), entre otros textos, le cuenta a El Economista que se hicieron muy amigas con Lorena en un grupo de Whatsapp donde, junto a otras amigas en 2017, “manteníamos y mantuvimos grandes debates en toda la época de la ola del feminismo liberal. Lu es una luchadora. Una mina que hace lo que hace con amor, buena onda y una enorme voluntad. Una mina sin vocación de víctima. Es generosa y escribe sobre lo que conoce, que es un montón. Tiene el pulso de la calle y un máster en cultura popular. No cualquiera”.

—¿Con quiénes estabas en el grupo de Whatsapp? —le pregunta El Economista a Álvarez.

—Éramos Paula Puebla, Mariana Moyano, Nadia Lihuel, una amiga psicóloga que se llama Gabriela, otra Lorena y Angie, una amiga que también falleció, como Mariana. Angie era inteligentísima, brillante. Ella sí que la veía; en el 2014 juntas dijimos que Cristina perdía en el 2015.

—¿Qué aprendiste de Mariana Moyano?

—Mariana era muy amiga de Martín Rodríguez. Era una persona generosa; cuando empecé a escribir en Panamá revista gracias a Martín, conocí a Mariana y aprendí de su visión. La escucha era algo que nos unía. Mariana pateaba la calle, le encantaba escuchar. Muchas de las oportunidades que tengo ahora se las debo a ella: por las veces que me llamó para su podcast, que me recomendó o que habló bien de mí. En su velorio me enteré de que incluso le había pasado mi CV a un amigo suyo porque sabía que yo necesitaba laburo.

—Trabajaste en sondeos de opinión para el sociólogo Pablo Semán y hablaste con votantes antikirchneristas. ¿Qué viste?

—Muchas personas despolitizadas que hablaban en contra de los medios, convencidas de que ocultan la verdad. “Nadie te recomienda la vitamina C para combatir el coronavirus”, decían muchos, y Milei lo sabe, por eso le pega a los medios. Eso había empezado con Cristina; después, el odio contra los medios se acentúa en la pandemia y Milei le está dando el cachetazo final. Hay una tendencia global en contra de los medios y de la ciencia. Muchos en TikTok están con el Ozempic para bajar de peso, aunque los efectos secundarios pueden arruinarles el estómago. Una persona que entrevisté me dijo: “Yo quiero ser flaco; si me matan en cuatro años, qué me importa. Voy a estar cuatro años flaco”. La muerte no importa tanto; no es verdad que las personas quieran vivir mil años, quieren vivir hasta lo que puedan, pero bien: comer rico, irse de vacaciones. Además, si todos los jubilados la están pasando horrible, es entendible que alguien no quiera vivir cien años. Asimismo, el poder presiona para que las personas se mueran jóvenes, porque quiere hacer sentir que llegar a viejos es la peor pesadilla. Hoy a las personas no les importa llegar a los noventa y dos años como llegó mi abuelo, porque antes la vejez se tomaba de otra manera. Hoy se toma como un lugar donde no vas a tener sexo ni ser lindo; las mujeres o llegan como Graciela Alfano o prefieren la muerte.

"Las mujeres o llegan como Graciela Alfano o prefieren la muerte", dice Alvarez.
“Las mujeres o llegan como Graciela Alfano o prefieren la muerte”, dice Alvarez.

Milei, el pretendiente inesperado

—Escribís sobre adultos como Esteban Lamothe en Envidiosa, que “portan la adolescencia tardía en cada gesto”. También te escuché elogiar a Milei por ser adulto, vestido de traje con su carpeta. ¿Un adolescente respeta más a un adulto que a un pendeviejo?

 —Guillermo Moreno es el mismo fenómeno. ¿Por qué Moreno le gusta a los chicos? Porque es un padre. Estamos en una sociedad donde los chicos están buscando límites. Cuando éramos chicos, nuestros padres nos decían: “Hoy no podemos ir a comer afuera, vamos a ir el sábado. Coca-Cola el viernes porque hoy no tengo; el kiosco es el martes, no todos los días”. Milei tiene esa cultura del adulto, que no la tiene, por ejemplo, Migue Granados. ¿Tiene casi cuarenta? ¿O dieciocho? Choca cómo Granados se viste. Escuché a algunos influencers en Olga reírse de los chicos jóvenes que votan a Milei y que van a sus actos. Los chicos se ponen el mejor traje y se burlan del tipo de traje que tienen. Me da una bronca; es lo que pueden comprar. Además, están bien vestidos, mejor que el influencer con remera ridícula de Capitán América cuando tienen cuarenta y ocho años.

—¿Cristina es adulta?

—Cristina es una señora adulta, por eso cuando la veo saltar con el tema de Lali le quiero decir “basta, Cristina”. Venía bien con el tema de la adultez; Lali no la baila una señora de su edad. Máximo, en cambio, no parece adulto. El otro día lo filmaron tocando la batería como un chico de catorce años; un político no está para ser un pendejo. Axel Kicillof no parece un adolescente, usa siempre el mismo saco, la camisa, el pantalón, es un hombre sobrio. La sobriedad le juega a favor. Milei también es sobrio en su atuendo, pero su rostro no lo es porque usa maquillaje. Sin embargo, los hombres se bancan su coquetería, porque los varones se miran al espejo, se van a depilar las cejas, usan shampoo anticaída, quieren salir bien en las fotos igual que Milei. Me parece hipócrita que muchos critiquen a Milei porque usa la luz para salir bien en cámara, no salir cachetón ni con arrugas, lo que hace el 99% de la población.

Axel Kicillof y Máximo Kirchner
Axel Kicillof y Máximo Kirchner

En el 2023, Milei entendió que tenía que decir la verdad. Hoy muchas personas dicen: “Milei dijo que íbamos a estar mal”. Nadie esperaba nada. Milei es como ese pretendiente que te invita a salir, del que no esperás nada y terminás teniendo una buena cita. Siempre te decepcionás más del que esperás. Del amor de mi vida espero más que de uno que ni sabía si me iba a invitar un trago. Si te invita un trago, ya sentís que es un golazo. O incluso si no te lo paga, pero la charla es interesante, también es un golazo, porque pensabas que te iba a escupir y, en cambio, te escuchó. Uno se decepciona cuando espera que el otro te diga “te amo”, que venga con rosas y después solo te paga el café. ¿Me pagó el café? Sí, pero esperaba más. Eso pasó con Alberto: volvíamos mejores —intepreta Álvarez. 

La sociedad de Instagram

—El gobierno de Milei es el que más sinceramente representa la frivolidad de la sociedad en este momento, y por eso también ganó —señala Álvarez—. Milei es más parecido a nuestras vidas de Instagram que a nuestras vidas de Twitter. Si la sociedad hubiera sido más parecida a Twitter, hubiera ganado Massa, pero ganó Milei porque los argentinos nos parecemos más a un barrio como el de Instagram, a esa persona que se sacó una foto en tal café que se parece a Manhattan. Hay una hipocresía y un clasismo en quienes critican la falsedad de la belleza. Dicen: “Hay que ser naturales”. Es fácil decirlo cuando te alimentaste bien y dispusiste de una economía próspera para verte bien naturalmente.

Hoy se valora más a Pamela David y a Wanda Nara porque, después de la crisis del 2001, las personas valoran más a la chica de barrio que se va poniendo más linda que a modelos elegidas en Punta del Este. Ni Wanda ni Pamela eran tan lindas originalmente, sino que se fueron embelleciendo a medida que se hacían más fotos. Una tapa de revista, se ponían labios; segunda tapa, se ponían otra cosa. La primera inversión que hicieron fue en su cuerpo. El 80 % de esas mujeres se casó con millonarios; hubo ascenso social a través de los maridos. Las chicas se tocan todas porque es también un acceso al poder. Lo que dijo esta semana Graciela Alfano es tal cual: ella era más poderosa que Menem, por eso le dijo al expresidente riojano: “La que tiene el poder soy yo”.

No digo que sea justo, pero hay que verlo y no hay que ser hipócrita. Al Kun Agüero, que había elegido a la novia que él quería, a Dalma Maradona, le dijeron cualquier barbaridad. ¿Con quién terminó? Con una modelo sueca. Y todo el mundo ama a Antonella Messi porque es divina, porque Antonella también representa la perfección de la belleza. Así que por eso no hay que ser hipócrita con Milei y aceptar que quiera salir bien en una foto.

“La belleza es un gran movilizador social”, dice Alvarez

La belleza es un gran movilizador social. Si hay dos chicas que se postulan para un puesto, es probable que la chica más linda sea elegida. Cuando tenía veinte años habíamos ido con una amiga a una agencia a dejar nuestros CVs. Yo ya sabía que no me iban a llamar. ¿Sabés inglés? No. ¿Sabés computación? No. ¿Sabés esto? No. Nunca trabajé. Todo no. Después de completar un formulario en una de las agencias, la recepcionista me llama y me dice: “¿Vos tenés un minuto más?” Pensé que le hablaba a mi amiga, que se había confundido. “No, te llamo a vos”, me dice. “Mi jefe te quiere entrevistar”. Yo pensé que la jefa me iba a retar por hacerle perder el tiempo a su empleada. Entré a la oficina y me dijo: “Vos das con el perfil. Andá mañana al shopping Soleil para la última entrevista”. Estaba convencida de que no me iban a tomar.

Llego a la segunda entrevista y el entrevistador me pregunta: “¿Fumás?”. Mucho, le digo. “Porque acá no se puede fumar y el trabajo es de ocho horas”. Ay, qué lástima, le digo, voy a tener que escaparme a fumar. “¿Podés empezar mañana?”, me pregunta. ¿Esto es real?, le pregunto. ¿Cómo empezar mañana? Y firmé el contrato. Después hablé con alguien que me había entrevistado y me contó que me habían tomado por dos cosas: porque era absolutamente descarada, y la gente tímida no sirve para el trabajo porque tenés que hablar todo el tiempo con gente, porque era en la parte de información al cliente en el shopping; y lo segundo es que era linda, jovencita, pelo largo, bronceada, con camisa de John Cook. Lo usufructué. La gente, cuando es linda, lo usufructúa. Milei representa eso. Hay algo de aceptar cómo somos, de poder vernos como somos, de si alguien deja pasar a una chica por la calle porque es linda, lo puede aceptar.”

Milei, Massa y el voto desde las emociones

Leyla Bechara, politóloga y creadora de contenidos digitales, en diálogo con El Economista, dice que lo que más valora y trata de aprender de Álvarez “es su capacidad para ser honesta con la realidad. No la fuerza, no la trastoca, la narra con categorías muy argentinas, muy propias. No tiene que repasar definiciones de algún libro de teoría para poder decir qué es la cultura popular”.

“Karina no mide”, asevera Álvarez. “Todo el mundo la acepta como la asistente terapéutica, el sostén afectivo, pero no la aceptan para votarla. La bancan como alguien de confianza del presidente porque algo que dejó clarísimo la pandemia es que, primero, la familia. Los enojos que hubo por la prohibición de ir a visitar al abuelo, al padre, al perro. Recuerdo a unos chiquitos que los pusieron en un baúl para ir a saludar al abuelo el Día del Padre. Casi matan a unos nenes en Panamericana para ir a saludar al abuelo. Quedó confirmado que la familia es un núcleo importantísimo en la vida de los argentinos, como institución. La familia es una de las cosas que le cobraron a Alberto Fernández. Por ejemplo, a Wanda Nara la empezaron a criticar únicamente porque dejó a los chicos mientras está con L-Gante, y no tiene que ver con el conservadurismo, sino con la soledad. Hay desequilibrio; las personas necesitan que las quieran. Milei también respeta eso. Fue alguien no querido por sus padres y necesita que lo quieran. Quizás por eso empatizan muchas personas con él.

Los hermanos Javier y Karina Milei
“Karina no mide”, asevera Álvarez. “Todo el mundo la acepta como la asistente terapéutica, el sostén afectivo, pero no la aceptan para votarla”.

—En el debate presidencial, Massa develó que a Milei lo habían echado de una pasantía en el Banco Central. ¿Esto benefició o perjudicó a Milei?

—La mayoría se sintió más identificada con Milei. Dio una ternura absoluta. Además, Massa, arrinconándolo, diciéndole por sí o por no. Yo me hubiera retirado porque no lo dejaba hablar. Además, con esa cara canchera, el pibe cancherito de la escuela versus el pibe lastimado que fuimos todos. Porque a todos nos han rechazado en algún momento: nos rechazó un novio, la maestra, un compañero. 

massa milei debate
El debate entre Massa y Milei

—En tu texto “La soga y el deseo” escribís: “Es interesante pensar que por ahí no fue Javier Milei el que convenció para que le dieran el voto, sino que encarnó como nadie el deseo de una sociedad que no le gusta pagar impuestos, que desea que nunca le falte el vaso de Starbucks ni el dólar barato para irse raudamente a conocer destinos de ensueño”. ¿Qué creés que simboliza Milei para la sociedad argentina?

—Representa frivolidad. Milei encarnó como nadie la frivolidad de esta sociedad. La vida de un argentino de a pie es más parecida a la de Milei que a la de Massa. Por eso me parecía mala la idea de “votemos al normal” refiriéndose a Massa. Esa pareja con Malena era impostura. ¿Qué era lo normal de hijos criados en la política hace treinta años, que viven del Estado? Yo apoyé a Massa, pero no por el verso. Massa no era —no es— normal. Lo veía y me parecía alguien que debe tener amantes, no lo acuso de nada, pero todo lo que me da el perfil de Massa es anormal. Si al hijo no lo paraban, estaba en Qatar en el 2022 porque lo auspiciaba YPF.

—¿Cuál es el punto débil del gobierno de Milei?

—Tiene tiempo hasta que la sociedad tome conciencia de que quienes trabajan la están pasando mal. Cuando se den cuenta de que al piletero, que antes llegaba a fin de mes, ahora no le alcanza, a pesar de trabajar veinte horas al día. El argentino todavía cree en la idea de que, si alguien trabaja, le tiene que alcanzar. Es un tema sensible, y hoy no está alcanzando. 

—¿Cómo es tu teoría sobre el protector Rayito de Sol?

—En tiempos de bonanza, las clases medias compran La Roche-Posay; cuando se tienen que ajustar, pasan a Dermaglós. Pero cuando vas a Mar de las Pampas, a una playa de capas acomodadas, y ves que se ponen Rayito de Sol porque no les alcanzó ni para Dermaglós, el gobierno cae.

La cultura como brújula 

Quizás, como sugería Gramsci, la cultura, además de ser una herramienta para construir hegemonía, puede ser un mapa para orientarse en un presente peligroso. Lorena Álvarez, con su atención a los detalles y su capacidad de escucha, descifra las claves de una exploración cultural que revela lo trascendente oculto en lo banal. Su trabajo expone las fisuras de una sociedad que busca nuevas maneras de ser y demuestra que la cultura no es solo un reflejo de lo que una sociedad es, sino también el espacio donde se imagina lo que desea ser.


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